Reseña | "Pantyhose (Sukkahousut)" de Fabian Munsterhjelm
PANTYHOSE
SUKKAHOUSUT
SINOPSIS
Una pareja está a punto de asistir a una gala importante. Tienen sus llaves, teléfonos e invitaciones, pero hay un agujero en sus pantimedias.
RESEÑA
Hay cortometrajes que parecen existir sólo para capturar un instante fugaz, una chispa en medio de un día cualquiera. Y hay otros, muy pocos, que entienden que una chispa puede incendiar toda una vida si se le observa con suficiente honestidad. Pantyhose (Sukkahousut), de Fabian Munsterhjelm, pertenece a esta segunda especie: una obra aparentemente mínima que nos obliga a mirar, sin anestesia, el territorio más delicado de cualquier relación humana. No el amor en sí, sino sus fracturas; no el conflicto monumental, sino la microfisura imperceptible por donde entra el frío.
El cortometraje toma como punto de partida algo tan ridículo como un agujero en una pantimedia. Podría parecer un chiste, un gag, un detalle irrelevante. Pero el director entiende que las relaciones no colapsan por tragedias griegas, sino por descuidos cotidianos, por palabras dichas deprisa, por el peso acumulado de expectativas que nadie sabe cómo cargar sin romperse. Y así, lo trivial se vuelve detonante. Lo insignificante revela lo insoportable.
El mundo del cortometraje es, en esencia, una casa. Un espacio aparentemente neutro, familiar, inofensivo. Pero desde el primer plano el filme deja claro que la casa no es sólo un hogar: es un archivo emocional. Las fotos en el refrigerador son un altar improvisado. Un testimonio visual de una relación que alguna vez fue luminosa, espontánea, simple. La felicidad pegada con imanes. El tipo de imágenes que uno muestra con orgullo a los demás, aunque ya no vivan exactamente en el presente.
Justo al lado de ese altar: el fregadero saturado de trastes sucios, esa señal silenciosa de todas las tareas pendientes, todas las conversaciones que no se tuvieron, todos los malestares que quedaron en pausa hasta que ya era demasiado tarde. Es la metáfora más clara del cortometraje: lo que se acumula se pudre. Lo que se ignora tarde o temprano se desploma.
La escalera, por su parte, es la frontera simbólica más poderosa: arriba, la ansiedad, el desorden, la metamorfosis apresurada; abajo, la contención, la máscara social, el discurso ensayado. Un mismo matrimonio dividido verticalmente, como si habitaran dos niveles distintos de conciencia.
Pocas veces un cortometraje logra construir dos personajes tan nítidos en tan poco tiempo. Jonna y Matti no son caricaturas de roles tradicionales. No representan “la mujer histérica” y “el hombre desesperado por el tiempo”. Nada de eso. Son mucho más complejos, más humanos, más contradictorios.
Jonna es una mujer atrapada entre la autoexigencia y la fragilidad. Tiene miedo de no encajar, de arruinar un momento que le pertenece también a ella. La pantimedia rota no es un accesorio: es una grieta que expone su propio temor a no estar a la altura. Su necesidad de perfección es, en realidad, una súplica por reconocimiento.
Matti, por otro lado, es un hombre intentando sostener demasiadas cosas con una sola mano: su carrera, su discurso, su pareja, su imagen. Su irritación no es caprichosa; nace de la presión de ser “el que tiene que funcionar”, el que no puede fallar, el que debe llegar impecable a ese lugar donde lo aplaudirán. Pero el precio de esa contención es enorme. Su enojo se escurre por resquicios diminutos, por frases murmuradas, por golpes de frustración dados al aire. Hasta que brota.
Lo extraordinario del cortometraje es cómo expone la vulnerabilidad de ambos. Nunca se posiciona a favor de uno. Ambos tienen razón. Ambos están equivocados. Ambos están profundamente solos en medio de la escena.
El ritmo del cortometraje es impecable: hay comedia, sí, pero no es comedia para hacer reír; es comedia que duele. Es el tipo de humor que uno reconoce porque lo ha vivido. La prisa absurda, los malentendidos, los “ya casi” que se repiten sin convicción, la búsqueda frenética de un objeto que antes era trivial y ahora es crucial. Todo eso provoca risa nerviosa, porque es demasiado cercano.
El berrinche de Matti en la alfombra es el mejor ejemplo de ese tono: un adulto vestido con un traje formal, tirado en el piso como un niño al que se le cayó un helado. Es cómico, sí, pero también es devastador. Porque muestra la dimensión infantil de la frustración humana. Porque exhibe que incluso los adultos más serios tienen un límite, un punto donde dejan de sostener su dignidad para simplemente sobrevivir a la presión.
La secuencia más poderosa no es el grito, ni la confesión de miedo, ni el colapso emocional de cada uno. Es el silencio compartido en el sillón. Ese silencio no resuelve nada. No promete nada. No cierra nada. Pero los dos personajes saben que es lo único que tienen para no desplomarse del todo. Matti ofrece su mano no como disculpa, sino como un puente improvisado entre dos islas que se están hundiendo. Jonna la toma porque en ese instante no tiene otra cosa donde sostenerse.
Ese gesto, mínimo, se siente inmenso. Y luego, la selfie. Una sonrisa falsa que vuelve a levantar la fachada. Una imagen fabricada para el consumo de otros, mientras la herida aún está abierta.
El filme podría haberse quedado en el conflicto, pero no lo hace. Empuja más. Enmarca ese agujero, casi cómico, como un símbolo de algo que no deja de romperse, que seguirá rompiéndose, que no se va a solucionar con un cambio de vestuario. Las pantimedias negras del final (con un agujero aún más grande) lo dicen todo: lo que intentamos ocultar empeora. Lo que no enfrentamos se vuelve visible cuando más nos incomoda.
El cortometraje termina sin moraleja, pero con una verdad dolorosa: en cada relación existe un punto donde uno decide si sigue remendando o se deja romper del todo. Hay además una lectura social importante: Vivimos en una época obsesionada con el “verse bien”, el “funcionar”, el “llegar preparados”, el “dar la mejor impresión”. La pareja está atrapada en esa lógica. Todo lo que ocurre en la casa es backstage emocional. Lo público es el lugar donde no se puede fallar; lo privado, el lugar donde ya estamos fallando.
El corto revela la violencia silenciosa del rendimiento: la necesidad de estar perfectos, de llegar impecables, de sostener una imagen aunque por dentro estemos derrumbándonos. Es agotador. Y Pantyhose lo entiende.
Pantyhose logra algo rarísimo: hablar de amor sin romantizarlo, hablar de frustración sin caricaturizarla, hablar de ansiedad sin convertirla en un espectáculo. Todo lo hace desde un lugar profundo y humano, con detalles diminutos que cargan una fuerza enorme. Es un retrato de pareja honesto, incómodo, auténtico. Y, sobre todo, es un recordatorio de que las grandes rupturas empiezan con pequeños hilos sueltos.
Cuando Jonna cierra la puerta al final, el agujero en sus pantimedias no es un chiste: es una herida abierta que se lleva consigo. Y sin embargo, salen juntos. Porque así es el amor muchas veces: un pacto frágil entre dos personas que no quieren perderse aunque ya no sepan muy bien cómo sostenerse.
Pantyhose es un cortometraje que se siente vivo. Respira, tiembla, se incomoda. Su inteligencia radica en la delicadeza con la que observa lo que otros pasarían por alto: un agujero, una escalera, un berrinche, una selfie. Cada objeto se vuelve un espejo de algo más grande.
Uno termina de verlo con una mezcla de risa amarga, inquietud y ternura. Es una obra pequeña por fuera y gigantesca por dentro. Una exploración minuciosa del amor cuando deja de ser mágico y empieza a ser trabajo, diálogo, resistencia. Un retrato del momento preciso en que una pareja se da cuenta de que la perfección nunca fue el objetivo; lo importante siempre fue sobrevivir juntos a los agujeros en la tela. Me quito el sombrero ante este gran trabajo.
ELENCO
Satu Tuuli Karhu, Samppa Batal
EQUIPO
Direction – Fabian Munsterhjelm
Screenplay – Samppa Batal, Fabian Munsterhjelm
Producer – Jenni Ripatti
Cinematographer – Nestori Majoinen
Production Designer – Kaisa Luostarinen
Costume Designer – Riia Kallinen
Makeup Designer – Riina Savolainen
Editor – Lyydia Mäkipää
Sound Designer – Juho Salaterä
Music – KAJO (Sara Joensuu, Saku Anttila, Juho Salaterä)
Production Company - Wildhog Productions Ltd.
Assistant Director – Aino Niemi
Head of Production – Tuukka Vartiainen
1st Camera Assistant – Mikko Manninen
Gaffer – Saku Kaukiainen
Lighting Technician – Julius Jäppinen, Valo Sauri
Sound Editing – Juho Salaterä, Johannes Jalava
Sound Recordist – Ville Holmström
Boom Operator – Juho Salaterä
Final Mix – Saku Anttila
Music Mixing – Juho Salaterä
VFX – Jimi Kujanpää
Colorist – Juhani Vuorisalo / Grade One
Assistant Editor – Heli Kota
DCP – Petri Siitonen / Cinepro
Brand Collaboration – Aino Jolkkonen
Still Photographer – Jeremy Bengts
Graphic Designer – Jeremy Bengts
Poster Photography and Design – Laura Mainiemi
Camera and Lighting Equipment – Kinos Rentals, Safari Films Oy
Sound Equipment – Muuntamo Oy
Production Accounting – Rantalainen Oyj / Jenni Rantanen
Production Insurance – If Vahinkovakuutus Oyj / Eero Mäntyala

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