Reseña | "Amarela" de André Hayato Saito
AMARELA
SINOPSIS
São Paulo, julio de 1998. El día de la final del Mundial entre Brasil y Francia. Erika Oguihara, una adolescente nipo-brasileña de 14 años que rechaza las tradiciones familiares, ansía celebrar un título mundial para su país. En medio de la tensión que se acumula durante el partido, Erika experimenta una violencia que parece invisible y se sumerge en un mar de dolorosas emociones.
RESEÑA
En el corazón del director de Amarela, y en todo japonés que hoy vive en Brasil, hay una herida silenciosa producto de amar una tierra que, a través de sus habitantes, a veces parece no amar de vuelta. Esa herida no nace del rechazo explícito del gran país que es Brasil, sino de las miradas que dudan, de los gestos que interrogan y de los comentarios que recuerdan que el cuerpo es un archivo visible de otras historias. Ser de un lugar, sentirlo como patria íntima, y aun así cargar en el rostro, en la piel y en los rasgos la memoria de otro origen, es habitar una frontera constante e indeleble que no es geográfica, sino emocional.
Porque la nacionalidad, cuando se vive de verdad, no es un documento ni una bandera, sino una forma de arraigo: es la lengua en la que sueñas, comer farofa, arroz y feijão, saber exactamente qué significa "encher linguiça", decirle muy enojado a alguien "cara de pau", llorar de felicidad cuando Brasil gana un mundial o los rituales que haces tuyos sin haberlos elegido, como comer aguacate con azúcar en vez de sal, o aplaudir para decir "ya llegué" en vez de tocar el timbre. Pero el mundo no siempre reconoce ese tipo de pertenencia. El mundo suele creer más en los rasgos que en las convicciones, más en la apariencia que en el deseo. Y así, el cuerpo se convierte en una especie de prueba en contra, en un argumento mudo que otros usan para decirte: "no eres de aquí", aunque tú lo seas desde el fondo del corazón.
¿Qué es más humano que el anhelo de ser visto, aceptado y reconocido? Que el lugar que amas te devuelva la mirada y diga: "sí, te veo, eres uno de los nuestros". Ese deseo no es vanidad ni capricho... es una necesidad de coherencia entre lo que uno siente y lo que el mundo confirma.
Amarela avanza justo por este camino, el de la herida íntima, el de la experiencia que no necesita proclamarse para existir. André Hayato Saito no filma una historia sobre identidad; filma la incomodidad de habitar un cuerpo que nunca termina de ser aceptado como propio por el mundo que lo rodea. Ambientado durante la final del Mundial de 1998, Amarela se sitúa en un momento de euforia nacional que, paradójicamente, funciona como escenario de exclusión. El fútbol se revela aquí como un espacio donde las fisuras sociales se amplifican. Saito entiende que no hay nada más revelador que observar quién queda fuera cuando una nación grita al unísono.
Erika Oguihara, la protagonista, no es presentada como víctima ni como símbolo. Es, ante todo, un cuerpo joven cargado de contradicciones, deseos y frustraciones que no siempre saben cómo nombrarse. Su conflicto no se articula en palabras grandilocuentes, sino en silencios prolongados, en miradas que buscan aprobación y no la encuentran, en gestos mínimos que cargan un peso emocional devastador. André Hayato Saito confía profundamente en el lenguaje del cine: en la mirada, en el ritmo, en la espera.
La experiencia de Erika como japonesa-brasileña nunca se convierte en un discurso didáctico sobre la diáspora; Amarela no pretende educar desde la obviedad, sino incomodar desde lo vivido, desde la sensación de estar "en medio", de no ser nunca lo suficiente para encajar en ninguna categoría. Es una identidad construida a partir de negaciones: demasiado japonesa para ser brasileña, demasiado brasileña para ser japonesa. Ese espacio intermedio, ese limbo identitario, es el verdadero protagonista del cortometraje.
Formalmente, la elección de una cámara cercana, inquieta, casi respirando junto a Erika, refuerza la sensación de asfixia constante. No hay distancia cómoda entre el espectador y el personaje. La imagen no busca la pulcritud ni el encuadre perfecto; busca verdad. Los movimientos ligeramente torpes, los encuadres que parecen llegar tarde o irse antes de tiempo, generan una incomodidad persistente que dialoga directamente con el estado emocional de la protagonista. Es un cine que entiende que la forma no es un adorno, sino una extensión del conflicto interno.
El uso del espacio también es profundamente significativo. La calle, el ámbito público, se convierte en un territorio hostil, cargado de miradas que juzgan, que excluyen, que recuerdan a Erika que no pertenece del todo. El hogar, por otro lado, lejos de ser refugio absoluto, es un lugar donde pesan las expectativas, las tradiciones y los silencios heredados. Amarela no idealiza ningún espacio; ambos están atravesados por tensiones distintas, pero igualmente opresivas para su protagonista. La pertenencia, parece decir la película, no es un lugar físico, sino una promesa que ojalá siempre se cumpliera.
Uno de los aspectos más lúcidos del cortometraje es su tratamiento del patriotismo. Saito no lo presenta como una fuerza unificadora, sino como una emoción ambigua que puede volverse violenta cuando exige que todos se vean igual. En medio del fervor futbolístico, emerge un nacionalismo que no admite matices, que no sabe qué hacer con quienes desentonan con la imagen hegemónica de la nación. Amarela no acusa de forma directa, pero tampoco es complaciente. Observa con una claridad inquietante cómo el entusiasmo colectivo puede convertirse en un mecanismo de exclusión profundamente cruel.
La interpretación de Melissa Uehara es fundamental para que todo esto funcione. Su actuación está construida desde la contención absoluta y total. No hay estallidos emocionales innecesarios ni gestos sobreactuados. Todo ocurre por debajo de la superficie, como una presión que se acumula lentamente. Su rostro es un territorio donde conviven la esperanza, la confusión, la rabia y una tristeza que no termina de encontrar salida. Es una interpretación que exige atención y paciencia, y que recompensa al espectador con una honestidad desarmante.
El plano final, largo y casi insoportable en su quietud, resume la ética del film. Erika queda sola, confinada a un espacio doméstico que parece imponerle un rol específico, una función, una identidad esperada. Llora, pero su llanto no es catártico. Le pesa. Llora por la derrota de Brasil, sí, pero también por todo lo que esa derrota simboliza: la imposibilidad de ser vista como parte de ese "nosotros" que tanto desea integrar. Es un momento devastador precisamente porque el film termina, pero el conflicto permanece.
Lo que vuelve a Amarela una obra profundamente universal no es su contexto específico, sino su capacidad para hablar de una experiencia compartida por millones: la de vivir en el margen, la de ser definido constantemente por otros, la de cargar con una identidad que nunca parece suficiente.
En su aparente sencillez, Amarela es una obra de una madurez extraordinaria. Un film que entiende que el cine no siempre debe explicar el mundo, sino hacerlo sentir. Que a veces basta con colocar la cámara frente a una experiencia honesta y permitir que el silencio haga su trabajo. Y cuando eso ocurre, como aquí, el resultado no es sólo una gran obra, sino un gesto profundamente humano.
REPARTO
Melissa Uehara, Ricardo Oshiro, Carolina Hamanaka, Kazue Akisue, Pedro Botine, Joana Amaral, Lorena Castro, Kadu Oliveira, Izah Neiva, Yuki Sugimoto, Bruno Dias, Naoki Takeda, Bernardo Antônio, Adriana Hideshima, Alice Saori, Takao Yabu
EQUIPO
Directed by André Hayato Saito
A Production by MyMama Entertainment
Written by André Hayato Saito, Luigi Madormo & Tati Wan
Produced by Mayra Faour Auad & Gabrielle Auad
Co-Produced by André Hayato Saito & Tati Wan
Executive Producer - João da Terra
Associate Producers - Fernanda Takai, Rodrigo Pasianotto, Jacqueline Sato & Ilda Santiago
Production Design - Luana Kawamura Demange
Cinematography - Hélcio Alemão Nagamine
Editing - Caroline Leone
Casting - Gy Ogata
Costume Design - Yuri Kobayashi
Original Soundtrack - Dudu Tsuda & Lilian Nakahodo
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