Reseña | "Extremist" de Alexander Molochnikov
EXTREMIST
SINOPSIS
Una joven artista rusa hace una declaración contra la guerra al intercambiar etiquetas de alimentos con mensajes pacifistas en un supermercado de Moscú, lo que conduce a su arresto y a la amenaza de una sentencia de 10 años de prisión.
RESEÑA
En Extremist, el brillante cortometraje de Alexander Molochnikov, se retrata un tipo de violencia del que pocas veces se habla: la violencia que consiste en impedir nombrar. Cuando un Estado convierte la acusación moral en traición, cuando decir "esto es atroz" equivale a decir "yo no pertenezco a este país", la verdad y los hechos dejan de ser terreno en común y se transforman en riesgo personal. En ese punto, la acusación ya no es un acto cívico sino una apuesta existencial. No se trata sólo de disentir, sino de exponerse a la sospecha, al señalamiento, a la pérdida de derechos que deberían ser inalienables. El ciudadano que acusa no es refutado: es deslegitimado. Se le niega la condición de interlocutor para convertirlo en "una anomalía del sistema". El mensaje es claro en la mayoría de nuestras sociedades: "la moral termina donde empieza la patria". Y ese pensamiento me aterra.
Esta imposibilidad no nace únicamente de las leyes explícitas, aunque a veces se codifique en ellas. Nace, sobre todas las cosas, de un clima. De una pedagogía del miedo. De la interiorización de una frontera invisible que separa lo decible de lo indecible. El individuo aprende a callar antes de que se le ordene callar. Aprende a dudar de su propio juicio antes de que otro lo haga por él. Así, el Estado no necesita censurar a todos: basta con que muchos se autocensuren. Lo atroz, entonces, no es sólo el acto cometido por el gobierno, sino la arquitectura que lo vuelve inatacable. Un crimen que no puede ser nombrado se vuelve un crimen sin responsables. Y un crimen sin responsables se normaliza, se diluye en eufemismos, se recicla como "daño colateral", "defensa del orden" o "necesidad histórica". El lenguaje se convierte en un cómplice.
Acusar al propio gobierno, como la heroína Sasha Skochilenko, debería ser una expresión extrema de lealtad ética: la lealtad a la vida, a la dignidad, a la idea misma de comunidad. Pero en estos contextos la lógica se invierte perversamente. La lealtad se redefine como obediencia, y la crítica como sabotaje. Quien señala la herida es tratado como si la hubiera causado. Quien se niega a mentir es acusado de romper la unidad.
En apenas dieciocho minutos, Extremist construye una experiencia moral, sensorial y política que no se limita a denunciar, sino que obliga a pensar. Inspirado en el caso real de Sasha Skochilenko, la joven artista rusa arrestada por cambiar etiquetas de precios en un supermercado por mensajes antibélicos, el cortometraje no se interesa tanto en el acto en sí como en sus reverberaciones. En cómo una acción microscópica puede desatar la maquinaria pesada, grotesca y perfectamente aceitada de un sistema que teme más a la verdad cotidiana que a la confrontación frontal.
Desde sus primeros planos, Extremist establece una tensión esencial: la desproporción. Lo que vemos es banal, pero lo que se pone en juego es absoluto. Molochnikov entiende que el verdadero horror no está en la violencia explícita, sino en la normalización del castigo. El supermercado, un espacio diseñado para el tránsito "a la ligera", para la suspensión del pensamiento, se convierte aquí en el lugar exacto donde la conciencia irrumpe. No es una plaza pública ni una tribuna política: es el pasillo de los lácteos, de los embutidos... Y precisamente por eso resulta intolerable para el poder.
El cortometraje rehúye deliberadamente el énfasis melodramático. No hay música subrayando emociones, ni discursos grandilocuentes diseñados para provocar lágrimas fáciles. En cambio, hay una puesta en escena contenida, casi ascética, que confía en la inteligencia del espectador. La cámara de Mikhail Krichman observa con una quietud inquietante, como si supiera que el menor movimiento podría delatar algo. Los encuadres (particularmente en los espacios judiciales) están cargados de una memoria invisible: corredores que parecen oler a miedo, a burocracia, a resignación aprendida. No es casualidad: Molochnikov filma esos espacios desde la experiencia, no desde la reconstrucción.
Uno de los grandes aciertos de Extremist es entender que el totalitarismo no necesita monstruos evidentes. Basta con funcionarios correctos, con procedimientos aparentemente razonables, con vecinos dispuestos a denunciar por costumbre o convicción. El verdadero antagonista del film no es un individuo, sino una lógica: la de un sistema que no soporta aquello que no puede controlar. Cambiar una etiqueta es, en ese sentido, un acto radical no porque sea ruidoso, sino porque es imprevisible. No puede regularse, no puede anticiparse, no puede convertirse fácilmente en propaganda inversa. Es una grieta.
El guion, escrito también por Molochnikov, es notable por lo que omite: entiende que explicar demasiado es una forma de traición. Hay silencios que pesan más que cualquier línea de diálogo, y miradas que contienen una historia entera de miedo, amor y resistencia. La relación afectiva de la protagonista (una relación queer en un contexto que la tolera solo mientras no se haga visible) añade una capa adicional de vulnerabilidad sin convertirse jamás en un “tema” explotado. Es simplemente parte de lo que está en riesgo. Amar, aquí, también es un acto político.
Quizá el momento más devastador de Extremist no sea el arresto ni la sentencia, sino la negativa. El instante en que la protagonista se rehúsa a firmar un documento que niega la verdad de lo que dijo. Ahí la película se desplaza de la denuncia al terreno de la ética pura. No se trata ya de protestar, sino de no traicionarse. De aceptar el precio de la coherencia cuando el sistema ofrece una salida fácil a cambio de la mentira. En ese gesto Extremist encuentra su núcleo moral más poderoso.
Lo que vuelve al film profundamente perturbador es su capacidad de trascender su contexto inmediato. Aunque está anclada en la Rusia contemporánea, Extremist no pertenece únicamente a ese país ni a ese momento histórico. Más bien funciona como una advertencia sin estridencias: los mecanismos que muestra no son exclusivos de un régimen lejano y “exótico”. Son procesos reconocibles, replicables, exportables. La criminalización de la verdad, la confusión deliberada entre información y extremismo, la idea de que el orden debe preservarse incluso a costa de la justicia. Todo eso resulta peligrosamente familiar... para todos nosotros y para todos nuestros gobiernos, especialmente en estos tiempos.
Molochnikov no filma desde la superioridad moral, sino desde la herida de su propia vida. Desde la conciencia de que el arte, cuando se toma en serio, no es un refugio sino un riesgo. Extremist es también una reflexión sobre el lugar del artista frente al poder: no como héroe idealizado, sino como alguien que decide no callar aun sabiendo que el silencio sería más seguro. En ese sentido, el cortometraje dialoga con una larga tradición de cine político, pero lo hace despojándose de solemnidad y apostando por la precisión.
Al terminar Extremist, queda una sensación incómoda, persistente. No la de haber sido “informado”, sino la de haber sido interpelado. El cortometraje no pregunta qué haríamos nosotros en una situación extrema; sugiere algo más inquietante: que las situaciones extremas no siempre se presentan como tales. A veces llegan disfrazadas de rutina, de supermercado, de papelitos recién impresos. Y entonces la pregunta no es si seríamos valientes ante una gran injusticia, sino si seríamos capaces de reconocerla cuando adopta la forma más ordinaria posible. En su aparente modestia, Extremist es una obra feroz. Un film que entiende que el cine no siempre cambia el mundo, pero puede impedir que lo aceptemos tal como está.
Hay una canción antibélica que siempre vuelve a mi mente cuando intento entender por qué historias como la de Extremist duelen de una manera tan particular. Milonga del moro judío, de Jorge Drexler, no es un himno ni una consigna: es una toma de postura íntima, casi frágil. En uno de sus versos dice: “no hay una piedra en el mundo que valga lo que una vida”, y más adelante pide perdón por no alistarse “bajo ninguna bandera”, porque “vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste”. Hay algo profundamente incómodo en esa declaración, porque se niega a participar del lenguaje con el que el poder se justifica.
Drexler canta que no se alista bajo ninguna bandera, y Extremist lleva esa idea hasta sus últimas consecuencias. Porque negarse a alistarse no es una postura cómoda: es quedar expuesto, sin protección simbólica, sin el amparo de una causa colectiva que lo excuse todo. La protagonista no actúa en nombre de una ideología abstracta, sino de una verdad mínima: que la guerra mata, que la mentira es violencia, que aceptar lo inaceptable también es una forma de participación. Su negativa a firmar, a retractarse, a acomodar su discurso para sobrevivir, no es un gesto épico; es un acto de fidelidad consigo misma. Y eso, en ciertos contextos, resulta imperdonable.
Lo devastador de Extremist es que no ofrece consuelo. No promete que la verdad triunfa, ni que el sacrificio será recompensado, ni que el sistema terminará cediendo. Lo único que afirma es que hay momentos en los que elegir no mentir tiene un costo real, concreto y corporal. Y aun así, sugiere que ese costo es menor que el de traicionarse. Que perder la libertad es terrible, pero perder la propia voz puede serlo aún más. Nos recuerda, como la canción de Drexler, que ninguna piedra, ningún símbolo, ningún “bien mayor” justifica el sacrificio de una vida concreta. Y que, a veces, la forma más radical de resistencia no es gritar, sino negarse a repetir una mentira.
REPARTO
Viktoria Miroschnichenko, Tina Dalakishvilli, Liliyan Malkina, Artur Smolyaninov, Dana Bjork
EQUIPO
Directed by Alexander Molochnikov
Screenplay by Alexander Molochnikov, Mikhail Durnenkov
Produced by Jean Chapiro, Alexander Molochnikov, Julie Zaytseva, Svetlana Punte, Forma Pro Films
Executive Producers - Ben Stiller, John Lesher, Ramin Bahrani, Odessa Rae, Sheryl Crown, Rick Schwartz, Anna Sokur, Sarah Calodney, Dmitry Gershfeld, Max Pavlov, Diane Alvarez, Olga Knows Best
Director of Photography: Mikhail Krichman
Production Designers: Vladislav Ogay, Lyubov Korolkova
Costume Designer: Maria Kabish
Sound Mix by Ryan Billia
Original Score by Juan Carlos Enríquez
Vocalist: Lena Glikson
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