Reseña | "Heartbeat" de Jay Rosenblatt y Stephanie Rapp

HEARTBEAT



SINOPSIS

Los cineastas Jay Rosenblatt y Stephanie Rapp se enfocan en sí mismos mientras lidian con el amor, el conflicto y la profunda decisión de tener un hijo. Filmada hace 25 años, Heartbeat es una mirada cruda y sin filtros a momentos extremadamente íntimos que rara vez se ven en documentales.


RESEÑA

Documentar no es observar desde la distancia, sino intervenir. Cada vez que una cámara se enciende, algo cambia en el mundo que intenta registrar, no porque la realidad se finja, sino porque queda atrapada en una forma, en una duración, en una mirada que inevitablemente selecciona y excluye. El documentarista no sólo decide qué mostrar, sino cuándo mirar, desde dónde y con qué derecho.

Existe una ilusión persistente de que el documental es el terreno de la verdad pura: un espacio donde la ética se da por hecho y la intención basta para justificar el gesto. Pero la realidad es más compleja. Filmar implica una responsabilidad que no se agota en el consentimiento ni en la honestidad emocional. Implica preguntarse qué ocurre cuando una experiencia íntima deja de pertenecer únicamente a quienes la vivieron y se convierte en materia compartida, debatida y juzgada. Esa transformación no es neutra, pero tampoco es necesariamente ilegítima: es una zona de riesgo donde el cine decide si retrocede o avanza.



Algunos cineastas usan la cámara como testigo; otros, como refugio; otros más, como una herramienta para comprender aquello que todavía no pueden nombrar. En los casos más extremos, y quizá más reveladores, la cámara se convierte en un espacio de negociación de emociones, un lugar donde se ensayan decisiones antes de que el mundo las vuelva irreversibles. Ahí, el documental deja de ser un simple registro y se transforma en proceso, en pensamiento en movimiento.

Lo que está en juego en ese tipo de obras no es sólo el acontecimiento filmado, sino la legitimidad misma del acto de filmar. ¿Hasta dónde puede llegar un documental cuando lo que documenta no es un hecho histórico ni una denuncia pública, sino una conversación privada, un miedo no resuelto, una posibilidad que todavía no ha tomado forma? ¿En qué momento la honestidad se vuelve exposición, y la exposición, una forma de violencia involuntaria? Las respuestas no son claras, y pienso que en muchos casos no deberían serlo.

Los documentales que se atreven a habitar ese territorio no buscan comodidad ni consenso. Jay Rosenblatt es experto en ellos. Exigen del espectador algo más que empatía: exigen una postura. Nos obligan a preguntarnos no sólo qué estamos viendo, sino por qué creemos tener acceso a ello. Y en ese cuestionamiento previo, incluso antes de que la historia se revele por completo, el documental ya ha cumplido una de sus funciones más complejas: desestabilizar la idea de que mirar es simplemente un acto inocente.



Después de esta larga introducción, y de esta toma de postura de quien escribe, aparece finalmente Heartbeat, el cortometraje dirigido por Jay Rosenblatt y Stephanie Rapp. Una obra que no se sostiene tanto por lo que revela como por lo que nos obliga a cuestionar de nosotros mismos, no porque su material sea hermético, sino porque cada una de sus imágenes plantea una serie de preguntas incómodas que el film se rehúsa a responder por nosotros: Rosenblatt y Rapp no filman un acontecimiento extraordinario; filman el proceso previo a un acontecimiento que nunca llega a existir del todo. El centro del cortometraje no es la pérdida de un embarazo sin latido, sino el terreno ético y emocional que se transita antes de saber que ese embarazo está condenado. Y es ahí donde Heartbeat encuentra su fuerza más perturbadora: en ese tiempo suspendido donde las decisiones aún no han sido tomadas, pero ya pesan.

El film se articula como una serie de conversaciones domésticas grabadas en 1999, sin la distancia ni la conciencia de posteridad que solemos asociar al archivo. No hay una "puesta en escena" evidente del dolor: hay discusiones, dudas, silencios incómodos, frases dichas a medias. Rosenblatt y Rapp hablan de la posibilidad de tener un hijo como quien habla de una responsabilidad que aún no sabe si puede cargar. La idea, incómoda, pero profundamente honesta, de que ambos deben estar bien para que el bebé esté bien aparece antes de cualquier tragedia médica, y eso altera por completo la lectura del film.

Uno de los grandes méritos de Heartbeat es que no se apresura a santificar a sus protagonistas. Rosenblatt, en particular, se muestra ansioso, racional hasta rozar la torpeza emocional. El film no intenta corregir esa imagen en la sala de edición; la conserva. Esa decisión es una apuesta ética: aceptar que la vulnerabilidad no siempre se expresa de manera agradable; si esto puede leerse como una debilidad, también puede entenderse como una negativa a suavizar lo que fue incómodo incluso para quienes lo vivieron.

Desde ahí surge una de las tensiones más interesantes del cortometraje. Heartbeat corre el riesgo consciente de que una experiencia compartida termine organizada desde la voz que edita, estructura y presenta el material. Stephanie Rapp está presente, es frontal, vulnerable, pero no siempre controla el dispositivo. El film no resuelve esta asimetría, pero tampoco la oculta. La deja a la vista, como parte del conflicto mismo que está documentando. El espectador atento no puede dejar de notarla, y en esa incomodidad se abre una lectura más rica que la mera acusación.

Formalmente, el cortometraje es austero hasta el límite. La edición privilegia la continuidad emocional por encima de cualquier artificio. No hay música manipuladora ni subrayados innecesarios. El paso del tiempo que separa la pérdida del nacimiento posterior no se convierte en un arco narrativo tranquilizador, sino en un eco: sabemos que la historia continúa, pero el film se niega a usar ese conocimiento como alivio retrospectivo.

Es precisamente esta negativa a ofrecer consuelo lo que vuelve a Heartbeat tan divisivo. Para algunos espectadores, el film cruza una línea ética al exponer discusiones privadas que nunca estuvieron destinadas al ojo público. Para otros, y aquí es donde la película cobra mayor sentido, esa exposición no es un exceso, sino el núcleo mismo de la propuesta: un gesto que desafía la idea de que ciertas conversaciones deben permanecer ocultas para preservar una noción cómoda de intimidad.



Hay momentos, sin duda, en los que el cortometraje roza el límite entre la observación honesta y la autoconciencia retrospectiva. El hecho de que el material haya sido recuperado 25 años después le da al film una pátina de inevitabilidad que no siempre se sostiene por sí sola. Pero incluso ahí, más que un problema, aparece una pregunta legítima: ¿cuándo una experiencia personal adquiere sentido como obra?, ¿quién decide ese momento?

Reducir Heartbeat a un ejercicio narcisista sería, en última instancia, una lectura insuficiente. El film funciona precisamente porque no dicta una postura sobre el aborto, la maternidad o la paternidad. Tampoco busca representar una experiencia universal; hace algo más arriesgado: presenta una experiencia particular sin pedir permiso para que resulte incómoda, contradictoria o difícil de mirar. No trata de decisiones correctas o incorrectas. Trata de la fragilidad del deseo, de la dificultad de nombrar lo que se quiere sin traicionarse a uno mismo, y del peso casi insoportable de decidir antes de saber. Es un film que incomoda porque nos recuerda que muchas de las conversaciones más importantes de la vida no ocurren en momentos solemnes, sino en espacios cotidianos, con una cámara encendida casi por inercia.

Se puede, y quizá se debe, cuestionar Heartbeat: su ética, su punto de vista, su desequilibrio interno... pero es difícil negarle algo fundamental: no es un film que se esconda detrás de su tema. Se expone con todas sus contradicciones, incluso cuando esas contradicciones lo vuelven vulnerable. Y tal vez ahí esté su valor más duradero: no en su capacidad de ofrecer respuestas, sino en su insistencia en dejar abiertas las preguntas, obligándonos a pensar qué tipo de cine estamos dispuestos a aceptar cuando la intimidad deja de ser sólo privada y se convierte en una interrogación directa al espectador.


EQUIPO

A Film by Jay Rosenblatt & Stephanie Rapp

Online Editing - Summers Henderson

Sound Mix - Dan Olmsted

Color Grading - Robert Arnold

Music - Predule #7 in A Major - Frédéric Chopin