Reseña | "On Healing Land, Birds Perch (Đất Lành, Chim Đậu)" de Naja Phạm Lockwood

ON HEALING LAND, BIRDS PERCH

ĐẤT LÀNH, CHIM ĐẬU



SINOPSIS

Tras una de las fotografías más icónicas de la guerra de Vietnam, ganadora del Premio Pulitzer, se esconde una historia que resuena con las crisis globales actuales. Entretejida con las voces de los supervivientes, On Healing Land, Birds Perch medita sobre la memoria, la pérdida y la renovación, confrontando las cicatrices perdurables de la guerra y la resiliencia de los refugiados que reconstruyen sus vidas.


RESEÑA

Un disparo a quemarropa. La muerte de un padre. El comienzo del juicio colectivo de otro.

El momento capturado por Eddie Adams en la famosa fotografía del 1 de febrero de 1968, durante la Ofensiva del Tet en Saigón, encapsula la esencia cruda y multifacética de la guerra, donde las líneas que separan los conceptos de víctima y victimario se desdibujan en un remolino de supervivencia, lealtad y desesperación. En el centro de esa escena se encuentran dos hombres: el general Nguyễn Ngọc Loan, jefe de la policía nacional survietnamita, y Nguyễn Văn Lém, un presunto oficial del Viet Cong. El acto no es sólo un instante de violencia, sino un eco de un conflicto que devoró almas y naciones enteras.

Considerando un contexto más amplio, la guerra de Vietnam no era un tablero de ajedrez con piezas establecidas, sino un laberinto complejo de ideologías, invasiones y resistencias locales, donde cada bando actuó bajo el peso de pérdidas acumuladas. No se trata de excusar o condenar, sino de reconocer que en la guerra, las acciones emergen de un ciclo interminable: cada muerte, inevitablemente, engendra la siguiente, alimentada por el miedo, la propaganda y la necesidad de proteger lo propio. 

Un documental sobre este hecho podría pensarse del tipo que denunciaría lo cometido, pero On Healing Land, Birds Perch hace lo opuesto: escucha, e intenta preservar la memoria haciéndolo. Escucha a los vivos que cargan con una imagen que el mundo creemos conocer, pero que en realidad nunca nos hemos detenido a comprender. A partir de una de las fotografías más reproducidas del siglo pasado, el documental no intenta corregir la historia ni disputar su lugar en la idiosincrasia mundial, sino desarmarla emocionalmente, devolverle su complejidad humana y exponer las duras heridas que la imagen congeló, pero nunca cerró.

Lo más sorprendente es la negativa del cortometraje de Naja Phạm Lockwood a tomar partido: aquí no hay villanos ni héroes, sino hijas e hijos, silencios heredados, biografías partidas por un instante que ocurrió demasiado rápido para entenderse y demasiado brutal para olvidarse. El film se construye desde una sensibilidad que entiende algo fundamental: las imágenes históricas no son neutrales y tampoco son completas. La fotografía de Adams fue instrumental para el movimiento pacifista estadounidense, sí, pero también fue una condena perpetua para quienes quedaron atrapados en su encuadre. Lockwood no discute la potencia de la imagen; discute su suficiencia. Nos recuerda que ninguna fotografía, por brutal que sea, puede contener una vida entera, ni justificar que una persona quede reducida a un sólo gesto, a un sólo segundo.

La decisión de no convertir el relato en un manifiesto político obliga al espectador a asumir una responsabilidad más grande: pensar, sentir e incomodarse porque la guerra no es un conflicto de bandos, sino una maquinaria que degrada a todos por igual, que obliga a tomar decisiones imposibles y luego condena a quienes las tomaron a cargar con ellas durante toda la vida. Ninguno sale ileso. Nadie gana del todo.



Aquí, el pasado no se revisita como reconstrucción factual, sino como memoria afectiva. Cada testimonio es presentado no como evidencia, sino como verdad subjetiva. Cuando la hija del general Loan habla de su padre, no está corrigiendo la historia: está reclamando el derecho a recordar a un ser humano completo, al ser humano completo al que ella llamó "padre". Y el film entiende que esa reclamación no necesita ser verificada, sino escuchada.

Formalmente, On Healing Land, Birds Perch es sobrio y preciso. Cada elección estética parece guiada por una ética del cuidado: la intimidad, el silencio y la contención emocional de cada testimonio. Nada está forzado ni dramatizado. Es una cámara que no está interrogando, sino acompañando a los sujetos que graba. Su detalle más devastador, y a la vez hermoso, es su dimensión intergeneracional, porque no habla sólo de lo que ocurrió, sino de lo que se transmitió: el mutismo de los padres, las preguntas tardías de los hijos, la extrema culpa que no encuentra palabras, y el duelo que nunca tuvo oportunidad de existir. En ese sentido, la historia que cuenta es profundamente universal. Podría pertenecer a cualquier guerra, a cualquier país, a cualquier familia marcada por una violencia temprana que se fue demasiado tarde.

El título funciona como una clave poética y moral. “En tierra sanada, las aves se posan” no es una metáfora optimista, sino una aspiración frágil: no afirma que la tierra esté curada, sino que plantea la pregunta de qué condiciones serían necesarias para que alguien, ya sea un refugiado, un hijo o una memoria, pueda finalmente descansar, pueda finalmente volver. En ese sentido, el film no trata solo de Vietnam: dialoga directamente con Palestina, Venezuela, Ucrania, Siria, Irán, Sudán, con cualquier geografía donde la violencia produce generaciones enteras de silencios heredados.



Sería ingenuo pretender que el propósito del cortometraje es el de cerrar todas las heridas del mundo, pero abre un espacio para mirarlas sin miedo, para aceptar que algunas cicatrices no desaparecen, pero pueden dejar de doler si se comparten. Al final, el documental no redefine una fotografía, sino nuestra relación con ella. Nos recuerda que detrás de cada imagen hay vidas que continúan, personas que envejecen, hijos que preguntan, memorias que todavía piden ser escuchadas.

Es un film profundamente triste que me destruyó, pero no me dejó sin esperanza. Es una luz tenue, como toda luz real: nace del reconocimiento mutuo, de la empatía, del acto radicar de escuchar al otro. Cuando termina, uno siente como si hubiera sido invitado a un duelo colectivo que el mundo pospuso durante décadas.

Sanar también es un acto político, y sin memoria humana ninguna paz es posible.


EQUIPO

Director: Naja Phạm Lockwood

Producers: Julian Cautherley, Naja Phạm Lockwood

Executive Producer: Geralyn Dreyfous, Judy Korin, Donald Young, Lan Cao, Larry H Miller and Gail Miller Family Foundation, Jim and Susan Swartz, Scott Anderson

Director of Photography: Carmen Delaney

Editor: Wesley Lipman

Original Score Composed by Dylan Trần