Reseña | "Perfectly a Strangeness" de Alison McAlpine
PERFECTLY A STRANGENESS
SINOPSIS
En la deslumbrante incandescencia de un desierto desconocido, tres burros descubren un observatorio astronómico abandonado y el universo. Una exploración sensorial y cinematográfica de lo que puede ser una historia.
RESEÑA
El cine contemplativo suele ser subestimado porque exige algo que la lógica del consumo rápido ha ido erosionando: tiempo, silencio y disposición interna. Vivimos en una época en la que se le pide al cine que explique, que acelere, que subraye; estas obras optan por lo contrario: dar un paso atrás, confiar en la inteligencia emocional y perceptiva del espectador, y dejar que la imagen respire. No es un cine que busque impresionar en el instante, sino habitarse después.
Su magia no ocurre necesariamente en la butaca del cine, sino en el camino de regreso a casa, en el eco que te deja una mirada, un plano fijo o un gesto mínimo. Como la poesía, Perfectly a Strangeness no se agota en lo que muestra, sino en lo que sugiere: cada silencio es una invitación, cada elipsis un espacio para que el espectador complete con su propia memoria, su propia sensibilidad, su propio estado de ánimo.
El cortometraje es una obra que no se presenta para descifrarse, sino como espacio para habitarse, y lo hace con una convicción firme y silenciosa muy poderosa... tanto, que al terminar de verlo, uno tiene la sensación de haber visto algo íntimo, casi secreto, como si hubiera ocurrido sin preocuparse demasiado por nuestra presencia.
Tres burros atraviesan un desierto y descubren un observatorio astronómico abandonado. No hay palabras, ni hay guía, no hay intención explícita de "decir" algo; sin embargo, pocos films recientes logran decir tanto precisamente por lo que se niegan a verbalizar. Perfectly a Strangeness se construye desde la confianza absoluta en los elementos más primarios del cine: la luz, el sonido, el movimiento y el tiempo. Todo lo demás, como se dice coloquialmente en mi país, "sale sobrando".
El desierto que McAlpine filma para mí no es un simple escenario: es un estado mental. Un espacio suspendido, casi fuera del mundo, donde las referencias humanas se desvanecen. No hay ciudades, no hay voces, no hay prisa por nada de nada. El paisaje parece existir desde antes del lenguaje y continuará ahí cuando el lenguaje ya no sea necesario. En ese contexto, la aparición de los observatorios, esas enormes estructuras metálicas diseñadas para mirar el cosmos, resulta tan extraña como natural: son artefactos de una civilización ausente, máquinas que siguen funcionando sin testigos ni técnicos manejándolas, como si el deseo humano de comprender el universo persistiera incluso después de nuestra ausencia.
Lo extraordinario del film no radica en la simple yuxtaposición entre animales y tecnología, sino en la manera en que ambas presencias son filmadas desde una misma dignidad perceptiva. McAlpine no privilegia la mirada humana ni intenta traducir la experiencia animal a códigos que nos resulten cómodos como espectadores-testigos. Al contrario: la película nos obliga a desacelerar, a abandonar nuestra compulsión interpretativa, a mirar sin exigir respuestas "a la de ya". Los burros no son ni símbolos, ni alegorías evidentes, ni tampoco vehículos de un mensaje cerrado: son cuerpos que sienten, que escuchan, que se detienen.
Las orejas que se mueven, los ojos que reflejan la luz como si contuvieran un cielo propio, los pasos lentos sobre la tierra: todo está filmado con una atención casi reverencial. No hay ironía ni condescendencia, sino respeto. Y ese respeto se extiende también a los observatorios, filmados no como monumentos al progreso, sino como organismos dormidos que despiertan al caer la noche. Cuando las cúpulas se abren y comienzan a moverse, el film alcanza uno de sus momentos más inquietantes y bellos: las máquinas parecen bailar, como si respondieran a un ritmo antiguo, anterior incluso a su función científica.
El sonido juega un papel fundamental en esta experiencia. La música y el diseño sonoro funcionan más bien como una atmósfera viva, cambiante, a veces áspera, a veces hipnótica. Los instrumentos elegidos producen una sonoridad difícil de identificar, ajena a cualquier tradición reconocible. Esa extrañeza sonora refuerza la sensación de estar asistiendo a algo que no nos pertenece del todo, algo que ocurre al margen de nuestra necesidad de clasificar.
Hay en Perfectly a Strangeness una idea persistente que atraviesa todo el metraje: la de la percepción como misterio. El film no se pregunta qué ven los burros en el observatorio; se pregunta, de forma profunda, qué no estamos viendo nosotros. Al desplazar el centro de la experiencia hacia lo no humano, McAlpine nos confronta con los límites de nuestra propia mirada. El observatorio, construido para ampliar la visión humana del universo, termina revelando lo contrario: nuestra fragilidad perceptiva, nuestra dependencia de mediaciones, nuestra distancia creciente con lo elemental.
El cortometraje también dialoga, de manera sutil pero constante, con la tradición del cine como poema. No hay aquí una voluntad de ruptura estridente ni un gesto experimental vacío: todo está cuidadosamente orquestado, pero sin rigidez; cada plano parece encontrar su duración justa, como si el film respirara por sí mismo. La estructura se organiza en movimientos, no en actos, y esa decisión formal tiene consecuencias profundas: el tiempo deja de ser narrativo y se vuelve sensorial. No avanzamos hacia una conclusión; simplemente atravesamos un ciclo.
En esa circularidad hay algo profundamente humano, paradójicamente. Aunque la película prescinda del lenguaje y del rostro humano, lo que propone es una reflexión íntima sobre nuestra relación con el mundo. Sobre nuestra necesidad de observar, de comprender, de nombrar, y también sobre la posibilidad cada vez más remota de aceptar lo desconocido sin dominarlo.
Perfectly a Strangeness, tristemente, podría incomodar a algunos... ¿Por qué? Porque no se puede consumir distraídamente, porque no ofrece gratificación inmediata, porque nos confronta con el vacío, con la espera, con la posibilidad de no entender del todo; pero ahí radica su potencia: en recordarnos que el cine también puede ser una forma de pensar, una poesía hecha de luz y tiempo, un espacio donde el sentido no se impone, sino que se descubre (o se intuye) mucho después de que la pantalla se apaga.
En un panorama cinematográfico saturado de explicaciones, de urgencias discursivas y de imágenes que reclaman atención, el gesto de Alison McAlpine resulta radical en su sencillez. Apostar por el silencio, por la observación, por la ambigüedad, es hoy más que nunca una forma de resistencia. Este cortometraje no pretende ser comprendido de una sola vez. Invita a ser revisitado, como se vuelve a un poema o a una pieza musical que nunca se agota, que cada vez ofrece una lectura diferente.
REPARTO
Palomo, Ruperto & Palaye
EQUIPO
Director, Writer, Producer - Alison McAlpine
Editor - Carolina Siraqyan
Director of Photography - Nicolas Canniccioni
Focus Puller, Camera Assistant - Pablo Martínez
Timelapses - Alison McAlpine, Nicolas Canniccioni, Pablo Martínez, Andreas Kaufer
Sound Recordist - Andrés Espinoza
Additional Sound Recording - Felix Blume, Andrés Carrasco, Alison McAlpine
Music Composer - Ben Grossman
Musicians - Ben Grossman, Julie Houle
Sound Designer - Samuel Gagnon-Thibodeau
Re-Recording Mixer - Stéphane Bergeron
Colourist - Marc Boucrot
Visual Effects - Charles Marchand, Flame Artist, Phenomen FX
Consulting Producers - Andreas Mendritzki, Aonan Yang, Carmen García
Development Mixer & Sound Consultant - Lou Solakofski
Additional Cinematography - Mathieu Laverdière
Timelapse Consultant - Babak Tafreshi
Timelapse Post-Processing - Mahdi Zamani, Amirreza Kamkar
Assistant Editors - Eduardo Segovia, Charles-Étienne Viau
Produced by Second Sight Pictures
In Association with GreenGround Productions



