Reseña | "The Singers" de Sam A. Davis
THE SINGERS
SINOPSIS
The Singers es una adaptación cinematográfica de un cuento del siglo XIX escrito por Iván Turguénev. En ella, un bar humilde lleno de hombres oprimidos conecta inesperadamente a través de un concurso de canto improvisado.
RESEÑA
El bar ha sido, históricamente, un lugar malinterpretado, reducido al exceso y al ruido, pero pocas veces se le concede la complejidad que realmente alberga. Sin embargo, en el bar que Sam A. Davis retrata en The Singers, existe algo profundamente irónico en que sea justo el espacio donde muchos hombres pueden, por fin, compartir su sensibilidad, su inclinación artística y su fragilidad. Un sitio donde el derecho a ser sensible no requiere permiso ni justificación, donde se puede ser hombre en todas sus dimensiones sin tener que defenderse de la mirada ajena.
El bar es, quizá, uno de los últimos refugios profanos del hombre herido. No por lo que promete, sino por lo que permite: sentarse sin dar explicaciones, pedir algo que adormezca o que queme, y quitar de los hombros, aunque sea por un instante, el peso de ser uno mismo. No es un templo, pero comparte con él una función antigua y esencial: ofrecer un espacio donde el dolor pueda reposar, aunque sea de manera imperfecta, incompleta, transitoria.
Quien entra a un bar no siempre busca alcohol. A veces busca una pausa. El derecho a no estar bien sin tener que justificarlo. El vaso se convierte entonces en intermediario entre el cuerpo y la herida, como si llevarlo a los labios sellara un pacto silencioso: “durante este trago, al menos durante este instante, no pensaré en lo que me rompe”. Y aun así, lo verdaderamente notable es que el bar no pertenece a nadie en particular. Las penas que lo habitan son privadas, pero el espacio es compartido. Cada mesa guarda una historia distinta, y sin embargo todas parecen resonar entre sí. Esa coincidencia funda una comunión extraña: una fraternidad sin nombres, sin promesas, sin discursos.
En ese terreno tan particular se inscribe The Singers. El cortometraje de Sam A. Davis no se presenta como una obra que quiera demostrar algo ni emitir un diagnóstico. Más bien, parece arriesgarse a no controlar nada, a observar qué sucede cuando se juntan hombres que no fueron educados para exponerse tal y como son, en ese espacio peculiar y ambiguo que es el bar. Aunque su origen se remonta a un cuento de Iván Turguénev escrito en 1850, el film no se siente como una adaptación, sino como una reencarnación. The Singers se construye desde una confianza radical en lo humano: en la conversación que no se puede escribir, en el gesto que no se puede ensayar, en la emoción que no se puede repetir.
El bar que retrata el cortometraje se asemeja a un organismo vivo. La iluminación baja, el humo suspendido, la textura del celuloide y los rostros marcados por el tiempo generan una sensación singular, difícil de comparar con otros trabajos contemporáneos. No parece un set, más bien es como un mundo que existe por sí mismo y al que la cámara accede con cautela. Estos hombres no están interpretando versiones de sí mismos; están existiendo frente a la cámara, con todo lo que eso implica.
Aquí, el bar no sólo resuelve una necesidad logística; condensa el espíritu del film. Es un espacio que no pertenece al consumo ni a la mirada externa. Un lugar donde el tiempo parece detenido y donde los hombres hablan de presión arterial, chistes sin gracia, anécdotas inconclusas y rutinas gastadas. Davis se sumerge en esa monotonía con una edición deliberadamente fragmentaria, a ratos incluso exasperante, que reproduce el letargo emocional del entorno. La edición (una edición que tiene el nombre "Sam A. Davis" escrito en todas partes) se convierte en el verdadero acto creativo. Los espectadores, como yo, dejan de saber a qué atender, qué conversación importa, qué rostro seguirá siendo relevante conforme avanza el metraje. Esa confusión no parece ser un error, sino una estrategia.
Cuando aparece el concurso de canto improvisado, funciona como catalizador narrativo, pero el conflicto real es otro: "¿qué ocurre cuando a un hombre se le da permiso de ser vulnerable?" Cada canción es un riesgo. No importa si se canta bien o mal; importa lo que se pone en juego al hacerlo. Cantar, aquí, no es un espectáculo, es exposición.
Formalmente, el proyecto se mueve en un terreno híbrido (tiene tintes de documental, ficción, musical y experimento social) y esa indefinición es su mayor virtud. Se permite ser errático y caótico porque confía en que del caos emergerá algo verdadero. Y sí que ocurre.
El caso de Judah Kelly, el hombre que canta en el baño, condensa para mí el corazón secreto del film. Su voz, aislada del resto, resuena en un espacio íntimo y accidental. No canta para ganar, ni siquiera para ser escuchado; canta porque es el único lugar donde se atreve. Ese gesto es devastador. ¿Cuántos talentos, cuántas voces, cuántas vidas permanecen fuera de la imagen por miedo, inseguridad o silencio autoimpuesto?
En el extremo opuesto está Mike Young, cuya interpretación casi final convierte el bar entero en un espacio de duelo compartido. Su canción no es sólo un número musical ni una demostración de talento: es una memoria encarnada. La ausencia de su esposa, sugerida con delicadeza, transforma el canto en una despedida que ya no le pertenece únicamente a él. El abrazo colectivo que sigue no es un clímax emocional prefabricado, sino una respuesta instintiva, casi primitiva.
No es casual que The Singers comience con tensión y termine con un abrazo. El film propone que el arte no resuelve los conflictos, pero detiene la violencia; que cantar no cambia el mundo, pero cambia a quienes están en la habitación. Vivimos en una época donde la masculinidad sigue debatiéndose desde la confrontación ideológica o la caricatura, pero The Singers propone algo radicalmente distinto: escuchar antes de interpretar. No explicar a los hombres, no traducirlos, no salvarlos. Simplemente permitir que existan, que canten, que se abracen.
The Singers quizá no tenga los medios para elegir a su ganador ni le interese quién canta mejor, pero plantea una pregunta mucho más urgente: si todavía existe un espacio para sentir, aun siendo hombre.
Es un film pequeño sólo en duración. En todo lo demás, es inmenso. Enorme.
REPARTO
Mike Young, Chris Smither, Will Harrington, Judah Kelly, Matthew Corcoran, Hutch, Tio Rigo & Mr. George
EQUIPO
Directed, Shot & Edited by Sam A. Davis
Produced by Jack Piatt, David Breschel, Charlie Cohen, Sam A. Davis
Executive Producers - Rayka Zehtabchi, John Saras, Henry Platt
Co-Producer / 1st Assistant Director - Dustin Elm
Associate Producers - Carlone Hoste, Tim Deters
Production Designer - Michelle Patterson
Costume Designer - Brianna B. Murphy
Casting Director - Natalie Lin


