Reseña | "The Magic Words" de Gael Kuni
THE MAGIC WORDS
SINOPSIS
En la Alemania nazi, un padre judío le da a su hijo “palabras mágicas”: su único escudo contra los horrores de la guerra.
RESEÑA
Siempre que veo una película, un cortometraje,
una pintura o leo un libro, noticia o ensayo que trate sobre la niñez en
tiempos de guerra, me puede y me hace sentir mal por días. Los niños de
cualquier conflicto se yerguen como los últimos guardianes de un mundo que aún
no ha sido corrompido por el odio. Ellos, que no saben más que jugar en las
calles polvorientas o acurrucarse en el regazo de sus madres para sentir el
calor de un amor sin condiciones. Ellos, que se encuentran de pronto frente a
un abismo que devora su inocencia con una voracidad insaciable.
Y es que la guerra es sólo una de las muchas amenazas que existen, porque también está una de las más perversas de todas: la determinación humana de arrancarle a un niño la pureza que, en su simplicidad, representa la única luz en medio de la oscuridad. ¿Qué clase de maldad es esa que no respeta siquiera el umbral sagrado de la niñez? Es la maldad del adulto que, en su afán de poder y control, mira al niño y ve sólo plastilina, arcilla moldeable, barro… no un ser que clama por seguir siendo puro. Es la maldad que ignora la renuencia natural del infante y procede a romperla con balas, con propaganda, con el vacío de una familia destrozada.
Ahí empieza The Magic Words, el cortometraje de Gael
Kuni, mi compatriota, mi paisano. Oscar, el niño de nuestra historia, ya se ha enfrentado a esa maldad y, sin
embargo, juega todavía, sueña todavía, anhela todavía, aunque sus juegos ya se
han manchado de guerra y de violencia. El cortometraje abre con un engaño
sonoro: los aviones de guerra que parecen anunciar el horror resultan ser el eco
de Oscar jugando. Es un truco sencillo, casi elemental, pero honesto. Porque
eso es exactamente lo que hace la guerra con la infancia: toma sus sonidos, sus
objetos, sus juegos… y los contamina. Donde antes había imaginación, ahora hay
presagios.
En la mesa del niño conviven soldados de plástico,
tanques y una menorá. No hace falta que nadie diga nada más. El mundo ya está ahí,
comprimido en miniatura: la identidad, el conflicto y la amenaza. Es cine
siendo preciso.
Oscar —interpretado por Turner Beckett— no
entiende del todo lo que ocurre, pero entiende lo suficiente. Esa es la
tragedia. Los niños no son ingenuos; son, más bien, brutalmente perceptivos
dentro de los límites de su lenguaje. Saben que algo está mal, aunque no sepan
nombrarlo. Beckett no encarna a Oscar como al típico niño cinematográfico que
sirve como vehículo para la ternura. Cuando huele la ropa de su madre ausente,
convertida en voz y recuerdo, el gesto es ritual melancólico, como si intentara
retener algo que sabe que está a punto de desaparecer del todo.
El padre (Robbie Martin) entra en escena con el
peso de quien ya ha visto demasiado. No hay heroicidad en su actuar, ni
siquiera una ilusión clara de control. Hay urgencia contenida, desesperación
disciplinada que se traduce en instrucciones, en planes, en intentos de
construir un refugio con palabras. “Palabras mágicas”. No un consuelo, sino un
escudo; no fantasía, sino estrategia de supervivencia. Medito todavía esa idea:
que el lenguaje —lo que normalmente usamos para acercarnos— aquí se convierte
en una herramienta para ocultarse, para negar, para sobrevivir a costa de la
verdad. Porque The Magic Words no trata realmente sobre huir. Trata
sobre mentir. Y no una mentira cualquiera, sino la más insoportable de todas:
la que un padre le pide a su hijo para salvarle la vida.
La relación entre padre e hijo está atravesada
por esa tensión constante. El niño no quiere mentir. No quiere dejar sus
juguetes. No quiere renunciar a la lógica simple del mundo en el que crecer
significaba, hasta hace poco, jugar en el parque con su hermano. Pero el padre
le pide algo distinto: que acelere, que se salte etapas, que se convierta en un
“niño grande”, porque el cortometraje entiende que la inocencia se erosiona
poco a poco. Se desgasta en pequeñas concesiones. En aceptar que no puedes
llevarte tu avión de juguete. En repetir palabras que no comprendes del todo.
En decir “Hail, Hitler” sin saber que estás pronunciando la frase que
define al mundo que quiere destruirte.
Hay un momento que me pareció especialmente devastador
cuando Oscar cuestiona la promesa de protección divina. No lo hace desde la
teología, sino desde la experiencia inmediata cortesía de la guerra: si Dios
nos protege, ¿por qué tenemos que escondernos? Es una pregunta que el padre no
puede responder sin destruir la única estructura de sentido que le queda al
niño. Así que hace lo único que puede hacer: desplaza la fe hacia la confianza.
“Confía en mí”, le dice. La fe en lo absoluto se reemplaza por la fe en lo
humano, aun cuando lo humano está claramente desbordado.
El descenso del niño por las escaleras es, en términos
simbólicos, una caída hacia una versión de sí mismo que no eligió. Se ajusta la
corbata, respira hondo, usa su esvástica… El juego ha terminado. La puerta se
abre. Ese momento final (alerta de spoiler) no es un clímax en el sentido
tradicional. Es un vacío, un instante suspendido donde el espectador termina de
entender lo que el niño empieza a aceptar: que sobrevivir, a veces, exige
traicionarse a uno mismo.
El cortometraje incluso se permite cerrar después
de los créditos con una aclaración sobre su naturaleza ficticia, casi como si
pidiera permiso para existir. Pero lo cierto es que no lo necesita. Porque lo
que muestra no pertenece al terreno de la invención, sino al de la memoria
colectiva.
Roger Ebert solía decir que las películas son
máquinas que generan empatía. The Magic Words funciona como una de las
más pequeñas que he visto. No porque sea un cortometraje perfecto, o porque te
obligue a sentir, sino porque te coloca en un lugar donde sentir es inevitable.
Porque no se trata de identificarse con el heroísmo, ni con la resistencia, ni
siquiera con la tragedia en su forma más reconocible. Se trata de entender lo
que significa enseñarle a un niño a mentir para que pueda seguir viviendo. Se
trata de aceptar que, en ese contexto, mentir no es una falla moral. Es un acto
de amor. Al final, lo que permaneció en mí es la pregunta: “¿En qué momento
aprender a sobrevivir se convierte en perderse a uno mismo?”
Hoy, al meditar sobre ello, me pregunto si esa inocencia robada no es el verdadero crimen de la guerra. El niño no pide más que jugar y amar. Y los humanos, en nuestra infinita capacidad para el mal, se lo negamos. Quizás la lección más dura sea esta: mientras existan regímenes que vean en la niñez y juventud una herramienta en lugar de un milagro, la inocencia seguirá siendo el campo de batalla más injusto y devastador. Y nosotros, los que miramos atrás, debemos jurar que nunca más permitiremos que se repita esa violación tan profunda del alma humana. Porque cada que un niño que pierde su inocencia sufre, el mundo entero se oscurece un poco más.
REPARTO
Turner Beckett, Robbie Martin, Denis Budanoff, Jake Otis, Joseph Raia, Hannah Hartenhauer, David B. Smith
EQUIPO
Written & Directed by Gael Kuni
A Nomads Production
In Association with Golden Watch Films
Produced by Andrés García, Gael Kuni
Executive Producer - Gilberto Garduño Antuñano
Director of Photography - Juan Guevara
Production Designer - Daniela García
Film Editor - Jessica Coro
Costume Designer - Mara Knight
Music by Philip Eisenfeldt
Unit Production Manager - Alejandra Rosales
First Assistant Director - Travis Tan
1st Assistant Camera - Santiago Camarena Manzanilla
2nd Assistant Camera - Zain Khan Baloch
Assistant Camera - Jessica Coro
Script Supervisor - María Fernanda Rico
Sound Mixer / Boom Operator - Ivan Kosharnyi
Gaffer - Diego Galindo
Best Boy Electric - Xiaoming Liang
Key Grip - Luis Eduardo Enríquez Rodríguez
Production Design Assistant - Carla Cantú
Assistant Wardrobe - Paola Salvador
Make Up Artist - Isabella Ferrara
Poster Designer - Andrés Correa
Colorist - Juan Guevara
Still Photographer - Gabriela Howard
ReRecording Mixer / Sound Design - Lenny Jones
Studio Teacher - Daniel Benjamin
Production Assistant - Gael Beltrán, Amol Ramani, Paola Salvador



