Reseña | "Baadarane (بعدران)" de Samah El Kadi
BAADARANE
بعدران
SINOPSIS
Un niño del
Monte Líbano lidia con la repentina muerte de su madre, cuestionando los
fundamentos de su fe y si Dios castiga o salva. En una serie de desafíos
traviesos que siembran el caos en su aldea, intenta obtener respuesta de Dios,
pero no la recibe. Su creciente frustración se torna siniestra y violenta, al
rechazar las tradiciones religiosas que alguna vez moldearon su vida. Ante la
ausencia de respuesta divina, comprende lo absurdo del mundo que lo rodea. Su
rebelión se sumerge en la oscuridad en esta versión moderna del mito de
Prometeo, contada a través de los ojos de un niño druso de ocho años de
Baadarane.
RESEÑA
El cine del
Oriente Medio tiene una tradición de retratar la infancia como un espacio donde
las contradicciones del mundo adulto, ya sea la religión, la política, la
guerra o la clase, se hacen más visibles precisamente porque los niños no
cuentan con los mecanismos de negación que los adultos hemos aprendido a
perfeccionar. ¿Desde “Where Is the Friend’s House?” de Kiarostami hasta
“Capernaum” de Labaki, la región ha producido algunos de los retratos de
la infancia más lúcidos del cine contemporáneo mundial, justo porque el punto
de vida del niño corta el tejido de la convención social sin disminuciones o
diluciones de ningún tipo. “Baadarane”, el cortometraje de Samah El
Kadi, sigue esta tradición, pero lleva su premisa a un terreno filosófico que
pocos filmes se habían atrevido a habitar tan directamente: no la injusticia
humana vista por ojos de niño, sino la injusticia de Dios.
El título es
el nombre de un pueblo en el Monte Líbano, y esa especificidad geográfica
importa. No estamos en un lugar genérico del Levante ni en una ciudad anónima.
Estamos en una aldea drusa, con sus rituales de duelo particulares, su
vocabulario religioso propio, su comunidad cerrada sobre sí misma como las
comunidades de montaña tienden a cerrarse. El protagonista es un niño muy joven
—interpretado por Karim Hani en una actuación que es, sin exageración,
extraordinaria— cuya madre acaba de morir, y que se niega a decir “gracias a
Dios” ante una comunidad que no sabe hablarle de otra manera. En esa negativa
está todo el cortometraje.
“Baadarane” llega en un momento del cine árabe contemporáneo en que directores como
Samah El Kadi están abriendo conversaciones que la región no siempre ha tenido
espacio para sostener públicamente. Cuestionar la voluntad de Dios en el
contexto de un duelo personal en una comunidad religiosa compacta como la que retrata
la película es un acto de disidencia. El cortometraje tiene la inteligencia de
no juzgar a ninguno de sus personajes: ni al niño que se rebela ni a la
comunidad que le ofrece lo único que sabe ofrecer.
La primera
decisión formal que El Kadi toma —y que define toda la experiencia visual del
cortometraje— es el blanco y negro. Pero no cualquier blanco y negro. Los
cinefotógrafos utilizan una ALEXA Mini con lentes Ultra Prime, lo que da como
resultado una imagen de gran rango tonal, con sombras profundas pero
detalladas. La imagen pareciera evitar el contraste agresivo y optar por una
estética más orgánica, que a veces se siente más “grabado” que filmado o,
para darme a entender mejor, más tallado en madera que fotografiado. No es
accidental que esa descripción evoque directamente el pasatiempo de
Karim, nuestro niño protagonista. Él talla ramas con su cuchillo. Lluís Ferrer
y Marcel Pascual tallan luz con su cámara. Ambos extraen formas de materiales
oscuros, y ambos cortan con precisión.
Ese blanco y
negro cumple varias funciones simultáneas. Primero, aplana el mundo en términos
de color y lo vuelve más abstracto, más fábula que realismo. La aldea libanesa
que vemos no necesita ser identificable para ser universal; el tratamiento
visual le arrebata su localismo y la convierte en cualquier comunidad donde el
lenguaje del duelo sea religioso y el silencio sea sospechoso. Segundo, crea
zonas de oscuridad que nunca se revelan del todo, espacio donde lo que no se
dice —y en este corto hay mucho que no se dice— tiene tanto peso como los
diálogos. Cuando el niño se arrodilla junto a las velas encendidas y la cámara
lo ilumina desde abajo, las sombras en su rostro no son sólo efectismo
dramático: son la visualización de un alma que empieza a moverse en direcciones
que la comunidad no podrá seguir, ni aunque lo intente.
La apertura
del cortometraje es un manifiesto sonoro antes de ser un manifiesto visual.
Árboles rechinando bajo el viento, esa música no compuesta que la naturaleza
produce cuando algo la presiona. Es un sonido que vuelve a lo largo del corto
como un leitmotiv de la incomodidad, de lo que está siendo doblado, pero aún no
roto. El niño está bajo ese árbol tallando ramas —su forma de procesar un mundo
que no entiende, su manera de imponer forma sobre el caos— cuando el sonido de
una ambulancia lo interrumpe. El grito de "¡Papá!" y la imagen de él
persiguiendo en bicicleta a la ambulancia que ya se va establecen en segundos
la dinámica central del corto: la de un niño que llega siempre tarde, siempre
después de que algo ya fue decidido sin consultarle con anterioridad.
El diseño
sonoro de Tony Khoury es una de las mayores fortalezas del cortometraje. La
música ominosa que acompaña ciertas escenas no intenta explicar lo que las
imágenes ya están diciendo; las amplifica en frecuencias que el espectador
siente antes de procesar. Cuando esa música desaparece, el silencio que queda
no es neutralidad sino una forma de vacío. El mismo vacío que el niño percibe
cuando grita al cielo y no obtiene respuesta.
La actuación
de Karim Hani merece párrafo aparte porque es uno de esos casos en que hablar
de "actuación" parece insuficiente e injusto para lo que el
espectador acaba de presenciar. Lo que hace este niño en pantalla no parece
interpretado sino habitado. Hay una escena en que su padre le pregunta si está
bien y él responde con una pregunta sobre el significado de "que Dios
perdone su alma": su rostro en ese momento contiene simultáneamente la
confusión genuina, la rabia contenida y algo que sólo puede describirse como el
principio de un duelo que no ha encontrado todavía su forma. La manera en que
mira a su padre alejarse después de que la conversación termina sin
satisfacerlo —con una fijeza que no es odio, pero tampoco es amor, que es algo
más complicado que ambas cosas— es el tipo de imagen que actores más
experimentados buscan replicar durante años y a veces nunca encuentran.
El núcleo
filosófico de “Baadarane” es la pregunta que el niño formula con una
claridad brutal cuando nadie se la espera: si todos le piden a Dios que perdone
el alma de su madre, ¿qué hizo su madre? La pregunta es teológicamente
devastadora porque expone la contradicción interna del lenguaje religioso del
duelo. "Que Dios perdone su alma" es una frase que los adultos de la
comunidad repiten como acto de amor y piedad, pero que literalmente implica una
falta que necesita perdón en primer lugar. El niño, que no tiene los filtros
culturales para separar la forma del contenido, escucha exactamente lo que las
palabras dicen, justo como se pronuncian. Y lo que dicen le resulta
inaceptable: su madre no hizo nada. Su madre era maravillosa. Si Dios la tomó,
entonces Dios la está castigando. Y si Dios castiga a personas que no merecen
ser castigadas, entonces Dios no es justo. Y si Dios no es justo, entonces toda
la arquitectura moral que la comunidad construyó sobre su nombre se tambalea.
Esta lógica
infantil es, por supuesto, la misma lógica que los filósofos llaman el problema
del mal, uno de los argumentos más antiguos y más resistentes contra la
existencia de un Dios omnipotente y benevolente. Leibniz intentó resolverlo,
Voltaire lo atacó con sarcasmo después del terremoto de Lisboa, Job lo vivió
desde adentro. El niño de “Baadarane” no conoce a ninguno de ellos, pero
llega a la misma conclusión por la vía más directa: la experiencia. Su madre
murió. Dios lo permitió. Eso es o un castigo o una indiferencia, y ninguna de
las dos opciones es compatible con la imagen de Dios que la comunidad le ha
transmitido.
La serie de
travesuras que el niño emprende funciona como una teología experimental. Si
Dios castiga a los que hacen el mal, entonces él hará el mal y esperará el
castigo. Suelta las gallinas del vecino. Destruye ropa tendida. Poncha llantas.
Desperdicia el agua. Pero la respuesta de la comunidad al día siguiente no es
percibir la mano de Dios en el desastre sino exactamente lo contrario: dar
gracias a Dios porque las cosas no fueron peor. El hombre que recupera sus
gallinas besa a una y dice "gracias a Dios que las trajo de vuelta".
El hombre que repara su llanta dice "qué puede uno decir sino gracias a
Dios". Esta respuesta —que es en sí misma un reflejo de la resiliencia de
la fe popular frente a la adversidad— resulta para el niño cómicamente absurda
y profundamente ofensiva al mismo tiempo. Dios, según esta lógica, es
responsable de las cosas buenas y no tiene que responder por las malas.
La secuencia
en que el niño se para en medio de la carretera para que el camión lo atropelle
es uno de los momentos más oscuros del cortometraje, y tal vez el más honesto.
No es un intento de suicidio en el sentido clínico: es una prueba. Si Dios me
castiga a mí como castigó a mi madre, entonces existe y sus castigos son
arbitrarios. Si no me castiga, entonces o no existe o simplemente no le
importo. El camión pasa sin atropellarlo —el conductor le grita "¡vete a
tu casa, burro!"— y el resultado de la prueba no es consuelo sino más
rabia: Dios no respondió. Ni para castigar ni para salvar. No hizo nada.
Hay un
elemento que el cortometraje introduce con delicadeza y que merece atención: el
muñeco de madera tallado al que el niño llama Adam. Este objeto no es un
juguete sino un interlocutor, casi un doble del niño mismo o, quién sabe, tal
vez un sustituto de su madre. Cuando el niño le muestra a Adam a Dios y le dice
"¿también quieres llevártelo? A ver cómo te va", está jugando al
mismo juego que cree que Dios juega: amenazar con arrebatar lo que quieres.
Cuando más tarde tira a Adam al agua, es un acto de rabia, pero también de
luto: el niño destroza lo que ama antes de que Dios pueda hacerlo. Es, en
miniatura, la misma lógica del nihilismo preventivo.
El incendio
del bosque es la escalada más grande de la rebelión del niño, y su grito al
cielo mientras las llamas crecen es el sermón que nunca le enseñaron a dar:
"¿No puedes oler el humo? ¡Apágalo! ¿Qué esperas? ¿Qué haces exactamente?
No castigas a las personas ni las salvas. ¿Qué haces?" Es la pregunta de
Job, pero sin la paciencia de Job. Es la rabia sin la promesa de que habrá
respuesta al final del libro.
Me llamó la
atención que la sinopsis oficial del cortometraje lo define como “una versión
moderna del mito de Prometeo a través de los ojos de un niño druso de ocho años”,
y esa referencia abre dimensiones que vale la pena explorar. Prometeo roba el
fuego de los dioses para dárselo a los hombres, y es castigado por eso con una
eternidad de tormento. Pero la lectura más interesante del mito no es la del
ladrón castigado sino la del primer insurgente: el que decidió que los dioses no
tenían derecho a monopolizar aquello que los humanos necesitaban para vivir. El
niño de “Baadarane” no roba el fuego: lo crea. Lo prende en el bosque y
le dice a Dios que lo apague si puede hacerlo. Es la inversión del mito: no el
hombre que toma de los dioses sino el hombre que los desafía a hacer algo. En
ese sentido, es más Prometeo que el propio Prometeo, porque Prometeo al menos
sabía que los dioses existían y podían actuar. El niño de El Kadi todavía está
esperando tal confirmación.
La tradición
drusa, dentro de la cual ocurre el cortometraje, añade una capa de complejidad
que conviene no ignorar. La religión drusa es una rama del ismaelismo con
componentes de neoplatonismo y gnosis que la hacen teológicamente más compleja
que las representaciones populares. La reencarnación es un elemento central de
la fe drusa, lo que significa que la madre no “muere” en el sentido absoluto de
otras tradiciones: regresa. Que el niño no reciba o no procese esta consolación
como tal, sugiere que la teología oficial de su comunidad no ha llegado a él de
forma que pueda absorberla, o que la abstracción teológica no ofrece consuelo
frente al dolor físico de la ausencia. La mujer que reza por la madre del niño
dice “ojalá renazca entre gente buena”, y ese detalle pasa casi desapercibido
en el torrente de la acción, pero es la clave del universo teológico particular
en que el cortometraje habita.
Samah El
Kadi toma una decisión narrativa que define toda la arquitectura moral del
cortometraje: nunca juzga explícitamente la fe de la comunidad que rodea al
niño. Los adultos que repiten “la voluntad de Dios” no son presentados como
hipócritas ni como personas maliciosas. Son personas que han encontrado en esa
fórmula el único lenguaje posible para hablar del dolor, y que genuinamente no
tienen otro. El anciano sheikh que insiste en que el niño diga “gracias
a Dios” no lo hace por crueldad sino porque cree, con la convicción total de
décadas de fe, que esa expresión es lo que puede darle paz al niño. El hecho de
que el niño no pueda recibirla así no es culpa de nadie: es la tragedia de dos
lenguajes que se escuchan sin entenderse entre sí.
Esta
neutralidad moral es una de las marcas de un director maduro, y resulta muy
llamativa. Habría sido fácil —y, cinematográficamente, más cómodo— convertir a
la comunidad religiosa en el antagonista, en el obstáculo que el niño debe
superar. El Kadi no hace eso. El antagonista de “Baadarane” no es la fe
sino el silencio. No la comunidad sino la ausencia de respuesta. No los hombres
que dicen “la voluntad de Dios” sino el Dios que no aparece a confirmar o
desmentir su voluntad.
La elección
del blanco y negro tiene también, a mi parecer, una dimensión estratégica más allá de lo
estético. Filmar en color esta historia —en las aldeas verdes del Monte Líbano,
con la ropa tendida, con la vida doméstica— habría anclado el cortometraje
demasiado firmemente en su localismo. El blanco y negro lo universaliza sin
borrarlo: sigue siendo el Líbano, sigue siendo una aldea drusa, sigue siendo un
niño específico con una pérdida específica. Pero también podría ser cualquier
comunidad religiosa, cualquier duelo de infancia, cualquier niño que le
pregunta al cielo por qué y no obtiene respuesta.
La decisión
de terminar el cortometraje sin resolución es coherente con todo lo que, por
minutos, ha estado diciendo. No hay resolución simplemente porque no la hay. El
burro que se resistía a obedecer al niño durante sus travesuras y que ahora
aparece en el momento del peligro no es un mensajero divino ni una señal
redentora: es simplemente un burro. Según mi opinión, que el espectador quiera
leer en él una respuesta de Dios dice más sobre la necesidad humana de
narrativas con sentido que sobre lo que el cortometraje propone. El Kadi es
suficientemente honesto para no ceder ante esa necesidad.
“Baadarane”
es un cortometraje que plantea preguntas que raramente se hacen en voz alta, y
eso lo sitúa en un espacio peculiar dentro del paisaje cinematográfico
regional. La representación de un niño que no sólo duda de Dios, sino que
activamente lo desafía, lo insulta y le exige respuestas, es algo que en muchos
contextos del mundo árabe habría dificultado su recepción. El hecho de que esté
ambientado en una comunidad drusa —cuya posición teológica particular dentro
del islam es ya históricamente heterodoxa— le da al material cierta protección
narrativa, pero no elimina la radicalidad del gesto.
La
comparación con “Capernaum” de Labaki es inevitable, y en algunos
aspectos injusta para “Baadarane”: son propuestas muy diferentes en
escala, presupuesto y ambición. Pero en lo que respecta al uso de un niño actor
para explorar la injusticia sistémica —en Labaki la social, en El Kadi, la
metafísica— la comparación revela algo interesante: El Kadi llega a la raíz del
problema más rápido, con menos recursos y sin la red de seguridad del humanismo
sentimental que a veces amortigua los golpes de la película de Labaki.
La principal
limitación que podría señalarse —y que es inherente al formato del cortometraje
más que a la dirección— es que la escalada de las acciones del niño hacia el
final, particularmente el episodio oscuro con el niño más pequeño al que se
lleva en la carriola y del que no volvemos a saber nada, queda sin resolución
narrativa. No sabemos qué hizo. No sabemos si ese niño estuvo en peligro real.
La elipsis es una decisión válida —y coherente con la lógica de dejar sin
respuesta las grandes preguntas del cortometraje— pero genera una incomodidad
que no termina de resolverse en la mente del espectador. Podría argumentarse
que esa incomodidad es precisamente el objetivo. También podría argumentarse
que es el único momento en que el cortometraje se acerca peligrosamente a
instrumentalizar la ambigüedad moral.
Hay un
objeto que recorre todo “Baadarane” y que lo une: las ramas que el niño
talla desde el principio, la que cae de su mochila mientras se aleja en su
bicicleta o la que termina siendo la que el niño usa para no caer al acantilado
al final. Es el mismo pedazo de madera del que el mundo está hecho —árboles que
rechinan, ramas que se rompen, materia sin intención ni propósito— convertido
primero en símbolo religioso por la casualidad de su forma, y luego en
salvavidas por la casualidad de estar ahí cuando hace falta. No hay diseño en
eso. No hay voluntad. Hay una rama, un niño que se cae, y la física del mundo
que a veces permite que alguien se agarre de algo.
El
cortometraje de El Kadi no es un argumento en contra de la religión ni un
manifiesto ateo. Es el registro honesto de lo que le pasa a una fe cuando se
enfrenta al dolor sin los años de práctica que nos enseñan a
absorber el golpe dentro del lenguaje de lo sagrado. El niño no tiene esos
años. Tiene ocho. Tiene una madre muerta y una comunidad que sólo sabe decirle “es la
voluntad de Dios”, y tiene una rabia que no cabe en ninguna de las palabras que
le han enseñado.
Lo que hace
El Kadi con esa rabia es convertirla en cine. Y Karim Hani —con esa mirada que
parece mirar más allá de todo cuadro posible, con esos gestos que no parecen
ensayados, con esa capacidad de transmitir pensamiento en tiempo real, que es el
don más raro de un actor y más raro todavía en un niño— la lleva en el cuerpo con
una convicción que deja a cualquier espectador sin argumentos. No a favor ni en contra
de Dios. Sin argumentos, a secas, frente a la pregunta desnuda.
Hay una
escena cerca del final en que el niño mira al cielo, después de todo lo que ha
hecho y después de que todo ha fallado, y le dice: "¿Por qué sólo te
llevas a mi mamá?" El cielo no responde. El viento mueve los árboles.
Ellos rechinan, como siempre. Y eso, en el universo que plantea este cortometraje, no es
la ausencia de Dios. Es simplemente el mundo tal como es: lleno de sonido y sin
respuesta, hermoso y destructor, indiferente a las preguntas de los niños de
ocho años que acaban de perder a su madre.
“Baadarane” es, en su formato breve y en su blanco y negro sin concesiones, una
obra maestra. Me pongo de pie ante ella.
REPARTO
Karim Hani, Mounir Malaeb, Adham Boukaroum
EQUIPO
Written by Nadim Chammas, Samah El Kadi
Directed by Samah El Kadi
Produced by Darine Hoteit
Co-Produced by Hanna Atallah
Executive Producers – Nadim Chammas, Frederic Ephrem, Samah El Kadi
Cinematography
– Noun (Lluís Ferrer, Marcel Pascual)
Sound
Designer – Tony Khoury
Editors
– Gerard Daccache, Nicolas Khoury
Production
Designer – Joyce Ghanem
Wardrobe / Stylists – Ola Achkar,
Christelle Semerdjian, Ghiwa Rechmany
Casting Director – Amin Chehayeb
Equipment – Gamma Engineering
VFX – Ziad Saad
Graphic Design – Sama Beydoun
Production Coordinator – Jihad Ahmar
Production Assistant – Rachad Nasreddine
Assistant Director – Tatiana Abi
Antoun, Rouba Noureddine
Fixer – Rabih Ahmad
Gaffer – Lea Skayem
Electric – Anthony Assaad
Key Grip – Tony Geha
1st AC – Joseph Anti
2nd AC – Mario Koubroussy
Cinephilia Productions, 243 Route, The
Film House
Mad World – A Mad Solutions Company





