Reseña | "Casa Chica" de Lau Charles
CASA CHICA
SINOPSIS
Valentina, de 5 años, y su hermano Quique, de 11, conocen a la otra familia de su papá y sus vidas dan un vuelco al descubrir que su media hermana tiene la misma edad que Valentina. A través de dos miradas construidas desde la infancia, la película reconstruye las memorias fragmentadas de la directora, culminando con una reveladora imagen: su familia real 25 años después.
RESEÑA
Casa Chica es
un cortometraje mexicano de 2025 dirigido por Lau Charles que debutó en la sección
de cortometrajes del Festival de Berlín. Casi veintiséis minutos que no
pretenden revolución, sino precisión. Lau, egresada con honores del Centro de Capacitación
Cinematográfica y también de Artes Visuales en “La Esmeralda”, lleva años
orbitando el universo de la infancia, construyendo su obra en torno a su importante
y a menudo menospreciado valor; sin embargo, ahora lo hace con más urgencia
porque esta vez es su historia (spoiler alert: también mi historia). El título
alude a esa costumbre mexicana tan extendida como silenciada: la “casa chica”,
la segunda familia que algunos hombres casados construyen a espaldas de la “casa
grande”. El cortometraje no explica el término, sino que lo respira desde los
ojos de dos niños en los noventa, dentro de una unidad habitacional de
Xochimilco, en la Ciudad de México.
El cortometraje
se organiza como un díptico claro y sin adornos fútiles: primero llega la
mirada de Valentina, de cinco años: curiosa y frágil, casi en primera persona.
Captamos lo que ella percibe y, sobre todo, lo que se le escapa, o tal vez aún
no entiende. Escucha conversaciones a medias, capta tensiones sin nombre. La
cámara se mantiene a su altura, los encuadres son bajos y los movimientos suaves,
como si acompañara sus cortos pasitos. Luego entra Quique, de once, el hermano
mayor que ya carga el peso de muchas cosas. Su perspectiva se siente más
incómoda, más consciente, densa y lenta, a comparación; vamos, el ritmo cambia:
se vuelve más pesado. La edición de Santiago Zermeño pasa de una sección a otra
sin violencia, pero el contraste emocional sigue siendo brutal.
Visualmente,
Casa Chica también cuenta una historia clara: la profundidad de campo es mínima,
los rostros quedan expuestos mientras que los fondos se difuminan; los colores
son terrosos y apagados, amarillos tibios pero
tristes de la iluminación interior. La casa en la que viven parece incluso más
pequeña por los planos cerrados. Cuando el padre los lleva a la “nueva familia”,
la composición se abre penas un instante y enseguida se contrae otra vez: el
espacio ajeno también es una trampa. En la construcción de esta historia visual no se quedan atrás ni el diseño de
vestuario de Andrea Arrieta Islas ni el diseño de producción de Daniela V.
Ponce, que completan esa imagen tácita de escasez y de nostalgia. Odio que en
muchas producciones las casas se sientan como mera decoración momentánea, y
aquí todo es al revés, todo se siente vivido, habitado y real. Perfectamente las camas de Quique
y Vale podrían ser las mismas en las que duermen a diario; el jersey, realmente la prenda favorita de Quique. En fin, todo es preciso.
El cortometraje
no cuenta sólo una anécdota familiar, sino que habla de la violencia
estructural que se disfraza de normalidad en muchos hogares de nuestro México:
padres ausentes, madres que cargan todo el peso y niños que, aun en la
inocencia de su edad, deben aprender que el “cariño” puede tener condiciones
implícitas. Valentina representa la inocencia que todavía no tiene vocabulario
para el dolor. Ella vive en el presente inmediato, como un bebé que responde al
estímulo primario. Quique, en cambio, acumula una rabia que no encuentra salida.
Quiere ser un buen hijo, quiere entender, quiere seguir queriendo a su padre.
El instante en que descubren que la media hermana tiene exactamente la misma edad
que Valentina es la gota que derrama el vaso, aunque no hay gritos, ni peleas histéricas
hasta que, claro, la situación lo amerita (precisamente la defensa lo amerita). Allí Quique
muestra una madurez a sus once años que su padre tal vez no desarrollará en
toda su vida. Curioso que Enrique (el padre) le quiera enseñar a su hijo que a
las mujeres no se les pega ni sin querer, mientras que Carolina llora
amargamente por la situación que vive su familia y Valentina es agredida frente a él por un simple juguete. No sé si fue a propósito, pero
el detalle del nombre también me pareció un golpe muy bajo. Ambas niñas casi
comparten el nombre (ambas son “Vale”, sólo que una es Valentina y otra es
Valeria). Eso me recordó a mi propia experiencia familiar. Yo soy el hijo de la
“casa grande”, pero mi medio hermano se llama igual que yo. Psicología que tienen en
común los pseudo-padres, supongo…
Pero, volviendo
al punto, culturalmente, Casa Chica es una radiografía del machismo mexicano de
siempre. La “casa chica” es un secreto a voces que todos conocen y nadie quiere
nombrar. Lau misma le llama “el secreto a voces de nuestro país”. Y tiene
razón. Esa doble vida no sólo destroza a la familia oficial, sino que también
arma otra que vive en la penumbra. Por supuesto, el cortometraje no juzga ni a
la nueva mujer ni al padre, pero sí muestra el daño que dejan. Al final, cuando
vemos a Carolina, Quique y Valentina viendo televisión, y luego la imagen se sustituye
por la verdadera familia de Lau veinticinco años después, el mensaje es claro
(fue clarísimo para mí, y también muy duro): sobrevivimos (yo sobreviví). Y
seguimos abrazándonos para hacer la casa más grande.
Casa Chica dialoga
sin esfuerzo con toda una tradición de cine mexicano que mira la familia como
un territorio en disputa; empero, su mirada es más íntima, casi pictórica.
Pienso en ciertas películas que retratan la paternidad fracturada, pero Lau lo
hace todo distinto: su díptico cinematográfico parece una extensión natural de
sí misma, de su arte y su talento. Lau dedicó dos años a investigar, rodó en nueve días intensos, en
locaciones reales de Xochimilco y todo el equipo viene del CCC, por lo que es sencillo notar el
afecto al proyecto. Obviamente Lau no lo sabe todavía (hasta que lea estas letras), pero en su statement habrá una frase
que me guardaré para el resto de mi vida: “siento que todos estos años me
estaba preparando para, por fin, poder reescribir mi pasado”. ¡Qué admirable y
qué genial concepto el de reescribir el pasado cuando uno ha llegado a
prepararse lo suficiente! Con todo respeto, lo tomo prestado indefinidamente.
Sólo los que sabemos qué se siente podremos entender la totalidad de lo que Lau
quiere decir. El cierre, con su hermano y ella misma en pantalla, es el acto
más valiente de todos: cerrar el díptico con la realidad.
Todo en Casa Chica apunta y converge al mismo lugar: convertir el dolor en testimonio y el testimonio en consuelo. El díptico no es un truco formal; es la única manera honesta de contar una memoria como esta. La cinematografía íntima, el sonido que respeta el silencio, la edición que sabe cuándo brillar, los niños que actúan sin actuar… cada pieza encaja a la perfección. Lau, al hacer cine, “agrandó” su casa, y me invitó también a “agrandar” la mía. Y no sólo la mía. Este tema toca a mucha gente además de nosotros. Ojalá todos sepan que es posible seguir adelante, que es posible llegar al punto en el que nuestro pasado pueda ser reescrito. Lo digo en nombre mío, en nombre del pequeño Héctor Alejandro de 6 años, de mi hermana (la “Quique” de mi vida, 5 años mayor que yo) y mi madre.
Casa Chica nombra el dolor con cariño y exactitud. Es una pequeñita obra
maestra que rebosa talento y puntual conocimiento del tema que retrata. No se
hace cine como este tan fácilmente.
Mauro Guzmán, Katherine Bernal, Daniela Arroio, Raúl Briones, Raquel Robles, Kala Martínez, Laura Charles, Marco Charles, Lau Charles
EQUIPO
Guion y Dirección - Lau Charles
Dirección de Fotografía - Ángel Jara Taboada
Producción - Luna Martínez Montero
Sonido Directo - Jorge Leal Carrera
Música Original - Marco Charles, Alonso Alemán
Doblaje Caricaturas - Luis Miguel Moreno, Jennifer Zamora, Lau Charles, Jorge Leal Carrera
Coordinador de Producción - Edson Gastelum
Productora en Línea - Julieta Belmont Cordero
Gerente de Producción - Farid Evangelista
Gerente de Locaciones - Carlos Dorantes
Asistente de Producción - Ricardo Jasso
Runner - Laura Charles
Asistente de Dirección - Martín Montellano
2nd A.D. - José Manuel Garnav
Directora de Casting / Acting Coach - PININOS, Meraqui Pradis
Coordinador de Casting - Roberto Pichardo
Cámara en Casting - Susa Gómez Mena
Asistente de Casting - Diana Botella, Iván Monroy
1er Asistente de Cámara - Demian Tamés Dergal
2nd Asistente de Cámara / Data Manager - Paola López
Foto Fija - Santiago Zermeño
Script - Faustino Alanis
Diseñadora de Producción - Daniela V. Ponce
On Set - Susy Solis Lerma
Asistente de Decoración - Suhei Moreno Sosa
Swing - Héctor Daniel Juárez, Rodrigo Esperón
Vestuario - Andrea Arrieta Islas
Maquillaje - Hanniel Oyarzabal
Gaffer - Giovanni Trinidad Castillo
Staff - Isaac Avilés Martínez, José Luis Herrera, Julio César Bárcenas, Miguel Avilés Betancourt
Edición - Santiago Zermeño
Asistente de Post-Producción - Hiram Álvarez
Corrección de Color - Ángel Jara Taboada
Diseño Sonoro - Jorge Leal Carrera
Grabación de Ambientes y Foleys - Iván Monroy
Edición de TVs - Francisco Gómez
Estudio de Post Producción de Audio - Disruptiva Sound
Producción de Audio - Paulina Villavicencio
Coordinación de Audio - Áxel Salas, Elizabeth Luna
Mezcla 5.1 - Juan Antonio Pacheco
Compañía productora - Centro de Capacitación Cinematográfica, A.C.



