Reseña | "Domingo Familiar" de Gerardo del Razo
DOMINGO
FAMILIAR
SINOPSIS
En una
unidad habitacional de la Ciudad de México, una pareja de criminales intenta
extorsionar a los comerciantes locales, pero los vecinos hartos de los abusos
se unen para detenerlos.
RESEÑA
Qué
perturbador es ser mexicano, ver un cortometraje sobre extorsión y darte
cuenta, a los pocos minutos, de que no te sorprende. Que reconoces ese patio,
esa hora del día, esa manera en la que la atmósfera y el aire mismo pareciera
cambiar justo cuando algo está a punto de ocurrir. Si es o no intuición
mexicana lo ignoro, pero sé que reconocí exactamente el rumbo de la historia
mucho antes de que culminara. Y por eso me parece perturbador, porque para el
público internacional, ajeno a las injusticias de nuestro país, esto le parece una
de las mayores expresiones de violencia, y así debería parecernos a todos.
Domingo
Familiar, el cortometraje de 18 minutos dirigido por
Gerardo del Razo, no busca escandalizar al espectador mexicano. Le habla en su
propio idioma, uno que aprendimos sin querer, con base en la escucha de historias
a media voz en la mesa del desayuno, o de ver en el noticiero lo que pasó a sólo
unas colonias de distancia. Le habla en el idioma del miedo, ese terror
cotidiano que se vuelve, justo como dice el título, tan familiar que casi deja
de sentirse como tal y empieza a percibirse simplemente como el mundo.
El corto
ocurre en una unidad habitacional en Iztacalco y, aunque se trata de la Ciudad
de México, el estado es una presencia intermitente, mientras que el crimen
organizado, en cambio, es cobrador puntual. Es un domingo. Hay niños jugando.
Alguien pasea a su perro. Un comerciante no ha pagado su “cuota” con el crimen
y los sicarios han venido a cobrar. Ese es el argumento completo, la semilla de
la que nace un cortometraje que no tarda en demostrar que no le interesa tanto
el argumento como le interesa el tiempo, el espacio y la textura de los minutos
que transcurren antes de que algo irreversible suceda. Porque Domingo
Familiar es, antes que cualquier otra cosa, un cortometraje sobre la
espera.
Desde los momentos
iniciales queda claro que algo va a ser diferente. Se nos presenta el vehículo
que transportará la violencia a la unidad habitacional, casi como una profecía
ominosa. Ese es el único corte. Durante todo lo que falta, la cámara no vuelve
a hacerlos. Lo que el espectador va a ver es un solo plano, sostenido durante
toda la duración del cortometraje, que comienza lejos, casi a la distancia de
un observador casual, y va aproximándose a medida que la tensión lo justifica. En
el cine, el plano secuencia suele invocarse ya sea cuando el director quiere
mostrar destreza técnica o cuando quiere que la cámara se convierta en
personaje, como en este caso.
Al no haber
cortes, al no haber montaje que organice la mirada, el espectador queda
desamparado ante los eventos. El montaje, en una película ordinaria, es una
forma de tutela cognitiva: te dice dónde mirar, cuándo importa algo o qué
información es relevante. Aquí no hay nadie que te guíe. La cámara observa, a
veces con aparente indiferencia, mientras en distintos planos de la imagen
suceden cosas simultáneas. Un vendedor de paletas cruza el cuadro mientras al fondo un hombre discute en voz baja con dos desconocidos. El
espectador tiene que decidir qué ver. Y esa decisión, ese ejercicio de atención
activa, te convierte en cómplice.
La apuesta
estética es completamente naturalista, luz solar únicamente, sin artificios de
iluminación que canalicen el drama. Esta decisión de no iluminar, de no
intervenir en la realidad lumínica de la locación, produce un efecto que
ninguna luz de cine podría comprar: la sensación de estar viendo algo que
ocurrió de verdad, capturado por accidente. Los primeros minutos casi te hacen
creer estar ante un documental.
La cámara
comienza lejos. Esta no es sólo una estrategia de suspenso, aunque funciona
magníficamente como tal. Es también una declaración sobre cómo existe la
violencia en las zonas periféricas de México: desde lejos. El cobro de piso que
retrata la película ocurre en un espacio semipúblico, a plena luz del día,
frente a vecinos que aparentan no ver. Esa ceguera voluntaria es el resultado
de décadas de aprendizaje sobre qué pasa cuando uno interfiere, cuando uno
denuncia, cuando uno decide que ya es suficiente; no es cobardía en abstracto.
El 97% de los casos de extorsión en México no se denuncian. No porque las
víctimas sean indiferentes, sino porque han concluido que denunciar es más
peligroso que pagar.
La cámara al
inicio reproduce esa mirada. Observa desde una distancia que es éticamente
neutral, o que pretende serlo. Podría ser la mirada de un vecino desde una
ventana, de alguien que pasa y no quiere saber. Esta distancia inicial
establece una geografía moral que el film irá erosionando poco a poco, conforme
la cámara avanza, se acerca, empieza a comprometerse con lo que está viendo. El
movimiento de la cámara es el movimiento de una conciencia que no puede seguir
fingiendo que lo que ocurre frente a ella no ocurre.
Hay un
momento, no exactamente a la mitad del cortometraje, pero cercano a él, en que
la cámara ha avanzado lo suficiente como para que los rostros sean legibles,
como para que el espectador pueda leer en los cuerpos lo que los personajes
sienten. Es en ese momento cuando la película cambia de naturaleza. Ya no
estamos mirando un paisaje con incidentes: estamos mirando personas en
situaciones límite, personas que tienen miedo y que están tomando decisiones
sobre qué hacer con ese miedo. Y nosotros, que hemos llegado hasta aquí
siguiendo a la cámara, ya no podemos volver a la distancia inicial ni a la
indiferencia. El plano secuencia nos lo impide físicamente: no hay corte que
nos reinicie, no hay elipsis que nos permita volver a la incomodidad.
Esta es la
trampa hermosa que nos tiende del Razo. La cámara nos lleva de la mano desde la
seguridad de la distancia hasta la proximidad del testigo involuntario. Para
cuando la violencia estalla, ya estamos demasiado cerca para mirar hacia otro
lado.
La nota del
director dice algo que parece una declaración de poética y resulta ser también
una descripción precisa de lo que se ve en pantalla: el protagonista no es una
persona sino un edificio. Esta afirmación, que en otro contexto podría sonar a
pretensión formal, tiene en Domingo Familiar un sentido concreto y
profundo. Lo que la cámara registra no es la historia de un individuo que
enfrenta a sus extorsionadores. Es la historia de una comunidad que vive bajo
la misma amenaza permanente, que comparte el mismo espacio físico y el mismo
espacio del miedo y, que en cierto momento decide, colectiva e impulsivamente,
que ya no puede seguir aguantando ese miedo de manera individual.
El elenco
mezcla actores profesionales con vecinos reales de la colonia. Los vecinos que
aparecen en la película no necesitaron que nadie les explicara qué significa
ver a dos desconocidos amenazando al dueño de la tienda de la esquina. Ellos ya
sabían cómo reaccionar porque, en muchos casos, ya habían pasado por algo
parecido. Es memoria corporal. La crudeza, esa cualidad de verdad en bruto que
distingue al corto de una representación convencional de la violencia, tiene
mucho que ver con esto. Algunas de las personas que vemos en pantalla no están
actuando el miedo: lo están recordando.
Hay en todo
esto una apuesta ética que merece reconocimiento. Del Razo y Jara Taboada no
fueron a una colonia a extraer material dramático y luego volver a casa como si
nada. El proceso de filmación, que incluyó un mes de ensayos con actores,
stunts y vecinos, fue también un proceso de convivencia con esa comunidad
específica. El edificio en Iztacalco es un personaje con historia propia, con
vecinos que viven ahí y que eligieron participar porque la historia les
pertenecía en un sentido que ningún guion puede fabricar.
Existe un
uso del tiempo en el cine que podríamos llamar “dramático”: los minutos se
estiran o se comprimen según su importancia narrativa, el montaje nos evita lo
que no importa y nos detiene en lo que sí. Domingo Familiar rechaza ese
contrato tácito. El tiempo en este corto es el tiempo real, el tiempo de los acontecimientos
y no el tiempo del guion, y esa insistencia en la duración tiene un efecto que nos
hace sentir la misma densidad temporal que sienten los personajes.
Cuando un
comerciante está siendo amenazado y sabe que no puede simplemente irse, el
tiempo se vuelve viscoso. Cada minuto pesa. La capacidad de escapar de esa
sensación, que en la vida real viene de la distracción, de hacer otra cosa, de
no pensar en ello, le es negada al espectador que está sentado frente a la
pantalla. El plano secuencia no te deja hacer otra cosa. El tiempo que pasan
los personajes en tensión es el mismo tiempo que pasas tú en tensión. Es una
ecuación cruel y perfectamente calculada.
Esta
experiencia tiene un referente no cinematográfico que el corto invoca: la
normalización. Para quien vive en una colonia donde el cobro de piso es
rutinario, la amenaza llega como parte de la textura del tiempo ordinario. Los
niños siguen jugando mientras al fondo un hombre es amenazado. El perro de
alguien cruza el cuadro indiferente. La vida no se detiene porque la violencia
esté ocurriendo: la vida aprendió hace mucho a ocurrir simultáneamente con la
violencia. El plano secuencia, al registrar todo esto en un solo movimiento
continuo sin jerarquizar, sin decidir que una cosa importa más que la otra,
reproduce exactamente esa simultaneidad que define la experiencia cotidiana del
miedo administrado.
Para el
espectador mexicano que ha vivido cerca de estas realidades, hay algo casi
insoportablemente familiar en esa textura. Para el espectador extranjero a
nuestro país, es aparentemente desconcertante que la vida siga transcurriendo
con tanta normalidad alrededor de algo tan grave. Pero es cierto, la vida en
esas colonias no se detiene ante la violencia. La violencia ya es parte de nuestra
vida.
El desenlace
del cortometraje, en el que los vecinos se unen para enfrentar a los sicarios
con consecuencias que no endulza, genera lecturas encontradas. Por supuesto, hay
quienes lo leemos como una fantasía de justicia popular, el linchamiento como
catarsis narrativa. Hay quien lo lee como una denuncia de la impotencia
institucional que deja a las comunidades sin otras opciones. Lo leas como lo
leas, debes saber que nada de esto es falso. Ocurre con una cotidianeidad
alarmante.
Esto es
importante. El cortometraje no inventa una fantasía: documenta una lógica.
Cuando el estado abdica de su función protectora, cuando la denuncia tiene una
tasa de impunidad del 97%, cuando los extorsionadores saben que pueden operar
sin consecuencias, las comunidades desarrollan sus propios mecanismos de
respuesta. Esos mecanismos son, casi siempre, violentos. No porque la violencia
sea el deseo natural de la gente, sino porque es la única respuesta disponible
cuando todas las demás han fallado. Por eso mismo el
mexicano sale a protestar a las calles. No somos groseros, ni violentos:
estamos hartos de que ignoren nuestras voces.
El cortometraje
no celebra este desenlace. Aunque no lo juzga tampoco, al menos no
explícitamente. Lo registra con la misma mirada naturalista, la misma distancia
controlada, que ha usado para registrar todo lo anterior. Esta neutralidad
aparente es, en realidad, la posición más incómoda posible: te niega la
coartada de la condena y te obliga a pensar en por qué ocurre lo que ocurre, en
qué condiciones materiales e institucionales producen este tipo de respuestas,
en qué significa que en muchas colonias de México esto sea, efectivamente, la única
respuesta disponible.
Después del
clímax, la vida continúa. El patio vuelve a ser un patio. No hay policías, no
hay sirenas, no hay consecuencias institucionales de ningún tipo. Esta es
quizás la imagen más perturbadora: no la violencia en sí, sino la normalidad
que la sigue. La velocidad con que el cotidiano se recompone sobre lo que acaba
de ocurrir. Es una imagen que cualquier mexicano que haya crecido en ciertas
colonias reconoce visceralmente. La vida no hace pausa para procesar el trauma
porque si lo hiciera no podría continuar.
El recorrido
de Domingo Familiar por festivales de todo el mundo, desde Telluride
hasta Clermont-Ferrand, desde Mar del Plata hasta Tallin, revela algo sobre
cómo se lee este tipo de cine desde fuera. Los premios son numerosos: mejor
cortometraje latinoamericano en Mar del Plata, Silver Lynx en el FEST, Grand
Jury Prize en Dallas, Prix du Meilleur Court-Métrage en Biarritz. Pero los
premios son menos interesantes que las reacciones, que la incomodidad que
generó en públicos que se enfrentaban por primera vez a una representación de
algo que para millones de mexicanos es simplemente un día de la semana.
La extrañeza
del espectador europeo o norteamericano ante una violencia que no reconocen
como parte de su paisaje cotidiano es, paradójicamente, lo que le permite a la
película cumplir una de sus funciones más importantes: nombrar lo innombrable.
Para quien vive bajo el cobro de piso, el problema de la violencia cotidiana no
es que sea invisible, sino que es tan visible que ha dejado de verse por la
justicia. La mirada extranjera, que sí se sorprende, que sí necesita que
alguien le explique que esto ocurre de verdad, obliga a un ejercicio de
distanciamiento que para el espectador mexicano resulta útil de una manera
diferente: la de verse visto, de tomar conciencia de lo que ha normalizado.
No es
posible escribir sobre Domingo Familiar desde México sin admitir que la
película opera sobre el espectador mexicano de una manera que ninguna
descripción técnica captura del todo. Tan solo a inicios de este mes, en el
aparentemente “tranquilo” municipio del Estado de México donde vivo, detuvieron
a seis personas por extorsión. Más de una persona ha muerto aquí a manos de
extorsionadores. No es una estadística más: son vecinos, son la tienda de la
esquina, es el señor del puesto que un día simplemente ya no estaba.
Lo que hace Domingo Familiar con esa realidad, y lo que justifica que se hable de ella en términos de obra artística y no sólo de documento social, es que encuentra una forma cinematográfica a la altura de lo que retrata. No explota la violencia, no la convierte en espectáculo, no la exotiza para consumo externo. La coloca en su contexto exacto, en su hora exacta, en su luz exacta, y confía en que el plano sostenido, la cámara que avanza despacio desde lejos, el tiempo que transcurre sin cortarse, digan lo que ningún diálogo podría decir: que esto ocurre, que lleva mucho tiempo ocurriendo, y que la vida que lo rodea no es indiferencia sino resistencia. La resistencia de los que siguen existiendo a pesar de todo. Siempre hay películas que hablan sobre algo, pero también hay otras que, como Domingo Familiar, son ese algo.
REPARTO
Fermín
Martínez, Omar Silva, Elías Toscano, Emilio Galván
EQUIPO
Dirección –
Gerardo del Razo
Guion – Gerardo
del Razo & Heriberto Mojica
Dirección de
Fotografía – Ángel Jara Taboada
Dirección de
Producción – Luna Martínez Montero
Música
Original – Alejandro Sosa Carrillo
Ensamble –
Frida Alcántara, Enrique Flores, Jimena Montes de Oca, José de Jesús, Max E.
Thomsen, Alejandro Aguilar, Hanna Tovar, Dann Sotelo, José Valentín, Daniel
Lemus, Eliiz Powel, Axel Fonseca
Vecinos –
Saúl Navarro Ramírez, Sagit Navarro Ramírez, María Antonia Rodríguez, Alicia
Blas Martínez, Patricia Celis, María Renata Tamayo Barragán, Fernanda Mishelle
Tamayo Barragán, Marcos Emiliano Montiel, Felipe A. Montiel, Adriana Guido,
Olivia Cervantes Copado, Potro, Iván González, Hugo San, David Yussef, Fernando
Benítez M., Paco Grueso, Mario D. Huerta, Ramsés Gabriel Aldaro Montiel, León
de Luis, Abigail Martínez Rodríguez
Coordinador
de Producción – Edson González Gastelum
Key P.A. –
Carlos Dorantes
Office P.A. –
José Manuel Garnav
Asistentes
de Producción – Aldo Lira Moreno, Héctor Daniel Juárez, Antonio Ortiz Valadez,
Alonso Monroy Liquidano, Miguel Vélez Pérez
Asistente de
Dirección – Martín Montellano
2nd A.D. –
Rogelio Hernández
2nd 2nd A.D. – Armando Rubén Rojas
Coordinador
de Extras – Citlalli Cabrera Quevedo
Coreógrafo y
Coordinador de Stunts – Emilio Galván Gómez
1er
Asistente de Cámara – Zitlali Vargas López
2nd
Asistente de Cámara – Andrés Herrera
Foto Fija –
Santiago Zermeño
Ronin – Daniel
Balderas
Sonido
Directo – Francisco Gómez Guevara
Microfonista
– Sergio Cerecedo
Diseño de
Producción – Luis Gerardo del Razo
Dirección de
Arte – Lucy García Sánchez
Vestuario –
Sergio Mirón
Asistente de
Vestuario – Iván Monroy Vargas
Gaffer –
José Luis Herera Pérez
Staff – José
Alfredo Hernández, Isaac Áviles Martínez
Proveedor de
Sonido – Jorge Leal Carrera
Locación –
Unidad Infonavit Iztacalco, Edificio Tetellán
Drivel Móvil
– Alejandro Rosales
Driver
Cámara – Fernando Zavala
Proveedor
Alimentación – Sandra del Carmen Pérez
Radios Woo
Talkies – Milton Cruz
Encargado de
Grúa – Cristóbal Esquivias
Asistente de
Grúa – Arturo Delgadillo
Edición – Gerardo
del Razo, Ángel Jara Taboada
Corrección
de Color – Ángel Jara Taboada
VFX – Ángel Jara
Taboada
Producción
de Audio – Paulina Villavicencio
Coordinación
de Audio – Elizabeth Luna
Diseño
Sonoro – César González Cortés
Edición de
Sonido – Mauricio Pérez
Edición de
Sonido – Karen Soto
Mezcla 5.1 –
Juan Antonio Pacheco
Centro de Capacitación Cinematográfica




