RESEÑA | "Fin (نهاية)" de Ward Kayyal

FIN

نهاية



SINOPSIS

En una noche de tormenta, un hombre camina por las calles vacías de Haifa, intentando encender su cigarrillo bajo la intensa lluvia. A medida que la llama le falla una y otra vez, se encuentra con lo inesperado.

 

RESEÑA

Ser capaz de hacer un cortometraje de sólo cinco minutos de duración, pero días de impacto debería ser considerado el más grande de los talentos de un cineasta. Fin, el segundo cortometraje del director palestino Ward Kayyal, es prueba fehaciente de que es posible. Ganador del Gran Premio del Jurado en el 41.° Festival Internacional de Cine de Varsovia y merecedor de una Mención Especial en el 43.° Festival de Cine de Turín, Fin compite en el circuito internacional de festivales con la fuerza tranquila de quien no necesita alzar la voz para que lo escuchen. Su propuesta es, en apariencia, minimalista hasta la austeridad: un hombre en una calle mojada de Haifa, una tormenta y un cigarrillo que no enciende.

Ward Kayyal nació en Haifa en 1996 y terminó sus estudios en dirección y escritura en el Minshar College en 2022, el mismo año en el que su primer cortometraje ya cosechaba premios en El Cairo, Amán, Notre Dame y Estambul. Es, por lo tanto, un director que sabe lo que hace, pero Fin confirma que también sabe por qué lo hace. En su declaración pública sobre el cortometraje, Kayyal no dejó ninguna ambigüedad sobre el origen del film: “Como palestinos en la Palestina ocupada continuamos viviendo nuestras vidas como siempre. Trabajamos, estudiamos, celebramos, planeamos fiestas, como si no pudiéramos ver ni escuchar lo que ocurre tan cerca de nosotros: la masacre de niños, el hambre de la gente, el asesinato de más de 50,000 seres humanos. El sistema colonial domina nuestras mentes, nos entumece, mantiene la calma y la sumisión”.

Esa declaración no es un paratexto del cortometraje. Es el cortometraje mismo, pero reformulado en prosa.

Fin se estrenó mundialmente en Varsovia en octubre de 2025, donde el jurado lo premió “por confrontarnos con la realidad del genocidio en Gaza de una manera aguda, concisa, profundamente conmovedora e inquietante”. En Turín, la Mención Especial reconoció “haber traducido, con una síntesis conmovedora, la dialéctica entre la guerra y normalidad en el drama palestino”. Dos festivales europeos reconocieron en cinco minutos lo que muchos gobiernos han tardado años en nombrar correctamente. Ese contraste por sí solo ya nos dice algo sobre el estado del mundo en que este cortometraje existe.

Fin está filmado en un único plano secuencia. Un solo corte. Una sola toma continua de cinco minutos que sigue a un hombre —interpretado por Ziad Bakri— por las calles mojadas de Haifa en medio de una tormenta nocturna. La elección del plano secuencia es una declaración ontológica: lo que estamos viendo ocurre en tiempo real, sin edición, sin elipsis, sin los mecanismos narrativos que el cine usa normalmente para administrar nuestra atención y nuestras emociones. No hay cortes que nos protejan de lo que está por suceder. No hay montaje que nos ofrezca un respiro. Estamos ahí, en la lluvia, con el hombre, en el tiempo exacto en que las cosas ocurren.

El cinefotógrafo Ashraf Dowani construye junto a Kayyal el espacio visual de Fin con una lógica que empieza cerrada y se abre gradualmente. Al inicio, la cámara está cerca del hombre, siguiendo sus intentos de encender el cigarrillo con la intimidad de quien observa algo privado, casi vergonzoso. Hay algo patético —en el sentido clásico de la palabra— en la imagen de un hombre adulto que no puede encender un cigarrillo bajo la lluvia. Intenta con el encendedor. No funciona. Lo desarma. Lo vuelve a armar. Saca otro cigarrillo. Hace una “casita” entre la boca y el saco para proteger la llama. Nada. La repetición del gesto fallido tiene la estructura de un estudio de teatro del absurdo: Beckett en Haifa, bajo la lluvia, con encendedor de plástico.



Lo que Kayyal hace con esa repetición es construir pacientemente un estado mental antes de interrumpirlo. Cada intento fallido de encender el cigarrillo es un pequeño acto de normalidad frustrada, y la acumulación de esas frustraciones menores crea en el espectador una irritación casi involuntaria. Uno quiere que el cigarrillo encienda. Uno quiere que el hombre pueda fumarse su cigarrillo y seguir con su noche. Y justo cuando esa expectativa se ha instalado completamente, cuando ya estamos invertidos emocionalmente en el problema más trivial posible, un cuerpo cae desde el cielo.

La caída del hombre es filmada sin preparación y sin énfasis. No hay música que la anticipe, no hay cambio en el movimiento de cámara que nos advierta. Cae como caen los cadáveres: sin poner las manos, con el cuerpo lánguido y de cara al suelo. El sonido del impacto es sordo y seco. La sangre empieza a mezclarse con el agua de la lluvia en el suelo. Y el protagonista, después de un momento de sobresalto, vuelve a su cigarrillo.

Ese es el corte moral de la película. No hay corte cinematográfico, pero hay un corte dentro del alma del personaje que es la grieta por la que entra todo el significado del cortometraje.

El diseño de sonido merece una atención especial porque es donde Fin revela sus cartas más explícitamente. Cuando el protagonista registra el cuerpo del hombre caído y encuentra una pequeña radio, el aparato empieza a transmitir intermitentemente entre dos estaciones: una palestina que reporta ataques aéreos israelíes en Gaza Este, nombres de mártires, destrucción; y una israelí que transmite música clásica las 24 horas, que anuncia el movimiento final de una sinfonía de Beethoven. Las dos frecuencias se alternan sin que nadie las controle, como si la radio estuviera tratando de encontrar señal en un mundo donde la señal siempre se interrumpe. Es el diseño sonoro más elocuente que he escuchado en un cortometraje en este año: la barbarie y la “civilización” en la misma frecuencia, luchando por el mismo espacio del aire, y el oyente eligiendo no escuchar ninguna de las dos.

El cigarrillo que no enciende es, en la economía simbólica de Fin, varias cosas simultáneamente. Es la normalidad que el protagonista necesita recuperar para seguir funcionando. Es el hábito que lo mantiene anclado en la rutina frente al caos. Es también el símbolo de una vida que continúa siendo vivida en sus detalles más banales mientras a kilómetros de distancia otras vidas se extinguen sin que nadie las encienda.

Hay una tradición filosófica que llama “banalidad del mal” a la forma en que los sistemas de opresión se sostienen sobre personas inocentes que hacen cosas ordinarias sin preguntarse qué hacen posible. Hannah Arendt acuñó la frase para describir a Eichmann, pero su pertinencia no se limita a los perpetradores directos. Se extiende a todos los que eligen no saber, no ver, no interrumpir su rutina frente a la evidencia del horror. El protagonista de Fin no es un perpetrador. Es, en el lenguaje de la declaración de Kayyal, alguien como todos los palestinos con ciudadanía israelí que viven en Haifa o Acre o Nazaret, atrapados en la cotidianidad de un Estado que hace cosas en su nombre que ellos no ordenaron pero que tampoco han podido detener. La angustia de esa posición no es pequeña: es precisamente lo que hace de Fin un filme políticamente más complejo.



El cuerpo que cae del cielo es interpretable en varios niveles. En el más literal, puede ser un suicida, alguien que saltó del puente que se ve en el fondo del encuadre. En el nivel simbólico que la película prefiere, es uno de los miles de cuerpos que han caído en Gaza sin que el mundo interrumpamos nuestras rutinas anodinas para verlos caer.

Pero Kayyal no deja al protagonista completamente impune de su propio peso moral. El momento en que el hombre registra el cuerpo buscando cerillos no es presentado con crueldad ni con juicio explícito: es filmado con la misma objetividad distante con que ha sido filmado todo lo anterior. El hombre necesita encender su cigarrillo. El cuerpo puede tener cerillos. La lógica es terrible en su simplicidad. Lo que hace el protagonista con esa lógica —tomar los cerillos, encender el cigarrillo, irse, volver, llevarse los cerillos consigo— no es presentado como la acción de un villano sino como la acción de alguien que ha aprendido a funcionar dentro de un sistema que produce cadáveres y exige que uno siga caminando hasta que, tal vez, se convierta en uno.

La radio que cae del bolsillo del hombre muerto y transmite intermitentemente entre la tragedia palestina y la música clásica a través de una estación israelí no es sólo un golpe de guion brillante: es la arquitectura del mundo colonial en miniatura. La coexistencia de esas dos frecuencias en el mismo aparato, en el mismo espacio, bajo la misma lluvia, es la coexistencia que el estado israelí ha promovido como narrativa: somos una nación que toca a Beethoven, somos una nación de “cultura y civilización”. La otra frecuencia —tres mártires, ataques en Gaza Este, destrucción— es la misma frecuencia que ese mismo Estado produce mientras transmite su música clásica. Que el protagonista encuentre los cerillos y deje la radio en el suelo es el gesto de quien toma lo que le sirve del horror y deja atrás el testimonio.

El plano secuencia como declaración política tiene una genealogía larga en el cine. Desde el plano inicial de Touch of Evil de Orson Welles hasta el Children of Men de Alfonso Cuarón, la toma larga sin corte ha sido usada consistentemente para crear una experiencia de tiempo real que obliga al espectador a estar presente de una manera que el montaje convencional no permite. Kayyal hereda esa tradición y la usa con economía: cinco minutos de plano secuencia son suficientes para instalar la lógica de continuidad que necesita la película. Si hubiera cortes, si hubiera elipsis, si la cámara pudiera apartarse del protagonista y luego volver, habría una válvula de escape para la presión moral que Kayyal construye. Sin cortes, no hay escape alguno. Estamos atrapados en el tiempo del protagonista, en su indiferencia, en su necesidad de fumarse ese cigarrillo a como dé lugar.

El cartel de “Finish Them” que aparece en el fondo del encuadre al final para mí no necesita mucha traducción. Me recuerda al penoso mayo de 2024, en que Nikki Haley, exembajadora de Estados Unidos ante la ONU, firmó esa frase en un misil del IDF durante una visita a Israel. La presencia de ese cartel en la calle de Haifa donde transcurre Fin no es una exageración: es el paisaje real de la Palestina ocupada en 2025, donde la propaganda de la aniquilación convive en el mismo espacio visual con el anuncio de un festival de comida israelí y marquesinas en árabe y hebreo que dicen, con crueldad no del todo involuntaria, “Wonderland”. El Wonderland de unos es el paisaje del horror de otros, y ambos comparten la misma pared.

Ward Kayyal tenía 29 años cuando filmó Fin, y la película tiene la claridad conceptual de alguien que sabe exactamente qué quiere decir y ha encontrado la forma exacta de decirlo. En sus declaraciones públicas, Kayyal ha sido explícito sobre la motivación personal detrás del cortometraje: la culpa. No la culpa de haber hecho algo sino la culpa de haber seguido adelante. “Hicimos esta película como una manera de enfrentar nuestro propio silencio, nuestra distancia y la dolorosa verdad de que hemos dejado a nuestra gente en Gaza enfrentar esto solos”. Esa honestidad sobre la posición del propio director —no como víctima directa sino como testigo que siguió viviendo— es lo que da a Fin su dimensión moral más interesante y más incómoda.

Para mí, la elección de Haifa como locación no parece sólo práctica. Haifa es la ciudad palestina que más frecuentemente es presentada como modelo de “coexistencia” entre árabes e israelíes. Es la ciudad que el discurso liberal israelí usa como evidencia de que la integración es posible, de que el sistema funciona, de que los árabes con ciudadanía israelí son ciudadanos plenos en una democracia. Fin filma esa “coexistencia” de noche, bajo la lluvia, con un cuerpo en el suelo y banderas de “Finish Them” en las paredes, y sugiere que lo que esa coexistencia oculta tiene la forma de un cadáver que nadie quiere ver.

El actor Ziad Bakri, admirado por mí por haber protagonizado Screwdriver, trae a Fin una carga de reconocimiento que amplifica el significado del cortometraje. Bakri es árabe-israelí, como el personaje que interpreta, como Ward Kayyal, como muchos palestinos que viven dentro del Estado de Israel. Verlo en esa calle, haciendo ese gesto de apartar la vista del cuerpo caído y volver a su cigarrillo, es ver algo que excede la actuación: es ver una condición.

El jurado de Varsovia fue conciso en su motivación: Fin “nos confronta con la realidad del genocidio en Gaza de manera aguda, concisa, profundamente conmovedora e inquietante”. Turín añadió la clave interpretativa más precisa: “la dialéctica entre guerra y normalidad en el drama palestino”. Esas dos frases juntas definen el territorio que la película habita: no el espacio de la guerra en sí, no las imágenes del horror directo que hemos visto hasta el agotamiento en nuestras pantallas, sino el espacio de la normalidad que rodea a la guerra y que la hace posible.

Lo que Fin no hace, y esto es relevante, es mostrar el horror de Gaza directamente. No hay imágenes de destrucción, no hay nombres de víctimas en pantalla, no hay fotografías satelitales de edificios derrumbados que hemos visto repetidas miles de veces. En cambio, hay una pequeña radio que intermitentemente reporta lo que ocurre entre sinfonías de Beethoven, y hay un cartel en una pared que dice “Finish Them” como si fuera publicidad de festival, y hay un hombre que registra los bolsillos de un cadáver para encontrar cerillos. El horror está en el encuadre, pero en sus bordes, en sus sonidos, en sus paredes. No en el centro. Y precisamente porque no está en el centro, golpea diferente.

Cuando Kayyal recibió el premio en Varsovia dijo: “La guerra en Gaza puede haber terminado, pero el genocidio no”. Esa frase, dicha en un escenario europeo ante una audiencia de cinéfilos, con un trofeo en la mano, tiene la misma estructura que la película que acababa de ganar: la coexistencia de lo ordinario —el discurso de aceptación de un premio de cine— y lo extraordinario que lo rodea —el sitio continuo de Gaza, el hambre, la destrucción— en el mismo espacio, en la misma frase, en el mismo aire.

Fin dura cinco minutos y hace lo que el mejor cine político hace siempre: cambia el ángulo desde el que uno ve algo que creía haber entendido. No muestra Gaza. Muestra lo que ocurre en las ciudades que no son Gaza mientras Gaza arde. No muestra la violencia del perpetrador. Muestra la comodidad del testigo. No acusa a nadie. Filma un cigarrillo bajo la lluvia y deja que el mundo entre por los bordes del encuadre.

El protagonista vuelve por los cerillos al final, después de haber empezado a irse. Es el único gesto que el cortometraje ofrece en la dirección de algo que podría llamarse consciencia, y es un gesto ambiguo hasta el dolor: vuelve por los cerillos. No por la radio que reporta los muertos. No por los artículos que dejó tirados en el piso. Por los cerillos, para poder encender su cigarrillo las próximas veces que lo necesite. Y luego sube corriendo las escaleras y desaparece, y la cámara retrocede para mostrarnos el escenario completo: el cuerpo en el suelo, la sangre mezclándose con el agua, las banderas israelíes, el cartel de “Finish Them”, el anuncio del Festival de Comida Israelí, las letras en árabe y hebreo compartiendo la misma pared que dice Wonderland.

No hay en Fin un solo encuadre que no esté cargado. No hay en él una sola elección que no signifique algo. En cinco minutos, con un plano, con un actor, con un cigarrillo que no enciende y una radio que no para, Ward Kayyal hizo una obra sobre uno de los crímenes más documentados y menos detenidos de nuestra era. La hizo con la escala de un cortometraje y la inteligencia de un director que sabe que la síntesis es más brutal que la amplitud.

“Quizás pueda hacer algo más”, dijo Kayyal sobre su cortometraje. “Quizás pueda romper el silencio, encender una pregunta, o mover algo dentro de nosotros que lleve a la acción”. La metáfora que eligió para describir su esperanza es la misma metáfora que estructuró su película: encender algo. El cigarrillo no encendió en la lluvia. Tal vez el cortometraje sí. Espero que sí, por toda la gente inocente en Gaza.

 

REPARTO

Ziad Bakri

 

EQUIPO

Written & Directed by Ward Kayyal

Producers – Donna Hawa & Ward Kayyal

Director of Photography – Ashraf Dowani

Assistant Director – Mohammad Ibraheem

Best Girl – Anna Maria Hawa

Focus Puller – Fadi Qubti

Gaffer – Mosab Jijene

BTS Photographer – Majd Kayyal

Sound Recorder – Elias Abd Elmlk

Art Director – Bashar Hassuneh

Rain Effects Technicians – Samir Hawa, Assaf Safoury

Fashion Stylist – Marwa Asbi

Makeup Artist – Kanar Zoabi

Prosthetic Body Designers – Waseem Kheir, Marwa Asbi

Production Assistants – Naseem Deeb, Mbadda Kayyal, Wafi Khalil, Waseem Kanj, Emad Kayyal, Mazen Hamdan

Catering – Suhair Badarneh

Post Producer – Sabrine Khoury

Radio Sound Mixer – Kamel Badarneh

Colorist – Nour Abukamal

Sound Designer – Forent Klockenbring

Graphic Designer – Ahmad Salameh

Radio Voice Over Artists – Ahmad Darawsha, Nidal Badarneh

VFX – Patrick Hepner, Hakam Kharraz

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