Reseña | "Jazz Infernal" de Will Niava
JAZZ
INFERNAL
SINOPSIS
Koffi, un
joven trompetista marfileño, llega a Montreal sin más guía que el legado de su
padre. Perdido entre el bullicio de la ciudad y el silencio de su pasado,
deberá enfrentarse a sus raíces para encontrar finalmente su propia voz.
RESEÑA
El cine
puede funcionar como una demostración de estilo y, al mismo tiempo, como un
acto de duelo que se articula en la forma. Jazz Infernal es el ejemplo
perfecto de esto porque, si bien es claramente un ejercicio estético que
atiende a lo que dice, también atiende a cómo lo dice y desde qué espacio; es
cine convertido en el lugar donde se inscribe la más personal de las
experiencias: la muerte de un padre.
Pero
empecemos desde el principio. Will Niava, su director, llegó a Canadá desde
Ghana hace trece años con libretas vacías y, según sus propias palabras, “con los
ojos tan abiertos como platos”. Lo que encontró no fue exactamente lo que
esperaba, pero tampoco fue exactamente un desastre. Fue una zona rara donde la
confusión se vuelve material y el extrañamiento se convierte, con el tiempo, en
voz. Ese proceso desembocó en dieciséis minutos de película que ganaron el
Short Film Jury Award de Sundance 2026 y que fueron incluidos en el Canada's
Top Ten del 2025.
Lo que hace
interesante el lugar de Jazz Infernal dentro de la filmografía de Niava
es justamente su tránsito. Sus trabajos anteriores, como Zoo (que llegó
a la Criterion Collection y pasó por Clermont-Ferrand) y Element
(presentado en el Vancouver International Film Festival), ya mostraban una
sensibilidad visceral y poética que cruzaba geografías y fronteras. Pero Jazz
Infernal es el primer proyecto donde esa poética se encuentra cara a cara
con su duelo personal. El resultado es una película que parece improvisada,
pero está construida con una precisión notable, igual que el género musical que
la habita.
Jazz
Infernal tiene la estructura de una noche que no debería
haber existido; es decir, llena de tropezones. El relato sigue a Koffi, un
joven trompetista marfileño, en su primer día en Montreal. El objetivo de la
trama es deliberadamente trivial: llegar a casa de su tía. Llegar del punto A al
punto B. Pero la ciudad, el caos del bar, su batería, el azar y su propio
estado emocional conspiran para que ese recorrido se convierta en algo más
parecido a un rito de iniciación predestinado que a una anécdota migratoria.
La
estructura tiene dos capas que corren en paralelo. La primera es la del
presente: el caos cómico de la llegada a inmigración, el teléfono sin batería,
el altercado en la puerta del bar, los dos extraños que lo arrastran al corazón
del jazz nocturno de Montreal. La segunda es la del pasado: una serie de
destellos de memoria en los que Koffi niño observa a su padre tocando la
trompeta, un hombre grande y luminoso visto siempre desde cierta distancia, con
la mezcla exacta de admiración amorosa y respeto formal.
Lo que hace
el guion, escrito por Niava junto a Kristelle Laroche, es rehusarse a separar
estas dos líneas limpiamente. No hay un flashback convencional con
fundido en negro. Las memorias irrumpen en la narrativa como el jazz irrumpe por
naturaleza: sin anunciarse, respondiendo al estado emocional del músico antes
que a la lógica del relato. Cuando Koffi se desmaya después de tocar la
trompeta de su padre en el club, lo que sigue no es una pérdida de consciencia
sino un descenso hacia algo más primario: el sonido de las bestias de la selva,
el miedo infantil, y los brazos del padre cerrándose alrededor de él. El orden
temporal se disuelve y en ese momento el film deja de ser una comedia situacional
para convertirse en una elegía.
La edición, con
firma de Thomas Bellefleur y el mismo Niava, es donde esta apuesta se juega y
se gana. Niava ha dicho en entrevistas que quería “embeber el jazz en el
proceso de edición mismo”, y eso se nota a kilómetros de distancia. El ritmo
alterna entre la urgencia casi ansiosa de las secuencias callejeras y la
lentitud casi onírica de los momentos interiores. No es el montaje
hiperestimulado de la acción contemporánea ni el tempo contemplativo del cine
de arte estricto; es más bien una edición que respira de manera sincopada, que
se permite el silencio justo antes de golpear con fuerza.
El director
de fotografía Harley Francis tomó una decisión que define la película: rechazar
el azul nocturno convencional. Montreal de noche suele tener, en el cine, esa
frialdad azulada que codifica el invierno y el norte. Francis y Niava optaron
por verdes y naranjas. Los mismos colores que, según el director, definen visualmente
Costa de Marfil. ¡Genial elección! Es una declaración de principio: la ciudad
que vemos no es Montreal vista desde afuera, desde la mirada del inmigrante
perdido que intenta integrarse a un paisaje ajeno; es Montreal visto desde adentro
de Koffi, donde su mundo de origen no ha desaparecido, sino que se superpone
como un filtro perceptual sobre el nuevo. El frío está ahí, sí, pero la paleta
lo calienta desde adentro.
El diseño de
producción de Alpha Estifanos trabajó sobre un principio que Niava describió
como “tiempo sepia”: una estética que podría pertenecer a cualquier momento en
los últimos cien años, con la única excepción del teléfono celular. El
vestuario evita las referencias de moda que anclarían la película a un año
específico. Si el jazz es una forma musical que no envejece de la misma manera
que otros géneros, el universo visual del cortometraje también debía situarse
fuera del tiempo cronológico.
La música de
Hichem Khalfa, trompetista de jazz de Montreal, es el segundo idioma de la
película. En varios momentos clave, reemplaza al diálogo porque es el único
lenguaje que el duelo entiende. Niava lo dijo más directamente: cuando su padre
murió durante la producción del film, la música “dejó de ser ruido de fondo y
se convirtió en lo único que podía contener lo que las palabras no podían”.
El
cortometraje trabaja con una distinción especial: la diferencia entre música
diegética y no diegética se vuelve deliberadamente borrosa. En el club, hay un
momento en que Koffi intenta recordar una melodía de su infancia, una pieza que
su padre tocaba el día en que se despidieron. La música en el bar se parece,
pero no es exactamente igual. Esa memoria imperfecta de la canción, es también
la forma en que el duelo funciona, como un eco que nunca termina de sonar
igual. El diseño sonoro de Zachary Scholes y Nataq Huault aprovecha esa
ambigüedad, difuminando los bordes entre lo que Koffi escucha y lo que
recuerda.
La pregunta
que estructura Jazz Infernal no es “¿puede Koffi convertirse en músico?”
sino “¿puede Koffi ser Koffi cuando todo el mundo lo llama Koffi Boni Jr.?” La
escena con el pasaporte lo hace explícito: en la calle, le devuelven sus
documentos, los leen y dicen el nombre completo. Junior. El apellido del padre
cargado encima del nombre propio.
Niava no
presenta esto como una opresión externa. La presencia del padre en la memoria
de Koffi es amorosa, concreta y físicamente cálida. El abrazo ante el miedo. El
beso en la mejilla. La trompeta entregada como legado. Lo que la película
examina es cómo incluso el amor puede convertirse en un peso cuando viene
acompañado de una expectativa tan grande que aplasta la posibilidad de fallar,
de buscar y de no saber. Koffi llega a Montreal como inmigrante y también como heredero,
y las dos condiciones son igualmente sobrecogedoras para él.
La forma en
que el jazz estructura esta pregunta es elegante. El jazz no es un género que
se preserve en estado original; es una forma que vive en la tensión entre la
melodía heredada y la variación improvisada. Lo que Koffi toca no es
exactamente lo que tocaba su padre, aunque sea la misma trompeta. No puede
serlo.
Los momentos
finales del corto resumen todo lo dicho con una gran belleza: Koffi llora bajo
la nieve, con su tía gritando por teléfono, pero frente a la trompeta de su
padre y, en medio de ese llanto, también ríe, reconociendo que su situación es
objetivamente absurda pero real.
Jazz
Infernal comenzó como una comedia. Niava lo cuenta así:
quería hacer algo sobre lo ridículo de sus primeros días en Canadá. Tenía cinco
borradores de esa versión. Su esposa los leyó y le dijo que había algo más
importante de lo que estaba huyendo y que el personaje también huía.
El padre de
Niava fue un intérprete prominente, alguien que trabajó con figuras como Nelson
Mandela. Murió durante la producción del film. Niava ha descrito el momento en
que eso ocurrió como “el terremoto que abrió el suelo de la película” y le
reveló profundidades que no había planeado explorar. Las escenas que lo hacían
reír cuando las escribió empezaron a hacerlo llorar. La música dejó de ser
diseño de producción y se convirtió en “el único idioma que entendía el duelo”.
Lo que
ocurrió después tiene algo de notable: en lugar de detener el proyecto o de
protegerse detrás de él como si fuera otra cosa, Niava lo convirtió en el
espacio de elaboración de su pérdida. El último día de rodaje, su director de
fotografía le pasó la cámara y le dijo: “Este momento es tuyo”. Filmó el último
plano llorando, y eso no es un detalle anecdótico. Es la explicación misma de
por qué el cortometraje funciona. Me atrevo a decir que, sin haber sido así, Jazz
Infernal no sería la joya que es. Los mejores cortometrajes no son
ejercicios de habilidad técnica (aunque los de Niava también lo sean). Son
objetos que cargan con el peso exacto de lo que sus creadores necesitaban
decir. No más, por supuesto no menos.
¿Qué hace
que Jazz Infernal funcione? La pregunta simple tiene una respuesta
compuesta.
Funciona
porque su director no sabía, cuando lo empezó, que iba a necesitar hacerlo. Esa
ignorancia inicial y la honestidad de haberla reconocido a mitad del camino, es
lo que le da a la película su textura emocional. Niava filmó desde adentro de
algo que todavía estaba procesando, y eso se nota en cada decisión: el color
que trae Costa de Marfil a Montreal, la trompeta pasando de mano en mano entre
generaciones, el desmayo en el momento de máxima conexión musical como único idioma
posible para lo que no puede decirse.
Funciona
porque encontró en el jazz, como forma musical y como metáfora, el equivalente
perfecto a su historia. El jazz es memoria en movimiento, tradición que solo
existe si alguien la varía, identidad que se construye en tiempo real y frente
a otros. Koffi, al final del cortometraje, en realidad no ha resuelto nada en
el sentido práctico: sigue sin tener batería en el teléfono, su tía sigue
enojada, pero toca la trompeta de su padre solemnemente, frente a una patrulla
policial, en Montreal, y en ese momento la distancia entre lo que heredó y lo
que está llegando a ser se contrae hasta volverse casi invisible.
Y, sin
embargo, hay algo más —algo que desborda cualquier intento de crítica y que me obliga, con
humildad, a rendirme ante esta obra—. Porque Jazz Infernal se impone
como una experiencia que reclama ser habitada. Ante ella, mi lenguaje crítico
se vuelve insuficiente, como si mis conceptos apenas fueran un rodeo torpe de
una verdad más honda. Me cuesta pensar, con honestidad, en otra obra reciente
que alcance este grado de precisión emocional y rigor formal sin sacrificar
ninguno de los dos. Me parece imprescindible.
REPARTO
Ange-Eric
Nguessan, Alexis Belhumeur, Kasongo Kalombo, Njeti Akasha Mega, Mambo Rodrigue,
Albert Kwan, Larissa Kahouin, Aldo Kabbaj, Sharon James, Dave Campbell, Nana
Njeti Christine Paulette, Jean-Jaurice Ndihokubwayo, Roudy Nakhle, David
Osei-Afrifa, Alexandre Colas-Jeffery, Anthony Pageot, Alexander Degracia, Adam
Sadir, Elias Kokou
EQUIPO
A Film by Will Niava
Screenplay – Will Niava, Kristelle Laroche
Production – Zion Lipstein-Saffer, Samuel Caron
Director of Photography – Harley Francis
Art Design – Alpha Estifanos
Costume Design – Lili Benko
Editing – Thomas Bellefleur, Will Niava
Sound Design – Nataq Huault, Zach Scholes
Sound Mixing – Zachary Scholes
Original Music – Hichem Khalfa
Colorist – Simon Bøisx
Executive Producers – Samuel Caron, Aziz Zoromba, Will Niava, Jerad
Anderson, McCray Sutherlin, Brendan Kenney, Jason Brando, Alexandre Auray,
Christian Tyler, Joshua Rosenbaum
Associate Producer – Louis-Emmanuel Gagné-Brochu
Director Consultant – Aziz Zoromba
Script Consultant – Chelsea Niava
Script Supervisor – Souley Keita
Casting Director – Victor Tremblay-Blouin
Acting Coach – Antoine Nicolas
Stunt Coordinator – Rodney Alexandre
Stunt Driver – Misel Todorovic
Rehearsal Double – Jeremyah Mogni
Production Manager – Louis Cabanac
Production Manager – Ariane Vermeersch
Production Coordinator – Anny Gauthier
Lighting Director – Alexis Bedard-Provencher
Set Dresser – Alexe Laroche
Assistant Set Manager – Robin Maurais
Transportation Coordinator – Benoit Samson
Production Assistants – Emmanuel Eustache, Keerian Flammang, Abraham
Muñoz Paz, Joys Sekpon, Camilo Fonseca Alonso, Oksana Maignan, Laurence
Gauvreau-Pecek, Jean-François Meilleur, Yahia Yacine
First Aid – Dany Cardinale, Steven Herskovitz
Bus Driver – Isabelle Bernard
Camera Car Driver – François Dumont
Security – Chantal Gauthier, Samuel Laviolette, Pascal Ménard
1st Assistant Director – Jonathan Jean-Pierre
2nd Assistant Director – Allan Lambert
3rd Assistant Director – Ayesha Sheikh
3rd Assistant Director – Reatchy Legros
3rd Assistant Director – Pascale Ouellet
Costume Research and Design – Rémi van Bochove
Head Costume Designer – Lilliane Benko
Wardrobe Assistants – Stéphanie Gagnon, Jade Mercure Binette
Extras Wardrobe Assistant – Alice Turcotte
Head Makeup Artist – Mary-Jane Khalife
Makeup Assistants – Deisy Mariano, Heba Younes
Assistant Art Director – Audrey Samb
Props Master / Props Assistant – Naomie Thellend-Gendron
Set Decorator – Mireille Robinel
Set Technicians – Émilie Beaumier, Erik Evans, Félix Paquet
Camera Operator – Benoît G. Gauthier
1st Assistant Camera – Sébastien Blais
2nd Assistant Camera – Tom Delamarre
B Camera Operator – Evangelos James Desborough
1st AC (B Camera) – Alec Lemondé, Mathilde Llytyniuk
Behind-the-Scenes Camera – Calvin Liu
Sound Recordist / Production Sound Mixer – Jordan Choinière
Boom Operators – Rose Desormiers, Louis St-Pierre
Key Grip – Vincent Plourde-Lavoie
Best Boy Grip – Eugène Pilon
Grip – Antoine Whalen
Additional Grip – Samuel Eusiano
Gaffer – Jaden Scholes
Best Girl Electric – Rachelle Accolas
Lighting Technician – Lucas Waxman
Additional Lighting Technician – Josef Tulane
Ivory Coast Unit
1st Assistant Director (1st AD) – Diblade Dorgeles
2nd Assistant Director (2nd AD) – Désiré Konan
Casting Director – Jacques Kouao
Production Manager – Badet Kieblo
Production Assistant – Lethicia Gomi
Unit Manager / General Management – Florelle Heaven
Assistant Unit Manager – N’Guessan Chia Brigitte
1st Assistant Camera – Houdou
Sound Supervisor – Willy Kanga
Sound Assistant – Mohamed Kanté
Head Makeup & Hair – Keren Malan
Production Designer / Props – Roland Blé
Head Costume Designer – Michelle Akueson
Gaffer – Togba Francis (Sisco)
Best Boy Electric / Lead Electric Assistant – Pacôme
Key Grip – Touré Mory “Lam”
Best Boy Grip / Assistant Grip – Malikoum Parfait
Visual Mockup / Previsualization Team
Director of Photography – Samuel Olalechea, David Willem Boot
Production Direction – Kutiba Senusi, Adem Boutlidja
Assistant Director – Vishan Charamis



