Reseña | "Uncle Ali and I (Farbror Ali och jag)" de Shahab Mehrabi

UNCLE ALI AND I

FARBROR ALI OCH JAG



 

SINOPSIS

Desde su exilio en Suecia, Ali puede reencontrarse con su Irán perdido gracias a la realidad virtual, el país del que huyó hace mucho tiempo. Shahab Mehrabi demuestra el potencial transformador del cine en un emotivo retrato de su querido tío.

 

RESEÑA

El exilio es un peso disfrazado de viaje, porque es mucho más que haber salido de un lugar: es ser arrancado de aquello que le daba forma a tu vida, como tu lenguaje con todos sus regionalismos, las calles familiares y conocidas hasta la más pequeña piedra, los rostros que se reconocen en las calles y en las fiestas... El que lo soporta camina, trabaja, responde e incluso llega a sonreír, pero hay algo en su interior que permanece detenido, como si el tiempo hubiera avanzado a un distinto ritmo que el cuerpo. El exilio instala una melancolía densa, casi tangible; todo lo cotidiano se vuelve ligeramente ajeno, las palabras pesan más al decirse, los silencios son más largos y las risas más lejanas. ¿Y cómo no?, si no sólo añoras tu patria, sino tu vida entera, la proximidad de lo propio, la cercanía de los lazos de sangre, la certeza de pertenencia…

El exilio iraní es, justamente, uno de los grandes temas no resueltos del cine contemporáneo, y lo es no por falta de películas sino por la naturaleza misma de lo que intenta retratar: una herida que no cierra porque lo que la causa sigue haciendo daño. Desde 1979, cuando la Revolución Islámica tomó el poder en Teherán, millones de iraníes —kurdos, persas, árabes, baluchis, de todas las etnias del país— fueron forzados a construir sus vidas en otro lugar, en otros idiomas, bajo otros cielos, cargando la memoria de un país que siguió existiendo sin ellos y que ellos siguieron existiendo sin poder habitar. Hay una generación entera —como la del tío Ali de este cortometraje— que salió siendo joven y que ya es anciana sin haber podido volver. Y hay otra generación que no sabe exactamente de qué tiene nostalgia porque nunca tuvo lo que extraña.

Uncle Ali and I es un cortometraje del director Shahab Mehrabi. Dura catorce minutos; y en esos catorce minutos encuentra la forma exacta para una emoción que normalmente es abstracta y se resiste a la forma. Mehrabi filma a su propio tío, Ali, un hombre que escapó del Irán revolucionario bajo amenaza latente de ejecución y que lleva décadas en Suecia sin poder regresar, y le pone unos lentes de realidad virtual para llevarle a los lugares que no ha podido volver a ver en persona. Lo que ocurre en pantalla durante ese recorrido virtual —los gestos del tío, sus palabras, sus silencios, el momento en que su voz se quiebra frente a las tumbas de su padre y de su tía— es de las cosas más emocionalmente exactas que he visto en un cortometraje documental.



El título es deliberadamente íntimo y también deliberadamente simple. No “el exilio iraní” ni “la diáspora kurda” ni ninguna de las formulaciones que convierten a las personas en categorías y etiquetas. Es “el tío Ali y yo”. Dos personas. Una familia. Una cámara entre ellos. Esa escala es la de todo el cortometraje.

La estructura visual de Uncle Ali and I opera en tres capas temporales que Mehrabi teje con una naturalidad que hace que la complejidad de lo que está haciendo pase casi desapercibida en primera instancia. La primera capa son las entrevistas presentes: el tío Ali sentado, hablando a cámara, respondiendo las preguntas de su sobrino. La segunda capa son las cintas de VHS que llegaban desde Irán al exilio de Ali, grabadas por la familia que se quedó: el padre con un niño en el regazo que dice “hola, tío”, la graduación de alguien en un camión adornado con flores gritando que lo lograron, el baile con tambores en una celebración que Ali no pudo presenciar. La tercera capa es la realidad virtual: las grabaciones desde dentro de Irán que alguien filmó en locaciones específicas —el cruce de Shahyad, las montañas de Dallahoo, el cementerio donde está enterrado el padre— y que Mehrabi convierte en un viaje para su tío a través del visor.

Estas tres capas no están separadas en bloques consecutivos sino entrelazadas de manera que producen un efecto de simultaneidad temporal: el tío Ali existe al mismo tiempo en el presente sueco de la entrevista, en el pasado iraní de las cintas y en un presente iraní mediado por la tecnología que su cuerpo no puede habitar.

Las cintas de VHS merecen atención especial porque son el corazón documental del cortometraje. Hay algo en la textura de esas grabaciones —el grano del VHS, los colores ligeramente desteñidos, el encuadre casual de quien filma para la familia y no para la posteridad— que las hace más íntimas que cualquier imagen de alta definición podría ser. Cuando vemos al niño Shahab en una de esas cintas, de 1998, cantando “Dallahoo es maravilloso, volvamos a visitarlo” porque alguien le dijo que cantara para el tío Ali que está lejos, la emoción que eso produce no viene de ninguna técnica cinematográfica. Viene de la verdad de ese niño que cantaba sin entender del todo lo que cantaba, para un tío que, tal vez, lo recibió en su exilio sueco como si fuera el regalo más valioso que podía recibir. Que esa cinta cierre el cortometraje —que sea la última imagen, ese niño cantando más fuerte cuando le piden que cante más fuerte— es una decisión de edición de una limpieza formal impresionante.

El momento en que Mehrabi le coloca los lentes de realidad virtual al tío Ali es también un momento cinematográfico en sí mismo, independientemente de lo que venga después. La cámara observa cómo Shahab le acomoda el cabello al tío con delicadeza mientras ajusta el dispositivo, y en ese gesto caben décadas de afecto familiar y algo más: la imagen de un sobrino que ha decidido devolverle a su tío algo que nadie más ha podido.



La pregunta filosófica que organiza Uncle Ali and I es si la memoria mediada —la memoria a través de tecnología, a través de imágenes de segunda mano— puede hacer algo más que recordarnos lo que no tenemos. Es una pregunta que el siglo XXI ha vuelto urgente de maneras que ningún siglo anterior tuvo que enfrentar: ahora podemos ver en tiempo real los lugares de los que hemos sido expulsados, podemos seguir el presente de las calles donde crecimos a través de Google Maps y de los teléfonos de quienes se quedaron, podemos recibir videos de las bodas y los entierros que no pudimos presenciar. La pregunta es si todo eso cura algo o si lo que hace es mantener la herida abierta.

El tío Ali da su propia respuesta después de quitarse los lentes: “Es como si realmente hubiera estado ahí”. Y luego añade: “Han cambiado mucho. Lo quiera o no”. La realidad virtual le devolvió los lugares, pero también le mostró que los lugares siguieron cambiando sin él, que el tiempo pasó en Dallahoo exactamente igual que pasó en Suecia, que la patria no lo esperó congelada en el momento de su partida. Hay en esa observación —“han cambiado mucho”— toda la melancolía del exiliado que descubre que lo que extrañaba ya no existe exactamente como lo recordaba, que lo que perdió no es solo el acceso al lugar sino el lugar mismo tal como era.

El uso de la realidad virtual como dispositivo narrativo tiene una profundidad que va más allá del recurso técnico novedoso. Mehrabi está haciendo, implícitamente, una pregunta sobre los límites del cine mismo: ¿puede la imagen devolver lo que la historia arrebata? El cine ha intentado responder que sí desde sus inicios: los Lumière filmaron la salida de los trabajadores de la fábrica y en ese gesto quedó preservado algo de 1895 que de otra manera habría desaparecido sin rastro. Pero el tío Ali no necesita que le preserven el recuerdo de Dallahoo: él lo tiene en mente y alma. Lo que necesita es estar ahí, con el cuerpo, en el presente. Y eso es exactamente lo que ni el cine ni la realidad virtual pueden darle.

Lo que sí pueden hacer —y lo que Uncle Ali and I argumenta con su mera existencia— es crear un espacio donde la melancolía pueda ser articulada, vista y compartida. Cuando la pantalla se divide y vemos simultáneamente lo que el tío Ali ve a través del visor y el rostro del tío Ali viendo esas imágenes, el cortometraje alcanza su momento de mayor verdad, porque la cámara de Mehrabi registra el rostro de un hombre anciano parado frente a las tumbas de su padre y de su tía, separado de ellas por décadas de exilio y por el vidrio de unos lentes de realidad virtual, y dice: esto también es una forma de estar. Imperfecta, mediada e insuficiente, pero real en su propia manera.



El momento en que el tío Ali dice, frente a la tumba de su padre en la realidad virtual, “no poder estar a su lado cuando estaba enfermo, eso no puede expresarse con palabras” y luego añade “así son las reglas de vida para nosotros en el Medio Oriente”, es durísimo. Las reglas... Como si el dolor del exilio forzado fuera una condición climática, algo que simplemente existe y ante lo cual sólo queda la adaptación. Décadas de vivir así han convertido la injusticia en paisaje natural, en una fuerza de la naturaleza a la que tenemos que acostumbrarnos.

Hay también en el cortometraje una dimensión política que Mehrabi maneja con la misma delicadeza que todo lo demás: nunca nombrada explícitamente, siempre presente. Cuando le pregunta al tío Ali qué habría pasado si la República Islámica lo hubiera capturado, la respuesta es escueta y total: “Personas con menor rango, menor responsabilidad e influencia que yo fueron ejecutadas”. El tío Ali escapó porque su padre le insistió en que escapara. “Mejor huir que ser ejecutado”, le decía. Esa frase contiene toda la historia política de Irán desde 1979 en una oración. El cortometraje no necesita expandirla.

El documental como acto de amor familiar tiene una tradición rica y específica dentro del cine mundial. Desde “Tarnation” de Jonathan Caouette —donde un hijo filma décadas de vida familiar para entender a su madre y entenderse a sí mismo— hasta “Stories We Tell” de Sarah Polley —donde la búsqueda de la identidad familiar se convierte en una meditación sobre la naturaleza misma de la memoria y la narración— hay una genealogía de directores que han usado la cámara como extensión de una relación afectiva.

Mehrabi pertenece a esa tradición, pero la habita desde un lugar específicamente diaspórico que la modifica. Es más que un sobrino que filma a su tío: es un miembro de la segunda generación del exilio iraní que usa el cine para reconstruir una historia que también le pertenece, pero que no vivió directamente. Hay en Uncle Ali and I algo de la posición que la teórica Marianne Hirsch llamó “postmemoria”: la relación de la generación siguiente con las experiencias traumáticas de sus padres o tíos, experiencias que fueron transmitidas tan profundamente que se convierten en memorias propias sin serlo exactamente.



El uso de la realidad virtual como herramienta documental conecta Uncle Ali and I con una pequeña pero significativa corriente del cine contemporáneo que ha empezado a explorar las posibilidades de la tecnología inmersiva para el trabajo de memoria y trauma. Hay proyectos de VR que han llevado a refugiados sirios a hacer el viaje virtual de regreso a sus ciudades destruidas. Lo que distingue el uso que hace Mehrabi de esta tecnología es que nunca la vuelve el foco de su estudio: los lentes de realidad virtual no son la película, son un instrumento para la película. Lo que importa no es la tecnología sino el rostro del tío Ali mientras la usa.

Shahab Mehrabi resolvió un problema logístico y político con elegancia: no podía viajar a Irán junto a su tío sin riesgo para ellos o para las personas que aparecerían en las imágenes. La solución —pedirle a alguien dentro del país que comprara una cámara y filmara las locaciones específicas que el tío Ali quería ver— es a la vez práctica y metafóricamente rica. Las imágenes de Dallahoo que vemos en el visor de realidad virtual fueron filmadas por manos anónimas —al menos para nosotros, los espectadores—, por alguien que fue a esos lugares siguiendo instrucciones enviadas desde Suecia, que encuadró montañas y tumbas y ríos para que un hombre exiliado pudiera verlos a través de un visor en un hogar europeo. ¡Qué contemporánea suena esa cadena de mediaciones!: la patria filmada por alguien más, enviada por internet, visualizada en realidad virtual, observada por una cámara documental que registra la observación. Cada paso es una capa más entre el hombre y el lugar que ama, y sin embargo el amor sobrevive a todas las capas.

La decisión de no revelar quién filmó dentro de Irán es también una decisión de protección. En el contexto de la República Islámica, donde el activismo cultural y político tiene consecuencias reales y documentadas, el anonimato de esa persona es una forma de cuidado que el cortometraje practica en silencio.



Mehrabi se coloca a sí mismo dentro del cortometraje de una manera que es reveladora de su posición. No es sólo el director: es el sobrino, la segunda generación, el que dice hacia el final “yo también llevo mucho tiempo sin volver”. Esa frase es importante porque revela que el exilio no es sólo la experiencia de los que huyeron sino también la de quienes nacieron después y para quienes el regreso es tan imposible como lo es para el tío Ali, aunque por razones diferentes. Shahab no tiene las memorias encarnadas de Ali, pero tiene la canción, tiene el conocimiento de que hay un lugar llamado Dallahoo que es hermoso. Cuando le dice a su tío “cuando Irán sea libre, llevaré mi cámara e iré contigo”, la promesa no es sólo para Ali. Es también para él mismo.

Uncle Ali and I es un cortometraje que se resiste a mi crítica porque su honestidad es tan completa que deja poco espacio para señalar fisuras. Es posible argumentar que catorce minutos no son suficientes para la historia que contiene: que el tío Ali merece un largometraje, que las cintas de VHS merecen más tiempo, que el viaje virtual por Dallahoo podría extenderse y profundizarse. Esa crítica es válida pero también es, en cierto sentido, el mayor cumplido posible que puedo darle: el cortometraje deja al espectador queriendo más no porque algo falte sino porque lo que hay es tan bueno que uno no quiere que termine.

Lo que el cortometraje hace excepcionalmente bien es resistir la tentación del sentimentalismo fácil. El tío Ali llora —o casi llora, en ese momento en que la voz se le quiebra al mencionar la tumba de su padre y no puede terminar la frase— pero la película no se detiene en ese llanto para ordeñarlo emocionalmente. La cámara lo registra y sigue. Hay un tremendo respeto por el dolor del tío Ali que se expresa precisamente en no convertirlo en espectáculo: su emoción le pertenece y es sólo suya, la película simplemente la atestigua.



La elección de terminar con la cinta de VHS de 1998 y la canción es formalmente impecable. El cortometraje abre con el presente —la entrevista, la voz del tío Ali describiendo su huida— y cierra con el pasado más lejano, con la voz más pequeña y más esperanzada, con la canción de un niño Shahab que todavía cree que el regreso es posible y por eso canta sobre él. Esa inversión temporal deja al espectador en un estado de suspensión: entre la resignación y la esperanza. Ambas son verdad. Ambas coexisten en la misma película, en la misma familia, en el mismo dolor que tiene distintas edades.

De nueva cuenta, si hay un momento que condense perfectamente todo lo que Uncle Ali and I construye, es cuando el tío Ali dice: “Es como si realmente hubiera estado ahí” porque esa frase tiene el peso de toda una vida. No dice que estuvo ahí. No dice que la realidad virtual es suficiente. Dice “es como si”, la conjunción de la semejanza, del parecido, de la distancia que se acorta.

Eso me hizo reflexionar que el cine también es “como si”. Cuando vemos a una persona en pantalla no estamos con esa persona: estamos con su imagen, con la luz que rebotó en su cuerpo y fue capturada por un sensor. Y sin embargo algo real ocurre en nosotros mientras la vemos. Algo que no es estar ahí pero que tampoco es simplemente no estar. Mehrabi parece entender que su oficio y la realidad virtual comparten esa misma naturaleza paradójica: la capacidad de crear una presencia que es consciente de su propia ausencia.

Eso es lo que Shahab le devolvió a su tío Ali en catorce minutos. No la patria. Pero sí algo que la patria dejó en él, filmado con cuidado, guardado en una película que ahora puede verse en cualquier parte del mundo —o pronto, eso espero. Inmortalizada como su amor a Irán. Y que pueda verse en cualquier parte del mundo es también una forma de justicia, menor pero real, frente a un exilio que nunca debió ocurrir, ni para Ali, ni para ningún iraní.

 

EQUIPO

Director – Shahab Mehrabi

Sound Design – Björn van Weiden

Producers – Shahab Mehrabi, Edvina Koda Sander

Film Västmanland | Stockholm University of the Arts