Reseña | "The Death Notice of Eamonn McCarty" de Aaron Chalke

THE DEATH NOTICE OF EAMONN McCARTY



 

SINOPSIS

A tan solo un día de vida, un hombre se esfuerza por cumplir las ambiciones de su vida mientras está atascado al teléfono con el servicio de atención al cliente.

 

RESEÑA

Imaginemos, por un instante, una realidad alterna: que, en lugar del ocio de la rutina diaria, recibimos un documento oficial: una fecha precisa, inapelable, marcada en tinta de oficina. Sólo seis meses más de vida. O, en el caso límite que nos ocupa, un solo día. ¿Qué ocurre entonces? ¿Y el tiempo? ¿Qué le sucede a nuestra existencia cuando ya no parece un océano infinito y se revela como el vaso frágil que siempre fue?

Creo firmemente que la tragedia humana más profunda no es la mortalidad, sino la ilusión de su lejanía. Vivimos como si el mañana fuera un derecho, un crédito ilimitado que el universo nos concede sin intereses. Desperdiciamos años en resentimientos, en conversaciones vacías, en la persecución de metas que, vistas desde la perspectiva que nos atañe, se revelan absurdas. Postergamos el libro, la conversación sincera, el acto de amor. Porque “hay tiempo”. Claro. Porque la muerte es lo que les sucede a los otros, en un futuro impreciso. Esta negación ontológica, esta huida constante de nuestra propia finitud, es la inautenticidad fundamental de la existencia.

Pero ahora, resulta curioso imaginar el efecto contrario. ¿Qué tal si el saber nos llega, no como una iluminación poética, sino como un hecho administrativo? El tiempo ya no es un recurso, por lo que cada segundo adquiere densidad ontológica; es decir, las prioridades se ordenan con cruel claridad: ¿qué es lo que verdaderamente vale la pena cuando ya sólo te queda un día? Para cualquiera sería obvio: no acumular… realizar; no poseer… ser; no aparentar… consumar.

Para no tener que imaginárnoslo, existe The Death Notice of Eamonn McCarty, de Aaron Chalke. El cortometraje se sitúa en un pasado distópico no especificado, pero identificable como el siglo XX tardío por sus estéticas —el teléfono fijo, el formulario en papel, la burocracia analógica. En este mundo, el Estado administra la muerte con la misma frialdad que administra el correo: la Oficina de Avisos Públicos emite notificaciones de vencimiento ciudadano con seis meses de anticipación. Un sistema racional para una cosa irracional como es la muerte. La premisa es, en un nivel superficial, kafkiana; en otro más profundo, es una pregunta filosófica disfrazada de comedia de situación: ¿qué harías si supieras que hoy es el último día?



En ese escenario, la llamada al servicio al cliente se vuelve una metáfora devastadora y casi risible de nuestra condición. Ahí está el hombre, en sus últimas horas, batallando contra la máquina burocrática para “corregir” su propia muerte. ¿No es esto, en el fondo, lo que hacemos todos? Negociamos con la realidad, buscamos prórrogas, exigimos que el sistema nos conceda más tiempo, como si la existencia fuera un contrato que podemos renegociar. La burocracia del “Expiry Notice” es la proyección externa de nuestra tendencia interna a tratar la muerte como un error administrativo que alguien, en algún escritorio celestial o terrenal, debería solucionar.

Sin embargo, la verdadera sabiduría no radica en luchar por una extensión imposible, sino en la transformación radical que produce el conocimiento de nuestro límite. Cuando el tiempo se cuenta, el desperdicio se vuelve intolerable. ¿Quién se atrevería a desperdiciar un recurso del que sabe que le queda muy poco? El que sabe que morirá mañana no puede permitirse el lujo de la mediocridad. Cada elección se vuelve ética en el sentido más puro: ¿contribuye esto a una vida que, al mirarla desde el final, pueda decirse “completa”, o es mera dilación?

Eamonn McCarthy llama indignado porque su aviso llegó tarde, dejándole sólo un día de vida. Geraldine, operadora novata en su primer turno, contesta el teléfono. De ahí surge todo. El film se dedica a Dolores Chalke, lo cual no es un detalle menor. Es, de hecho, la clave de lectura de casi todo lo que ocurre en pantalla.

La estructura de The Death Notice of Eamonn McCarty es engañosamente simple: una sola llamada telefónica, casi en tiempo real, un solo arco emocional que va del cinismo a la apertura. Eamonn empieza la llamada como un hombre que quiere que le devuelvan algo que se le debe. La termina como un hombre que decide ir a ver a los suyos.



Chalke organiza la historia en tres movimientos que corresponden a las etapas del duelo. Primero viene la rabia, el reclamo, la transferencia, el absurdo del sistema. Luego viene la negociación velada en la que Geraldine convierte la llamada de reclamo en algo más parecido a una planificación de vida. Y finalmente viene la aceptación, que aquí no significa resignación sino acción: Eamonn se levanta de su silla, se llena de determinación y sale.

El ritmo del guion es notable porque logra hacer que una conversación telefónica sea cinematográfica sin traicionarla. Todo lo que sabemos de Eamonn lo aprendemos por lo que dice —y más aún, por cómo lo dice—. El silencio después de que Geraldine le pregunta qué va a hacer hoy, ese silencio que se extiende dos veces seguidas ("No sé. No sé"), es más elocuente que cualquier montaje paralelo.

Lo que encuentro más inteligente del film a nivel visual es que, en todas las escenas donde Eamonn habla con Geraldine, ella está presente físicamente en el encuadre. No como voz en off, no como elemento sonoro, sino como presencia encarnada. Geraldine aparece en el mismo espacio que Eamonn aunque, diegéticamente, está en otro lugar. Está en la línea. Esta decisión de dirección —hacer visible lo que debería ser invisible— es una declaración sobre la naturaleza de la conexión humana. Qué hermoso es saber que nuestra presencia no requiere de proximidad física. Geraldine está ahí porque Eamonn la necesita ahí, y la cámara lo reconoce.

Es un recurso que podría haber resultado afectado o confuso en manos menos seguras que las de Chalke. Aquí funciona porque la puesta en escena lo trata con naturalidad: no hay ningún momento en que el cortometraje te pida que te preguntes si Geraldine “está de verdad” ahí. Simplemente está. Y eso basta.

Los momentos más poderosos del diseño sonoro son los silencios y las músicas diegéticas. “Daisy Bell”, esa melodía decimonónica que Geraldine menciona como la canción de su madre, establece un puente emocional inmediato entre los dos personajes: Geraldine la asocia a su madre muerta, y Eamonn la recibe como si fuera suya también. La canción funciona como transferencia de experiencia. Compartir una canción con alguien es, ciertamente, compartir la memoria que esa canción lleva consigo.

"You Belong to Me", de Patsy Cline, aparece más adelante y ancla temporalmente el film en un pasado específico, pero también opera en un nivel temático: habla de pertenencia, de los lazos que persisten a la distancia. Eamonn pertenece a su familia, aunque los haya perdido. Ellos le pertenecen, aunque él se haya ido.

El film trata al tiempo no como enemigo sino como material. Eamonn tiene un día. Ese día no es una condena; es, como dice Geraldine, un día que otros no tienen. La burocracia de la muerte despoja al tiempo de su abstracción. El tiempo se vuelve concreto, medible y gestionable. Y esa concreción, paradójicamente, lo hace más precioso.

Chalke ha compartido junto al cortometraje una cita de Benjamin Franklin sobre certezas —muerte e impuestos— y la ironía de traer la muerte al terreno de lo administrativo es deliberada. Si la muerte es tan segura como los impuestos, ¿por qué no tratarla con la misma rutina? La respuesta del film es que no puedes. Puedes intentarlo —y el gobierno de este mundo distópico lo hace— pero la experiencia individual de la muerte nunca cabe en un formulario.



Eamonn no es un villano ni un héroe. Es el hombre que vivió como se supone que debía vivir —trabajo, responsabilidades— y descubrió demasiado tarde que eso no es lo mismo que vivir. Su declaración más brutal está a mitad del cortometraje: “Ayer tenía veinte años. Ahora estoy tratando de rescatar una vida en una tarde”. El director lo describe en sus notas como “la suma de una vida vivida por inercia”, alguien que construyó “la cáscara de una vida, vacía más allá de la fachada cuidadosamente decorada”.

Geraldine es, en términos narrativos, lo que la teoría mítica llamaría un psicopompo —una figura que guía a los muertos hacia su destino final—. Pero aquí el destino no es otro mundo. Es este. Su función autodesignada es llevar a Eamonn de vuelta a su propia vida antes de que se acabe. Y lo hace con torpeza, con entusiasmo, con la convicción de alguien que todavía cree que ayudar es posible porque nadie le ha demostrado lo contrario.

Su trasfondo —que decidió trabajar en la línea de atención tras sentirse inútil durante la enfermedad y muerte de su madre— es el film dentro del film. La madre de Geraldine cantaba “Daisy Bell”. Geraldine perdió a alguien y, en lugar de endurecerse, eligió estar presente para otros en sus pérdidas. Ese precioso arco da a su personaje una profundidad que justifica cada una de sus intervenciones.

La botella de whiskey que Eamonn ha guardado “para la ocasión correcta” es uno de los objetos simbólicamente más cargados del film. Todos tenemos esa botella. Puede ser literal —una botella de vino reservada o un vestido que nunca nos ponemos— o metafórica: la conversación que aplazamos, el viaje que nunca organizamos, el “te quiero” que guardamos entre los labios para más tarde. Eamonn ha vivido aplazando. La botella es la materialización de ese aplazamiento.

Cuando Geraldine le dice “vive un poco”, y Eamonn la abre, no está simplemente bebiendo whiskey: está eligiendo, por primera vez, gastar en lugar de ahorrar. El whiskey es malo para él a esta altura —su cuerpo se acerca a su fecha de vencimiento— y exactamente por eso es el momento correcto. La lógica del aplazamiento se rompe aquí: si no es ahora, ¿entonces cuándo?

Vuelvo al increíble recurso visual de Geraldine presente en el encuadre, porque creo que es la decisión más filosóficamente genial del film. La cámara trata la presencia telefónica de Geraldine como presencia real, y eso es una afirmación sobre qué significa estar con alguien.

Eamonn lleva décadas físicamente presente en su vida y, sin embargo, ausente de las personas que lo necesitaban. Geraldine está al otro lado de una línea telefónica y, sin embargo, más presente que nadie. La paradoja es el tema. Chalke argumenta que la presencia es una elección antes que una condición física. Y lo argumenta mostrándolo: poniéndola ahí, en el cuadro, junto a él, aunque técnicamente no esté.

Chalke declara que el film nació de una pregunta: “¿Qué si supiéramos cuándo vamos a morir?”. Pero la pregunta más interesante que el film termina haciendo es otra: “¿por qué esperamos hasta entonces?”.



La dedicatoria a Dolores Chalke sugiere que esto no es un ejercicio intelectual. Alguien murió. Un ser amado. Y Chalke, como Geraldine en la ficción, decidió que en lugar de paralizarse haría algo con esa experiencia. El film es, en ese sentido, un acto de duelo productivo: convertir la pérdida en materia narrativa no para digerirla sino para compartirla, para que la pregunta que la pérdida plantea nos llegue a otros.

Hay un momento cerca del final del cortometraje en que Eamonn, antes de colgar, le pregunta a Geraldine cómo se ve. Ella dice que bien. Él no puede verla, y ella no puede verlo a él. Pero la pregunta importa. Es la primera vez en el film que Eamonn se preocupa por su imagen frente a otro ser humano. Ha pasado el film hablando de lo que hizo mal, de lo que perdió, de lo que no puede recuperar. Esa última pregunta —¿cómo me veo?— es el comienzo de querer ser visto de nuevo.

The Death Notice of Eamonn McCarty funciona porque no trata la muerte como el tema. La muerte es la estructura, el reloj que corre implacablemente, el mecanismo que obliga al personaje a moverse. El tema es la vida —lo que hacemos con ella, lo que ignoramos, lo que aplazamos— hasta que ya no queda tiempo para aplazar.

En el fondo, la trama nos invita a una pregunta liberadora: ¿y si ya tuviéramos el aviso, solo que no ha llegado por correo? ¿Y si nuestro “día restante” ya comenzó hace años, sin que lo supiéramos? La respuesta no está en la ansiedad, sino en la lucidez. En abandonar la ilusión del infinito y abrazar la belleza terrible y magnífica de lo perecedero.

Porque sólo lo que tiene fin puede ser verdaderamente valioso. Si la luz del atardecer fuera eterna sería indistinguible de una vulgar luz de lámpara. Es su rareza, su fragilidad, lo que lo hace brillar. Lo mismo ocurre con la vida. El saber que se acaba no la empobrece; la dota de peso específico, de gravedad existencial. De sentido.

Chalke construye un film de capas cuidadosas: la superficie es un cortometraje de comedia distópica sobre un hombre que llama a quejarse con una burocracia y termina siendo ayudado por la operadora. Debajo está un retrato de la soledad voluntaria, de las vidas que se construyen cuidadosamente hacia afuera y se vacían hacia adentro.

Como en los sublimes momentos finales del cortometraje, nuestro reloj avanza. Siempre lo ha hecho. La diferencia radica en si elegimos escucharlo… o seguir fingiendo que es sólo ruido blanco.

 

REPARTO

Michael McElhatton, Hannah Mamalis, Siobhan Dooney, Tracy Duff, Diarmaid Keane


EQUIPO

Written and Directed by Aaron Chalke

Produced by Aaron Chalke, Louise McCabe

Executive Producer: Shane W. Brennan

Cinematography by Simon Crowe

Edited at Motherland by Vincent McEntee

1st Assistant Camera – James Marnell

2nd Assistant Camera – Donnagh Fitzpatrick

Gaffer – Eamonn Corcoran

1st Assistant Director – Shane W. Brennan

Art Director – Jenny Owens

Make Up Artist – Jennifer Keogh-Reilly

Boom/Sound Recordists – Rob Moore, Shane O'Connell, Kev Moore

Production Assistants – Arina Risovaite, Cathríona Chalke, Willie White

Additional Props – Ali Prendergast, Gavin Brunker, Maureen Prendergast, Padraic Chalke, Sarah Chalke, Donnagh Fitzpatrick

Stills Photographer – Louise McCabe

Equipment Rental – Always Press Record, Jason Boland, Widescreen Hire, Camerakit.ie

Online Post-Production – First Element

Sound Design – Avondale Studios

Locations – Conor Clarke

Music Supervisor – John McCallion

Composer – Paul Cawley

Catering – Camile, Gourmet Food Parlour

Accounting – John Brennan & Company Accountants

Insurance – Broadcast Insurance Brokers / LHK Group

 

For Motherland

Editor – Vincent McEntee

Post-Production Supervisor – Anthony McCaffery

 

For First Element

Post-Production Supervisor – Chriona O'Sullivan

Colourist – Natalia Witkowska

Online Editor – Lisa Heeran

 

For Avondale

Sound Design – Kevin Breathnach