Reseña | "Empty Lands" de Karim Eldin Elalfy

EMPTY LANDS



 

SINOPSIS

Gustav, un oficial leal, y su esposa Anna reciben como recompensa una casa subvencionada por el Estado en las Tierras Vacías, que antaño perteneció a una familia desplazada, o como el Estado los llama, “bárbaros”. Cuando descubren rastros de una hija desaparecida de esa familia, Anna se inquieta y su vida familiar comienza a sumirse en el miedo y la paranoia.

 

RESEÑA

Antes de matar a alguien en masa, se necesita hacer un trabajo previo. Previo a cualquier soldado, inclusive. Ese trabajo lo hacemos, a veces sin darnos cuenta, las personas comunes y corrientes: los lingüistas, los diseñadores gráficos, los locutores de radio, los maestros de escuela, los guionistas de cine, los redactores de periódico… inspirados por el odio y la idea de que somos diferentes, aunque todos seamos seres humanos por igual.

El asesinato masivo es siempre, sin excepción histórica que yo conozca, precedido por horrorosas campañas de producción simbólica cuyo único objetivo es convencer a suficientes personas de que las víctimas no son del todo personas.

Todo empieza con un nombre. No el nombre de la persona, por supuesto, sino el nombre de la categoría en que la vas a meter para dejar de verla como tal. Los nazis llamaron Untermenschen a judíos, eslavos, romaníes, homosexuales, disidentes políticos e incluso la gente discapacitada… Literalmente: infra-humanos. Pero antes de esa palabra hubo décadas de prensa, de caricaturas, de discursos académicos pseudocientíficos contribuyendo. En Ruanda, la radio hutu llamó inyenzi a los tutsis. Cucarachas. Durante meses, antes del genocidio de 1994, la radio transmitió esa palabra tantas veces que dejó de parecer un insulto y empezó a sonar como descripción. Los turcos llamaron gavur a los armenios. Infieles. No-personas dentro del orden moral islámico tal como el Estado otomano lo administraba en 1915. Antes de las marchas, de los fusilamientos, del hambre deliberada, hubo un trabajo de años construyendo la idea de que los armenios eran una amenaza interna que el cuerpo nacional tenía que expulsar para sobrevivir.



La metáfora del cuerpo que se purga no es un accidente; es uno de los tropos más recurrentes en la historia de la deshumanización: el grupo perseguido como una enfermedad, como parásito, como una infección cuya solución implícita siempre es médica, a través de la “extirpación”, la “limpieza” …

Los epítetos raciales, o también la iconografía, es el poder ejerciéndose sobre la imaginación de sus ciudadanos. Y funciona porque explota algo real en la cognición humana: tenemos una capacidad innata para distinguir el ingroup del outgroup, desarrollada evolutivamente en contextos de grupos pequeños donde esa distinción era relevante para sobrevivir. Los Estados modernos secuestran esa capacidad, la escalan a millones de personas, toman un instinto que servía para distinguir a mi tribu de la tribu vecina y lo convierten en una máquina industrial de deshumanización.

El horror de estos conceptos es retratado fielmente en Empty Lands. Dieciocho minutos de cortometraje en los que Karim Eldin Elalfy, director egipcio formado en la USC School of Cinematic Arts, construye una reflexión increíblemente incómoda y precisa sobre la desensibilización ante la violencia. No es un cortometraje sobre la guerra; es uno sobre las personas que miran hacia otro lado mientras ésta sucede.

Empty Lands es su tesis de maestría. Menciono esto no porque le reste peso, sino todo lo contrario: porque explica ciertas audacias formales que una producción más comercial habría suavizado o completamente censurado. El cortometraje tuvo su estreno mundial en el Red Sea International Film Festival en diciembre de 2025, donde ganó el Silver Yusr Award, con un jurado presidido por Sean Baker, director de Anora, lo que ubica al cortometraje en una conversación seria sobre el cine político contemporáneo.



La película opera con un elenco multicultural, Gratiela Brancusi, Michael Monasterio y Jessica Damouni, en un proyecto con financiamiento y origen compartido entre Estados Unidos y Egipto. Me gusta pensar que esa multinacionalidad significa que la historia que cuenta no pertenece a un conflicto específico. Pertenece a todos.

Empty Lands estructura su relato en torno a una ironía dolorosa: usa la forma del relato doméstico para narrar un crimen de Estado. El cortometraje adopta el lenguaje del domestic thriller, con sus silencios de hogar, sus cenas incómodas y sus noches de insomnio, pero lo vacía de cualquier amenaza convencional. No hay un asesino acechando desde afuera. El horror está dentro, y lo trajo la pareja protagonista consigo.

La estructura es lineal, pero tiene una lógica de tensión progresiva que recuerda al cine slow burn. La primera mitad establece el mundo con una normalidad obscena: una pareja frente a un aviso propagandístico, orgullosa e ilusionada. La segunda mitad desintegra esa normalidad aparente. El punto de quiebre es el armario. Ese momento en que Gustav abre una puerta y revela a una familia escondida, aterrorizada, funciona como el centro gravitacional de todo el filme. Todo lo anterior nos preparó para no estar preparados. Todo lo que viene después existe bajo la sombra de ese instante.

El cortometraje usa el sonido propagandístico con una maestría particular. El anuncio que escuchamos al principio, esa voz sombría que celebra la destrucción de los "bárbaros salvajes", no cesa por completo a lo largo de la película. Sigue presente en los márgenes de la historia, en los televisores encendidos, en la vida cotidiana del mundo que habitamos junto a Gustav y Anna. El diseño de sonido convierte lo excepcional en ruido de fondo, que es exactamente cómo funciona la normalización del horror.

En teoría psicoanalítica, el armario es el espacio de lo reprimido. Lo que no queremos ver, lo que sabemos, pero negamos, lo que no tiene lugar en la narrativa oficial. Cuando Gustav abre ese armario y encuentra a la familia original, la película hace explícita su metáfora central con brutalidad. El “secreto” de la violencia estatal no estaba en otro país, no estaba en las noticias, no estaba en los carteles. Estaba en casa, literalmente. Detrás de una puerta.



La reacción de Gustav ante ese descubrimiento merece análisis pausado. Hay, en vez de horror, asco; pero el asco de quien encuentra una plaga, no de quien se enfrenta a un crimen. Llama a sus subordinados como quien llama a una empresa de control de plagas. El gesto normaliza la violencia que sigue a continuación.

Empty Lands entiende algo que pocas producciones políticas comprenden con tanta claridad: la propaganda no es sólo lo que el Estado transmite en cadena nacional; es el lenguaje que terminas usando en casa, en la cena y en el dormitorio. Cuando Gustav describe a los “bárbaros” con las palabras exactas del cartel publicitario, cuando dice que “el cartel captura la esencia”, no está repitiendo un eslogan, sino que piensa en las etiquetas que el Estado le entregó, y ya ni lo nota.

El póster que le señala a Anna es uno de los objetos más densos del filme. Un “bárbaro” estilizado como primate, un cráneo aplastado bajo una bota de guerra. Es propaganda de exterminio con la estética de una cacería. Anna se incomoda frente a él, pero su incomodidad no es moral: es estética. No le gusta que sea tan explícito, no que sea mentira.

La escena del concurso de belleza es, probablemente, la más incómoda, y no hay sangre en ella (claro, más que en la imaginación de Anna). Una mujer bella, bajo el nombre de “Miss Civilización”, dice que quiere paz mundial. Le preguntan cómo la obtendrá. Y grita: kill them all. Repite la frase. El público aplaude. Corea junto a ella.



Elalfy no necesita hacer literal el paralelo con discursos reales que han usado exactamente ese vocabulario, el vocabulario de la “civilización” contra la “barbarie”, para justificar masacres documentadas históricamente. La escena funciona porque es grotesca y porque es reconocible para todos nosotros.

El arco de Anna es el más complejo y, me parece, el más honesto de la película. Durante buena parte del relato, uno tiende a leerla como la “conciencia” del filme. Se incomoda. No duerme. Guarda las fotos bajo la cama con algo parecido a la culpa. Pero el diálogo que destruye esa lectura es preciso y devastador: “¿Y si esta puta viene en la noche y nos mata?”

Entonces sabemos que Anna no se preocupa por la chica desaparecida porque le importe su destino. Se preocupa porque podría ser un peligro para ella. Su paranoia no es moral, es supervivencia. El cortometraje tiene el coraje de mostrar que la incomodidad ante el horror, sin que derive en acción o en transformación ética, no es virtud. Es otra forma de complicidad. Para mí, eso lo eleva un 100%.

La escena en que Gustav aplasta el cráneo del esqueleto encontrado en el desierto cierra un círculo con el poster del inicio: la bota de guerra aplastando un cráneo. Lo que era propaganda, representación estilizada del poder, Gustav lo repite en carne y hueso, o más bien en hueso y tierra. Es su gesto más definitorio. No lo hace por necesidad táctica. Lo hace para tranquilizar a su esposa y para declararse victorioso frente a los suyos. Lo hace para no ver más el miedo en los ojos de Anna. Y los soldados aplauden, siguiéndole estúpidamente.

Los huesos del esqueleto que se comparan con las espinas del pescado que Gustav come en casa son uno de los gestos visuales más precisos del guion. El que come, el que fue comido, en el mismo encuadre moral.

Hay un cuerpo literario y cinematográfico dedicado a lo que podría llamarse “el hogar robado”. The Lemon Tree (Eran Riklis, 2008), sobre una mujer palestina que litiga para proteger su jardín de limoneros cuando un alto cargo israelí se instala en la casa contigua, explora tensiones similares. La parte inicial de mi película favorita del año pasado, All That’s Left of You. Capernaum de Nadine Labaki, cuya directora formó parte del jurado que premió Empty Lands en el Red Sea, también trabaja sobre el precio humano de las políticas de desplazamiento...

La decisión de Elalfy de no ubicar el cortometraje en un conflicto específico es deliberada y arriesgada en partes iguales. Arriesgada porque la abstracción puede diluir la urgencia política. Deliberada porque, al no nombrar un país o un conflicto, el cortometraje reclama universalidad. Los “bárbaros” bien podrían ser palestinos, sirios, indígenas americanos, mi pueblo mexicano… son cualquier pueblo al que una estructura de poder haya despojado de su tierra bajo alguna versión del argumento civilizatorio.

El cartel que representa a los “bárbaros” como primates tiene una historia larga y siniestra en la iconografía del colonialismo y el exterminio. La deshumanización visual, convertir al otro en animal o en monstruo, es una tecnología ideológica que precede al cine. Elalfy la cita con precisión sin necesitar de explicación histórica. El cartel habla solo, para quien quiera escucharlo.

Elalfy ha hablado de Empty Lands como un proyecto nacido de su posición particular: un cineasta árabe que estudia en los Estados Unidos, observando conflictos en el mundo árabe desde una distancia que le permite perspectiva, pero también le exige responsabilidad. En sus conversaciones públicas, habla de la “desensibilización ante la violencia” como el tema central, la pregunta que lo movilizó a hacer el filme.

Esa pregunta es más honesta que la mayoría de las preguntas con las que se construyen películas políticas. No pregunta “¿son malos los opresores?” ni “¿por qué existe la injusticia?”. Pregunta: “¿cómo llegamos a no sentir nada?”, o “¿cuál es el proceso, el mecanismo cotidiano, por el que personas normales terminan participando en estructuras de violencia sin que les tiemble la mano?”.



El hecho de que sea su tesis de maestría le da al proyecto una libertad particular. Me imagino que no había notas de estudio sugiriendo que Anna fuera más simpática o que Gustav tuviese un momento de redención. La brutalidad del final, sin catarsis, sin moraleja, es la elección de alguien que no tiene que complacer a nadie más que a su propia convicción artística.

La decisión de casting multicultural merece mención. Gratiela Brancusi, de origen rumano, y Michael Monasterio, de origen boliviano (hermano latino, ¡que viva Latinoamérica!), interpretan a personajes que pertenecen a una estructura de poder que recuerda al colonialismo europeo, pero no está anclada en él geográficamente. Jessica Damouni, que interpreta a la joven de la familia desplazada, aporta una presencia que trasciende el diálogo, su personaje no tiene diálogos, pero su última escena es la más poderosa del cortometraje.

El Silver Yusr Award en el Red Sea International Film Festival, otorgado por un jurado que incluía a Riz Ahmed, Naomie Harris, Olga Kurylenko y Nadine Labaki con Sean Baker como presidente, sitúa a Empty Lands en una discusión que va más allá del circuito de cortometrajes estudiantiles. El festival apostó claramente por una historia que funciona.

Empty Lands funciona porque Elalfy entiende que las películas políticas no convencen con argumentos. Convencen, si convencen, con la presión acumulada de cada encuadre, cada silencio, cada objeto en pantalla que carga con un significado que el personaje no quiere ver, pero el espectador no puede ignorar.

La fotografía familiar con seis personas cuando en el armario había cinco. Las marcas de altura que Anna pinta. El pescado de Gustav y sus espinas blancas. La firma de formularios mientras gente es acribillada a balazos. El aplauso de los soldados. El cráneo aplastado bajo la bota, primero en el cartel, luego en el desierto. Cada uno de estos elementos funciona solo y juntos construyen un argumento que no necesita explicitarse porque ya está todo en la pantalla.

Lo que la película propone, finalmente, es una pregunta que no tiene respuesta: “¿en qué nos convertimos cuando nos familiarizamos con la violencia?” No los dictadores, no los generales, sino la gente que firma los formularios, que come el pescado, que pinta las marcas de altura para no tener que seguir mirándolas. La gente que prefiere que su esposa sea diagnosticada como loca antes de considerar que su miedo tiene razón.

Gustav apaga el televisor cuando Anna pregunta cómo saben que el esqueleto es el de la chica. No se va por rabia. Se va por decepción. Ella ha roto el contrato tácito que hace posible la vida que tienen. Ha preguntado lo que no se pregunta. Y eso, en el mundo que Empty Lands construye, es el verdadero crimen doméstico.

El cortometraje concluye sin la revelación moral de los perpetradores, sin el arco narrativo que el cine clásico promete como consuelo. La joven sobrevive, llora, pone la foto de los suyos en el portarretratos que antes tenía fotos ajenas. No hay victoria en ese gesto. Hay solo persistencia. Seguir existiendo cuando todos los que amabas ya no existen. Todo eso, en dieciocho minutos, es lo que Karim Eldin Elalfy logró poner en pantalla. Increíble.

Cuando uno lee sobre genocidios históricos, es fácil sentir el horror, pero también la distancia. “Eso fue allá, fue entonces, éramos otros”. La distancia histórica hace el mismo trabajo de la distancia geográfica: nos protege de la incomodidad de la realidad, de la pregunta: “¿qué genocidios estamos mirando hoy sin reconocerlos como lo que son?” Escribo esto y pienso en el cartel de Empty Lands, ese “bárbaro” con cabeza de simio bajo la bota de guerra. Y pienso que Elalfy no necesitó inventar nada. Todos lo sabemos. Tomó algo que existe en pleno 2026 y lo puso en pantalla para que pudiéramos mirarlo sin la distancia a la que estamos acostumbrados.

Y la única defensa que conozco contra esa propaganda de exterminio, contra ese asqueroso lenguaje de odio, es la más simple: insistir en el nombre. El nombre propio, individual, de la persona específica que está detrás de la categoría. No los “bárbaros”. No los “ilegales”. No los “terroristas”. No los “daños colaterales de la guerra”. Esta persona. Con este nombre. Que tenía esta foto familiar guardada dentro de la ropa, contra el pecho y el corazón, porque era lo único que le quedaba de los suyos.

Eso es lo que la joven de Empty Lands nos muestra al final, en silencio, con la cara manchada de sangre. Y es lo único que ninguna maquinaria, por más sofisticada que sea, puede traer de vuelta una vez que lo destruyó.

 

REPARTO

Gratiela Brancusi, Michael Monasterio, Jessica Damouni, Irakli Dolidze, Nesrine El Soufi, Alexxa Riley, Joy Soufi Elkins, Youssef Soufi Elkins, Tigran Ter-Avetisyan, Becca Khalil, Bel Diaz, Saadi Ali, Nour Rakha, Dany Halim, Jonpaul Tillman, Camra Godwin, Peter Larney, Sam Jacobs, Collin Axford Guthrie, Mark Sovel, Sarah Nicole Lottinville, Nikoloz Tatulashvili, Elisha Sewell, Riley Introcaso, Steve Walden, Tony Russo, Mason Simmons, Joseph Mika, Mahmoud Abobaker, Youssef Khafaja, Ethan Carlos Cameron, Justin Hittleman, Ethan James Parks, Jesse James Arnett, Jesse Pinho, Hisham Abdelrazek

 

EQUIPO

Written and Directed by Karim Eldin Elalfy

Produced by Sarah El Shazly, Shufan Zhang, Neel Bakshi

Executive Producers – A.R.T., 26ONE1, Dalia Abdelkader

Cinematographer – Devon Johns

Edited by Karim Eldin Elalfy, Martín Luna

First Assistant Director – Nick Collins

Production Designer – Yao Wen

Costume Designer – JJ Javier

Art Director – Tristan St. Germain

Music Composer – Saiffedine Hilal

Sound Mixing – Moataz Alqammari

Associate Producers – Nasr Abuljadayel, Jack Laws, Christian Soldano

Second Assistant Director – Nikita Roberts-Mataric, Mariam Abdallah, Youssef Khafaja, Ibrahim Abdo

Set Dressers – Paula Van, Yining Zhong, Nellie Luna, Lexi Randolph, Sarita Cronyn-Lloyd

Art Department Assistants – Maizy Zenger, Tina Terakopyan, Ying Xinyu Zhang, Canran Shi, Sara Medina, Jasmine Howard, Hanyun Zhang

Military Consultant – Scott Jenkins

On-Set Student Teaching Services – Stella Pacific Management

BTS – Margarette Saied

Intimacy Coach – Chae Palic

Stunt Artist – Sara Beko

Stunt Actors – Karim Phelps, Yury Karasev

Head SFX / Prosthetics / Hair & Makeup – Tina Demirchian, Jose Sfetcu

Costume Design Assistants – December Cintron, Addie Warren, Tara Hotty

Script Supervisors – Huan Liang, Andy (Yue) Yu

VFX Production Company – 26ONE1

VFX Supervisor – Mohamed Wageeh

Compositor – Ahmed Attia

3D Artist – Moheyeldin Gamal

Digital Matte Artist – Salma Mohsen

On-Set VFX Supervisor – Josh Bevon

Production Sound Mixer – Kevin Remy, Jamie Wang, North Chen, Victoria Dong

Boom Operators – Steven Chen, Jiatian ‘JT’ Tan

DIT – Yida Liu

Sound Design – Karim Eldin Elalfy, Moataz Alqammari

Foley – Kevin Remy, Monica (Yishan Wu)

DX Edit – Kevin Remy, Maya Klemens, Shufan Zhang

Color Grading – Felipe Gera

Gaffer – Gavin Lee

1st Assistant Camera – Ivan Antonio, Eric Tang, Mariano Tellez

Steadicam Operator – Nate Cornett

2nd Assistant Camera – Matt Gomez, Harley Cheng, Aria Khawari, Hangzu Zhou

Key Grip – Mark Brown

Grip Team – Jiuxin Zhu, Holy Hodges, Eric Tang, Angie Guo, Colin Vail, Boxin Gong, Yunlei Liu

Festivals & Distribution / Licensing – Sandrine Faucher Cassidy