Reseña | "En la Quietud de la Noche" de Arístides Mantilla

EN LA QUIETUD DE LA NOCHE


SINOPSIS

En el Día de Muertos, un niño mexicano de 10 años espera ansiosamente la visita de su abuelo difunto para finalmente conocerlo mientras enfrenta el escepticismo de sus padres, quienes descubren que la memoria trasciende la vida y la muerte.


RESEÑA

Creo que ya es de conocimiento universal que nosotros, los mexicanos, no nos relacionamos con la muerte como un final; la vivimos como una prolongación del amor. El Día de Muertos es, para nosotros, el momento en el que el tiempo se pliega sobre sí mismo y la membrana que separa a los vivos de los muertos se vuelve tan sutil como el aroma del cempasúchil. No es un día de luto: es el día en que la memoria se vuelve carne, en que la historia de nuestra familia deja de ser una anécdota y se convierte en presente tangible.



Aunque la UNESCO la haya reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad hasta pleno siglo XXI, los mexicanos sabíamos que lo era desde que tenemos uso de razón. La investigación antropológica moderna nos habla de sincretismo, de fusión entre el Mictlán prehispánico y el Purgatorio católico, pero para nosotros, el altar es la brújula de nuestras emociones: cada nivel es un escalón hacia el reencuentro, el agua sacia la sed del viaje, la sal evita que el alma se corrompa, el copal purifica… Todos esos elementos son el lenguaje de nuestro amor heredado, depositado en nuestras manos pequeñas cuando ayudábamos a colocar las flores junto a las manos de nuestros padres.

Y aun con toda esta belleza, el verdadero corazón de esta tradición no está en los símbolos, sino en las historias. Historias que nos hacen detenernos un poquito, alejarnos del mundanal ruido y escuchar; porque, frente al altar, la memoria de la familia se activa. Familiares cuyas vidas los convierten en héroes de nuestra propia odisea. Al honrar la lucha de quienes nos precedieron, entendemos nuestra propia herencia. Entendemos de dónde viene nuestra terquedad, nuestra capacidad de reírnos de la tragedia, nuestra forma de amar…

Esa conexión es visceral. Nosotros sabemos que la vida que vivimos hoy es la consecuencia directa de sus decisiones, de sus renuncias, de sus pequeños actos de rebeldía. Si nuestro abuelo decidió emigrar, si nuestra tatarabuela eligió conservar la lengua indígena, si aquel tío se alzó en una lucha política, nosotros somos el resultado de esa resistencia. Por eso, cuando ponemos su fotografía en el altar, no sólo honramos su muerte: validamos su vida y le damos un sentido a la nuestra. El Día de Muertos es un ejercicio de justicia histórica íntima, un acto en el que le decimos a nuestros ancestros: “No viviste en vano. Tu sangre abonó la tierra que hoy yo piso”.

Es un lazo tan fuerte que trasciende la genética. En México, nuestros apellidos y los rostros se mezclan, pero lo que nos une es esta narrativa compartida. Es el momento en que la historia oficial se calla y habla la historia de la cocina, la del campo, la de las cartas guardadas. Nosotros nos reconocemos en esas anécdotas. Porque al final, el Día de Muertos nos revela que venimos de un lugar muy específico: venimos de una comunidad de valientes, de soñadores, de personas que, contra todo pronóstico, nos legaron la vida. Ni modo; así es ser mexicano.

Ahora, por otro lado, los que crecimos poniendo altar sabemos que hay dos tipos de familias en México: las que lo hacen sin cuestionarlo y las que lo fuimos dejando de hacer sin darnos cuenta. Tal vez no por maldad ni por olvido consciente, sino porque alguien en algún momento dijo “¿pa’ qué?”, y nadie lo contradijo, y así fue yéndose la costumbre.



Hace años, un niño mexicano llamado Arístides Mantilla tuvo un sueño. En él, conocía a su abuelo Rubén. Lo veía sentado en su escritorio, exactamente como en la única fotografía que la familia ponía sobre el altar cada año. Se acercó y, entonces, las lágrimas lo despertaron. Los años pasaron, el niño se convirtió en adulto, y comenzó a escribir un guion cinematográfico, impulsado por ese sueño de infancia que nunca pudo terminar. La pregunta que se quedó en su cabeza fue simple: “¿qué hubiera pasado si no me hubiera despertado?”.

De eso justamente trata En la Quietud de la Noche, el cortometraje sobre el que escribo. No de la magia folclórica del Día de Muertos como espectáculo, sino de lo que pasa cuando una tradición se interrumpe y de repente alguien en la familia quiere recuperarla sin saber bien cómo, ni por qué, ni si vale la pena. Sólo sabe que quiere —o debe— hacerlo.

El cortometraje se divide en tres momentos bien claros. Primero, la preparación del altar “improvisado”: la familia acomoda la ofrenda humildemente, con calaveras de plastilina, el padre se resiste a incluir una fotografía de la que hablan con vaguedad, la madre insiste con calma, defendiendo el altar con una suavidad desesperada, el niño hace preguntas que nadie sabe bien cómo contestar. Segundo, el encuentro: el niño se queda esperando junto al altar mientras sus padres duermen, el abuelo aparece, salen a caminar y hablan. Es un encuentro que sucede en un tiempo suspendido. El abuelo aparece sin efectos especiales, sin sustos y sin artificios sobrenaturales. Simplemente está ahí, y el niño lo recibe con una naturalidad que sólo tiene sentido dentro de la lógica del sueño. En esa conversación, hay una maquinaria que funciona como una especie de inventario del afecto: todo lo que el tiempo se llevó, devuelto en horas de paseo nocturno. Tercero, el amanecer y la confirmación: el niño regresa con una carta, con el olor de albahaca impregnado y con información que no podría tener de ninguna otra manera.



Es una estructura de fábula, y Mantilla lo sabe y no le da vergüenza. Es como una acumulación de detalles pequeños que juntos pesan mucho: la discusión sobre si poner o no la fotografía, la pregunta del niño sobre a qué hora llegan los muertos, sobre a qué olía su abuelo, la respuesta de la madre de que sólo vienen cuando nadie los ve. Cualquier mexicano que haya tenido esa conversación en su casa va a reconocer el tono exacto: esa mezcla de fe práctica y evasión táctica con la que los adultos manejan las preguntas de los niños sobre la muerte y lo desconocido.

El conflicto del padre es el más interesante dramáticamente: Mateo no cree en el Día de Muertos porque su propio padre, el abuelo Rubén, tampoco creía. Lo dice el mismo Rubén durante el paseo nocturno, con esa mezcla de culpa y humor con que la gente mayor habla de sus errores cuando ya no hay nada que perder. Nunca ponía altar. Y así Mateo creció. El escepticismo de Mateo es simple y llanamente la herencia directa de alguien que ahora, desde donde está, lamenta no haber dejado la puerta abierta. Ese detalle cambia cualquier interpretación posible de la historia. Sin él, el cortometraje sería la historia de un creyente versus un escéptico. Con él, es la historia de una cadena rota que intenta volver a conectarse.

No es casual que el cortometraje opere dentro de la tradición del realismo mágico, pero hay que matizar: no es el realismo mágico exotizante que algunas producciones para consumo extranjero han convertido en marca registrada. Mantilla no pone la magia al servicio del asombro del espectador. La pone al servicio de la credibilidad emocional, si es que tiene sentido que yo lo ponga en esas palabras. El abuelo aparece porque el niño cree que va a aparecer. Los padres que duermen no son interrumpidos. La carta escrita a mano confirma el encuentro sin explicar cómo ocurrió. El cortometraje no toma partido entre “fue real” y “fue un sueño”: esa ambigüedad es su postura. Hay una línea del director que lo resume mejor que cualquier análisis que yo pueda escribir: “Me gusta creer que él me visita”. No dice que cree. Dice que le gusta creer. Es una distinción honesta y adulta que el cortometraje reproduce con fidelidad.



La historia de producción de En la Quietud de la Noche es inseparable de su significado. Arístides Mantilla comenzó a escribir el guion en diciembre de 2023, impulsado por el sueño de infancia que le había quedado sin terminar. Dos meses después tenía una primera versión. Pero el guion siguió cambiando: los diálogos se pulieron durante meses y algunos se reescribieron directamente en el rodaje, una práctica que habla de un director con confianza suficiente para no aferrarse a su propio texto.

La elección de filmar en Veracruz no fue logística sino autobiográfica. San Andrés Tuxtla, donde se rodaron las escenas principales, es el pueblo donde nació el abuelo Rubén. La calle “La Fragua”, donde el niño y el anciano bajan juntos entre flores, es la calle donde el abuelo vivió. “Son aspectos que no se ven en pantalla, pero que al final se sienten como un abrazo”, dijo Mantilla en la entrevista con The Hollywood Reporter en Español. Es una declaración que entiende la diferencia entre información narrativa visible e información afectiva invisible: el espectador no sabe que esa calle es la de su abuelo, pero percibe algo en cómo la cámara la trata.

El casting de Jesús Ochoa merece una mención aparte. Mantilla eligió al actor en parte por sus similitudes físicas con las fotografías de su abuelo. El personaje de Rubén fue construido a través de relatos familiares: cómo hablaba, cómo caminaba, qué actitud tendría con sus nietos. Ochoa interpreta a una persona específica que Mantilla reconstruyó desde la memoria colectiva de su familia. En ese sentido, la actuación de Ochoa es también un acto de arqueología: dar cuerpo a alguien que existió pero que nadie del equipo creativo llegó a conocer directamente.

Paola Mantilla, productora y hermana gemela del director, lo dijo con una exactitud que no deja lugar a dudas: “Ver a Jesús Ochoa como nuestro abuelo, a quien no tuvimos el gusto de conocer, nos provocó un nudo en la garganta. La conversación que se construye en las escenas es algo que a mi hermano y a mí nos habría gustado tener con él”. El cortometraje es, entre otras cosas, una carta a un muerto. Una carta enviada a través del cine porque no existe otro sistema postal que llegue adonde él está.



La mariposa negra merece mención especial porque ilustra algo sobre cómo funciona el realismo mágico cuando es vivido y no inventado. Durante la infancia de Mantilla, una mariposa oscura entraba a la casa de sus padres y ellos decían que era el abuelo. Durante la producción, mientras editaban el corto, una mariposa aparecía en la oficina. El director la incorporó al cortometraje no como elemento ornamental sino como señal, como prueba de algo que él mismo reconoce que no puede demostrar pero que tampoco está dispuesto a descartar. Yalitza Aparicio, en su reflexión sobre la obra, amplió el alcance de ese símbolo: la mariposa negra como presencia que distintas culturas han asociado con los muertos, una forma de decir que lo que el cortometraje cuenta no es exclusivamente mexicano sino, simplemente, humano.

Sobre el escepticismo del padre Mateo, Mantilla fue explícito en su respuesta a mis preguntas: ese elemento no existió en su vida real, fue agregado con fines dramáticos. Es un acierto dramatúrgico. Sin Mateo, el cortometraje sería una celebración cerrada del Día de Muertos para quienes ya lo celebran. Con Mateo, se convierte en una invitación extendida hacia quienes han perdido el hilo de la tradición, quienes la dejaron ir sin darse cuenta, quienes la miran desde afuera con una mezcla de nostalgia y pudor que el personaje encarna con precisión.

El detalle de que el abuelo usaba una crema de rasurar con olor a albahaca, y que ese olor aparece al amanecer en el cuarto del niño, es el más pequeño y el más poderoso del cortometraje. No hace falta ser mexicano para entenderlo, pero ayuda. Sabemos que los olores son el sentido con la memoria más larga y más irracional. Sabemos que hay perfumes y jabones y cremas que pertenecen irreversiblemente a personas específicas y que cuando los olemos décadas después, esa persona vuelve de golpe, completa, sin que podamos hacer nada. El cortometraje convierte ese mecanismo de la memoria en prueba de la visita. No hay mejor argumento.



Lo que hace grande a este cortometraje, lo que lo eleva por encima de una buena pieza de festival, es que opera simultáneamente en dos frecuencias que no siempre conviven: la frecuencia de lo universal y la frecuencia de lo íntimo. La historia de un niño que habla con su abuelo muerto es, en abstracto, un arquetipo que aparece en todas las culturas. Pero la forma en que Mantilla la cuenta es tan específica, tan veracruzana, tan ligada a una persona real y a una calle real y a un olor real, que esa especificidad se convierte paradójicamente en su vehículo de universalidad. Uno no necesita saber que “La Fragua” es la calle del abuelo Rubén para sentir que esa calle importa. Lo siente en cómo la cámara la recorre.

El color y la luminosidad del cortometraje nos dicen que el tiempo no existe de la misma forma en ambos mundos. Los diálogos pausados dicen que el encuentro vale más que la trama. La carta escrita a mano dice que algunas cosas sólo pueden transmitirse en papel. La mariposa dice lo que no se puede decir. Y el final dice algo sobre la deuda que tenemos con los que se fueron sin avisarnos, sin darnos tiempo de conocerlos, sin que pudiéramos siquiera preguntarles a qué olían.

Mantilla filmó el sueño que no pudo terminar. Lo filmó en la calle donde vivió su abuelo, con un actor que se parece a las fotos del álbum familiar, con el olor de una crema de rasurar que nadie había mencionado en décadas. Lo hizo para su hermana, para su padre, para el niño que fue y que se despertó llorando antes de poder hablar con el abuelo. Y lo hizo también para todos nosotros, los que este año pondremos el altar y los que este año volveremos a no ponerlo.

Al caer la noche del 1 de noviembre, cuando las veladoras iluminan los altares y el viento huele a pan y a flor, nosotros, los mexicanos, sentimos una certeza que ningún estudio científico puede explicar del todo: sentimos que no estamos solos. Sentimos que los que se fueron nos sostienen desde el otro lado. No es un cuento; es una verdad que llevamos en los huesos. Somos hijos de una tradición que se niega a ser olvidada, que convierte la pérdida en celebración y la historia en un abrazo que dura toda la eternidad. Por eso es tan importante. Porque al honrar de dónde venimos, entendemos quiénes somos y, sobre todo, hacia dónde queremos ir, cargando con el orgullo de ser el presente que ellos soñaron. Desde aquí, con todo respeto, les digo lo mismo que el abuelo Rubén: con la condición de que pongan el altar.

 

REPARTO

Yalitza Aparicio, Memo Villegas, Jesús Ochoa, Leonardo Nájar Márquez, Francisco Artigas Rojas, Ingrid Mantilla Artigas, Daniel Beristain

 

EQUIPO

Written & Directed by Arístides Mantilla

Produced by Arístides Mantilla & Paola Mantilla

Executive Producers – Arístides Mantilla Solana, Patricia Artigas Hernández, Ingrid Mantilla Artigas, Tania Vela

Executive Producer – Eli Zavala

Director of Photography – Alonso Quintero Fregoso

Production Designer – Andrea Figueroa Chávez

Original Music – Galo Ortiz

Art Director – Christian Caballero

Lead Decorator – Norberto Tépach Vasconcelos

Decorators – Carlos Galeana Ortega, José Cobix Coto, Francisco J. Tépach Vasconcelos, José Miguel Tornado García, Ignacio Torres Charmín, Julio César Hernández, Emil Sánchez

1st Assistant Director – Jano Fernández

2nd Assistant Director – Andrea Guevara Ariza

Script Supervisor – Marián Louvier

1st Assistant Camera – Miguel A. Shinoda

2nd Assistant Camera – Ricardo Gutiérrez

Steadycam Operator – Fernando Schmidt

Gaffer – Andrés Felipe Bernal Farias

Key Grip – Ignacio Armenta

Grips – Lulú Macías, Dario Papaqui

Sonido Directo – Luisonido Zamora

Wardrobe & Make-Up – Dana Carolina

Wardrobe Assistant -José Jesús Tellez Paisano

Making Of – Bryan Muñoz Caballero

Behind the Scenes – Abraham Linares Coronado

Post Production Supervisor – Bryan Muñoz Caballero

Film Editing – Guillermo R. Tinajero, Arístides Mantilla

Color Correction – Andrés Felipe Bernal Farias, Arístides Mantilla

Sound Design – Bryan Muñoz Caballero, Sergio Eduardo Sancén Herrera

Sound Mixing – Bryan Muñoz Caballero, Alfonso Melchor

VFX Composer – Alfonso Ríos Suárez

Visual Effects – Abel González

VFX Director – Kate Dánae Núñez Chico

VFX Supervisor – Yael Márquez Martínez, Andrea Suárez Mora

VFX Artists – Alejandro Fentanes Salas, Dayne Adlemi Aguirre Moreno, Xiadani Valentina Morales Hernández