Reseña | "I Owe You a Touch (قبل الظهر)" de Marwan El-Shafie

I OWE YOU A TOUCH

قبل الظهر



SINOPSIS

Tras una tragedia personal, el adolescente Seif se propone purificarse, sólo para descubrir que el camino hacia el agua no es nada sencillo.


RESEÑA

Hay que aclarar algo desde el principio. Este no es un cortometraje sobre masturbación, aunque sea lo primero que el espectador piensa cuando termina. La incomodidad que genera I Owe You a Touch no viene del acto en sí, sino de todo lo que tal acto revela sobre cómo un joven sobrevive meses viendo morir a su padre. Las fantasías, dice Marwan El-Shafie, su brillante director, son una forma de robarle momentos al mundo cuando el mundo se vuelve insoportable. Qué bella metáfora. Y el mundo de Seif, nuestro protagonista, antes de que su padre muriera, ya era insoportable: una rutina opaca, una casa enferma y triste, una adolescencia suspendida en el limbo de alguien que cuida, pero a quien nadie cuida. La masturbación, dicho esto, es lo menos importante de la historia. Paradójicamente, es apenas la cerradura que abre todo lo demás.

Lo que sí le interesaba a El-Shafie era el momento exacto. Esa simultaneidad que es más una verdad sobre la crueldad arbitraria de la vida, la cual no se detiene a sí misma ni a sus procesos por ninguno de nosotros. El placer y la muerte no negociaron coincidir. Simplemente lo hicieron, dejando a Seif partido en dos: el joven que por un segundo escapó de su rutina, pero también el hijo que no llegó a tiempo a nada.

Y hay algo más, y eso es lo que, en mi opinión, convierte al cortometraje en algo más que un ejercicio de provocación. El-Shafie creció en una sociedad donde la educación sexual casi no existe, donde la fragilidad emocional masculina se confisca desde joven, donde los adolescentes forman su identidad sin que los acompañen (algo que en México sucede casi idénticamente). Cuando dice que de joven no encontraba películas que hablaran de su adolescencia, no está siendo nostálgico, sino que describe una ausencia con consecuencias. Porque los jóvenes que no se ven en ningún modelo aprenden a vivir en secreto. Y Seif es, entre otras cosas, el retrato exacto de lo que eso produce: alguien que se encierra en su cuarto con seguro, que carga solo con lo que no puede decir, y que cuando más necesita agua, no puede encontrarla en ningún lado.

Pero repasemos las cosas una por una.

El guion de I Owe You a Touch opera con la lógica de una pesadilla de relojería: cada acción que Seif toma para resolver su problema genera un nuevo obstáculo en su camino. Es una escalera que baja, no que sube. Esta arquitectura reproduce, a nivel estructural, la experiencia psicológica de la culpa. La culpa también funciona así: cuando intentas salir de ella, te enreda más.



El tiempo en el cortometraje es un tiempo de madrugada, literal y metafóricamente. La acción transcurre en esas horas donde el mundo ordinario no tiene las reglas que tiene de día, donde la gente está dormida, las mezquitas están a punto de abrir para el Fajr, y los adolescentes están despiertos viendo cosas que no deberían. Es el momento exacto en que el tiempo del deseo choca con el tiempo de Dios.

La película se divide, de manera informal pero perceptible, en movimientos. Primero: la normalidad distorsionada, esa apertura donde Seif fantasea con Sumaya. Segundo: la catástrofe y el intento desesperado de Seif por borrar sus huellas antes de que alguien lo vea. Tercero: la derrota aceptada, el baño prestado, y la escena final junto al cuerpo del padre. Cada movimiento tiene su propio tempo, y El-Shafie es lo suficientemente hábil para no apresurar ninguno de ellos.

Huda Ismail, en su reseña del Festival de Alejandría, señala algo que vale la pena repetir y ampliar: en la escena frente a la mezquita, Seif aparece atrapado dentro de un frame dentro de otro frame, un encuadre que lo convierte visualmente en prisionero antes de que nadie lo acuse de nada. Es una decisión que habla del talento natural de El-Shafie para pensar en términos de composición, no sólo de dramaturgia.

A lo largo del cortometraje, las puertas y los umbrales son el elemento visual más recurrente. Seif toca puertas que no se abren, se para en puertas que no cruza, y cuando finalmente cruza una, lo hace con llaves robadas. El umbral, en antropología del espacio, es el lugar donde las identidades se negocian: adentro y afuera, lo sagrado y lo profano, lo que se puede decir y lo que no. Toda la odisea de Seif es una odisea de umbrales.

La fotografía apuesta por una paleta fría, de noche urbana, con la única excepción de la secuencia de fantasía inicial: ahí, el rojo del vestido de Sumaya imaginada, el rojo de sus labios, el calor de la escena, funcionan como una advertencia cromática.

El cortometraje no tiene banda sonora en el sentido convencional. Lo que tiene son capas de sonido ambiental que nunca dejan descansar al espectador: el ruido del departamento, del agua, del llanto de la madre, de las discusiones de Sumaya y Adel, del Corán recitado con las mujeres al fondo. Este diseño de sonido construye algo muy específico: la imposibilidad del silencio en el duelo. Seif necesitaría silencio para procesar lo que le pasa, pero el duelo no funciona así. El duelo es colectivo, sonoro y habitado.

La premisa jurídica del cortometraje viene del fiqh islámico: quien ha tenido un orgasmo se encuentra en estado de janabah, impureza mayor, y no puede tocar un cadáver, rezar, ni entrar a una mezquita hasta no realizar el ghusl, el baño ritual completo. Esta no es una creencia popular o un tabú cultural: es una norma jurídica concreta.



Lo que la película hace con esa norma es algo más complejo que una crítica. El-Shafie, en su respuesta a mis preguntas, fue explícito: “No estoy en contra de la religión, ni estoy atacando al Islam”. Lo que le interesa es la brecha entre lo que la ley religiosa dice y lo que la presión social hace con esa ley. El Islam tiene instancias de misericordia incorporadas en su jurisprudencia: circunstancias atenuantes, tayyamum (purificación con tierra cuando no hay agua), gradaciones en la urgencia. Pero Seif no accede a ninguna de esas instancias porque su problema no es legal: es vergüenza. La vergüenza opera antes de que la ley tenga tiempo de intervenir.

Esta distinción es filosóficamente importante. El cortometraje no muestra a una religión cruel: muestra a una comunidad humana que tomó un sistema diseñado para proteger la dignidad y lo convirtió en una máquina de juicio. Y eso es algo que El-Shafie diagnostica desde adentro.

El título lo anticipa todo: I Owe You a Touch. Te debo un toque. No “te debo un adiós” ni “te debo un último momento”: un toque. La especificidad del tacto es el corazón filosófico de la película. En el Islam, la ghusl funeraria, el lavado del cuerpo, es un acto de amor físico final. Es la última vez que alguien toca a esa persona. Y a Seif se le niega ese toque, no porque la religión sea cruel, sino porque el cuerpo de Seif mismo, en el momento más inoportuno, reclamó su propia urgencia.

¿La pureza física garantiza la pureza espiritual? El-Shafie deja la pregunta abierta, y hace bien. Adel, que está completamente en “estado puro” según cualquier criterio ritual, pasa la noche viendo TikTok mientras el cuerpo del padre de Seif yace en el otro cuarto. ¿Quién es más impuro ahí? La película no lo dice, pero lo muestra.

Una de las lecturas más conmovedoras del cortometraje tiene que ver con algo que El-Shafie me mencionó directamente: en las sociedades árabes, la fragilidad emocional masculina se extirpa en la adolescencia. A Seif se le pide que llame al tío, que entregue el papel al Imam, que sea el mensajero del duelo familiar, pero nadie le pregunta cómo está. La madre se desmaya, y Seif observa. El tío lava el cuerpo, y Seif observa. Las mujeres rezan, y Seif observa. Está en el centro de todo y completamente afuera de todo, al mismo tiempo.

La masturbación, entonces, vista desde este ángulo, adquiere otra dimensión: es el único acto de la película que Seif realiza para sí mismo, el único momento donde no está observando ni siendo observado. El hecho de que ese momento de autorreclamación sea lo que lo excluye del duelo es una ironía brutal que el guion de El-Shafie inteligentemente construye.

El-Shafie dijo algo en su respuesta que me parece la clave interpretativa más honesta: “Las fantasías, sexuales o no, son una escapatoria de la realidad, una manera de robarse momentos que nos hacen sentir algo mejor”. La apertura con la versión fantaseada de Sumaya, roja y deseante, no es una escena sobre el deseo de Seif hacia su tía. Es una escena sobre un joven que lleva meses viviendo en una casa donde el padre se muere despacio, y que necesita, aunque sea por un instante, que el mundo sea otra cosa. La fantasía sexualizada de Sumaya es casi patética en su inocencia: es torpe, adolescente, completamente irreal. El-shafie la filma así a propósito.

El-Shafie es explícito sobre el origen del proyecto: de adolescente, no encontraba películas que hablaran de su adolescencia. Eso, que suena simple, es en realidad una declaración de posicionamiento artístico muy clara. No está haciendo cine “universal”: está haciendo cine específicamente árabe, específicamente adolescente, específicamente masculino, con la convicción de que esa especificidad es, paradójicamente, lo que lo vuelve universal. “Cuando era adolescente, no vi muchas películas que hablaran de mi adolescencia y nuestros problemas”, dice. Y agrega que quiere hacer “más y más películas sobre las luchas de los adolescentes”. I Owe You a Touch no es entonces un cortometraje de tesis: es el primer capítulo de un proyecto de largo aliento.

Una de las decisiones más valientes de El-Shafie es la que describe como “estilo directorial objetivo”: no juzga a Seif. No lo redime dramáticamente, pero tampoco lo condena. La cámara no aparta los ojos de la mancha en la playera, pero tampoco se regodea en ella. Esta neutralidad es una postura ética muy deliberada, que dice que la complejidad de Seif merece respeto, no un veredicto. “No soy juez de Seif; adopto una posición neutral”, dice el director. Y añade algo que me parece fundamental: cree que Dios y la religión son más misericordiosos que el juicio de los seres humanos. Esa creencia es la que genera la tensión más interesante del film: no es Dios quien le niega el agua a Seif.

“En nuestras sociedades árabes, la educación sexual es limitada y casi inexistente”, dice Elshafie. Esto es el diagnóstico central de por qué la situación de Seif es tan devastadora. Si Seif hubiera crecido con la posibilidad de hablar sobre su sexualidad, su masturbación no habría sido un secreto cargado de vergüenza. Y si no hubiera sido un secreto, no habría tenido que encerrarse en su cuarto con seguro. Y si no hubiera tenido que hacerlo, quizás habría llegado a tiempo a tocar a su padre.

La cadena causal que lleva del silencio sexual a la pérdida del último tacto con el padre es exactamente tan larga y tan real como la película la muestra.



La victoria en ÉCU 2026 y la reseña de Huda Ismail desde Alejandría apuntan a una recepción que valora, sobre todo, la valentía temática del cortometraje. Ismail es precisa cuando habla del “viaje de emociones” de Marwan Ashour en el rol de Seif: del deseo persistente de la apertura, a la reacción de huida ante la muerte, a las expresiones contenidas de vergüenza. Es una actuación que trabaja sobre todo con el cuerpo, con la postura, con lo que los ojos hacen cuando no pueden hablar.

El análisis de Ismail también captura algo que muchos críticos occidentales podrían malinterpretar: el film “crea espacio para explorar temas profundamente tabú” sin atacar la fe. Esa distinción importa. I Owe You a Touch no es una película antirreligiosa exportada para consumo occidental. Es una película que habla a audiencias árabes sobre sus propias vidas, con el respeto que eso implica y la incomodidad que eso requiere.

El-Shafie anticipó correctamente la diferencia de recepción entre audiencias musulmanas y no musulmanas. Para las primeras, la película activa un reconocimiento visceral: todos conocen la norma de la janabah, y muchos habrán vivido alguna versión menor del conflicto entre urgencia corporal y obligación ritual. Para las audiencias no musulmanas, el riesgo es el exotismo: ver el cortometraje como una ventana a “lo raro de aquellas culturas” en lugar de como un espejo de algo universal.

El director quiere que ambas audiencias lleguen a la misma pregunta: “¿Son tan duros nuestros juicios que no dejan espacio para expresar el dolor abiertamente?” Esa pregunta no requiere ser musulmán para sentirla. Requiere haber sido juzgado alguna vez en el peor momento de tu vida.

Hay una imagen que el cortometraje ofrece hacia el final, y que me ha quedado en la mente desde que lo vi: la cámara retrocede lentamente del cuarto donde Seif está sentado junto a su padre envuelto en sábanas blancas. No como un zoom-out aparatoso, sino como un retroceso discreto, casi respetuoso. Como si la película misma entendiera que ese momento les pertenece a ellos dos, y que lo más honesto que puede hacer es salir.

Eso es I Owe You a Touch en síntesis: una película que construye algo bastante complejo con materiales muy sencillos. Toma una norma jurídica islámica específica, la pone en el cuerpo de un adolescente en el peor momento de su vida, y deja que el choque produzca sus propias conclusiones. No hay villanos. Hilal no es cruel; está haciendo lo que sabe hacer. Ali no es malicioso; es un adolescente siendo un adolescente. Sumaya no es una tentadora; es una mujer normal que Seif convirtió en fantasía porque necesitaba que algo fuera distinto.

Lo que El-Shafie logra es raro en el debut de cualquier director: la capacidad de crear culpa sin existir culpables. El problema que atrapa a Seif es real, tiene consecuencias reales, genera sufrimiento real, y al mismo tiempo nadie en la película es el responsable directo de ese sufrimiento. Eso requiere una madurez narrativa que no se aprende en la escuela de cine; se aprende mirando el mundo con honestidad.

La pregunta que la película deja, "¿qué es la pureza?", es la misma que el Islam, el catolicismo, el judaísmo y probablemente todas las tradiciones religiosas han enfrentado desde siempre. Pero El-Shafie la formula desde el lugar más específico posible: un cuarto de baño que no puede usar, una mancha que nadie más ve, y un padre muerto al que no puede tocar. En esa especificidad, en esa negativa a generalizar, en esa insistencia en que la historia de Seif es la historia de Seif, pero también la de todos nosotros, el cortometraje encuentra su dimensión más duradera. Le debemos un toque. Le debemos la honestidad de mirarlo de frente. Gran cortometraje.

 

REPARTO

Marwan Ashour, Dalia Ramzy, Mohamed Fadel, Noha Emad, Ahmed Elnabawy, Khaled Elbosaty, Hesham Alrawy

 

EQUIPO

Concept and Directed by Marwan El-Shafie

Producer – Allaa Lasheen

Written by Abdulrahman Gaber

Director of Photography – Adham Khaled

Editor – Yasser Azmy

Colorist – Shady Waleed

Co-Producer – Marwan El-Shafie

Creative Producer – Fahad Hadadi

Script & Creative Consultant – Taghreed Alasfoury

 

Production Department

Producer – Alla Lasheen

Production Supervisor – Waleed Elhosieny

Executive Producer – Ayman Abbas

Production Managers – Ahmed Mahmoud Abdelrehem, Ahmed Abbas

Location Manager – Ahmed Adly

Production Coordinators – Gouda Fathy, Mohamed Magdy (Megz), Zeyad

 

Directing Department

1st AD – Bassel Hussien

Continuity Supervisor – Yehia Mohy Eldien

Script Supervisor – Amr Elebehery

2nd AD – Aly Eldien Tarek

Assistant Director – Amr Sherif

 

Camera Department

Director of Photography – Adham Khaled

Camera Assistant – Fady Samir Qadis

Gaffer – Yehya Halim

Best Boy – Sobih, Wael, Zieny Abou Hamza, Khalaf, Zaghla, Ziad Alarabawi, Mostafa Elabyad, Mostafa Alsudani, Khalid Zarzor

 

Art Department

Production Designer – Raywan Mohamed

Assistant Art Director – Mohamed Sherif, Nouran Mohamed

Selesion – Ahmed Esmail

Accessories – Magdy Seko, Amr Seko

Accessories Team – Elnouby, Ahmed Gamal, Hazem Seko, Eid Khafaga, Mohamed Khafaga, Abdulaziz Elnouby

 

Sound Department

Sound Engineer – Hesham Etman

Boom Operator – Mesho

Sound Assistant – Saber

Sound Design & Mix – Mohamed Salah

Sound Edit Supervisor – Basel Hisham

SFX Editor – Taher Khairy

Dialogue Editor – Hazem Yasser

Stylist – Mohamed Essam

Assistant Stylist – Farid Waheed, Bilal Sayed, Ahmed Hesham, Omran Ahmed

Makeup – Badr Magdy

Casting Directors – Frame Casting Agency – Fekry Magdy, Adham Salem

 

Additional Crew

English Subtitles – Alaa Amin

VFX – Omar El Wakil

End Credits & Marketing Material – Abanoub Shenouda

Poster Design – Abdelrahman Ragab

PR – Ibrahim Abdulaziz

Video Assist – ProCam Rent

Assist Supervisor – Abdo Metwaly

Assist Technicias – Majed Bakheet, Mohamed Metwally, Andrew Mohsen

BTS – Bassem Shaldam

Location Finder – Mohamed Farad (Hamou’a)

Cameras – Focus

Cameras – Reda Zanita

Camera Supervisor – Abdo Gamal

Key Grip – Tarek Saeed, Mohamed Abdo