Reseña | "The Last Day of Byron Bray" de Michael Borrelli
THE LAST DAY OF BYRON
BRAY
SINOPSIS
Nueva
York, una noche de 2019. Mike llega al apartamento de su amigo
Byron, de 92 años, después de un turno de mierda en el trabajo. Lo que parece
una visita más se convierte en la última conversación de sus vidas: Byron ha
colgado un letrero en la pared, tiene dinero en el congelador y un sueño
reciente que, dice, lo tiene listo para irse. Mike no lo está.
RESEÑA
Hay
un discurso que lleva casi una década resonando en mi cabeza: Viola Davis, en
los Premios de la Academia de 2017, de pie frente al mundo con su estatuilla en
la mano, diciendo algo que no me ha sido fácil sacudirme: “There's one place
that all of the people with the greatest potential are gathered, one place, and
that's the graveyard.” Las tumbas están llenas de novelas no escritas, de
canciones que nadie cantó, de amor que llegó demasiado tarde o demasiado
pronto. Davis lo entendió así: el arte existe precisamente para exhumar esas
historias, para devolverles cuerpo y voz a quienes ya no pueden hablar por sí
mismos. “We are the only profession that celebrates what it means to live a
life”, agregó, con una mezcla de orgullo y humildad en el mismo aliento.
Pensé
en ese discurso al ver “The Last Day of Byron Bray”, porque el cortometraje de
Michael Borrelli hace exactamente lo que Viola Davis describía: exhuma a una
persona real, Byron Bray, y lo devuelve al mundo con una dignidad que no muchas
ficciones logran. No hay aquí grandilocuencia ni sentimentalismo baratos, sino la
verdad filmada con cuidado, con amor, y con el peso de quien la vivió de
primera mano.
“The Last Day of
Byron Bray” nació de la pérdida. Byron
murió en junio de 2019, y fue hasta el verano de 2020 cuando Borrelli comenzó a
ver imágenes: retazos de conversaciones, gestos, la luz del apartamento en la
noche, una sinfonía puesta a todo volumen. El guion llegó primero como una obra
de teatro muy hablada —monólogos largos y diálogos densos— y tuvo que transformarse
a golpe de trabajo con consultores, hasta que encontró su verdadera forma:
visual, económica en el diálogo y emocionalmente generosa.
Es
la primera película como director de Borrelli, quien hasta entonces había
desarrollado su carrera principalmente como actor y productor. Eso no se nota
en la textura del resultado, pero sí en algo más interesante: la vulnerabilidad
de alguien que filma con todo en juego. Rodado en súper 16mm, con un equipo
bilocado entre Nueva York y Oslo, el corto tuvo su estreno mundial en el
Florida Film Festival —festival con calificación para los premios de la
Academia— donde ganó tanto el Gran Jurado como el Premio del Público. No es un
debut modesto.
El
equipo que lo acompañó no lo es tampoco. William Sadler, actor de larga
trayectoria en Broadway y cine, interpreta a Byron. Peter McCann, productor
ejecutivo de Publicis Groupe, produce. La fotografía corre a cargo de Daniel
Bombell, la edición es de Karen Kourtessis, el color lo firma el colorista
senior Adrian Seery, y el sonido lo trabaja Walter Bianco. La música incluye
temas de M83 y Japandroids, además de piezas originales del compositor
Omniscuro.
El
cortometraje opera en lo que podríamos llamar “tiempo real expandido”: la
historia transcurre en una sola noche, con un epílogo en Oslo que funciona como
coda. Esta unidad temporal tiene la compresión de una obra de teatro griega,
donde la tragedia ocurre dentro de un periodo constreñido y los personajes
están atrapados en la inevitabilidad de los hechos. Borrelli lo sabe: su
primera versión era casi completamente teatro filmado. El trabajo posterior fue
aprender a pensar en imágenes sin perder la densidad emocional del texto.
La
estructura tiene tres movimientos claros. El primero es de presentación e
ilusión: Byron llama a Mike, Mike llega, se sientan y hablan con la
familiaridad de quienes llevan años compartiendo ese espacio. El segundo
movimiento es de revelación y resistencia: Byron cuelga el letrero, cuenta su
sueño, dice “I'm ready”, y Mike se niega a escuchar. El tercer movimiento es el
de la aceptación forzada: Byron intenta morir por su propia mano, fracasa, pero
muere de todas formas, con Mike a su lado. La coda en Oslo es la resolución; no
el final, sino el principio de otra cosa.
El
súper 16mm es más que una decisión estética: el grano de la película crea una
textura que el digital no puede fabricar con la misma honestidad. Ese grano que
habla de tiempo, de deterioro, de lo físico e irrecuperable. Cuando vemos el
cuerpo de Byron —su dificultad para moverse, sus manos temblando mientras
sostiene los vasos—, ese grano material hace eco de la fragilidad orgánica del
personaje.
Las
escenas del sueño están filmadas en blanco y negro, con un tratamiento
deliberadamente onírico: desenfoques, cortes secos, esa calidad suspendida que
tiene la memoria cuando intenta reconstruir algo que ya no existe. Kourtessis,
en la edición, trabaja esas escenas de forma convulsa y suelta, contrastando
con la fluidez de los planos de conversación entre Byron y Mike. Es una
distinción técnica que funciona también como declaración temática: el pasado es
fragmento, pero el presente es flujo.
La
secuencia en Vigeland Park está filmada con una amplitud completamente
diferente. Hay espacios abiertos, cielo, la masa del monolito contra el
horizonte. En Manhattan todo era interior, cerrado, íntimo hasta la
claustrofobia. Oslo es expansión y respiración. El zoom-out desde el primer
plano de la fuente —esa lente Canon que tuvieron que traer desde Frankfurt en
avión porque no había otra en toda Noruega— funciona como metáfora involuntaria
del proceso de duelo: primero estás junto al detalle, al dolor específico y
concreto, y después el mundo se va abriendo.
Walter
Bianco entrega un sonido que se siente puro sin ser estéril. Los silencios en
la habitación de Byron tienen textura: se escucha el peso de la noche y la
respiración de los personajes. De igual manera, la selección musical es una de
las decisiones más inteligentes del proyecto. “The House That Heaven Built” de
Japandroids abre el cortometraje mientras Byron aún vive. La canción es un
himno de resistencia existencial, de vivir con intensidad frente al caos y la
incertidumbre. Funciona como declaración de principios narrativa: este hombre
vivió así, con esa potencia, con esa negativa a dejarse aplastar. Cuando llega
la muerte de Byron, entra “Wait” de M83 —melancolía pura, repetitiva como un
mantra, como la respiración de alguien que se va—. Y en el viaje a Oslo, “Continuous
Thunder”, también de Japandroids, una canción sobre el amor imperfecto pero
elegido, sobre la conexión a pesar del miedo. Ponerla ahí, en el momento en que
Mike cumple la última voluntad de su amigo, es un gesto hermoso: el amor es
así, ruidoso y asimétrico y completamente real.
Que
Byron esté escuchando la Sinfonía núm. 9 de Mahler la noche de su muerte es la
columna vertebral simbólica de todo el cortometraje. Mahler compuso esta
sinfonía entre 1909 y 1910, siendo ya consciente de su enfermedad cardíaca
terminal. Nueve de sus catorce hermanos habían muerto siendo niños. Su hija
mayor murió a los cuatro años. Su matrimonio se deshacía. Y, sin embargo, de
ese precipicio sacó lo que muchos consideran su trabajo más profundo y maduro:
una despedida que no es rendición, sino contemplación.
La
sinfonía tiene una cualidad particularísima: el Adagio final, especialmente, se
va diluyendo en silencio, como si la música dejara de existir antes de que
nadie la apague. Gustav Mahler murió en 1911, antes de escucharla interpretada.
Byron Bray la escucha conducida por Bernstein —“my pal Lenny”— en la última
noche de su vida. El paralelismo es demasiado exacto para ser accidental: dos
hombres, separados por décadas, usando la misma música para encontrarle sentido
al final.
Gustav
Vigeland pasó más de cuarenta años trabajando en el parque que lleva su nombre
en Oslo. Las 212 esculturas en bronce y granito representan el ciclo completo
de la vida humana: el nacimiento, la infancia, el amor, la familia, el
conflicto, la vejez y la muerte. El monolito central —una columna de 17 metros
de figuras humanas entrelazadas, retorciéndose hacia arriba— tiene una
ambigüedad que lo hace perfecto como imagen de clausura de este cortometraje:
¿están subiendo o bajando? ¿Es ascensión o caída?
Que
Byron eligiera este lugar para descansar es una declaración teológica personal:
“quiero quedarme donde la humanidad está representada en toda su extensión,
donde lo que soy no es la excepción sino la regla”. Mike caminando hacia la
fuente al final del cortometraje, con las cenizas ya depositadas, tiene algo de
iniciación: ha cumplido su tarea, y el agua que desborda es vida que continúa.
Hay
una escena que condensa el dilema moral completo del cortometraje en un solo
objeto. Byron le pide a Mike que cuelgue un letrero hecho a mano que dice,
básicamente: “si me encuentras inconsciente o muerto, no intentes reanimarme”.
El letrero está hecho con cinta adhesiva y papel. Es lo más doméstico y humilde
posible. Y, sin embargo, contiene todo el peso de una declaración de autonomía,
de una voluntad de morir en sus propios términos.
Mike
lo cuelga. Pero cuando Byron efectivamente colapsa esa misma noche, la primera
reacción de Mike es intentar despertarlo, sacudirlo, preservar su vida. El
instinto de preservación del otro le gana a la promesa implícita. Ahí está el
verdadero conflicto del cortometraje: no entre vida y muerte, sino entre el
deseo del moribundo y el dolor del que se queda.
Byron
Bray no es un personaje menor de la historia real. Trabajó en la National
Symphony, luego en Columbia Artists Management. Era cercano a Dmitri
Mitropoulos, Aaron Copland, y especialmente a Bernstein. Compiló una de las
catalogaciones más completas de la obra de Bernstein, trabajando junto a Helen
Coates, la secretaria del compositor. Su colección de fotos, cartas y
memorabilia fue donada al archivo del New York Philharmonic. Bernstein vivía en
el Dakota —el edificio mítico frente a Central Park donde también vivió John
Lennon—. El sueño de Byron comienza precisamente ahí: Lenny lo llama, salen a
caminar, entran al parque. Es una geografía cargada de historia cultural.
Michael
Borrelli escribió el guion desde los fragmentos: imágenes primero, diálogos
después. Empezó con el comienzo y el final del cortometraje —la apertura
onírica y el parque en Oslo— y tuvo que construir el corazón de la historia
hacia adentro, desde dos extremos. El proceso duró meses, con cuatro o cinco
sesiones de revisión junto a un consultor de guion que le ayudó a purgarlo de
exceso verbal.
La
decisión de interpretarse a sí mismo, de que Mike sea literalmente Michael
Borrelli, convierte el cortometraje en algo más cercano a la autobiografía
filmada que a la ficción. Eso tiene consecuencias: hay una honestidad en la
forma en que se mueve, en cómo mira a Byron, en cómo reacciona a sus palabras,
que difícilmente un actor contratado podría fabricar. La vulnerabilidad es
genuina porque el riesgo también es genuino.
El
rodaje en Oslo fue una batalla logística que podría haber hundido el proyecto.
La lente que necesitaban para el zoom de apertura de la fuente no existía en
todo el país. La encontraron en Frankfurt, y el único modo de tenerla a tiempo
fue pagar el pasaje de avión del dueño. Llegó, trabajó como segundo ayudante de
cámara, y la toma existe. Es el tipo de decisión que define los proyectos
independientes: o te rindes ante la logística o le buscas solución.
William
Sadler entró al proyecto después de que la hija del productor Peter McCann, que
trabaja en casting, consiguió que el guion llegara a su agente. La reunión
entre Sadler y Borrelli duró seis o siete horas. Sadler llegó a decir:
“playing Byron Bray asked a lot of me as an actor, and I never wanted it to
end.” Esa clase de entrega es
visible en cada plano. A kilómetros de distancia.
El
cortometraje ganó los dos premios principales del Florida Film Festival —Gran
Jurado y Audiencia— en su estreno mundial. No es fácil ganar ambos:
generalmente uno representa el consenso de los expertos y el otro el del
público general, y son poblaciones con criterios distintos. Que “The Last Day
of Byron Bray” haya obtenido los dos sugiere que no es sólo un ejercicio de
sensibilidad artística, sino un trabajo que comunica con amplitud.
Desde
mi posición como crítico: este cortometraje es imperfecto de maneras que
importan poco y extraordinario de maneras que importan mucho. Borrelli mismo,
en mensajes que compartimos entre los dos, reconoce que ve el film y percibe lo
que hubiera hecho diferente, con más experiencia. Esa honestidad es parte de lo
que hace al proyecto genuino. No hay aquí la soberbia del debut que no se
cuestiona.
No
vuelvo al discurso de Viola Davis con el que empecé por capricho retórico. Es
que “The Last Day of Byron Bray” es exactamente la clase de historia que ella
describía: una vida exhumada, una persona que existió de verdad y que dejó una
marca en el mundo —en la música de Bernstein, en los archivos del New York
Philharmonic, en la sobriedad de un hombre llamado Michael Borrelli— y que sin
esta película habría seguido siendo invisible para casi todo el mundo.
El
mérito del cortometraje es su resistencia a simplificar. Byron no es un sabio
que enseña al joven a morir bien. Es un hombre de 92 años que a veces se marea
yendo al baño, que guarda dinero en el congelador entre los helados, que tiene
un sentido del humor que incluye bromear sobre si ya está muerto cuando
contesta el teléfono. La grandeza no cancela la fragilidad: las dos coexisten
en cada plano.
La
Sinfonía núm. 9 de Mahler funciona como columna vertebral invisible: música
compuesta por alguien que sabía que se moría, escuchada por alguien que también
lo sabe, conducida por el hombre que fue el primer amor de Byron. Tres muertes
en una sola nota. La capa de historia real que tiene ese momento es tan densa
que el cortometraje no necesita explicarla para que se sienta.
William
Sadler entrega una de esas actuaciones que se describen con palabras como “quietud”
y “presencia”, pero que en la práctica significan algo más: la capacidad de no
perorar, no gesticular, no actuar su vejez, sino estar en ella. Hay una escena
donde le pregunta a Mike, entre susurros, si puede matarlo. Es la escena más
difícil del cortometraje, y Sadler la sostiene sin caer ni en el melodrama ni
en la frialdad clínica. Es la petición de quien sabe exactamente lo que está
pidiendo y por qué.
La
secuencia final en Vigeland Park cierra el ciclo con una imagen que condensa
todo lo anterior: un hombre solo caminando hacia una fuente que desborda,
cargando las cenizas de su amigo, en un parque donde las figuras de bronce
representan todo lo que la vida humana puede contener. El agua que desborda es
vida que continúa. El monolito es la columna de todos los que vivieron y
murieron entrelazados. Mike no sale de ese parque igual que entró. Yo tampoco.
“Continuous
Thunder” de Japandroids suena mientras camina. La canción trata sobre elegir la
conexión a pesar del miedo, sobre el amor que es imperfecto y real y vale la
pena de todas formas. Es una elección musical que es también una declaración de
principios: Byron Bray eligió eso. Eligió a Lenny, eligió a Mike, eligió este
parque. Eligió, en la medida en que un ser humano puede elegir, la forma en que
su vida tendría forma.
Yo
no conocí a Byron Bray. Pero después de ver este cortometraje, siento que lo
conozco de una manera que los obituarios no pueden compartir. Eso es
exactamente lo que Viola Davis dijo que el arte puede hacer. Exhumar.
Devolver. Celebrar.
“The Last Day of
Byron Bray” lo logra. Con grano
de 16mm, con música de otros, con la voz de un actor que nunca quiso que la
experiencia terminara, y con la honestidad de un director que filmó su propio
duelo porque era lo único honesto posible.
Byron
Bray vivió 92 años y dejó una huella en la historia de la música del siglo XX
que pocos conocen. Ahora tiene también un cortometraje que empieza con su sueño
y termina con su agua fluyendo en un parque en Noruega. Es, sin duda, la
despedida que se merecía. La fuente de Vigeland sigue corriendo. Byron Bray
está ahí. Y el cortometraje, mientras exista, lo devuelve al mundo. Lo vuelve
presente.
Qué
regalo.
REPARTO
William Sadler, Michael
Borrelli, Maia Guest, Lowen Bird, Benja Kay Thomas, Galen Mulhern, Austin
Holmes, Becket Mulhern, Gabriel Miles, Cole Ortiz-Mackes
EQUIPO
Written &
Directed by Michael Borrelli
Produced
by Peter McCann
In Association with
West 52nd Street Films & I Ain’t Playin’ Films
Produced by Liz
Ortiz, Jenn Harris, Lucien Formichella
Director of
Photography – Daniel Bombell
Editor – Karen Kourtessis
Composer – omniscuro
Senior Colorist –
Adrian Seery
Lead Audio Engineer –
Walter Bianco
1st
Assistant Director – Lucien Formichella
Key Grip – Jarred Herrmann
1st AC –
Carey Hu
2nd AC –
Kyle Isler
Gaffer – Conor Murdock
Best Boy – James Douglas
Grip – Jake Caiola
Production Designer –
Pili Weeber
1st AC
Oslo – Lasse Roed
2nd AC Oslo
– Gianni Seufert
Camera Utility –
Jack Dermer
Hair & Makeup –
Isabella Gerbino
Wardrobe – Bianca Koniuk
Script Consultant –
Harris Doran
Script Supervisor –
Sonia Victoria Werner
Boom/Sound – Yani Lamm
Business Affairs –
Natasha Royzina
Insurance Broker –
Pete Gyben
Production
Coordinator – Enih Agwe
Production Assistants – Bianca Koniuk, Vighnesh Yuvarajan, Aidan Samwick, Drew Staats, Skye Muthuramalingam, James Nalle
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