Reseña | "Them That's Not" de Mekhai Lee
THEM
THAT’S NOT
SINOPSIS
Drea pertenece a
una familia que adora juzgarse entre sí, incluso en medio del duelo. Un regreso
a la casa de su difunta abuela obliga a enfrentarse a cómo la perciben sus
familiares extensos —y a reencontrarse con su padre encarcelado por primera vez
en años—.
RESEÑA
Normalmente,
cuando escribo una reseña, me gusta iniciar directamente con el contexto de la
historia que el film plantea, pero “Them That’s Not” me parece diferente. Para
que mi texto tenga sentido, necesito mencionar la mente, el cuerpo, el corazón
y el alma detrás de la obra misma: Mekhai Lee, su director, parece entender al
arte como una forma de autenticidad incluso cuando todo alrededor cambia. Su
obra me ha inspirado profundamente, y no hago más que admirarlo más entre más
leo sobre él. Desde su tiempo como estudiante de la University of North
Carolina School of the Arts, para él, el teatro (y, en consecuencia, también el
arte) dejó de ser una actividad, y se convirtió en una manera de respirar.
Esa
sensibilidad atraviesa también su cine. No hay persona en este mundo que yo
admire más que a un artista apasionado; ése el tipo de artista que yo aspiro
ser toda la vida. Lee insiste: “Ambition is key. Drive is key. Motivation
is key. But above all you have to stay true to yourself and know what it is you
want from this career… you don’t have to sell yourself short for any reason”. De una mentalidad así solo puede nacer arte
con alma, carne y hueso latientes. En “Them That’s Not”, nos muestra
precisamente ese peso: el de algo único, frágil e irrepetible.
Teniendo
esto en perspectiva, ahora sí que me permito comenzar.
Estás
en una habitación llena de gente que te quiere. Lo sabes porque llevan toda la
tarde preparando la mesa, la comida, acomodando flores, abrazando con la
familiaridad de quien comparte sangre. Lo sabes porque están aquí, todos, reunidos,
por la misma razón que tú. La muerte de un ser querido. Pero nadie te mira
cuando habla.
Y,
cuando te miran, hablan demasiado rápido, o se voltean a medias, o ponen la
mano frente a la boca sin darse cuenta, o simplemente asumen que puedes entenderlos
porque, técnicamente, puedes. Con el aparato. Con el contexto. Con el esfuerzo
acumulado de toda una vida que nadie notará ni agradecerá este día.
La
sala huele a comida y a perfume de tías que no te han visto en años. Alguien
ríe. No sabes de qué. Le pides que repita. Ya no importa, ya pasó, ya es otra
conversación. Fumas. Sobrellevas la vida.
Esto
no es el cortometraje. Esto es lo que el cortometraje le hace a tu cuerpo
mientras lo ves.
“Them
That's Not” no te pide que observes la experiencia de Drea desde una distancia
empática y cómoda. Te la pone en el sistema nervioso, en primera persona. Es un
film que opera antes del pensamiento, que llega al lugar donde la comprensión
intelectual no alcanza, ese lugar más antiguo donde simplemente se siente el
grosor del aire cuando estás rodeada de amor y de silencio al mismo tiempo.
Lee, cuya abuela inspiró muchos de los eventos de este film, construyó
diecinueve minutos que pesan como horas: no porque sean oscuros sino porque son
precisos. La precisión, cuando es total, siempre duele.
El
film ganó el Gold Hugo al Mejor Cortometraje de Ficción en el Chicago International
Film Festival 2025. Se presentó en competencia en SXSW 2026. Formó parte del
programa Black Perspectives. Ninguna de esas frases importa tanto como la que
viene después: en opinión de este humilde crítico, es uno de los cortometrajes
más completos que el cine americano reciente ha producido, y habiéndolo visto
ya tres veces, sigo sin poder explicar del todo por qué terminé llorando cada
vez. Esta reseña intenta averiguarlo.
La
pantalla es cuadrada. Tal vez no porque el film haya elegido una estética
retro, quizá no por nostalgia de la televisión de los años cincuenta, sino
porque el cuadrado aprieta y mantiene la sensación de encierro. Le dice al
cuerpo del espectador, antes de que su mente procese nada, que el espacio en
esta historia es limitado, que hay paredes, que la visión periférica es un
privilegio que alguien decidió no concederle a Drea esta tarde.
La
directora de fotografía Sade Ndya y Lee eligieron esa relación de aspecto con
la misma conciencia con que un poeta elige una forma fija. Me da vibras de un
soneto, y todos los que amamos la poesía sabemos que el soneto no es una jaula:
es la tensión que genera el significado. El 4:3 no dice que Drea sea pequeña.
Dice que el mundo que su familia le ofrece tiene exactamente esas dimensiones,
y que esas dimensiones no son metafóricas. Son el grosor real del espacio que
le ceden.
Entonces,
en los últimos segundos del film, cuando su padre la abraza en el cuarto de su
abuela y “God Bless the Child” flota desde un vinilo, la imagen se abre. 16:9 sin
nada que señale que acaba de ocurrir algo irreversible. El mundo simplemente
deja de apretarse, y el espectador entiende, con el cuerpo antes que con la
cabeza, que ese es el único momento en diecinueve minutos en que Drea respira
de verdad. Me atrevo a asegurar que hay directores que trabajan en incontables
proyectos para ser capaces de construir un gesto así. Lee lo hace naturalmente.
El
diseño sonoro del film debería estudiarse en escuelas de cine, pero no como
ejemplo de técnica: como ejemplo de ética. Porque hay una pregunta que el cine
casi no se hace cuando construye personajes sordos: “¿desde dónde escuchamos?”.
La respuesta convencional es cómoda y distante: desde afuera, desde el oyente
que observa con simpatía la experiencia de otro. Lee eligió la respuesta
incómoda: desde adentro, desde el sistema auditivo de Drea, que no es silencio,
nunca ha sido silencio, sino una relación particular y no negociada con el
sonido que el mundo produce sin pedirle permiso a nadie.
El
audio del film no corta limpiamente. Las conversaciones llegan borrosas,
parciales, como si el mundo estuviera hablando desde el otro lado de un cristal
durante la lluvia. Y entonces, sin aviso, el sonido regresa, y la transición es
tan natural que el espectador tarda en darse cuenta de que estuvo viviendo en
el cuerpo de Drea sin haberlo notado. Esa demora, esa fracción de segundo entre
la experiencia y el reconocimiento de la experiencia, es donde el film nos atrapa.
El
detalle más sofisticado son los subtítulos. En todo cine, funcionan como
herramienta de transparencia: traducen, clarifican, completan lo que el oído no
alcanza. Aquí los subtítulos aparecen fragmentados, llenos de huecos, cuando
Drea intenta leer labios. No porque el film haya fallado en su deber de
accesibilidad. Porque está siendo fiel a su personaje. Leer labios es construir
sentido desde fragmentos insuficientes, apostar por una interpretación que
puede estar equivocada, y vivir con esa incertidumbre en cada conversación de
cada día. Cada subtítulo le dice al espectador: “esto lo hace Drea ahora mismo”.
Sin descanso. Sin que nadie lo note. Sin que nadie se lo agradezca.
Lee
ha hablado en entrevistas de su fascinación por cómo Nolan diferenció el color
del blanco y negro en Oppenheimer como marcador narrativo. Esa fascinación se
tradujo en “Them That's Not” no en imagen sino en sonido: la alternancia entre
presencia y ausencia acústica como el único sistema de puntuación que este film
necesita. Cuando estamos en el mundo de los demás, oímos. Cuando estamos en el
de Drea, escuchamos el timbre. Ese pitido suave, constante, que no es
exactamente silencio sino la textura del silencio cuando tiene conciencia de sí
mismo.
Ndya
llegó al set con una intuición que Lee tardó en articular pero que reconoció de
inmediato cuando la vio funcionar: el ASL es tridimensional. No ocurre en un
plano. Se despliega en el espacio entre el cuerpo y el interlocutor, con las
manos, pero también con los ojos, las cejas, la inclinación de la cabeza, el
tensionamiento de los hombros.
El
cine convencional filma conversaciones con close-ups de bocas y ojos.
Eso tiene sentido cuando el lenguaje es sonoro. Pero filmar ASL con esa
gramática sería un error, porque el ASL no pasa por la boca ni se lee en el ojo
de manera exclusiva. Pasa por las manos, por el espacio que las manos dibujan
en el aire, por la expresión que acompaña ese dibujo y le da matiz y negación y
urgencia.
Lee
y Ndya inventaron para la escena final una gramática propia: rack focus
entre manos y rostro. La cámara sigue el movimiento de los dedos, pierde el
fondo, encuentra la cara de Samuel o de Drea, regresa a las manos. El
espectador aprende a mirar donde mira alguien que está teniendo una
conversación en señas. Ese aprendizaje involuntario es una re-educación
silenciosa del ojo, y es uno de los actos de empatía más sutiles: no explicarte
la experiencia del otro, sino hacer que tu cuerpo la practique.
La
iluminación de esa misma escena fue idea de Ndya: velas. Lee ha contado que
ella insistió en que había una “esencia espiritual” en esa luz, y la palabra
espiritual no es decorativa. La luz de vela no ilumina igual que una lámpara:
titila, respira, crea sombras que se mueven. El cuarto de Muriel, iluminado a
vela mientras padre e hija se dicen las cosas que llevan veinte años sin poder
decirse, abandona el tiempo del duelo familiar —el mediodía de la cocina, los
chismes de las tías— y entra en otro tiempo, más antiguo, donde las reglas de
lo práctico y lo posible no aplican. Las velas consagran la escena.
Hay
una decisión que a mí me parece, calladamente, la más hermosa del film: en
todas las escenas donde Drea está eludiendo a su padre, Lee los coloca en el
mismo plano. Pensémoslo: la gramática cinematográfica del rechazo es el
contraplano; él aquí, ella allá, el espacio entre ambos como evidencia visual
de la distancia emocional. Lee no hace eso. Cada vez que Drea lo evita, cada
vez que aparta los ojos o cruza a otra habitación, lo hace dentro del mismo
encuadre donde existe Samuel. Sus cuerpos comparten el plano, aunque sus
voluntades no compartan el momento.
Esa
elección dice algo que ningún diálogo podría decir con la misma precisión: que
el amor que Drea le tiene a su padre no desapareció. Sobrevivió durante los
veinte años de ausencia. Y que el encuentro entre ellos ya está ocurriendo
desde el primer instante en que comparten encuadre. Lo que falta no es que se
encuentren. Es que lo reconozcan.
El
duelo familiar debería ser, en teoría, el momento donde las diferencias se
disuelven. La muerte como igualador, como fuerza que borra jerarquías y borra
distancias y reúne a los dispersos bajo una sola sombra compartida. Todos
moriremos algún día, ¿no? Pues “Them That's Not” propone exactamente lo
contrario: el duelo concentra. Convoca a todos en el mismo espacio y, al
hacerlo, hace visibles con crueldad las fracturas que el tiempo y la geografía
normalmente disimulan.
Cuando
la familia de Drea llega a la casa de Muriel, llega con toda su historia
encima. Las jerarquías, los silencios acordados tácitamente, el amor que existe
pero que no aprendió el idioma de la persona que más lo necesitaba. En un día
ordinario, esas dinámicas permanecen invisibles: cada quien en su casa, en su
rutina, en la distancia que permite querer sin tener que hacerse responsable de
cómo se quiere. El encuentro las concentra y las hace ineludibles.
Y
Drea descubre, o confirma lo que ya sabía, que su familia la ama de una manera
que no la incluye. No maliciosamente, que eso sería más simple. Con esa
benevolencia que es la forma más difícil de resistir: Carol le ofrece ayuda y
cuando Drea intenta concretarla, Carol se distrae, se voltea, nunca se queda
quieta el tiempo suficiente para escuchar. Las tías comentan su ropa con la
misma ligereza con que comentarían el tiempo. Nadie aprendió al 100% el ASL
porque nadie pensó que era urgente, y no pensaron que era urgente porque nunca
se pusieron a imaginar lo que significa existir en un idioma que el mundo de
los tuyos no habla.
Lee
tiene una palabra para eso: aislamiento. Pero es un aislamiento particular, más
sofisticado y más doloroso que la simple soledad. Es la soledad de quien está
rodeada y sola al mismo tiempo. De quien es amada en abstracto y pasada por
alto en concreto. Es, si se quiere ser preciso, la condición de ser visible
como categoría, pero invisible como persona.
En
la escena final, Drea le dice a Samuel algo que el film lleva diecinueve
minutos preparando sin que lo sepamos: que no puede oír la música de la manera
convencional, pero que ama sentir las vibraciones, que aprendió las letras, y
que por eso llegó a la poesía. Los poemas, dice, son su música.
Drea
llegó a la poesía porque el lenguaje sonoro le llegaba fragmentado, porque el
sonido era un sistema que operaba con reglas distintas a las de su cuerpo,
porque necesitaba un idioma que no dependiera del oído sino de la presencia,
del ritmo que se puede leer sin escuchar, de la disposición de las palabras en
el espacio. La poesía es, en ese sentido exacto, su ASL: un lenguaje que surgió
no a pesar de su diferencia sino desde el centro mismo de ella.
La
familia que le pide que abandone la poesía por algo “más práctico” no entiende
que le está pidiendo que abandone la única forma de comunicación que encontró
completamente suya. Carol le sugiere enfermería, como el primo Chris. Pero el
primo Chris es oyente. El primo Chris no tuvo que inventar su idioma. Esa
sugerencia es una ceguera que se ha normalizado hasta volverse consejo.
Y
aquí está la paradoja que el film sostiene sin resolverla: Carol no está
equivocada sobre el mercado laboral. Tal vez la poesía no sea una inversión
segura. Pero tampoco lo es el amor que no aprende el idioma de quien ama, y
nadie le pide a Carol que abandone eso.
He
aquí un pensamiento: a través del arte no se promete riqueza inmediata, pero al
verdadero artista, el arte siempre le ofrece la certeza íntima de haber dejado
una parte de sí mismo viviendo en alguien más. Drea lo sabe. Muriel lo sabía.
Samuel
le pregunta a Drea cuál es su nombre en señas. Ella responde: un dedo sobre el
corazón, luego un movimiento hacia el hombro. Un gesto tan compacto que casi no
ocupa espacio en el plano. Y, sin embargo, es el momento que más tiempo llevo
pensando desde que vi el film.
El
nombre en señas no es una traducción del nombre oral. Es una creación. Alguien
te lo asigna, o tú lo eliges, y lleva en su geometría algo de quién eres, de
cómo te mueves por el mundo, de lo que te define de maneras que el nombre
escrito no puede capturar. El nombre en señas de Drea combina el corazón y el
hombro: el lugar donde se siente y el lugar donde se carga. En mi
interpretación, Drea carga lo que siente. Y el film, que es a fin de cuentas el
film de Drea, hace exactamente lo mismo.
“God
Bless the Child” de Billie Holiday es una de las canciones más malentendidas
del canon americano. Se la cita como un himno al cinismo: los que tienen,
reciben más; los que no tienen, pierden lo poco que les queda. La lógica del capital
con la voz que mejor entendió el dolor humano en el siglo veinte.
Lee
la leyó de otra manera, y esa lectura es la que organiza el film completo. “Lo
propio”, argumenta, no es lo que uno produce en soledad. “Lo propio” es la
comunidad que te sostiene, que te encuentra, que llega en los momentos más
inesperados con exactamente lo que necesitabas, aunque no tenga forma de lo que
habías imaginado.
Samuel
no tiene dinero. No tiene libertad. No tiene el año que le falta a Drea para
terminar la universidad. Tiene un día. Y en ese día le da lo único que ningún
otro adulto en el film pudo o quiso darle: el reconocimiento de que lo que Drea
es vale la pena ser. “Tú eres lo único que hice bien”. En un film donde todos
los adultos, con amor genuino, le dicen a Drea que lo que quiere no es
suficiente, esa frase es una revolución. Y cómo me destrozó oírla (o verla, en
este caso).
Lee
llegó al set con humildad técnica y certeza emocional, que es exactamente la
combinación correcta para el tipo de film que quería hacer. Sabía lo que
sentía. No siempre sabía cómo llamarlo. Y tuvo la inteligencia de rodearse de
personas que podían nombrar lo que él intuía.
En
una entrevista admite con una honestidad que pocas veces se ve en
conversaciones sobre cine que al principio de la producción quería que algo “se
disipara” en la imagen y su editora tuvo que explicarle que eso se llamaba crossfade.
Esa anécdota podría leerse como una confesión de inexperiencia, pero yo la leo
como un documento de proceso: un director que llegó con la historia tan clara
dentro del cuerpo que el vocabulario técnico era secundario. Lo que importaba
era la sensación. Los colaboradores pusieron el nombre. Juntos crearon algo
bellísimo.
Samuel
olvida la seña para favorite. Está en el medio de la oración más
importante que le ha dicho a su hija en veinte años. Está hablando de la mujer
que acaban de perder. Está usando el idioma que aprendió el día en que Drea
nació, porque quería poder hablarle, aunque nunca imaginó que iba a terminar en
prisión y no iba a poder hacerlo. Y en el medio de esa oración la seña
desaparece. Se le va. Lo dice en voz alta, la palabra suelta en el aire: favorite.
Como una pregunta.
Drea
se la enseña. Eso es todo. Eso es el film completo contenido en un gesto: una
hija que le enseña a su padre el idioma que él intentó aprender para ella, en
el cuarto de la abuela que acaba de morir, con velas que respiran alrededor de
ellos y Billie Holiday flotando desde un vinilo. El mundo entero afuera, la
familia ruidosa, amorosa e insuficiente en otros hogares, el policía que va a
llevarse a Samuel en unas horas, el año de universidad sin pagar, todas las
cosas que no tienen solución exactamente donde estaban. Y aquí, en este cuarto,
una hija le enseña a su padre la seña para favorite.
El
cine puede hacer muchas cosas. Puede asombrar, puede perturbar, puede hacer que
el tiempo pase de maneras que ningún otro arte produce. Pero hay algo que hace
en sus mejores momentos que no tiene nombre: convertir un gesto pequeño en el
peso de toda una vida. Lee lo consigue. Ndya lo ilumina. Theory y Eisen-Martin
lo habitan.
“Them
That's Not” es un film sobre la diferencia entre estar presente y ser visto.
Sobre el amor que existe pero que no aprendió el idioma de la persona que ama.
Sobre la poesía como el único idioma que algunos encontramos completamente
nuestro, sin permiso, simplemente porque la necesidad de decir algo verdadero
es más antigua y más insistente que cualquier consejo razonable sobre el
mercado laboral.
REPARTO
Angel Theory, Carrie
Compere, Biko Eisen-Martin, Brit Errin West, Mars AStorm Rucker, Kadijah Raquel,
Corey Mitchell, Danielle Hopkins, Maleek Rae, Everett Graham, Jalen Bernard
Washington, Kiara Hines, Matthew Elijah Webb, Medinah Chin, Jabryl Chin
EQUIPO
Concord Originals
Presents Them That’s Not
Written &
Directed by Mekhai Lee
Produced by Charles
Hopkins, Redd Coltrane
Executive Producers –
Nick D’Angiolillo, Wesley Adams, Sophia Dilley, Bob Valentine, Rob Laqui
Director of
Photography – Sade Ndya
Editor – CJ Duncan
Sound Designer –
Candace Mortier
Production Designers
– Jo Siri, Noel Anthony
Director of Artistic
Sign Language – Alexandria Wailes
1st AD –
Sunny Robers
2nd AD –
Isaiah Forte-Rose
Production
Coordinator – Mark Marquez
1st AC –
Amir Rose-Aminfu
2nd AC –
Jenny Derosiers, Kezjahree Wingate
Line Producer – Redd
Coltrane
Camera PA – Mariah Santiago
Gaffer – Luis Lopez
Electric – Darria Martin
Key Grip – Jericho Alcantara
Sound Mixer –
Maddison Whitfield
Boom Operator(s) –
Miguel Jophiel, Lu Taylor
Set Dresser(s) – Jo Siri,
Khaled Bukhari
On Set Interpreters –
Alonso Rivera, Carlee James, J’da Damas
Head of DEI/Casting
Recruiter – Mars Storm Rucker
Colorist – Connor Bailey
Color Assist – Luke Sirimongkhon
Post Producer – Gina
Martin
Post Coordinator –
Logan Cross
VFX Cleanup Artist – Brandon Sanders





