Reseña | "(0, ∞)" de Mar Sudac
(0,
∞)
SINOPSIS
Gus
y Clark, treintañeros casados, desean solicitar una hipoteca. Su pequeña pero sincera esperanza los lleva a someterse
a la Prueba Sx, un procedimiento médico recientemente obligatorio que
supuestamente verifica la sexualidad para uso legal. El breve pero brutal
ensayo arroja resultados sorprendentes, lo que lleva a Gus y Clark a cuestionar
la naturaleza de la atracción en su mundo cada vez más polarizado.
RESEÑA
La
elegancia de la notación “(0, ∞)” me resulta casi perturbadora. Dos símbolos,
un paréntesis de apertura y otro de cierre, y entre ellos todo lo que no puede
nombrarse con precisión. En matemáticas, un intervalo abierto es honesto de una
manera que los humanos casi no nos permitimos: admite desde su propia
estructura que los extremos no le pertenecen, que lo que contiene no tiene ni
fondo ni techo, que cualquier número que elijas señalar dentro de él siempre
tendrá otro número más cerca del cero que tú no habías considerado, y otro más
lejos hacia el infinito que tampoco.
Los
humanos, estúpidamente, llevamos milenios haciendo lo contrario. Tomamos
intervalos abiertos y los cerramos a la fuerza, les ponemos corchetes donde
había paréntesis, declaramos que los extremos existen y que todo lo demás se
ordena en referencia a ellos. Hombre o mujer. Blanco o negro. Heterosexual u
homosexual. La comodidad de lo binario no viene de que sea verdad, sino de que
es administrable. Un cero en un formulario ocupa exactamente el mismo espacio
que un uno. El intervalo abierto, en cambio, no cabe en ninguna columna. Necesitaría
una hoja infinitamente larga para registrar todos sus valores posibles, y aun
así estaría incompleta.
Lo
que las matemáticas saben y la burocracia juega a ignorar es que entre el cero
y el infinito no existe el vacío. Más bien todo lo contrario: hay densidad, ¡todo
está lleno! Los números reales son tan densos que entre cualquier par de ellos
siempre existe otro. No importa cuánto te acerques a un extremo, nunca llegas a
él. No importa cuánto reduzcas el intervalo, siempre hay algo adentro que no
habías contado. A mí me parece que el deseo humano, o lo que es mejor, la
naturaleza humana, funciona igual. No porque sea “infinita” en el sentido más
romántico de la palabra, sino porque es densa en el sentido técnico: entre dos
puntos cualquiera de la experiencia siempre hay una intermedia que la historia
oficial no registró, una atracción sin nombre, un momento que no encaja en ninguna
categoría disponible.
Y,
ya que hablamos de categorías, el problema no es que las categorías sean falsas,
sino que son finitas. Y usar instrumentos finitos para medir algo infinito
produce el mismo resultado siempre: pérdida de información. Lo que queda fuera
simplemente desaparece del registro, como si nunca hubiera existido. Como si la
realidad tuviera la obligación de ajustarse a la resolución del instrumento que
la mide.
¿Por
qué es importante saber esto antes de hablar de (0, ∞), el cortometraje de Mar
Sudac? Pues porque en su corta duración, construye un mundo que todavía no
existe pero que ya reconocemos de inmediato: uno en el que los gobiernos han
convertido el deseo en documento, y donde pedir una hipoteca requiere primero
una comprobación de quién eres en la intimidad.
Sudac
llega a la dirección desde varios ángulos. Trabajó en Creative Artists Agency y
Open Road Films. Editó el documental Brainwashed: Sex, Power, Camera, ese
ensayo fílmico sobre el modo en que Hollywood ha construido visualmente a la
mujer, que pasó por Sundance y Berlín antes de llegar a Kino Lorber. Desde 2018
ha producido obras de Cauleen Smith, una de las realizadoras más importantes
del cine independiente afroamericano contemporáneo. Todo eso se nota en (0, ∞):
la conciencia política, la precisión artesanal, la voluntad de usar el cortometraje
como laboratorio de ideas y no solamente como tarjeta de presentación.
El
cortometraje existe en un filo extraño entre la distopía y la sátira, entre el
drama y el manifiesto político. Sudac describe este trabajo como parábolas
sobre la agencia cívica en desafío a la represión del Estado, y el realismo
mágico es su herramienta conceptual: el mundo tiene que parecerse lo suficiente
al nuestro como para que la amenaza nos resulte reconocible, y debe
distorsionarse lo justo como para que el absurdo nos revele lo que la
representación directa no podría. La Prueba Sx no viene de la ciencia ficción,
sino de la lógica burocrática llevada hasta su conclusión más obvia.
La
estructura de (0, ∞) imita deliberadamente la forma de un trámite burocrático.
No hay tres actos en el sentido convencional; hay una sala de espera, un
formulario, un procedimiento, unos resultados, y la vida que sigue después.
Sudac organiza el tiempo del filme como si fuera el formulario mismo: cada
escena es un campo que hay que llenar, y la experiencia emocional de los
personajes queda atrapada entre los bordes… hasta que llega el final.
El
filme arranca con un prólogo que en apariencia no tiene nada que ver: un hombre
y una mujer en una habitación que casi parece espacio liminal, música clásica,
sexo que empieza antes de que el filme haya empezado a contar su historia. No
sabemos todavía quiénes son. Sólo después entendemos que son una de las parejas
de prueba, sujetos del mismo sistema que Gus y Clark están a punto de
enfrentar. Es un recurso de encuadre clásico en el cine de distopía: mostrarnos
el mecanismo funcionando antes de mostrarnos a alguien que intentará no ser
triturado bajo su peso.
El
trayecto en automóvil funciona dos veces en el filme: una antes de la prueba
(ansiedad, radio, la fecha límite) y una vez después (silencio, Clark mirando a
su esposo). El mismo encuadre, la cámara como pasajero en el asiento trasero,
produce dos emociones radicalmente distintas sin cambiar nada de su
composición. Eficiencia narrativa.
La
directora de fotografía Kayla Hoff construye una paleta visual dividida en
registros que nunca se mezclan. Por un lado, la cotidianidad del apartamento de
Gus y Clark: luz suave, encuadres un poco apretados que hacen que el espacio
pequeño parezca habitado en lugar de angustiante. Por el otro, la clínica:
iluminación que pareciera aplanar los rostros, robarles la expresividad… El
tercer registro visual, y el más elaborado conceptualmente, es la cámara
térmica. Cuando Gus y Clark entran a la habitación de prueba, la imagen cambia:
ya no estamos viendo lo que ve el ojo, estamos viendo lo que ve el estado. La
imagen térmica convierte los cuerpos en mapas de calor, despoja la piel de
cualquier individualidad, reduce la intimidad a un dato más. Sudac usa esto con
una precisión casi cruel: durante la prueba, la imagen térmica es fría como
información, los movimientos se sienten robóticos, el calor corporal se vuelve un
tipo más de evidencia. Y luego, en la escena final, cuando Gus y Clark se
abrazan en su cama, la cámara térmica aparece de nuevo. Pero esta vez es
diferente, porque no están siendo medidos: los cuerpos se mueven lento, no hay
urgencia de cumplir con nada, y el calor que emana de los dos juntos parece palpable
de un modo que la escena de la clínica nunca logró.
Para
mí, una de las imágenes más poderosas del cine en este año, sin exagerar. Todo
gracias a Sudac y Hoff. Es el mismo dispositivo técnico produciendo dos
significados opuestos. En la clínica, la imagen térmica es el ojo del Estado
sobre los cuerpos. En la cama, es nuestra mirada, finalmente permitida para ver
algo verdadero.
Ahora,
con un contexto más amplio, podemos discutir el título. La decisión de nombrar
el filme con notación matemática en lugar de con palabras es una declaración
filosófica antes de que empiece el primer fotograma. El nombre del cortometraje
dice: la sexualidad humana no es un punto en una escala. No está en el cero ni
en el uno. Existe en el intervalo abierto entre los extremos que el Estado
quiere fijar, y ese intervalo es infinito. Los sistemas de clasificación,
incluyendo la propia Escala Kinsey que popularizó la idea de un espectro,
siguen siendo finitos. (0, ∞) rechaza incluso eso.
Hay
algo más: el cero excluido no es sólo la “heterosexualidad” pura. Es la idea
misma de una identidad sexual perfectamente cerrada, sin grieta ni duda, sin
historia ni evolución. El Estado quiere clasificar a Gus y Clark porque un cero
en el formulario es manejable; lo que el intervalo abierto implica no puede ser
administrado.
Uno
de los movimientos más inteligentes del guion es hacer que la burocracia que
rodea la prueba Sx sea completamente mundana. El médico no es un villano porque
no hay sadismo en su procedimiento. Pregunta por alergias, por tabaco, por
drogas recreacionales con sus nombres informales —smack, tina, e, yeyo— con la
misma expresión con la que podría preguntar si traen el seguro médico
actualizado. Cuando Clark empieza a explicar por qué quieren la hipoteca, por
qué quieren un hogar de verdad, el médico simplemente se da la vuelta y sale.
Hay algo peor que la crueldad en ese gesto: absoluta indiferencia.
Esa
pequeña imagen del apartamento, el moho en las paredes, también merece un
momento de atención. Gus y Clark no quieren la hipoteca por ambición. No
quieren una mansión. Quieren poder vivir en un lugar donde no haya moho, donde
no se despierten con el ruido escandaloso de sirenas. La esperanza que los
lleva a la clínica es mínima, casi dolorosa en su modestia: poder vivir en un
apartamento sin moho. El Estado ha convertido incluso eso, el acceso a una
vivienda decente, en algo condicionado a la verificación de la identidad
sexual.
Esto
conecta el cortometraje con debates muy concretos y actuales en torno a la
vivienda como derecho, a cómo los sistemas de crédito han funcionado históricamente
para excluir a comunidades específicas. Es como si el moho fuera el resultado
material de sistemas de exclusión que llevan décadas funcionando, y la prueba
Sx es simplemente su versión más reciente y explícita.
“Angus Johnson:
Straight”. “Clark Johnson: Straight”. El
resultado que recibe Clark por teléfono a la mañana siguiente es, técnicamente,
lo que tramitaron para la hipoteca. Y es también el resultado más triste
posible. El sistema los ha clasificado como aptos para existir, pero sólo en
sus términos, y esa clasificación borra exactamente lo que son.
Que
Clark reciba el mensaje solo, mientras Gus duerme todavía, y que decida
acostarse junto a él en lugar de despertarlo, dice mucho sobre lo que el filme
entiende como resistencia. Un abrazo. El brazo de Gus que busca el de Clark
dormido y lo aprieta contra su pecho. La intimidad como acto político no es una
frase bonita aquí: es literalmente lo único que Gus y Clark tienen que el
Estado no puede medir ni con una cámara térmica.
Clark
había dicho, triste, en el coche de regreso a casa: “we could just... get a dog”.
Era una pequeña capitulación, un “si no podemos tener lo que queremos, al menos
tengamos algo”. Pero los créditos finales los muestran con el perro, rascándole
la panza, dándole pedacitos de queso, riendo mientras aprende a atrapar una
pelota. El mundo distópico sigue ahí, el apartamento con moho sigue ahí, la
hipoteca probablemente no llegó. Y sin embargo hay un perro que aprende a
atrapar una pelota y dos hombres que se ríen, que se aman, mientras lo miran.
Brandon
Wilson lleva el peso emocional de la escena con el médico en la forma en que
Clark empieza a hablar de su vida y su esperanza, y en cómo el médico
simplemente le da la espalda. Quienes, como yo, vieron y siguen sin superar
emocionlmente Nickel Boys de RaMell Ross, con el que Sudac tiene
conexión directa a través de su trabajo, reconocerán algo en esa actuación: una
fragilidad sin disculpas, que se ofrece completa, aunque nadie en la habitación
esté dispuesto a recibirla. Wilson construye a Clark con esa misma lógica. La
humanidad del personaje es más visible precisamente porque el sistema se niega
a verla.
Sudac
es, según su propia descripción, descendiente de refugiados de los pogromos
rusos. Esa historia familiar, la historia de una comunidad perseguida que tuvo
que demostrar quién era y qué era para poder existir en ciertos espacios, no
está ausente de (0, ∞). La prueba Sx pertenece a la misma familia de dispositivos
históricos que los interrogatorios de lealtad, las listas de categorías, las
clasificaciones raciales que determinaban a qué derechos podías acceder. Sudac
no hace esa conexión explícita, pero tampoco la esconde. La forma del trámite
burocrático, la frialdad del médico, la lógica de que el acceso a derechos
básicos depende de cuál casilla puedes marcar, tiene una historia muy larga en
nuestra sociedad.
El
Ann Arbor Film Festival tiene 64 años de historia programando cine experimental
y de vanguardia. No es un festival donde los premios se dan por convención
narrativa ni por producción impecable. Que el jurado eligiera (0, ∞) para el
Lawrence Kasdan Award, que la elegibilidad al Oscar sigue como consecuencia, es
un reconocimiento a algo que el festival ha valorado siempre: que la forma y el
contenido son inseparables, que el cine político más honesto es el que usa el
lenguaje cinematográfico de manera que el mensaje no podría existir sin él.
El
propio Sudac, en el anuncio del premio, describió al filme como “this weird
experimental film”. Esa autodescripción es interesante. Hay una modestia
estratégica ahí, o quizás una honestidad sobre el hecho de que un cortometraje
de diez minutos sobre cámaras térmicas y trámites burocráticos queer no tiene
un camino obvio de distribución masiva. El premio le abre una puerta que de
otro modo permanecería cerrada.
Una
de las trampas del cine político es el didactismo: la necesidad de explicar su
propio punto, de subrayar la metáfora, de asegurarse de que nadie se pierda el
mensaje. (0, ∞) confía en sus espectadores de una manera que muchos
cortometrajes de tema político no. El título no se explica. La naturaleza
matemática del intervalo abierto no se menciona en diálogo (y tal vez hasta me
la esté inventando yo para efectos de esta reseña). La conexión entre el moho
del apartamento y la exclusión sistémica no tiene un monólogo que la articule.
El filme deposita toda esa carga en imágenes y situaciones, y eso le permite
operar simultáneamente como drama de pareja y como crítica política sin que
ninguna de las dos dimensiones ahogue a la otra. Nos permite interpretar, y gracias
por eso.
Repito:
hay una imagen que (0, ∞) devuelve dos veces y en la que me parece que vive el
argumento central de todo el filme: la imagen térmica. La primera vez que la
vemos, es el ojo del Estado mirando cuerpos que deben rendir prueba de su
deseo. La segunda vez que la vemos, en el cuarto después de que los resultados
han llegado y Clark ha decidido no decirle nada a Gus todavía y simplemente
acostarse a su lado, la imagen térmica ya no es ningún instrumento de medición.
Es otra cosa: el modo en que el amor se ve cuando no está siendo evaluado.
Mar
Sudac construyó un dispositivo narrativo muy preciso. Tomó el lenguaje visual
del control estatal —la imagen médica, el encuadre burocrático y la iluminación
clínica— y lo usó para mostrar que ese lenguaje es incapaz de capturar lo que
en realidad está pasando entre Gus y Clark. El Estado obtiene datos. Nosotros,
que hemos visto la radio del coche y el moho en las paredes y la forma en que
Clark empieza a hablar de su esperanza antes de que nadie lo escuche, sabemos
algo que ninguna cámara térmica puede registrar.
No
voy a decir que (0, ∞) resuelve todos los problemas que plantea. La pregunta de
la hipoteca queda sin respuesta. El mundo distópico sigue ahí cuando los
créditos terminan. Pero eso también es honesto sobre lo que el arte puede hacer
frente a los sistemas de poder: no puede resolverlos al 100%, pero puede
mostrarlos claramente, puede nombrar lo que normalmente se naturalizó, puede
recordarles a dos personas que se abrazan en una cama pequeña que su amor
existe en un intervalo que va de cero a infinito y que ningún formulario tiene
columnas suficientes para medirlo, que ningún formulario tiene derecho a
medirlo, más bien dicho.
Un
perro que aprende a atrapar una pelota. Una pieza de piano y guitarra que suena
como si alguien la estuviera inventando ahí mismo, que suena como a hacer el
amor por primera vez. Dos hombres que respiran juntos bañados de luz matinal.
El Estado tiene sus datos. Gus y Clark tienen todo lo demás.
REPARTO
Brandon
Wilson, Cheech Manohar, Alex Blue Davis, Marianne Rendón, RJ Aguilar, Cassandra
Caruso, Eric Baffour-Addo, Ben Bruker, Victoria Hargett, Ramona Mikkelson, Anton
Nassif, Jaklin Romine, Eric Vega, Vickie Aravindhan, Khalif Boyd, Andrea Esparza,
Alexia Jasmene, Kieran Berry, Lorenzo Antonio, Mellie Mesfin, Trey Leonard,
Winky
EQUIPO
Written and Directed
by Mar Sudac
Ten Twenty
Productions | Dusty Films
Produced by Bobbie
Green, Sayali Upadhye, Trey Sutton
Post Producer –
Achim Mendoza
Director of
Photography – Kayla Hoff
Edited by Achim Mendoza
Original Music – Ben
Bruker
Production Design –
Sally Bae, Maritza Cruz
Costume Design – HK Kamakura
Visual Effects – Mar
Sudac
1st
Assistant Director – Jared Mayerson
1st
Assistant Camera – Harnish Ambaliya
2nd Assistant
Camera – Sarah Hsio
Gaffer – Taylor Huddleson
Key Grip – Taylor Reick
Grip – Maile Edwards
Intimacy Coordinator
– Morgan Smith
Script Supervisor –
Ximena Davis
Production Sound –
Edwin Li
Sound Design by
Johann Mendoza
Hair and Makeup –
Morissa Pena
Set Dresser – Jake Treat
Animal Wrangler –
Victoria Hargett
Medical Consultant –
David Ditullio
Production
Assistants – Christian Tucci, Lorenzo Higuera
Art Production
Assistant – Matthew Beggs
Colorist – Kayla Hoff
Additional VFX – Cecily Lo, Liminal House
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