Reseña | "32B (مشاكل داخلية)" de Mohamed Taher
32B
مشاكل داخلية
SINOPSIS
Un padre
soltero, sin idea de nada, se entera de que su hija adolescente necesita un brassière.
Su intento de comprarle el primero se convierte en una situación incómoda y
dolorosa.
RESEÑA
Hay cosas
que los padres no saben decir. No porque no las sientan, sino porque nadie les
enseñó cómo hacerlo. Y es que la paternidad a veces funciona por imitación: lo
que el propio padre hacía, lo que la cultura esperaba, lo que se decía en voz
alta y lo que se callaba. Ese mecanismo funciona para muchas cosas. Para otras,
simplemente no existe, por lo que el momento en que un hijo crece de una manera
que exige una conversación nueva puede paralizar incluso al padre más presente
y más amoroso, y no por cobardía, sino por consecuencia natural de haber
crecido en un entorno donde ciertas conversaciones nunca ocurrieron, no porque
fueran prohibidas explícitamente, sino porque el silencio alrededor de ellas
era tan consistente que terminó pareciendo de lo más natural. El cuerpo que
cambia, la sexualidad que despierta, la vulnerabilidad dicha con todas sus
letras: todo eso quedó fuera del idioma que se le transmitió a ese hombre
cuando era niño. Y ahora, frente a su propia hija, descubre que no tiene las
palabras.
Eso es lo
que hace tan particular la figura del padre que retrata el cortometraje 32B.
Hazem no es un hombre que evite la conversación por comodidad o por
indiferencia. Es un hombre que la busca, que la ensaya, que la intenta de cinco
formas distintas frente al espejo, y que aun así no puede pronunciarla cuando
llega el momento. En él se manifiesta que el amor no garantiza el lenguaje. Que
querer el bien no es lo mismo que saber cómo estarlo. Y que los huecos que deja
una cultura en la formación emocional de sus hombres no desaparecen cuando esos
hombres se convierten en padres, sino que simplemente se heredan en otra
dirección.
El corto,
dirigido por Mohamed Taher y escrito por el novelista y guionista Haitham
Dabbour, sigue a Hazem, un padre viudo que descubre que su hija adolescente Malak
necesita usar brassière y no encuentra la forma de decírselo. La premisa
suena a comedia, y en parte lo es. Pero el film llega a algo más profundo: el
retrato de un hombre que está presente y aun así ausente en lo que importa, que
ensaya frente al espejo una conversación que nunca llega a ocurrir. Esa tensión
entre el amor y la incapacidad de expresarlo es el núcleo del film, y Taher la
sostiene con maestría.
El corto
llega al Festival de Cartago en diciembre de 2025 y desde ahí traza una
trayectoria que ningún cortometraje egipcio había recorrido antes: Tanit de Oro
en Cartago, Premio del Jurado en el Festival Árabe de Malmö, Joya de Plata en
el FIFEJ 2026, y la selección histórica para Tribeca, primer cortometraje
egipcio en competir (y ganar) en ese festival. Esos reconocimientos son el
síntoma de un cortometraje que tocó algo real, algo que cruza culturas
precisamente porque su especificidad es tan concreta que se vuelve universal.
El corto
sigue una estructura engañosamente simple, casi clásica en su economía:
detonante externo, conflicto interno, intento de resolución e ironía final. Diecinueve
minutos que se mueven con la lógica de un cuento corto bien construido, donde
cada escena hace al menos dos cosas al mismo tiempo.
El detonante
llega en los primeros minutos: la señora Nora, una madre del club de tenis
donde Malak practica, le dice a Hazem, con esa mezcla particular de discreción
y chisme social que sólo existe en las comunidades pequeñas donde todos se
conocen y nadie quiere ser el responsable de nada, que su hija ya necesita usar
brassière. La escena está construida sobre capas de incomodidad social
que cualquiera con familia reconocerá: Hazem finge alegría al verla, Nora manda
a su hijo a comprar para tener un segundo a solas, y el mensaje se entrega casi
en clave, como si nombrarlo directamente lo hiciera más real de lo que Hazem
está listo para manejar, o más allá de lo que ella está dispuesta a decir.
A partir de
ahí, el film no sigue a Malak. Sigue al padre en su lugar. Esa elección de punto
de vista es fundamental para que comprendamos el desenlace. No vemos la
historia desde la adolescente, que podría haber convertido el corto en algo
sobre el despertar femenino. Vemos la historia desde el hombre que no sabe cómo
estar presente en ese despertar. El conflicto dramático no es la pubertad de
Malak, sino la parálisis emocional de Hazem ante algo que nadie le enseñó a
manejar.
La
estructura en tres actos clásica aparece, pero no de forma mecánica. El primer
acto establece quiénes son ellos dos, y lo hace con eficiencia: la cena con
pasta y ensalada, la conversación sobre matemáticas, la relación entre padre e
hija. El segundo acto, el más largo y el más rico, es la odisea de Hazem
tratando de hablar con ella, fallando, yendo solo a la tienda de lencería,
lidiando con el vendedor, envolviendo el regalo como puede, fumando en el
balcón repasando mentalmente qué va a decir. El tercer acto dura apenas unos
minutos y funciona como comedia y como emoción al mismo tiempo: Malak llega a
casa y… me contengo de decir más.
La
resolución que el film propone no es la que Hazem planeó. No existe el discurso
ensayado, no existe el regalo entregado con las palabras perfectas que él
estuvo practicando todo el día. Y lo que hace el film con ese final es interesante:
no lo presenta como fracaso del padre, sino como alivio y como algo levemente
triste a la vez. La conversación imposible nunca ocurrió, pero algo cambió de
todas formas.
Mostafa
Fahmy, el director de fotografía, trabaja con una paleta luminosa. La cinematografía
del corto es brillante y limpia, con una luz que se siente cálida incluso en
interiores nocturnos. Es una Cairo que se ve habitada, con textura… La escena
del departamento tiene algo doméstico y sin pretensiones que ayuda al tono:
muebles funcionales, una foto de la esposa fallecida en la pared, luz de
comedor sobre la mesa donde padre e hija comen pasta. Ese departamento dice que
este hombre vive solo con su hija, que la quiere, que la cuida, y que su vida
es ordenada, pero tiene un hueco que nadie llena. Todo eso sin un sólo diálogo que
lo explique.
La tienda
Suzette es el contrapunto visual más calculado del film. Los maniquíes
brillosos, los colores llamativos, las vitrinas con lencería claramente
diseñada para un mercado adulto: Hazem está en el lugar equivocado para lo que
necesita. La decisión de mostrarla de noche, con él meditando en la banqueta
antes de entrar, esperando a que se vacíe, construye esa sensación de
transgresión involuntaria que es central al humor del corto. No está haciendo
nada malo, pero todo lo que lo rodea lo hace sentir como si lo estuviera.
La tienda de
regalos, el tercer espacio exterior, lleva esa lógica un paso más allá: la
dependienta que ve el contenido de la bolsa y literalmente lo echa a gritos.
Hazem sale de ahí cargando la misma incomodidad que cargaba al entrar, sólo que
ahora también tiene el juicio ajeno encima. Es una pequeña escena, pero hace un
trabajo narrativo considerable: le dice al espectador que la sociedad que rodea
a este hombre no está equipada para entender lo que está intentando hacer.
Para un
debut, 32B muestra una confianza notable en sus recursos. Taher declaró
en entrevistas que el corte final era exactamente la película que tenía en la
cabeza, sin escenas que deseara haber incluido. Eso se nota en el resultado: no
hay nada sobrante. Cada escena está para algo. Cada detalle cumple una función
doble, como ya he dicho antes.
La dirección
de actores es igualmente contenida. Mohamed Mamdouh tiene formación teatral y
podría haber llevado este material hacia la sobreactuación, pero el film lo
contiene en la expresión facial que comunica máximo. Sus ensayos del discurso,
donde prueba versiones distintas en tono serio, en tono casual, en tono
entusiasta, son pura comedia física sin necesidad de comentarios adicionales.
Con Jessica
Hosameldin, que interpreta a Malak, Taher tomó otra decisión inteligente: la
niña no sabe que está en el centro del conflicto. Para ella, el día fue normal.
Fue a su lección de matemáticas, volvió a casa, le contó a su papá que el
profesor se enojó con Taymour. Su normalidad es el contrapunto perfecto a la
catástrofe interna de Hazem, y esa brecha entre la percepción de los dos
personajes es donde vive la mayor parte del humor del corto.
Hazem no es
un mal padre. El film trabaja deliberadamente para que eso quede claro desde el
principio: cocina para ella, come con ella, le pregunta por sus estudios y se
ríe con ella. La relación que vemos en la mesa es genuina y cálida. Su problema
no es la distancia afectiva, sino que nadie le enseñó el idioma de la
vulnerabilidad femenina. Nadie le habló nunca sobre pubertad femenina, ni sus
padres, ni la escuela, ni ningún modelo masculino en su entorno. La señora Nora
misma, cuando le da el mensaje, lo hace como si estuviera descargando una
responsabilidad que le avergüenza haber tenido que asumir. El cuerpo de Malak
se volvió un tema, y Hazem no tiene herramientas para abordarlo.
Lo que el
corto hace bien es no juzgar esa incapacidad desde arriba. La mirada de Taher
hacia Hazem es compasiva precisamente porque entiende de dónde viene esa
parálisis. No se trata de negligencia ni de falta de amor. Se trata de un
hombre que fue formado dentro de un sistema de silencio sobre ciertas cosas, y
que ahora, solo, sin la mediadora que hubiera sido su esposa, tiene que navegar
ese territorio con los recursos que no tiene.
La esposa de
Hazem no aparece en el corto, pero está en todas partes. Su ausencia pesa. Está
en la foto de la pared. Está en la frase que él ensaya para entregar el regalo:
“Este regalo es de parte de tu mamá”. Está en la pregunta que le hace a la foto
cuando se queda solo: “¿No me vas a ayudar?”
Esa ausencia
estructurada es uno de los elementos más cuidados del guion de Dabbour. La
muerte de la madre no se explica ni se convierte en escena de backstory.
Simplemente existe como la razón por la que este hombre está solo en este
territorio sin guía. Su duelo no interrumpe el film; lo motiva desde atrás.
Cada torpeza de Hazem viene de ese hueco.
La decisión
de hacer que Hazem termine atribuyendo el regalo a su esposa muerta es
psicológicamente precisa. Es la única forma que encuentra para darle a ese
gesto un marco que su hija pueda aceptar sin preguntarle demasiado. Y es
también, involuntariamente, la forma en que él mismo procesa lo que está
haciendo: no lo está haciendo él, lo está haciendo la madre de Malak a través
de él. El duelo como delegación de responsabilidad emocional. Es complicado y
es verdadero.
Hay una
secuencia que vale la pena discutir: el momento en la tienda cuando el vendedor
asume que Hazem está comprando el brassière para una novia o una amante.
La reacción del vendedor es complicidad: a ellas les importa que a ellos les
importe, le dice, con ese tono de hombre-a-hombre que pretende enseñarle algo
sobre las mujeres.
El film hace
algo simple pero agudo ahí. Antes de que Hazem pueda decir que es para su hija,
el vendedor ya construyó una narrativa completa sobre quién es ese hombre y qué
está haciendo. La sociedad se proyecta antes de preguntar. Un hombre solo
comprando lencería es, por defecto, un hombre con motivaciones ulteriores. La
posibilidad de que sea un padre cuidadoso no es la primera hipótesis de nadie.
Cuando Hazem
dice “es para mi hija”, el cambio en el vendedor es instantáneo: borra la
sonrisa, guarda toda la lencería sexy, y se queda en un silencio incómodo que
dura unos segundos antes de volverse profesional de forma mecánica. Esa
transición es muy cómica, sí (casi me ahogo tomando una bebida). Pero también
dice algo sobre cómo la paternidad activa, la que implica cuidado físico y
práctico de los hijos, es un espacio que la cultura popular no ha elaborado
bien para los hombres.
La decisión
de ambientar el film en 2005 no es decorativa. Durante ese año, el celular de
Hazem todavía es un modelo básico con cámara de pixel, y eso significa que no
tiene acceso a búsquedas rápidas, a foros de padres, a cualquier cosa que hoy
resolvería en treinta segundos de Google. Su mundo de recursos es pequeño: su
instinto, lo que le enseñaron, y la señora Nora. Los tres le fallan, para
variar.
Haitham
Dabbour tiene una carrera extensa como novelista y guionista antes de 32B,
y eso se nota en la densidad y filo del diálogo. El texto trabaja en dos
registros simultáneamente: el de la comedia de situación, con sus malentendidos
y sus silencios calculados, y el del drama íntimo, con sus ausencias y sus
cosas no dichas. Que esos dos registros no se contradigan, sino que se
alimenten mutuamente es una marca de guion maduro.
Toda familia
tiene sus conversaciones pendientes. Las que se posponen una semana y luego un
mes y luego un año. A veces se trata de algo enorme. A veces se trata de algo
tan pequeño como un brassière. Y la distancia entre esas dos cosas,
entre lo enorme y lo pequeño, es exactamente donde vive 32B.
Hazem nunca
tiene la conversación que planeó. El discurso ensayado frente al espejo, las
versiones en tono serio, en tono casual, la última versión con la voz de su
esposa muerta prestada como intermediaria, todo eso se queda sin pronunciar. Pero
la conversación imposible fue también innecesaria. Y en ese espacio entre lo
que Hazem quería hacer y lo que terminó ocurriendo, el film encuentra su verdad
más dura: los hijos no esperan a que sus padres estén listos.
Taher y
Dabbour entendieron algo que muchos cineastas con mucho más presupuesto y
experiencia no entienden: que la intimidad no se construye con los momentos
grandes sino con los pequeños. Con la pasta de la cena, con los 50 libras para
los “documentos del profesor”, con el chicle del vendedor y su teoría del amor.
Que la especificidad de un lugar y un tiempo, la Cairo de 2005 con sus tiendas
de lencería brillosas y sus charts de tallas que nadie sabe leer, no achica una
historia, sino que la arraiga en el espectador. Y que un hombre que no sabe
cómo decir algo, pero lo intenta de todas formas, con torpeza y sin manual, es
infinitamente más interesante que uno que lo dice bien.
A final de
cuentas, 32B es un gesto de amor que no encuentra su forma correcta, y
que no la necesita, porque el amor ya estaba ahí mucho antes de que el objeto
existiera.
REPARTO
Mohamed
Mamdouh, Hana Shiha, Ahmed Dash, Jessica Hossam El Din, Gehad Hossam Eldin
EQUIPO
Director – Mohamed Taher
Screenwriter – Haitham Dabbour
Director of Photography – Mostafa Fahmy
Editor – Baher Rasheed
Production Designer – Asem Ali
Sound Design and Mixing – Ahmed Sabbour
Film Soundtrack – Ahmad Mostafa Zaky
Producer – Ahmed Nouh
Costume Designer – Ghadeer Khaled
Line Producer – Ahmed Gamal, Mohamed Ismael
Executive Director – Osama Khalil
Colorist – Sami Nassar
Sound Recordist – Youssef El-Mehy
First Assistant Director – Salma Abdelkader
Script Supervisor – Rania Roshdy
Assistant Director (Wardrobe) – Sara El-Nady
Assistant Director (Props) – Firas Helmy
Ronin Operator Cameraman – Basem Mostafa
Focus Puller – Hassan Khashaba
Clapper – Hassan Hamdy
Key Grip – Hassan Gad
Key Grip Assistants – Ahmed Ali, Mahmoud Ali, Mostafa Shams
Gaffer – Ahmed Rashad
Best Boy – Ahmed Nasser, Ahmed Hany, Islam El-Sawy, Hassan Haseeb, Ahmed
Kony
Makeup & Special Effects – Banan Fathy
Cast Coordinator – Sayed Hosny
Production Manager – Sayed Warad
Location Managers – Mahmoud Hosny, Farouk Hany, Youssef Ahmed
Production Team – Karim Waheed Tyson, Karim Alaa, Ahmed Emshir, Amr El-Gentel,
Mohamed Raafat, Mohamed Hafez, Mostafa Kamel
Art Director – Salma Sabry, Amir Magdy, Ahmed Waheed
Costume Design Assistants – Mariam Fathallah, Ghada Mostafa
Scenery Coordinator – AMR Psycho
Props Team – Mohamed Koshary, Karim Koshary, Youssef Khalifa, Islam
Sheeka, Hassan Hilal
Boom Operator – Khalil Magid
Cello – Nour Elshamy
Set Construction – Hussein Wazeh
Wardrobe – Refaat Abdel Hakim
Making Of – Engy El-Shazly
Hairdresser – Hassan El-Korzly
Hairdresser Assistants – Mostafa Kojak, Medhat Samir
Makeup – Shady Reda
Makeup Assistant – Wegz
Wardrobe Assistants – Samir Abdel Rahba, Mahmoud Hafez, Raafat Hassan
Video Assist – Islam Mohsen, Ahmed Hussein
Camera Supervisor – Abdel-Zaher Ibrahim
Camera Technician – Taha Azab
DIT – Mohamed Sobhy
Camera Assistants – Hassan Abu Gabal, Mazen Abdel-Zaher
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