Reseña | "Boy on Fire" de Alies Sluiter
BOY ON FIRE
SINOPSIS
Cuando Noah,
de dieciocho años, se enamora, debe decidir si revela o no su pasado criminal.
¿Debería una terrible decisión tomada en la infancia definir toda una vida?
RESEÑA
¿En qué
momento deja un cuerpo de ser el cuerpo que hizo daño? No hablo de inocencia ni
de culpa legal. Hablo de algo más simple y, por eso mismo, más insoportable: la
pregunta de si uno sigue siendo, en algún sentido profundo, la persona que
cometió un acto que ni siquiera recuerda haber elegido del todo.
Crecer es,
entre otras cosas, dejar de ser quien fuimos, pero sin dejar de cargar su peso.
El niño que fuimos a los doce años no eligió las manos que tenía, no eligió su
miedo, ni el instante exacto en que el mundo se le volvió irreversible. Y sin
embargo ese niño firma cada documento de nuestra vida adulta. Cambiamos de
nombre, de ciudad, hasta de cara si hace falta, y el niño sigue ahí, adentro,
esperando a que alguien lo reconozca en una fiesta cualquiera, en una mirada
cualquiera, para decir: yo sé quién eras.
Los
existencialistas tienen razón en algo: estamos condenados a elegirnos todos los
días, incluso cuando la elección ya fue hecha por nosotros mucho antes de que
tuviéramos edad para entenderla. No hay esencia previa que nos salve ni nos
condene de antemano. Pero hay un pasado, y el pasado, a diferencia de la
esencia, no se puede argumentar.
¿Qué
hacemos, entonces, con el amor que llega después? ¿Con la mano que por fin
alguien quiere tomar, sin saber lo que esa mano hizo cuando era pequeña? El
amor, cuando es honesto, exige una historia completa. Y la historia completa,
cuando incluye algo irreparable, exige una valentía en peligro de extinción: la
de contarla y arriesgarse a que el amor no sobreviva a la verdad. O la de
callarla, y arriesgarse a que el amor sea, entonces, sobre alguien que en
realidad no existe.
No hay agua
que alcance para esa clase de limpieza. No hay fuego que purifique sin antes
quemar todo lo construido sobre las cenizas. Quizás la pregunta nunca fue si
merecemos ser perdonados. Quizás la única pregunta que de verdad importa es si
alguna vez dejamos de estar solos frente a lo que hicimos, aunque en ese
entonces fuéramos apenas niños intentando sobrevivir a algo sin nombre.
Boy on Fire dura sólo quince minutos y los usa todos. Está dirigido por Alies
Sluiter, una directora australiana que llegó al cine por un camino único: pasó
mucho tiempo como violinista y compositora, tocando en más de cincuenta países
junto a gente como Nitin Sawhney o Akram Khan, antes de sentarse a escribir
guiones. Esa trayectoria me parece de suma importancia porque se nota en el
oído del cortometraje. Sluiter estudió el MFA de guion en Columbia y ganó el
premio Arthur J. Harris en 2020 con el guion original de largometraje del que
sale este corto.
La premisa
de éste, dicha rápido, podría sonar a melodrama adolescente, pero no nos
equivoquemos: Noah, un adolescente, se enamora de Sonia, la hija de su jefe, y
tiene que decidir si le cuenta o no su pasado. Dicha despacio, la premisa es
otra cosa: Noah mató a una compañera de clase cuando tenía 12 o 13 años. Salió
del sistema de justicia juvenil con un nombre nuevo y la tarea imposible de
construir una vida normal sobre un cimiento que nadie querría mirar.
Originalmente,
la película iba a estar centrada en otra relación, la de Barb, la tutora de la
cárcel juvenil, y tal adolescente, antes llamado Cain. En el corto, esa
historia sigue allí, pero casi como un eco: Barb sigue ahí, pero la cámara la
deja en un segundo plano, porque ahora el centro es la vida después, no la
condena. Esto nos da una pista de cómo quiere ser leído el cortometraje: no
como una defensa, sino como una pregunta abierta sobre si un acto cometido a
los doce años puede definir para siempre a la persona que lo cometió.
La
estructura de Boy on Fire es engañosamente simple: un día, de la mañana
a la noche, que arranca en una cama y termina en una piscina. Pero dentro de
ese arco de veinticuatro horas, Sluiter organiza la información como una bomba
de tiempo. Empezamos en la intimidad de la pareja, seguimos por un almuerzo con
Barb, después una entrega de flores en el supermercado donde trabaja Sonia, y
cerramos en una fiesta en casa de Erica que se convierte en juicio público.
Cada escena suma presión sin que el espectador sepa todavía qué es lo que se
está por revelar (y, lo que es más: nunca lo sabe del todo). Es una estructura
de revelación tardía clásica, sí, pero lo interesante es que el cortometraje nunca
nos da acceso a la información antes que a los personajes. Nosotros descubrimos
quién es Noah exactamente cuando Sonia lo descubre. No hay flashbacks, no hay
voces en off explicativas, no hay una escena de “lo que pasó”. La cámara se
queda pegada a la cara de Will McDonald y deja que su pánico cuente lo que las
palabras no dicen, ni dirán.
Esa decisión
de punto de vista —quedarse encerrados en la subjetividad de Noah— es
probablemente la apuesta más fuerte del corto. Cuando él entra en pánico en la
fiesta, antes de reconocer a alguien del pasado, el sonido ambiente se apaga.
Las amigas de Sonia le hablan y él tarda en reaccionar, como si la voz le
llegara desde otra habitación. Es un recurso simple, casi de manual, pero
funciona porque está fríamente calculado: aparece solo en los dos o tres
momentos donde el trauma le gana la pelea al presente. El resto del tiempo, el
sonido es naturalista, lleno de música, de la charla superpuesta y un poco
caótica de una fiesta real, con las risas pisándose unas a otras.
Visualmente,
la película construye una escala de espacios que van de lo íntimo a lo
expuesto. El dormitorio es el lugar donde Noah está más cerca de decir la
verdad y, paradójicamente, donde más falla en hacerlo: el guion lo deja
tartamudeando una mentira sobre estudiar mecánica cuando en realidad quiere
hablar de algo completamente distinto. El restaurante con Barb es un espacio de
tregua, casi terapéutico, marcado por una asimetría pequeña pero elocuente: él
come, ella sólo toma café. Es el único lugar donde Noah parece respirar con el
pecho entero. El supermercado es trabajo, rutina, lo cotidiano que Noah ha
logrado construirse. Y la fiesta es la trampa: un espacio social que Noah no
controla, lleno de desconocidos, donde cualquier cara puede ser la cara
equivocada.
Las
actuaciones sostienen todo esto. Will McDonald construye a Noah desde la contención
física: hombros encogidos, mirada baja, una sonrisa que se le cae a mitad de
camino. ¡Qué pedazo de actuación! Shantae Barnes-Cowan, como Sonia, tiene la
tarea más difícil del corto: pasar de la ternura a la traición sentida en
cuestión de minutos, y lo resuelve sin golpes de efecto, con un silencio largo
antes de la pregunta final. Kris McQuade le da a Barb una autoridad tranquila,
de alguien que ya vio lo peor del sistema y no se asusta fácilmente. Y Alex
Kirwan, como Martin, aun en su corta intervención, evita el cliché: su furia
tiene el timbre de alguien que también está reviviendo un duelo.
No sé qué
tan a propósito sea esto, pero los nombres son la primera pista de que este
cortometraje piensa en serio sobre identidad. Noah —el del arca, el que
sobrevive al diluvio y empieza de nuevo— es el nombre que el protagonista
eligió o le dieron para reconstruirse después del sistema juvenil. Cain es el
nombre con el que nació, el nombre que Martin grita en la fiesta como una
acusación bíblica directa: el primer asesino, el hermano marcado para siempre,
condenado a vagar.
Pero
conviene no quedarse sólo en la lectura del castigo eterno, porque el mito de
Caín también habla de la marca como protección, no únicamente como condena. En
el Génesis, la marca de Caín existe para que nadie lo mate, para garantizarle
una vida después del crimen. Leído así, el cambio de nombre de Cain a Noah no
es solamente una huida: es el intento, patrocinado por el propio sistema de
justicia juvenil, de darle al chico una oportunidad real de seguir vivo bajo
otra identidad. La tragedia es que esa segunda oportunidad depende de un
secreto que tarde o temprano alguien va a destapar, y en un lugar con escuelas
compartidas y amigos en común, ese “tarde o temprano” siempre está más cerca de
lo que el protagonista quiere creer.
Al final, la
piscina —que en cualquier otra película funcionaría como bautismo, como
purificación o como segunda oportunidad— se convierte en el lugar de la
humillación pública. Sonia tiene que meterse a sacarlo, y el corto deja muy
claro, en la mirada de Noah, que él hubiera preferido quedarse hundido, hubiera
preferido morirse ahogado. El agua no lava nada aquí. Lo único que hace es
exponerlo, empapado, frente a la misma gente que lo acaba de juzgar.
El título
trae fuego, no agua, y eso también tiene su propia lógica. El fuego en la
tradición simbólica es ambivalente: destruye y purifica al mismo tiempo,
castiga y también forja. La canción que cierra la película, interpretada por
Taasha Coates, vuelve sobre esa imagen, dejando flotando la pregunta de si ese
fuego alguna vez deja de perseguir a quien lo carga. No hace falta citar la
letra para sentir su función: es un cierre elegíaco, no de consuelo. La música
no le da paz a Noah. Lo acompaña mientras se va, mojado, ardiendo de vergüenza,
y ya.
Hay otro
hilo que me parece central y que la película trabaja con cuidado: la pregunta
filosófica sobre la edad de la culpa. El guion original, el de largometraje,
sitúa a Cain con diecisiete años cumpliendo condena por algo hecho a los doce.
En el corto, Barb le dice que ya no tiene trece años, como si esa edad fuera la
frontera entre quién era y quién es ahora. La directora fue explícita conmigo
sobre esto: a los trece años, en la mayoría de los países (aunque no en
Australia), Noah no habría sido considerado penalmente responsable. ¿Qué
hacemos, como sociedad, con un crimen cometido por alguien que legalmente, en
otro lugar del mundo, no podría ni siquiera haber sido juzgado como adulto?
Boy on Fire conversa con una tradición de cine que mira la violencia desde adentro
del perpetrador en vez de desde afuera, desde la víctima o el sistema. The
United States of Leland, de Matthew Ryan Hoge, es, para mí, la referencia
más directa por estructura: ahí también seguimos a un chico que cometió un
crimen y que, en flashback, va revelando capas de un dolor que no excusa, pero
sí complica el acto. We Need to Talk About Kevin, de Lynne Ramsay,
trabaja un territorio cercano desde la perspectiva de la madre, preguntándose
qué tanto puede una crianza explicar una masacre. Aunque Boy on Fire se
aparta de esas referencias en un punto clave: no muestra el crimen, ni siquiera
en fragmentos. Esa ausencia total de la violencia original es una decisión de
guion fuerte, porque obliga al espectador a construir su propio juicio sin el
morbo propio de la reconstrucción.
Sluiter fue
clara, cuando le pregunté directamente, sobre el origen de la historia: no es
ficción pura. Tiene un familiar que trabajó en el sistema penitenciario y ella
misma dio clases como tutora en una cárcel, experiencia que se nota en la
precisión con la que retrata el vínculo entre Barb y Noah, esa mezcla de
autoridad y cuidado que sólo entiende quien estuvo ahí adentro. Esa raíz
documental explica por qué la relación entre maestra y exconvicto tiene una
textura tan distinta a la del resto de la película: menos dramatizada y más
observada.
La decisión
de no mostrar el crimen ni explicar del todo qué pasó con Chloe —la compañera
asesinada, mencionada sólo por nombre en el momento de la confrontación—
tampoco es casual. Sluiter explicó que el corto no tenía tiempo de mostrar las
dos caras de la historia, la del antes y la del después, así que eligió
quedarse con el después y dejar que el peso del pasado llegara por inferencia,
casi por contagio emocional, a través del miedo de Noah. Esa es una apuesta de
guionista con oficio: confiar en que el espectador no necesita ver el cuchillo
para entender la herida.
Sobre la
relación entre Noah, Martin y la víctima, Sluiter me confirmó algo que cambia
la lectura de la escena de confrontación: Martin no es un desconocido que se
entera por rumores. Fue compañero de escuela de Noah y de Chloe. Conoce los
hechos de primera mano. Eso convierte su furia en la fiesta en algo más
personal que indignación moral abstracta: es el dolor de alguien que tal vez perdió
a una amiga de la infancia y que, de pronto, se encuentra cara a cara con quien
se la quitó, en la fiesta de una novia, como si nada. La escena deja de ser sólo
“el secreto sale a la luz” para convertirse en un reencuentro de duelo no
resuelto.
El debate
que más me interesa, y que el corto deja abierto a propósito, es si la elección
de no mostrar nunca la violencia original es honestidad artística o es, en el
fondo, una manera de protegerse de la incomodidad real de mirar de frente lo
que un niño de doce años hizo. Una posible lectura diría que la ambigüedad
respeta al espectador. Hay otra, más exigente, que diría que el cortometraje se
reserva el derecho de generar empatía por Noah sin pagar el costo narrativo de
mostrarnos del todo de qué empatía estamos hablando. No creo que haya una
respuesta correcta, y sospecho que esa tensión sin resolver es exactamente lo
que hace que Boy on Fire se quede tan presente después de verlo, en vez
de cerrarse en una moraleja cómoda.
Lo que
sostiene a Boy on Fire no es la originalidad de su premisa, sino la
disciplina con la que Sluiter se niega a resolverla sencillamente: un nombre
nuevo que no alcanza para borrar el viejo y un cuerpo que no puede tener
intimidad porque la intimidad le recuerda lo que hizo con sus propias manos a
los doce años.
La película
confía en sus actores, en sus silencios y en una estructura de un solo día para
construir algo que se siente, contra todo pronóstico para un drama de quince
minutos, completo. Termina sin resolución, con Noah caminando empapado hacia la
salida, y esa imagen final —no la confesión, no el perdón, sino la simple
humillación pública de ser visto exactamente como uno teme ser visto— es la que
se queda contigo. Sluiter no escribió una historia sobre si Noah merece el amor
de Sonia. Escribió una historia sobre si alguien que cargó un nombre como Caín
puede, alguna vez, dejar de ser visto sólo a través de él. El corto no responde
que sí. Tampoco responde que no. Deja al espectador con la pregunta en llamas,
como el título promete, y ahí es donde el cortometraje realmente vive.
REPARTO
Will McDonald, Shantae Barnes-Cowan, Kris McQuade, Mackenzie Mazur,
Kavitha Anandasivam, Alex Kirwan, Jacqy Philips, Ky Speedy, Katherine Long,
Laila Aldridge, Arwen Diamond, Hannah Moore, Kate Wooding, Tamzin Arthur, Aisha
Luack, Kynan Hartley, Emma Richardson, Karly Steer, Rehana Hopkins, Dion
Lobianco, James Pearce, Kai Mottershead
EQUIPO
Written and Directed by Alies Sluiter
Produced by William Littleton
Blue Soup Productions
Executive Producers – Rebecca Summerton, Mahak Jiwani, Tom Williams
Director of Photograohy – Jeremy Rouse ACS
Editor – Simon Njoo ASE
Production Design – Benjamin Allen
Costume Design – Emma Campbell
Hair and Makeup Design – Karen Gower
Score Composed by Alies Sluiter, Olga Wojciechowska
Casting – Allison Meadows, Mullinars Consultants
Production Coordinator – Van Nguyen
1st Assistant Director – Waeel Nassereddine
2nd Assistant Director – Liz Follett
1st Assistant Camera / Focus Puller – Nicholas Jackson
2nd Assistant Camera – Rebecca Duncker
3rd Assistant Camera – Tristan Wall
Underwater Camera – Malcolm Ludgate
Key Grip – Isabelle Senior
Grip – Liam Blacker
Ronin – Matan Tatarko
Gaffer – Marcus Bosisto
Best Person – Brode Foscaro
Sound Recordist – Nigel Sweeting
Boom – Aidyn Davis
DIT – Raphael Rivera
Script Supervisor – Hannah Moore, Madeleine Parry
Hair and Makeup Artist – Adele Shearwin
Hair and Makeup Assistant – Georgia Edgar
Costume Assistant – Roxy Brown
Standby
Props – Mel Van Dierman, Netra Dulal
Stunt
Coordinator – Johnny Hallyday
Intimacy
Coordinator – Ruth Natalie Fallon
Stills Photographer – Serkan Kerbaci, Jacie Davis
Driver – John Littleton
Catering – Clare Littleton, Catherine Fitzgerald
Post Production
Music Licensing – Julie Hodges, Position Music
Sound Designer and Mixer – Pete Smith
Editorial House – ARC
Managing Director – Joseph Perkins
Producer – Michaela Fenton
Assistant Editor – Liam James
Head of Technology – Rob Weekhout
Post House – Kojo Studios
Colorist – Marty Pepper
Online Editor – Suriyna Sivashanker
Post Coordinator – Georgia Lippe
VFX Supervisor – Marty Pepper
VFX – Rebecca Wells
Titles – Raynor Pettge
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