Reseña | "Freak" de R.J. Sanchez

FREAK



 

SINOPSIS

2006, South Central LA. Angel, estudiante de segundo año de secundaria, se enfrenta a un dilema en una fiesta: ¿bailar de forma extravagante con la chica que le gusta o perder su oportunidad?

 

RESEÑA

Yo creo que uno de mis talentos ocultos podría ser reconocer un video dirigido por Cliqua aun con el sonido apagado, o en este caso, por uno de sus dos integrantes: R.J. Sanchez, y culpo al video musical de Ignorantes, de Bad Bunny por ello. Si lo he visto 100 veces el poco, pero bueno, ese no es el punto.

Antes de que Freak tuviera título frente a mis ojos, la película ya se sentía como algo de Cliqua. Hay una cierta forma de mirar a los personajes, de dejarles espacio sin abandonarlos, de encontrar lo cómico y lo vulnerable en el mismo encuadre sin que ninguno de los dos cancele al otro.

El cuerpo de trabajo de Cliqua es vasto y, visto en conjunto, extraordinariamente coherente. En sus videos para Rosalía, Bad Bunny y The Weeknd hay una tensión constante entre lo monumental y lo íntimo que pocos directores de su generación manejan con esa soltura. Sus paletas de color son densas, casi táctiles. Pero lo que distingue a Cliqua de otros directores visualistas es que sus imágenes nunca son decorativas: cada elección cromática, cada movimiento de cámara, cada corte de edición está amarrado a la lógica emocional del personaje que está en el encuadre. En el trabajo que hicieron para el arco visual completo de Dawn FM de The Weeknd, esa disciplina es particularmente visible: ahí donde otro director habría cedido a la espectacularidad por la espectacularidad, Cliqua mantuvo el foco en el intérprete, en el gesto, en lo que le pasa a la cara de alguien cuando una canción lo atraviesa.

Pero quizás lo más propio de Cliqua, lo que los separa de sus contemporáneos de forma más clara, es su relación con la identidad cultural. Son dos cineastas mexicoamericanos (¡a huevo!) de South Los Angeles que hacen videos para los artistas latinoamericanos más grandes del planeta, y en ese tipo de trabajos hay siempre una negociación entre celebración y subversión. No reimaginan la cultura latina para que sea digerible para el extranjero; la filman desde adentro, con la familiaridad de quien creció en ella y la distancia de quien también aprendió a leerla críticamente. El grano de película que superponen sobre setups digitales prístinos es parte de ese proyecto: es una textura que ancla lo contemporáneo en algo que tiene historia, que tiene cuerpo, que no podría haber sido hecho en cualquier momento ni en cualquier lugar. La comedia que aparece en su trabajo no es nunca la del outsider que observa la cultura popular latinourbana con extrañeza; es la comedia de alguien que conoce los códigos tan bien que sabe exactamente dónde están los absurdos, los momentos en que el ritual social se vuelve lo suficientemente extraño como para ser gracioso y lo suficientemente verdadero como para doler aunque sea un poquito.



Todo eso está en Freak. El maniquí en el cuarto de Angel no es sólo un gag cómico: es un objeto surreal que Sanchez filma con la misma seriedad con que filmaría cualquier otra cosa, porque en la lógica del personaje tiene una función completamente real. La incomodidad que genera esa escena no viene de que la cámara se ría del personaje, sino de que no lo hace, de que lo trata con una especie de respeto impasible que hace el chiste más gracioso y la vulnerabilidad más visible al mismo tiempo. Esa es la firma. La misma que aparece en sus videos, la misma que Sanchez llevó a un cortometraje sobre un chico de South Central que no sabe bailar y que, de alguna forma, termina siendo una de las piezas más honestas sobre la adolescencia masculina latinoamericana que he visto.

R.J. Sanchez dirigió esta pieza como parte de la convocatoria Anora x Kodak x NEON, curada por Sean Baker, cuyo brief era tan ambiguo y tan exigente al mismo tiempo: “tell us your love story.” La instrucción es casi una trampa. "Tu historia de amor" puede derivar fácilmente en algo grandilocuente, en algo que intenta tocar demasiado y abarcar la trama del universo entero. Sanchez fue en la dirección contraria: regresó a una tarde específica, a un tipo específico de vergüenza adolescente, a un baile que mucha gente ya olvidó pero que, en cuanto lo mencionas, te devuelve al cuerpo de tu yo de quince años como si nada hubiera pasado.

El resultado ganó el premio a Mejor Cortometraje Narrativo en el Atlanta Film Festival y se estrenó en el Santa Barbara International Film Festival en 2025. No es un triunfo menor para un proyecto que, en términos de premisa, suena casi como un sketch de comedia: “chico latino practica freak dancing con un maniquí en su cuarto para no quedar en ridículo en la fiesta del fin de semana”. Pero Sanchez sabe exactamente qué está haciendo, y la diferencia entre una comedia de vergüenza ajena y algo que genuinamente te mueve está en el nivel de honestidad que el director le pone encima.

Freak es, en ese sentido, un regreso a casa. Una pieza rodada en 16mm con la cámara 500T de Kodak, con música que Sanchez escuchó de adolescente en South Los Angeles, ambientada en 2006 porque ese era su mundo entonces.

Freak funciona en un arco que parece sencillo, pero está calibrado con mucha precisión. El cortometraje arranca con una yuxtaposición que ya dice todo lo que necesitas saber sobre el estado mental de Angel: el tutorial de freak dancing en pantalla y, simultáneamente, un chico caminando por en medio de la calle con la mitad inferior de un maniquí femenino bajo el brazo. La imagen es absurda, tierna y un poco perturbadora en proporciones iguales. Es también completamente lógica dentro de la lógica adolescente: si no sabes cómo hacer algo, buscas un sustituto para practicar en privado antes de enfrentarte a lo real (spoiler – sale mal).

La estructura narrativa sigue un patrón clásico de comedia de vergüenza en tres tiempos: preparación, fracaso público y redención. Pero Sanchez evita que se sienta mecánico porque cada uno de esos momentos tiene capas adicionales que no son estrictamente necesarias para el chiste. La escena del cuarto, donde Angel practica solo con el maniquí mientras suena “Blow the Whistle” de Too $hort, podría haberse jugado únicamente como gag. En cambio, el silencio incómodo que precede a que él ponga la música tiene peso real: es el silencio de alguien que está a punto de hacer algo ridículo porque no tiene otra opción.



El ritmo del cortometraje alterna entre momentos de comedia y momentos de observación más tranquila. La escena en el automóvil, con Angel comprimido entre sus dos amigos mientras se quejan del asiento del medio, tiene esa cadencia de conversación masculina adolescente que reconoces inmediatamente: las burlas afectuosas, el humor como forma de procesar ansiedad y la competencia silenciosa que nadie admite. Y después, en la fiesta, cuando Angel ve a la pareja que baila y su cara no es de admiración sino de algo más parecido al duelo, el cortometraje sale brevemente de la comedia y toca algo más vulnerable.

El iris shot de Mayra, su crush, es el momento más estilizado de la pieza, y funciona porque contrasta con el resto del lenguaje visual. Ese círculo que enmarca sólo su cara, que la separa del fondo ruidoso de la fiesta, es la imagen del deseo adolescente tal como se experimenta: el mundo literalmente se reduce a una persona. Y cuando ella se va porque él no responde, la imagen se abre de nuevo y Angel está otra vez en el ruido, solo.

La secuencia del globo con óxido nitroso es quizás la más lograda del cortometraje en términos de transición entre registro cómico y registro onírico. El amigo que hace freak dancing con el globo hasta que este estalla y pregunta si le consiguen otro es puro slapstick, ejecutado con timing perfecto. Pero el globo que le pasan a Angel cumple una función narrativa más seria: es la puerta de entrada a su fantasía de baile.

La secuencia del sueño —Angel solo en el patio, bailando salsa con precisión y gracia, siendo abucheado por nadie— es el corazón psicológico, si así podría decirse, de la película. El baile que él ejecuta en su imaginación no es freak dancing. Es algo completamente distinto, algo que viene de él, y aun así su mente lo convierte en objeto de burla. El temor no es a no saber bailar; es a ser juzgado por quien realmente es.

El 16mm con 500T le da a Freak una textura que ningún formato digital puede replicar: grano visible, colores con un ligero velo cálido y sombras que no son perfectas. Para una historia ambientada en 2006 en South Central, eso es históricamente apropiado —así se veía ese mundo en pantalla entonces, lo recuerdo perfectamente porque lo viví también a mis 8 años— pero también es una decisión estética que habla de memoria. El grano del 16mm es literalmente el grano del recuerdo, la forma en que la memoria no guarda imágenes nítidas sino… sensaciones.

La paleta de color oscila entre los interiores cálidos, casi dorados, de la habitación de Angel y los azules más fríos de la noche de la fiesta. Es una distinción que no se hace explícita pero que está ahí: el espacio privado tiene temperatura emocional y el espacio público tiene una frialdad que hay que atravesar.



El encuadre de Angel en el automóvil es curioso: consistentemente comprimido entre sus dos amigos, visualmente más pequeño, el espacio que ocupa en el frame refleja exactamente cómo se siente: reducido, contenido y observando más que participando. Cuando se mueve al espacio abierto de la fiesta, sigue teniendo esa postura de alguien que está de más, mirando hacia adentro de sí mismo.

Blow the Whistle” de Too $hort es la columna vertebral musical del cortometraje y una elección brillante. La canción es de 2006, lo que ancla la ambientación con precisión, pero también tiene una connotación sexual directa que contrasta con la torpeza total de Angel. El “blow the whistle” que repite Too $hort mientras Angel practica con el maniquí es, simultáneamente, la aspiración y la distancia entre esa aspiración y la realidad. Que la misma canción suene después, cuando Maya la pone en el cuarto y los dos finalmente bailan, funciona como resolución temática: la canción no cambió, sino el contexto en que ocurre.

Si Freak tuviera que reducirse a una sola imagen, sería ese perturbador maniquí. Literalmente una representación de lo femenino vaciada de subjetividad: sólo el cuerpo, sólo la forma, sin mirada propia. Angel lo usa como sustituto porque el original —la mujer real, con sus propios deseos y reacciones— le produce terror.

El hecho de que sea específicamente la mitad inferior del maniquí —las caderas, el trasero— conecta directamente con la lógica del freak dancing, que es un baile centrado en el contacto entre las caderas del hombre y el trasero de la mujer. Es una forma de baile que convierte el cuerpo femenino en el eje del movimiento mientras el hombre, paradójicamente, no sabe qué hacer con el suyo. Esa inversión es parte del chiste, pero también es parte de la observación más profunda del cortometraje sobre cómo los adolescentes masculinos aprenden a relacionarse con los cuerpos femeninos: a través de la representación, a través del ensayo privado, a través de todo… menos el contacto real.

Que el cortometraje termine con Angel tirando el maniquí a la basura a la mañana siguiente es el gesto de cierre más limpio. Ya no lo necesita. El sustituto cumplió su función o quedó obsoleto; lo importante es que lo real se impuso.

Mucho de lo que Angel experimenta a lo largo del cortometraje es el peso de tener que demostrar algo. Sus amigos lo presionan, en el tono burlón de quienes te quieren, pero no saben expresarlo de otra forma. La mujer que le gusta asume que él ha bailado antes y él dice que sí, por supuesto que sí, con una voz que no convence a nadie. La vergüenza que siente no es simplemente timidez; es el terror específico a ser descubierto como alguien que no sabe, como alguien que no es suficiente dentro de los códigos de su propio grupo social.



Lo que el cortometraje hace con esa ansiedad es interesante porque no la resuelve a través de que Angel se vuelva de repente competente. La resolución llega porque alguien le quita la presión de demostrar: Mayra lo guía, le dice “there you go”, lo dirige físicamente en el momento en que él se congela. Y en cuanto la presión de saber desaparece, él puede simplemente seguir. El cuerpo sabe hacer cosas que la mente paraliza.

Sanchez fue explícito sobre su proceso: buscaba “algo simple y universal”. Su método fue personal antes que conceptual. Regresó a su propia experiencia adolescente, a las fiestas de South Central, a una cultura dancística específica que ya empezaba a desvanecerse cuando él era adolescente. El hecho de que los actores jóvenes que usó en el cortometraje no tuvieran idea de qué era el freak dancing —“los chicos en el corto no tenían ni idea, lol”, escribe— no fue un problema sino una confirmación.

Lo que hace que Freak funcione, en última instancia, no es ninguna de sus partes por separado sino la forma en que todos sus registros coexisten. Es simultáneamente gracioso y tierno, nostálgico y específico, universal y profundamente de un lugar. Sanchez logra tomar un material que podría haberse quedado en el chiste y convertirlo en algo que deja una pequeña marca después de que termina, o al menos, que dejó una pequeña marca en mí.

La clave es que el cortometraje confía en su personaje. Nunca lo ridiculiza por encima de lo que el propio Angel ya se ridiculiza a sí mismo. La cámara lo observa con la misma mezcla de humor y afecto con que uno miraría a sí mismo en una fotografía de esa época: hay vergüenza, sí, pero también reconocimiento, incluso algo parecido al cariño.

Que Sanchez haya hecho esto con 16mm, con Too $hort en la banda sonora, con el South Central de su infancia como escenografía, es también una declaración sobre qué historias merecen el tratamiento cinematográfico. No las grandes, no las épicas, no las que ya están llenas de premios y distribuidores esperando con billetes en la mano. Las pequeñas. Las de un chico que no sabe cómo bailar y que aprende, de la forma más torpe posible, que la única coreografía que importa es la que surge cuando dejas de intentar controlar lo que va a pasar.

 

REPARTO

Edgar Perez, Kandrex Millones, Jayson Cuevas, Roberto Saldaña, Sophia Flores, Raymond Garcia, Devin Mayford

 

EQUIPO

Written and Directed by R.J. Sanchez

Producer – Kevin Clark

Executive Producers – Ryland Burns, Tim Nash, Sally Campbell

Director of Photography – Xiaolong Liu

Production Designer – Matt Toth

Editor – Andrew Litten

Costume Designer – Lisa Madonna

Music Composer – Sam Gendel

Music Supervisor – Nargis Sheerazie

Casting Director – Valentina von Klencke

1st Assistant Director – Dylan McGale

Dancers – Ania Crist, Christian Flippo

Choreographer – Erin Murray

Art Director – Emmett Tekstra

Set Decorator – Helen Morales

Set Dresser – Marion Moseley

Set Dresser – Trevor Rittman

1st Assistant Camera – Jacob Perry

2nd Assistant Camera – Marianna Vashchilenko

Gaffer – Wei “Colvin” Ang

Best Boy Electric – Joe Kosty

Best Boy Electric – Abby Menzel

Electrician – Zheng Khai Khoo

Electrician – Salvador Velgara

Key Grip – Emilio Zertuche

Best Boy Grip – Carlos Bedolla

1st Company Grip – Saul “Sully” Perez

Grip – Christian Hernandez, Aaron Diaz, Raymond Garcia

Sound Mixer and Boom Operator – Dustin Belt

Production Assistants – King Emeka, Sam Grande, Avielle Sherman, Tobi Omola

Truck Production Assistants – Christo Aresenio, Robert McGee

Post Producer – Kevin Clark, Gina MaRTIN

Editor – Andrew Litten

Sound Design – Jack Goodman

Colorist – Dylan Hageman

Credit Design – Robert McGee