Reseña | "Ilhuícatl Nextli" de Ángel Tomasis
ILHUÍCATL NEXTLI
SINOPSIS
Dos pastorcitos conversan sobre sus esperanzas y sueños mientras pastorean a su rebaño en el majestuoso bosque que se extiende a los pies del Gran Telescopio Milimétrico Alfonso Serrano.
RESEÑA
Es
profundamente valioso que un país aprenda a mirarse a sí mismo. El cine
mexicano continúa siendo uno de los pocos espacios donde nuestra identidad no
necesita traducirse para existir. En él, aparecen nuestros paisajes sin
adornos, nuestras lenguas sin convertirlas en curiosidades, nuestras
contradicciones sin maquillaje y nuestra gente compleja que sólo gente compleja
como nosotros sabe reconocer. Ver el cine mexicano es un acto de reconocimiento
en sí: es encontrarnos en la montaña, en el desierto, en el barrio, en el
mercado, en la memoria indígena, en la ciudad moderna y en las historias
cotidianas que, precisamente por parecernos comunes, suelen pasar inadvertidas.
Cada
película, documental o cortometraje que nace de esta tierra contribuye a
preservar una forma particular de mirar el mundo y nos recuerda que la
identidad es una conversación permanente entre lo que fuimos, lo que somos y lo
que aspiramos a ser. Apreciar este cine es, a fin de cuentas, apreciar el arte
que brota de nuestro propio territorio y reconocer que México es un país que
sigue buscando comprenderse y contarse a sí mismo.
Este
particular cortometraje mexicano contiene una paradoja que vale la pena nombrar
desde el inicio: una de las máquinas más sofisticadas que el humano ha ideado,
el telescopio, capaz de detectar emisiones de radio de galaxias formadas hace
millones de años, comparte la tierra con un par de niños que pastorean ovejas
mientras conversan en náhuatl. Desde que la humanidad comenzó a construir
instrumentos para mirar más lejos de lo que el ojo alcanza, ha existido una
tensión entre la escala del conocimiento que esos instrumentos producen y la
escala de la vida que ocurre a sus pies. Los grandes observatorios del mundo
comparten esa condición: se construyen en lugares remotos, en altitudes
extremas, lejos del ruido lumínico de las ciudades, y esa lejanía implica casi
siempre una proximidad involuntaria con comunidades que llevan siglos habitando
esos paisajes antes de que llegara cualquier telescopio.
Lo que
ocurre en las faldas del Sierra Negra no es, en ese sentido, diferente. Me
explico.
Hay una
jerarquía implícita en cómo pensamos la sofisticación. La asumimos como un
gradiente: de lo simple a lo complejo, de lo antiguo a lo moderno, de lo local
a lo universal. En esa escala, un telescopio que detecta la radiación de
galaxias a miles de millones de años luz ocupa el extremo más alto imaginable.
Y dos niños que pastorean ovejas en una ladera de volcán, hablando en náhuatl
ocupan en esa misma escala un lugar que el imaginario colectivo sitúa en el
otro extremo. Lo elemental. Lo que precede a la sofisticación. Lo que la
sofisticación, en teoría, viene a superar, o a explicar, o a “iluminar”.
Ilhuícatl
Nextli rechaza esa escala sin hacer un sólo discurso al
respecto: lo que el cortometraje propone, casi filosófica y poéticamente, es
que lo elemental y lo sofisticado no están en extremos opuestos de ningún
gradiente. Están, literalmente, en el mismo cerro. Y no sólo eso: se miran
mutuamente con la misma mezcla de curiosidad, incomprensión y asombro. El
telescopio no sabe que los niños existen, obviamente. Los niños saben que el
telescopio existe, pero no del todo: lo llaman “el plato gigante”, observan que
cuando la nieve se derrite “parece que está llorando”, y se preguntan quién
será el dueño de todo eso. Ninguno de los dos sistemas de conocimiento tiene
acceso completo al otro. Y el cortometraje tiene la honestidad de no fingir que
ese acceso es posible o siquiera deseable.
Pero aquí es
donde la paradoja de la que hablo se vuelve más interesante. Porque lo
elemental, en este caso, no es sinónimo de lo menor. La conversación de Braulio
y Armando contiene, en su informalidad y su lógica de niños, preguntas que la
filosofía de la ciencia lleva siglos intentando responder. “¿Cómo puedes ver
algo que no se puede ver?” es, formulada con otras palabras, la pregunta
central de la epistemología moderna: “¿cuál es el estatuto del conocimiento que
no puede ser verificado directamente por los sentidos?”. Los físicos que
diseñaron el Gran Telescopio Milimétrico (GTM, por sus siglas) respondieron esa
pregunta construyendo una antena de cincuenta metros. El niño la hace de pie,
entre ovejas, y no necesita la respuesta para seguir haciendo más preguntas.
Y luego está la inversión. Braulio sueña con ser el telescopio, no para mirar el universo, sino para bajar la vista y ver el bosque. “Si como el gran plato puedo ver lo que no se puede ver en el cielo, entonces puedo ver aún mejor lo que hay en la tierra”. Esa frase, dicha por un niño que probablemente no ha asistido a un día de clases de astronomía, contiene una crítica epistemológica que cualquier filósofo de la ciencia reconocería y admiraría: la pregunta sobre qué elegimos mirar, y qué dejamos de ver en el proceso. El GTM mira hacia afuera, hacia el pasado remoto del universo, hacia lo que no tiene nombre todavía. Y mientras lo hace, a sus pies hay un bosque, una comunidad, dos niños, una lengua y una forma de conocer el mundo.
Eso no significa que el telescopio esté equivocado en mirar hacia arriba. Significa que mirar hacia arriba tiene un costo, y que ese costo lo pagan, entre otros, quienes viven en el territorio que el telescopio ocupa. El cortometraje no lo dice así. No tiene que decirlo. Braulio ya lo dijo mejor de lo que yo podría explicarlo.
Hay una
larga tradición de pensamiento que opone el conocimiento científico al
conocimiento indígena como si fueran incompatibles, y esa tradición ha
producido tanto reivindicaciones legítimas como romanticismos peligrosos. Ilhuícatl
Nextli esquiva ese debate con elegancia precisamente porque no toma partido
en él. No dice que los niños sepan más que los científicos. No dice que el
náhuatl contenga verdades que la física no pueda alcanzar. Lo que dice es que
dos formas de hacerse preguntas sobre el cielo pueden coexistir en el mismo
paisaje, y que ninguna cancela a la otra.
Lo
elemental, en este contexto, no es lo primitivo ni lo que antecede al
pensamiento. Es lo que permanece cuando se retira todo lo instrumental. Los
niños no tienen antena parabólica ni algoritmos de procesamiento de señales ni
publicaciones en revistas de astrofísica. Tienen tiempo, tienen curiosidad,
tienen una lengua que según su propio director “te invita a darle explicación a
lo que te rodea, incluso si no sabes cómo nombrarlo”, y tienen la capacidad de
hacerse preguntas sin necesitar que esas preguntas tengan respuesta. Eso no es
menos que la ciencia.
La paradoja
que este cortometraje instala y sostiene es, en el fondo, una pregunta sobre el
valor. No el valor de mercado ni el valor institucional, sino el valor en el
sentido más antiguo: qué importa, y a quién, y por qué. El GTM importa porque
amplía el conocimiento humano del universo. Los niños importan porque son
humanos y porque el universo, para existir como concepto, necesita que alguien
lo nombre.
Ilhuícatl
Nextli es esto y mucho más; es un cortometraje documental
de ocho minutos dirigido por José Ángel Tomasis Briseño, presentado en el
Festival Internacional de Cine de Morelia 2025. Dura menos de diez minutos, pero
en ese tiempo construye algo que pocos documentales logran: una cosmología
propia, compuesta a partes iguales de ciencia, lengua indígena, infancia y
montaña.
El detonante
fue una conversación. La científica Ségolène Guinard le contó a Tomasis que
pensaba hacer una investigación antropológica sobre el Gran Telescopio
Milimétrico “Alfonso Serrano” y la reserva que lo rodea. Tomasis fue a conocer
el lugar y, según sus propias palabras, quedó “flechado”. El encuentro con los
pastorcitos no estaba planeado. Los vieron pastoreando en las faldas del volcán
Sierra Negra, en las inmediaciones del Parque Nacional Pico de Orizaba, en
Puebla, y decidieron acercarse.
El GTM “Alfonso
Serrano” fue construido entre 2001 y 2010 como proyecto binacional entre México
y Estados Unidos. Con 50 metros de diámetro de antena principal, opera en
frecuencias milimétricas y fue, notoriamente, uno de los primeros instrumentos
en contribuir a la fotografía histórica de un agujero negro. En la cima de un
volcán de 4,580 metros de altitud, el telescopio se presenta como un objeto
extraterrestre en el paisaje.
El
cortometraje no tiene acto, no tiene conflicto en el sentido dramático convencional,
y tampoco tiene resolución. Lo que tiene es una profundísima conversación. Dos
niños caminan, observan, cuidan a sus animales y hablan. El guion de Tomasis
funciona como una especie de diálogo socrático entre la ignorancia y la
curiosidad, donde ninguno de los dos interlocutores tiene las respuestas y eso
no parece molestarles. “¿Cómo puedes ver algo que no se puede ver?”, pregunta
uno. El otro responde: “No lo sé, pero debe de ser increíble”.
El ritmo es
lento por diseño. Hay una sola escena de interiores que funciona como
contrapunto visual: el interior del GTM, que la película presenta “como si se
tratara de otro universo”. Esa secuencia rompe la textura documental del
exterior para ingresar a un espacio casi abstracto. Isay Peña, director de
fotografía, trabaja con una paleta determinada por el entorno: el verde oscuro
del bosque de alta montaña, el blanco metálico del GTM, el gris del cielo
nublado a esa altitud.
Braulio
sueña con ser el GTM, no para mirar el cosmos sino para bajar la vista y ver el
bosque. Esa inversión es filosóficamente radical. El telescopio existe para
mirar hacia afuera, hacia el universo lejano, hacia lo que la vista humana no
alcanza. El niño lo convierte en un instrumento de observación terrestre. Si
puede ver lo que está más lejos que cualquier ojo, puede ver con mayor nitidez
lo que está cerca. El bosque donde él vive, las ovejas, el volcán. Lo suyo. Lo
propio.
El mérito de Ilhuícatl Nextli no está en que usa el náhuatl o en que documenta una comunidad indígena. Está en que usa el náhuatl con una razón narrativa específica y en que no reduce a los niños a representantes de su comunidad. Braulio y Armando son individuos con curiosidades propias, con sueños distintos entre sí y con una dinámica fraterna reconocible.
El cortometraje dura ocho minutos. Es posible que Tomasis lo convierta en largometraje, como ha mencionado. Si lo hace, espero que no pierda esa cualidad de lo encontrado, ese ritmo de la conversación que no busca conclusiones, sino que se deja sorprender por sus propias preguntas. Hay directores que necesitan escalar para ser grandes. Hay otros que ya lo son en el tamaño más pequeño. En este caso, ocho minutos y el talento de Tomasis fueron suficientes para hacer que el cielo, aunque sea un instante, sueñe.
REPARTO
Isai Solis Rendón, Josué Ramírez r.
EQUIPO
Dirección y Guion - Ángel Tomasis
Dirección de Fotografía - Isay Peña
Diseño Sonoro y Música - Víctor Navarro
Animación - Rodrigo Beltrán
Producción Ejecutiva - Ángel Tomasis, Ismael CruM
Producción - Claudia Viveros, Alison Borja
Productores Asociados - María Eugenia Briseño, Tomasis Briseño y Asociados, Cinema Social, Isay Peña
Edición - Ángel Tomasis
Corrección de Color - Miguel González





