Reseña | "Nobody Barks (Ningú Borda)" de Júlia Coldwell Serra
NOBODY
BARKS
NINGÚ
BORDA
SINOPSIS
Candela
atropella por accidente al perro de su sobrino y decide callarlo. Inventa una
historia sobre una peregrinación canina y lo invita a buscarlo. Mientras siguen
el rastro, la mentira empieza a consumirla poco a poco.
RESEÑA
Quizá
el mentir sea, irónicamente, una de las verdades más extrañas de nuestra condición
humana.
No
siempre mentimos para obtener algo. No siempre lo hacemos por maldad, egoísmo o
conveniencia. A veces, lo hacemos porque duele demasiado contemplarnos en el
reflejo de nuestros propios actos. Lo hacemos porque reconocer el daño que
hemos causado implica aceptar que somos capaces de herir aquello que más
amamos. Y qué pesada es esa carga.
La
mentira, entonces, nace como un frágil refugio: una especie de vendaje colocado sobre una herida que nosotros mismos abrimos. Nos convencemos de que ocultar la
verdad es casi un acto de compasión, que el silencio protege, que la versión incompleta
de los hechos evitará lágrimas. Decimos que lo hacemos por los demás. Y tal
vez, en parte sí, pero también lo hacemos por nosotros porque, ver el dolor
reflejado en los ojos de quienes amamos, es enfrentarnos al eco de nuestras
propias decisiones.
La
persona que miente para evitar el sufrimiento de otro suele ser, al mismo
tiempo, la causa de ese sufrimiento. Como un marinero que intenta contener con
sus manos el agua que entra por una grieta que él mismo abrió en el casco del
barco. La intención puede ser noble; sin embargo, el origen del desastre permanece
intacto.
Somos
criaturas hechas de contradicciones. Anhelamos la verdad, pero tememos sus
consecuencias. Deseamos ser buenos, pero a veces nuestras acciones no están a
la altura de nuestros deseos. Inventamos historias, maquillamos recuerdos o construimos
silencios con la esperanza de que el dolor se pierda en el camino.
Ningú
Borda (Nadie Ladra) es un cortometraje dirigido por la talentosísima Júlia
Coldwell Serra que, en 20 minutos, no sólo cuenta una historia sobre
una tía que mata accidentalmente al perro de su sobrino y no sabe cómo decírselo,
sino que construye las coordenadas completas de un cine que parece tener temperamento,
geografía y una particular manera de mirar a las personas cuando creen que
nadie las ve.
Ningú
Broda es una obra con voz propia escrita por la misma Coldwell Serra junto a Bertran
Esteve, que tiene una estructura que se asemeja bastante a la de un mecanismo
de relojería, pero construido con materiales domésticos. El cortometraje abre
en un espacio de trabajo: una lavandería, con un tendedero eléctrico zumbando,
un ventilador raquítico y ruidoso, y Candela esperando que el tendedero llegue
al punto exacto antes de colgar la ropa. Esta mujer tiene un sentido muy
preciso del orden, del control, de las cosas que deben pasar en el momento
correcto… Ese rasgo de carácter va a chocar violentamente con lo que ocurre
apenas unos minutos después.
La
estructura es casi aristotélica en su unidad de tiempo y acción, comprimida en
poco más de un día: el accidente, la mentira, la búsqueda, la imposibilidad de
la confesión y la oración final. Pero lo que hace especial al guion no es tanto
su esquema sino cómo cada escena aplica un poco más de presión sobre Candela
sin que ella pueda escapar. La visita de Pilar en la lavandería ya contiene el primer
aviso, que llega antes de que Candela haya hecho nada. Es un recurso de
anticipación irónica: el espectador que lo reconoce en segunda lectura sabe que
ese comentario pesará mucho más de lo que parece.
La
fotografía de Mar Vidal Ferrà merece una lectura cuidadosa. Ningú Borda trabaja
con una paleta que parece extraída de un verano catalán, pero que tiene una
lógica emocional más que precisa. Los interiores me han parecido levemente
agotados: la luz de la lavandería tiene ese tono de los tubos fluorescentes que
llevan demasiado tiempo encendidos, la sala de la casa de la hermana está
bañada en una luz que se mezcla con la oscuridad del atardecer. Los exteriores
nocturnos, en cambio, son levemente irreales: la escena del portón, de la feria, o la de la
habitación, con la luna recortando a Candela mientras no concilia el sueño, o
bien, durante el tercer acto, en esa hora mágica de cielo violeta que
transforma un paisaje seco y polvoriento en algo que bien podría ser un cuento.
Ese
“deslizamiento” cromático no me parece un capricho: el cortometraje comienza en
los colores de la rutina, transita por los de la culpa y termina en los del
mito. Es como si la mentira de Candela tuviera el poder de cambiar el tono del
mundo que la rodea: mientras más elaborada la ficción, más teñido el paisaje de
algo que ya no es realismo costumbrista sino otra cosa, más cercana al cuento
popular.
El
trabajo de sonido, a cargo de Guillem Giró Olivella es uno de los elementos más
trabajados del cortometraje. El accidente con el perro es la escena más
importante en términos de diseño sonoro y la más inteligente, porque ocurre en
off. Solo oímos el golpe sordo, el freno, y luego el sonido del perro. No hay
montaje visual del momento: la cámara está dentro del coche, sobre el pastel
que empieza a deslizarse del asiento. Esa decisión tiene dos efectos
simultáneos. El primero es económico: evita el truco de producción que
requeriría mostrar el atropello. El segundo, y mucho más importante, es que
pone al espectador en la posición exacta de Candela: escucha, pero no puede
mirar, sabe lo que pasó, pero no tiene imagen para procesar, igual que ella va
a pasar el resto del cortometraje sabiendo lo que ocurrió, pero sin poder
articularlo.
El
sonido del perro que agoniza es breve y se interrumpe con un corte seco. Ese
silencio repentino es más que efectivo. Más adelante, los disparos de la
cacería que interrumpen la búsqueda del árbol sagrado son otro ejemplo de
sonido como presión narrativa. Candela escucha los disparos, sabe que hay perros entre los arbustos, y en ese momento el cortometraje juega con la
posibilidad de que el niño entienda lo que pasó. Pero Esbert no entiende; corre
hacia los perros con alegría. El contraste entre lo que oye el espectador
(disparos, peligro, muerte) y lo que experimenta el niño (perros, búsqueda,
aventura) es una de las escenas más precisas del cortometraje.
La
música de Joan Lupi es discreta y funciona bien precisamente porque no intenta
subrayar lo que ya está claro. Aparece en los momentos clave y en la secuencia
final, donde tiene una función casi litúrgica que se ajusta perfectamente al
registro de la oración al árbol.
Ningú Borda es, en un primer nivel de lectura, una historia sobre cómo una mentira piadosa se complica hasta hacerse insostenible. Pero si uno lo deja en ese nivel, está dejando afuera lo más interesante. Lo que hace Coldwell Serra es construir un sistema de espejos donde la culpa de Candela se refleja constantemente en situaciones ajenas. El ejemplo más claro es Pilar, la clienta de la lavandería. Es un personaje excesivo, histriónico, casi ridículo. Y, sin embargo, su dolor es real. El cortometraje no la ridiculiza: la muestra como lo que es, alguien a quien una muerte sin responsable dejó sin cierre.
Que Candela tenga que soportar todo el monólogo de Pilar sobre cómo atropellaría al culpable si lo encontrara, y luego verla en el camino haciendo su pequeño ritual, es uno de los momentos más crueles del cortometraje, en el sentido más preciso de “cruel”: no hay sadismo, sólo consecuencia. Pilar es en lo que Esbert podría convertirse si Candela sigue mintiendo. O en lo que la propia Candela podría convertirse si viviera dos años cargando este secreto.
La
invención de Candela es, también, genuinamente hermosa, en mi humilde opinión.
La leyenda del Dios perro que convoca a todos los canes a una reunión
extraordinaria cada siete años, donde hablan sobre cómo ser mejores compañeros
para sus dueños, tiene la estructura perfecta del cuento popular: una
periodicidad ritual, una geografía sagrada y una función moral. Es el tipo de
historia que, si circulara de verdad en el folklore, uno se lo creería
perfectamente.
Y
eso es lo que hace que la escena final sea tan difícil de ver de manera simple.
Cuando Esbert se arrodilla junto al árbol y reza con genuina devoción,
pidiéndole a Bruc que vuelva y prometiéndole que hará lo que sea para hacerlo
feliz, el cortometraje está mostrando al mismo tiempo el éxito y el fracaso de
la mentira de Candela. El niño cree. Ha creado una experiencia de fe y búsqueda
que Bruc vivo nunca le habría dado. Pero Bruc está muerto, y Esbert lo va a
saber eventualmente, y cuando lo sepa, este árbol y esta oración van a tener un
sabor diferente.
El
plano final, del cual me rehúso a dar spoilers, es una decisión que podría
haberse tomado de muchas maneras, pero que el film deja sin explicación. No
sabemos si estamos dentro de la leyenda que Candela inventó, o si el
cortometraje está haciendo algo más antiguo: mostrarnos que los muertos
escuchan cuando los vivos los invocan con suficiente amor.
Esbert
es un personaje construido con mucha atención. No es solamente el niño tierno y adorable
del drama familiar convencional, sino que tiene una extrañeza propia. Sus respuestas no
son las que uno esperaría: cuando Candela le pregunta si ha sido un buen amo
para Bruc, él asiente con una seriedad que sugiere que la pregunta le parece
absolutamente legítima. Cuando le dice que quiere un gato si Bruc no vuelve, no
lo dice con crueldad sino con lógica práctica.
La decisión de rodar en catalán y en Tarragona no es sólo autobiográfica (Coldwell Serra es de Valls, que está exactamente en esa zona), es también una declaración de intenciones sobre qué tipo de cine quiere hacer. No el cine barcelonés, cosmopolita y relativamente “fácil de exportar”. Es el cine de la Cataluña que no sale en los carteles turísticos, con su humor particular, sus rituales en decadencia, sus fiestas mayores donde el padre reza en un salón casi vacío.
Esa
elección tiene implicancias formales: el catalán del Campo de Tarragona tiene
un ritmo y una musicalidad diferentes al catalán barcelonés; las expresiones de
Pilar e incluso el nombre del perro (Bruc, que es el nombre de una planta
propia de esa zona, y también el nombre de una batalla histórica) están
anclados en un imaginario lingüístico muy preciso.
Ningú
Borda es un film sobre la incapacidad de decir la verdad, cuando la verdad duele, a alguien que uno ama. Sobre la construcción de ficciones protectoras que
inevitablemente se quiebran. Sobre el dolor que no se puede confesar.
El
Grand Prix del Busan International Short Film Festival vino acompañado de una
declaración del jurado que merece leerse con cuidado. Los jurados dijeron que
el cortometraje “transforma la limitación inherente del formato corto, su
brevedad, en una virtud, entregando emociones que perduran mucho después de que
los créditos terminan”. Dijeron también que “mientras lo veían, cada uno de ellos
se encontró naturalmente atraído hacia sus propios recuerdos y sentimientos”.
Esa capacidad de activar memoria personal en el espectador es exactamente lo
que separa los cortometrajes que uno olvida de los que uno recuerda.
Laia
Cabrera Vicens como Candela es la razón por la que el cortometraje funciona en
el nivel más básico y primordial. El personaje de Candela podría caer
fácilmente en lo antipático (“es una mentirosa”, “es cobarde”, “es torpe”) o en
lo excesivamente simpático (“es buena persona”, “lo hizo por amor”, etc.).
Cabrera Vicens encuentra una tercera opción que no es ninguna de las dos:
Candela es simplemente una persona haciendo lo que puede con lo que tiene, y
eso es suficiente para que uno se quede con ella durante veinte minutos sin
necesidad de quererla ni juzgarla. Laia Cabrera Vicens tiene un magnetismo
natural en su interpretación. Capacidad histriónica en carne y hueso.
Ningú
Borda no termina con la verdad dicha ni con la mentira descubierta. Termina con
una oración. Con un niño que le pide a algo en lo que cree que devuelva a quien
ama. Y con un perro muerto que escucha, en el silencio del árbol seco, bajo el
cielo violeta de verano. Que eso sea suficiente para dejar una marca es todo lo
que hace falta saber sobre el inspirador cine de Júlia Coldwell Serra.
REPARTO
Laia
Cabrera Vicens, Lucas Catalán Lluch, Laura Aubert, Concepció Aguadé Batalla, Antoni
Salvat, Concepció Magrinya, Marta Pulido Férnandez, Julian Padilla, Max
EQUIPO
Escac Presenta
Una Producció d’Escac Films
Un Curtmetratge Dirigit per Júlia Coldwell
Serra
Escrit per Bertran Esteve i Júlia Coldwell
Serra
Producció Executiva – Gerard Guilló i Bort
Direcció
de Fotografia – Mar Vidal Ferrà
Direcció
d’Art – Maria Peix Sitges i Olívia Lund
Muntatge
– Joana Bertran Gómez
Disseny de So – Guillem Giró Olivella
Vestuari – Clara Estévez
Composició BSO – Joan Lupi
Ajudant
de Direcció Rodatge – Núria Serrano i Sorroca
Ajudant
de Direcció Pre – Laia Bellés
Reforç
de Direcció – Paula Trejo
Script
– Marc Camardons Cirera
Direcció
de Càsting – Eduard Peyró Fuertes
Ajudants
de Càsting – Júlia Albiol, Jordina Pomares, Paula Vega, Dani Díaz
Direcció
de Producció – Gerard Guilló i Bort
Cap
de Producció – Carlos J Mata
1r
Ajudant de Producció – Ana Jimenez Daussà
Auxiliar
de Producció – Joana Galiana Molina
Direcció
de Fotografia – Mar Vidal Ferrà
Operadora
de Càmera – Mar Vidal Ferrà
Foquista
– Jordi Fernández Orozco
Foquista
– Max Lainz
Auxiliar
de Càmera – Endika Gabilondo
Auxiliar
de Càmera Retakes – Marc Jamel Dwoodi
Grip
– Samir Ayadi
Gaffer
– Jaume Roma Folch
Elèctric
– Èric Mata Gutiérrez
Elèctric
– Silvia Esser
Reforç d’Elèctric – Xavi Prim Nolla
Direcció
d’Art – Maria Peix Sitges
Direcció
d’Art – Olívia Lund
Auxiliar
d’Art – Mireia Perez
Auxiliar
d’Art – Clara Estévez
Reforç
d’Art – Lucía Planas
Direcció
de Vestuari – Clara Estévez
Auxliar
de Vestuari – Maria Roca-Sastre
Muntatge
– Joana Bertran Gómez
DIT
– Marc Martínez
DIT
Retakes – Joel Adán Jiménez
Disseny de So – Guillem Giró Olivella
Cap de So Directe –
Eduard Martí
Microfonista – Marti
Vilella Cuadrado
Microfonista Retakes
– Osman Gené
Foley Artist – Oscar
Acón Castañeda
Mesclador – Martí Albert
Colorista – Luna Sáez
Disseny Gràfic – Bruno Aznar Gasull





