Reseña | "Sabura" de Falcão Nhaga

SABURA



SINOPSIS

En esta historia de amor, una joven pareja se enfrenta a un futuro incierto. Entre Europa y África, se reencuentran en Lisboa, en una casa donde viven otros inmigrantes, y donde la distancia y la cercanía pondrán a prueba su relación.

 

RESEÑA

El cine más honesto no necesita de explicaciones. Ese hecho esencial siempre tiende a olvidárseme, pero Falcão Nhaga es de esos cineastas que me lo recuerdan. Sabura, su más reciente cortometraje, confirma que todo reconocimiento que ha merecido no ha sido una casualidad, porque refleja una voz propia, que sabe exactamente dónde poner la cámara, cuándo y por qué.

El cortometraje de 26 minutos ha recorrido el mundo, y creo saber por qué ha cautivado a tanta gente como a mí mismo: porque habla de algo que reconocemos las audiencias, sin importar cuán distintos nuestros contextos. Habla de la historia de dos personas que se quieren, pero que no saben si ese amor alcanza para sobrevivir a un mundo que los empuja en direcciones opuestas. Habla de la dificultad de abandonar tu antigua vida, tu casa, tus amigos. Habla de lo que la sociedad te ha arrebatado dolorosamente. Lo que Nhaga hace con esta historia, sin embargo, es muy específico. Muy suyo.

El título lo toma prestado del criollo guineense: Sabura significa contentamiento, placer o deleite. Se refiere al durazno que saborean, durante el cortometraje, sus protagonistas, que les sabe a hogar; pero también me parece curioso que, en lo poco que reconozco el árabe, “sabura” me suena muy parecido a “صبر”, que significa “paciencia”, o “perseverancia”. Accidental o deliberadamente, ambas definiciones conviven en la protagonista y en el cortometraje mismo, que es exactamente eso: un acto de resistencia que toma la forma del placer cotidiano.



Sabura funciona más como una serie de cuadros que como una trama convencional. No hay un conflicto que escale dramáticamente hacia un clímax y se resuelva. Hay, en cambio, una acumulación de momentos que pesan cada vez más, hasta que el peso se vuelve insoportable.

El cortometraje abre en un aeropuerto: el lugar más liminal del mundo moderno, donde nadie pertenece todavía a ningún lugar. Cadija llega con su carrito de equipaje. António la busca entre la multitud. Ambos se encuentran, se abrazan. Es un reencuentro, pero a los espectadores se nos mantiene a distancia, como testigos involuntarios de algo que no nos concierne del todo. Esa distancia es una elección estética que Nhaga sostiene durante todo el cortometraje.

La estructura no sigue una lógica de actos sino de duración: el tiempo de adaptarse a un espacio compartido, el tiempo de decir la verdad o el tiempo de llorar. Las escenas no se encadenan por causalidad sino por resonancia. Lo que une la secuencia de la cena con la escena de las escaleras y la conversación por teléfono no es la consecuencia narrativa, sino el tono, el silencio que se acumula entre personas que no pueden ser completamente honestas entre sí porque la honestidad es un lujo que no siempre pueden pagarse.

Alberto Balázs, el director de fotografía, adopta una estética que podríamos llamar de observación pura. En el aeropuerto, observa desde lejos, sin acercarse demasiado, como si fuera uno más de los pasajeros que circulan sin prestar atención. Esta distancia inicial tiene un efecto curioso: nos hace querer acercarnos y saber qué ocurre. Incluso en la escena del llanto frente al fregadero, el efecto es devastador precisamente porque quisiéramos también estar ahí. Abrazar. Consolar el dolor.

El color del vestido de Cadija en la escena de la calle y la construcción merece atención separada. Es amarillo, un amarillo brillante y deliberado en un entorno gris de concreto y metal. Es una de las dos únicas veces en la película que Cadija ocupa plenamente el espacio visual, que está en el exterior, que se mueve por una ciudad que todavía no le pertenece pero que ella ha decidido mirar con sus propios ojos. El amarillo es su agencia. Su capacidad de decidir sobre su propio futuro.



Dídio Pestana, junto al equipo de sonido, hace un trabajo que merece reconocimiento específico. El sonido en Sabura es casi estructural. En el aeropuerto, el ruido ambiente de los pasajeros funciona como una barrera deliberada entre nosotros y la conversación de los protagonistas. Escuchamos el mundo, pero no a ellos. Esa decisión nos coloca en la misma posición que cualquier otro extraño en ese espacio. La escena de la cena es quizás donde el diseño de sonido trabaja con mayor sofisticación: hay música, hay voces, hay el sonido de cubiertos, platos y masticaciones en una mesa pequeña, y luego, cuando la vecina de arriba golpea el techo y les exige silencio, todo eso se apaga, la música se corta... lo que queda es el silencio de cuatro personas que saben que su presencia en ese edificio es condicionada, que el sonido de su existencia puede ser declarado un problema por quien tiene “más derecho” a estar ahí. En la escena del llanto, hay ausencia total de música, sólo escuchamos los jadeos contenidos de Cadija, el sonido del agua, del fregar de platos en el fregadero, los pasos del compañero acercándose, incluso el rechinido de los resortes del sofá-cama. La canción final, “Adia” de Oliver N'Goma, es el único momento de apertura emocional plena que la película se permite. N'Goma fue un músico gabonés cuya obra mezcla rumba con zouk y ritmos centroafricanos. Que la película cierre con su voz es una declaración de origen, de pertenencia a una tradición musical que cruza fronteras étnicas y nacionales africanas.

Binete Undonque, como Cadija, lleva la película entera sobre los hombros y lo hace con una contención extraordinaria. El llanto frente al fregadero no parece actuado; es de esas escenas que uno ve y piensa que el director tuvo la inteligencia de no interrumpir, de dejar que la actriz habitara ese momento sin interferencias. Joãozinho da Costa, como António, complementa con una energía que oscila entre la ternura y el orgullo herido, entre el hombre que quiere ser suficiente y el hombre que sabe que la ciudad lo ha ido reduciendo. La escena en que António reacciona a la noticia de la beca de Cadija en Marsella es reveladora. No le grita ni le acusa; se vuelve hacia adentro de sí, empieza a hablar solo, murmura algo sobre que es estúpido y que no puede volver a casa, y luego se va.

Sin embargo, la escena más densa y dolorosa de Sabura no es visual. Es la conversación telefónica de Cadija con su padre y luego con su madre. El padre quiere que regrese a Guinea-Bissau, que deje a António, que se case con un chico fula que lee el Corán. Y cuando Cadija lo enfrenta, dice algo que expande la película hacia dimensiones que ninguna otra escena alcanza:

I'll hate the woman who did that to me until the day she dies.

La mutilación genital femenina aparece aquí como una herida política en el cuerpo de una mujer específica que ha decidido no callarse. Lo que Nhaga hace con esto es notable: no convierte a Cadija en un símbolo de la mujer africana oprimida para el consumo de audiencias occidentales, sino que la deja ser una persona con una historia que incluye esa violencia y muchas otras cosas además.

La respuesta del padre, “¿acaso no es esa la voluntad de Dios?”, y la réplica de Cadija, “entonces los hombres y las mujeres no creen en el mismo Dios”, son el momento más radicalmente político de la película. No son un argumento abstracto, sino la articulación de una ruptura epistémica: la de una mujer que ha decidido no aceptar la interpretación que otros hacen de lo sagrado sobre su propio cuerpo.

Y luego la madre entra en la conversación. Y la madre también fue cortada. Y la abuela de la madre. Y la madre dice “no sabíamos nada... perdóname”. Y eso lo complica todo de una manera que la película sabe manejar sin resolver: la opresión transmitida entre mujeres no siempre es complicidad maliciosa. Cadija lo sabe. Por eso no cuelga con rabia sino con una quietud que le cuesta incluso más que el enojo.

La escena posterior, en que vemos a Cadija en la oscuridad del sofá-cama, con la mano dentro de su ropa, es la respuesta silenciosa a todo eso. Es un acto de autoposesión, o tal vez de dolor. Tal vez es simplemente una mujer que reclama para sí misma una parte de su cuerpo que le fue arrebatada y que, en esa intimidad nocturna, todavía puede habitar y sentir suyo. Es un gesto pequeño y enormemente valioso, porque la película confía en él sin necesitar explicarlo.



António también carga con un peso específico. El nombre que usa en Lisboa, “Tony”, es significativo: es una versión adaptada, una identidad de conveniencia para un espacio que no puede pronunciar quién es realmente. El collar de su madre, que eventualmente le pasa a Cadija, es el único bien simbólico que porta. No tiene papeles. Trabaja en construcción con un yeso en la mano. Tiene amigos en Francia, pero le advierte a ella que “esa gente ni la mirará a los ojos”, tal vez proyectando en Marsella sus propias experiencias de invisibilidad en Lisboa.

Cuando Cadija le dice que consiguió la beca, António no puede celebrar. Simplemente no puede. No por egoísmo simple sino porque la beca de ella es también el espejo de su propia falta de opciones. Él habla de convertirse en operador de grúas, de conseguir sus papeles, de que “las cosas serán hermosas”. Son promesas que hace con una seriedad que asusta un poco porque revela cuánta presión carga esa frase: no es una aspiración sino casi una obligación de redención. Debe lograrlo.

La escena en que ambos juegan en la cama, mordisqueándose, riéndose como niños, es la más tierna y también, de alguna manera, la más triste. Porque se ve ahí la versión de ellos mismos antes de que el mundo los convirtiera en inmigrantes, antes de que tuvieran que ser estratégicos con sus afectos para comodidad ajena. Esa versión todavía existe, pero cada vez cabe en menos momentos de su adultez.

El director explica que el título refiere a la alegría que sienten al comer duraznos, un sabor de infancia, de tierra y de antaño. Pero la sabura en la película no se presenta como nostalgia. Es algo que se mantiene vivo en condiciones que deberían haberla matado. La música en la cena pequeña, la risa en la cama, el abrazo final tan prolongado que parece casi una conversación. La sabura es la insistencia en el placer propio a pesar de que el entorno no la favorezca en absoluto. Nhaga no filma la diáspora africana como víctima de nada. La filma como portadora de una tradición del gozo que sobrevive a la migración, a la violencia estructural, a los vecinos que llaman a la policía. Esa sabura no es una compensación por el sufrimiento. Es una forma de existencia que precede al sufrimiento y que insiste en continuar después de él.

Nhaga dice directamente: esta es una historia sobre jóvenes africanos como yo. La frase “el futuro de este país se volvió ruinoso para jóvenes como Cadija y Tony” no es un análisis académico. Guinea-Bissau se independizó en 1974 después de una larga guerra de liberación bajo el PAIGC, pero la independencia formal no resolvió las fracturas étnicas que el colonialismo había instrumentalizado durante décadas. Los golpes de estado sucedieron. La guerra civil de 1998. Una economía que nunca terminó de construirse. Y la generación que Nhaga retrata es la que heredó esa ruina sin haberla elegido.

El título tomado del criollo de Guinea-Bissau también es muy significativo: se trata de una lengua de contacto que mezcla portugués con elementos de lenguas africanas locales y que se convirtió en la lengua franca de un país con más de veinte grupos étnicos. Usar esa palabra como título es resistirse a la hegemonía del portugués estándar en el cine lusófono. La lengua es identidad, como él mismo escribe.

La decisión de que Cadija sea fula y António sea balanta merece atención. Estas dos etnias tienen una historia de tensiones en Guinea-Bissau, y el padre de Cadija lo nombra explícitamente cuando la llama al orden: “¿y encima quieres casarte con un balanta?”. El amor entre ellos no es sólo un amor romántico: es también un acto de desobediencia étnica en un contexto donde esas fronteras tienen consecuencias reales.

Al final de Sabura, António le pone el collar de su madre alrededor del cuello a Cadija. Es un gesto cargado de historia: ese collar había aparecido antes como la única herencia tangible que él tiene de la mujer que quedó en África. Pasárselo a ella es hacer de ella su hogar, su continuidad. Y Cadija lo acepta, y ambos juegan, se tocan, se mordisquean, se abrazan tan fuerte que da la sensación de que si se sueltan algo se rompe.

Luego el cortometraje acaba. No resuelve nada. Cadija todavía va a Marsella en septiembre. António todavía no tiene papeles. El piso compartido sigue siendo pequeño. El refrigerador sigue descompuesto. La vecina de arriba sigue teniendo el número de la policía a la mano.

Pero hay sabura. Hay ese abrazo que dura más de lo que ninguna cámara debería permitirse filmar y que Nhaga filma de todas formas, porque sabe que ahí está la película entera. No en la explicación de la migración ni en la denuncia de la mutilación ni en la cartografía de Guinea-Bissau. Está en dos personas que se aferran la una a la otra con la fuerza de quienes saben que el tiempo que tienen juntos es limitado… y precioso… y suficiente… y no suficiente al mismo tiempo.

Me quedo pensando en Cadija lavando los platos y llorando en silencio, y en el compañero que se acerca y no dice nada porque no hay nada que decir y le alcanza una toalla de papel. Nhaga tiene veinticinco años. Me da casi envidia que yo tenga dos años más que él y que él ya sepa que el cine no tiene que decirlo todo para significarlo todo. Para mí, Sabura no dice mucho, pero significa bastante.

 

REPARTO

Binete Undonque, Joãozinho da Costa, Mamadu Baio, Amarjeet Mishra, Bia Gomes, Mashood Djaló, Susana Cecílio, Carlos Franco, Diogo Formigo, Etivaldo Camala

 

EQUIPO

Argumento e Realização – Falcão Nhaga

Revisão da Escrita – João Pedro Vala

Bam Bam Cinema

Produção – Paulo Carneiro, Miguel de Jesus

Produção Executiva – Paulo Carneiro

Direção de Produção – Francisco Moura Relvas

Assistência de Realização – Mariana Morais

Chefia de Produção – Emma Saints

Assistência de Produção – Beatriz Reis, Gustavo Amaral

Direção de Fotografia – Alberto Balázs

Assistência de Imagem – Carolina Abreu

Eletricidade – Henrique Moura

Maquinaria – Rodrigo Leocádio

Direção de Som – Dídio Pestana

Direção de Arte – Filipe André Alves

Chefia de Guarda-Roupa – Andreia Correia

Assistência de Guarda-Roupa – Bianca Ramos

Montagem – Laura Gama Martins

Montagem de Som – Dídio Pestana

Correção de Cor – Rafael Pais

Estúdio de Correção de Cor – Kino Sound Studio

Mistura de Som – Joana Niza Braga, CAS

Material de Imagem – Planar

Material de Luz – Algures no Planisfério

Contabilidade – João Roque

Advogada – Ana Silva