Reseña | "Beaks (Becs & Ongles)" de Xavier Demoulin

BEAKS

BECS & ONGLES



 

SINOPSIS

En el norte de Francia, donde todavía están permitidas las peleas de gallos, Anaïs, de 22 años, se encuentra con una montaña de deudas tras la muerte de su padre, antiguo criador de gallos. Obligada a encontrar dinero rápidamente, la joven no tiene más remedio que sumergirse en el mundo de los gallódromos y conseguir que el último gallo de su padre, Baltasar, pelee.

 

RESEÑA

Los animales no son simplemente animales cuando en ellos encontramos lo único que nos queda de quienes amamos, con todo y los defectos que pudieran haber tenido en vida. Dicho esto, para Anaïs, la conmovedora protagonista del cortometraje Beaks, Balthazar no es sólo un gallo: es lo único que le queda de su padre, y ella lo sabe, aunque nunca lo diga en voz alta… aunque su relación con el gallo parta de algo complicado.

Pero empecemos por lo primero: Xavier Demoulin es un director autodidacta, pero hay algo profundo en su cortometraje que revela a alguien que comprende plenamente el lenguaje emocional del cine. No es difícil ver por qué reaccioné tan visceralmente a este pequeño drama de poco más de veintidós minutos: en el norte de Francia, donde las peleas de gallos siguen siendo legales en ciertos espacios, Demoulin planta una historia que funciona simultáneamente como retrato de duelo, exploración de género y reflexión sobre cómo heredamos no sólo traumas, deudas o patrimonios, sino identidades completas de nuestros padres.

Lo que importa entender es que este no es un cortometraje exclusivamente sobre gallos. Es sobre una joven de veintidós años que se encuentra sola con deudas imposibles y herencias que no quería en primer lugar, siendo una de ellas el último gallo de pelea de la familia. El género del cortometraje resulta perfectamente ajustado para lo que Demoulin quiere hacer: desestructurar nuestras expectativas, retratando una verdad casi documental, aunque todos sepamos que es ficción.

Vuelvo a la idea inicial. Pensemos en lo que guardamos cuando alguien muere. Lo que elegimos guardar. Lo que queda, sin que lo hayas pedido. Tal vez una chaqueta que todavía huele a esa persona. Tal vez letras en cuadernos o cartas. Objetos raros que no tienen sentido para nadie más pero que tú simplemente no eres capaz de tirar. Para Anaïs, tal cosa (a falta de un mejor sustantivo) respira, come y, algún día, puede morir frente a ella. Balthazar late.



La primera escena ya te lo dice todo sin decir nada. Perseguir a un gallo por un techo, meterlo a la fuerza y patear la puerta. Todo esto se lee como hartazgo, que es exactamente lo que sentimos a veces con lo que heredamos de nuestros muertos: rabia, porque no elegimos cargarlo, y culpa, porque de alguna manera, sí lo hicimos.

Cuando ella va al café donde se negocian las peleas, cuando intenta vender al gallo por unos billetes, no pueden creerle que quiera deshacerse del último gallo de su padre. Ella necesita dinero, no remembranzas. O eso cree, ya que el cortometraje sabe algo que ella todavía no acepta: que no se puede separar una cosa de la otra. Vender al gallo es vender lo último tangible del padre.

Ahí empieza, quizás, lo que de verdad importa. Tom, un viejo entrenador de gallos de pelea que conoció a su padre, la toma bajo su ala sin pedirle nada a cambio, al principio. Le enseña a alimentar al gallo con pasta en vez de cereal. Le enseña a hacerlo correr, a cargarlo en el brazo para que aprenda equilibrio. Hay una escena donde comparten una manzana, ella y el gallo, mordiendo del mismo lado, como si por ese pequeñísimo instante no existieran ni las deudas ni los gallódromos.

Sin embargo, el duelo no te permite quedarte en esos momentos para siempre. Te empuja hacia adelante, hacia lo que hay que hacer, aunque no quieras. Y lo que hay que hacer, en este caso, es cortarle la cresta al gallo, entrenarlo, endurecerlo y dejarlo pelear. Anaïs llora mientras lo hace. Es una escena de alguien haciéndole daño a lo único que ama porque el mundo no le dejó otra salida. Yo no sé si hay algo más honesto que eso en todo el cortometraje: el dolor, retratado en unas tijeras y un animal que no entiende por qué se le lastima.

Cuando finalmente entra al ring, cuando pone a Balthazar contra Julius, el campeón de Tom, ella no está apostando sólo dinero. Ya lo sabemos. Está apostando lo último que le queda de su padre contra el hombre que más se parece a él ahora que él no está. Y gana. Balthazar gana. Pero gana malherido, casi muerto, y ella tiene que sostenerlo en sus brazos mientras se apaga, mientras agoniza.



Después viene el cuchillo. Ella misma lo mata, para que no sufra más. La sangre le cae a los pies. Y ahí es donde el film deja de ser sobre gallos de pelea y se convierte en algo que cualquiera que haya perdido a alguien reconoce enseguida: el momento en que lo último que te quedaba de esa persona también se va. En este mundo no hay funerales para un gallo, y menos para uno de pelea. No hay nadie que le mande flores. Sólo estás tú, con las manos manchadas y un silencio que antes tenía plumas.

La última imagen es Anaïs sentada en el mismo café donde todo empezó, con una pluma de Balthazar entre los dedos. Ya no llora. No porque esté bien, sino porque ya no le queda nada más adentro para sacar. Pagó la deuda. Sobrevivió. Y perdió, otra vez, lo poco que le quedaba de su padre, pero esta vez de manera definitiva.

Demoulin no te dice si valió la pena, o si ella hizo lo correcto, o si hay redención en algún lado de todo esto, pero ayuda a plantear la pregunta “¿qué te queda cuando se va también lo último que quedaba?”.

Beaks es fundamentalmente un filme sobre la transmisión del trauma económico de una generación a la siguiente, pero no de forma sentimental directamente. Demoulin lo encarna en los gallos, en la violencia ritual de las peleas, en el hecho de que Anaïs debe literalmente hacerse cargo del último resto de su padre.

Vale la pena mencionar que la muerte del padre no es un evento narrativo que veamos. Apenas se menciona. Está ya muerto cuando el filme comienza. Lo que importa es cómo su muerte la persigue no como fantasma emocional sino como deuda económica concreta. Los acreedores la llaman. Hay cartas apiladas. Una voz robótica en el teléfono le lee la cantidad adeudada. La cifra es casi mundana en su pequeñez: es la deuda gris de la gente pobre europea. Es el tipo de dinero que te quiebra cuando no lo tienes.



El gallo Balthazar se convierte en la metáfora viviente de este herencia no deseada. No es que Anaïs haya elegido ser criadora de gallos de pelea. Es que es lo que su padre hacía. Es lo que quedó. Y porque es lo que quedó, es lo que debe hacer.

Pero la brillantez del film está en que Demoulin nunca trata el gallo como mera metáfora. Balthazar es un animal real con agencia propia. Come, se mueve y resiste el entrenamiento. Cuando Anaïs intenta darle pasta, él no la toma. Cuando intenta hacer que coma Corn Flakes —su dieta anterior— su cuerpo recuerda el sabor, pero ya está siendo transformado. El gallo no es pasivo. Está siendo reconstituido en el molde que el mundo de las peleas requiere.

Aquí es importante notar que el film, sutilmente, está hablando de género también. El norte de Francia, ese mundo de los gallódromos, es un espacio profundamente masculino. Anaïs es la única mujer joven en cada escena. Los hombres apuestan, hablan y negocian. Ella, en cambio, entra como extranjera. Su conocimiento es cero. Sus instintos por defecto son querencia (ella quiere quedarse con Balthazar, alimentarlo y criarlo como mascota). El mundo le está diciendo que su instinto de cuidado es incompatible con la sobrevivencia.

La escena donde ella corta la cresta de Balthazar no es solo sobre la transformación del gallo. Es sobre la violencia que se requiere para que ella ocupe un lugar que no le fue hecho. Debe ser capaz de mutilar… debe ser capaz de ver a algo que ama ser destrozado… debe ser capaz de matar. Son todas las cosas que supuestamente los hombres pueden hacer sin que ello los destruya.

La relación entre Anaïs y Tom funciona también en múltiples niveles: Tom es una figura paternal, pues la conoce desde que era pequeña… la recuerda. Pero él también está inmerso en este mundo de peleas, de ganancias y de violencia ritualizada. Cuando él le sugiere que ella se convierta en su compañera en el negocio, que maneje sus gallos, ella dice que no. No quiere esa vida. Él se siente rechazado. Y cuando finalmente llega el combate entre Balthazar y Julius, Tom coloca su gallo campeón contra el de ella. Es un acto de retribución quizás, o simplemente de verdad: si quieres jugar este juego, debes jugar completamente. No hay puntos por intención. No hay perdón por ser joven.

Es difícil no ver en Beaks una conversación con el cine de arenas de violencia ritual. Desde Raging Bull de Scorsese hasta documentales sobre deportes donde la violencia es el contenido mismo, hay una tradición cinematográfica que observa los espacios donde los hombres (principalmente) van a ver destrucción ritualizada. Lo que Demoulin hace aquí es invertir parcialmente ese lente: la participante central no es un hombre buscando gloria; es una mujer siendo forzada por circunstancia a convertirse en alguien que participa en esa destrucción.

Algunos han dicho que “Beaks es más que lo que inicialmente esperas”, pero esa es la clase de frase que odio porque sugiere que hay una expectativa base que es superada. En mi opinión, Demoulin no hizo un film “sobre” peleas de gallos. Usó las peleas como el espacio donde todo lo que importaba emocional y económicamente podía ser visualizado. El gallo se convierte en la economía de Anaïs. Su cuerpo se convierte en la prueba de su disposición a hacer lo que debe hacer. El combate es donde todas las fuerzas en su vida —la deuda, el duelo y las expectativas del mundo— convergen.

Hay académicos de cine que han escrito sobre lo que se llamaría “cine de complicidad”. La idea de que los filmes que nos obligan a ver violencia ritual, que nos ponen en la posición del espectador apoyando el acto de destrucción (porque queremos que Balthazar gane, porque queremos que Anaïs sobreviva) nos implicaba moralmente. Beaks funciona en ese concepto. No podemos estar de lado de Anaïs sin estar también de lado de la violencia que comete.



¿Es esto una condena de las peleas de gallos? ¿Es una celebración de la resiliencia de Anaïs? ¿Es una exploración de la pobreza rural sin juicio prescriptivo? El filme rehúsa responder, que es probablemente su mayor fortaleza. La ambigüedad es lo que lo hace funcionar.

Para mí, Beaks es un filme que construye su significado en capas mediante la acumulación de decisiones formales muy específicas. Por ejemplo, la brillante relación entre Anaïs y Tom, que toca conceptos sobre mentoría y traición. Él la guía, pero también la coloca en posición de ser destruida. O de destruir a su campeón. Es una relación compleja que sólo un gran director y guionista podría escribir (¡impecable trabajo, Xavier y Louise!).

Y las decisiones de Demoulin en cuanto a forma —la sobriedad de la cinematografía, la nimiedad del diálogo o la negación de Anaïs a un final de redención— trabajan juntas para crear un filme que se siente como una observación.

Lo que importa finalmente es que, cuando Anaïs está en ese café al final, con una pluma de Balthazar en los dedos, sentimos no victoria sino pérdida. Ella sobrevivió. Pagó sus deudas. Demostró que podía jugar (y ganar) en el mundo de los hombres. Pero algo fue destruido en el proceso. Y no sólo el gallo: parte de ella… y el filme acepta esa destrucción sin redimirla. Simplemente está ahí. Y continuará.

 

REPARTO

Lauréna Thellier, Raphaël Thiery, Michel Masiero

 

EQUIPO

Un Film de Xavier Demoulin

Scenario de Xavier Demoulin et Louise Dubois

Produit par Archibald Martin, Hélène Mitjavile et Théo Laboulandine

Chef opérateur – Alex Cabanne

Ingénieure son – Mariette Mathieu-Goudier

1er Assistante mise en scène – Marilou Signolet

Directeur de production – Hugo Riggi

Montage image – Mona-Lise Lanfant

Montage son – Valère Raigneau

Musique originale de Stéphane Gassot composée et enregistrée avec le soutien de la SACEM en association avec la Maison du Film

Conseillère Animalière coq de jeu – Flore Gullermo

Scripte – Alex Mannessier

Charge de Figuration – Clément Morelle

Perchman – Arnaud Chu

Cheffe costumière – Sarah Guichard

Habilleuse – Elisa Plançon

Maquilleuse – Marion Chaudron

Renfort maquilleuse – Claire Dournel

Maquilleur FX – Willfried Pirrin

Assistante maquilleur FX – Alexia Selini

Décorateur – Yazid Doudou

Assistante décorateur – Myrtille Lakel

1er Assistant opérateur – Thomas Vanhelst

2nd Assistant opérateur – Camille Groscarret

Chef électricien – Yann Alexis Maus

Chef machiniste – Hector Feret

Stagiaire caméra – Charles Paternault

Mixeur Son – Xavier Thibaut

Bruiteur – Christophe Burdet

Ingénieur Son bruitages – Lucas Salamon

Étalonneur – Evy Roselet

Assistant monteur – Pierre-Loup Ray

 

Pour Melocoton

Administratrice – Élodie Lhostis

Chargé de production – Nathan Pauleau

Assistantes de production – Lou Robert, Juliet Evrard, Estelle Marcelli

Renfort machinerie – Candice Leroy

Renforts électricité – Victor Flogny, Lucas Boutoille, Lucas Betremieux

Régisseuse Générale – Émilie Daubresse

Régisseur Adjoint – Hugues Collet

Auxiliaires Régie – Denis Dekeyser, Paul Oudin

Stagiaire mise en scène – Ulys Dykcik

Stagiaire Régie – Simon Delahaye