Reseña | "The Birthday Gift" de Arianna Ortiz
THE BIRTHDAY GIFT
SINOPSIS
En este juguetón drama familiar entre
culturas, una visita inesperada trastoca la vida de una madre y una hija
argentinas durante una gélida noche en Chicago.
RESEÑA
¿Cómo se le dice a una persona que sus
padres no son sus padres, o que el apellido que firmó mil veces en la vida no
es el suyo…? ¿…que la cara que busca parecido familiar en el espejo viene de
otro lugar, que cada cumpleaños que festejó fue, en realidad, otra fecha, otro
nombre y otra historia? Decir eso voltearía de un golpe los recuerdos de
infancia, las fotos de un álbum familiar, las anécdotas repetidas mil veces
sobre cómo nació, los rasgos heredados que le atribuyeron a sus abuelos, hasta
la lengua con la que aprendió a descubrir el mundo. Se cae la genealogía
entera: los hermanos dejan de ser hermanos, los abuelos dejan de ser abuelos, y
en el lugar de todo eso queda un vacío que ninguna explicación, por más
delicada que sea, alcanza para llenar con la misma inocencia de antes.
Y a todo esto, ¿cómo se le dice a alguien
que el nombre con el que vivió toda la vida no es el suyo? Esa es,
literalmente, la última pregunta de The Birthday Gift, el corto de
Arianna Ortiz, y hace falta llegar hasta el final para entender que el filme
entero estuvo construido alrededor de ella desde el primer plano.
Ese
primer plano es una imagen que me pareció como un tatuaje en la memoria: el agua
que cruza Chicago, congelada de punta a punta, vista a la par de un auto en
movimiento. Ahí van dos personas que todavía no conocemos, Carolina (Margarita
Lamas) y César (Ignacio Serricchio). Él le toma la mano a ella, sin decir nada.
Van camino a una fiesta de cumpleaños, y lo que llevan encima pesa mucho,
muchísimo más que cualquier regalo envuelto en papel de colores. Alerta de spoiler
para todo aquel que no desee continuar hasta haber visto el cortometraje. Durante
la dictadura militar argentina, el arma más eficaz no fue ninguna que se
pudiera confiscar en una requisa: fue borrarle a alguien su nombre real y
reemplazarlo por otro, para siempre, sin que la víctima llegara nunca a
enterarse. A Ortiz le alcanzan menos de dieciséis minutos y una sola mesa de
comedor para meter esa idea en el cuerpo del espectador.
La
cena es el cumpleaños de Soledad, interpretada por Paula Pizzi, una mujer
argentina que vive una temporada con su hija Gabriela (Cruz Gonzalez-Cadel), su
yerno estadounidense Marty (Nate Santana) y su nieto nacido en Chicago. Los
primeros minutos son puro naturalismo doméstico. Me atrevería a decir que, para
el espectador desprevenido, en apariencia nada está ocurriendo. Soledad ordena
la casa de forma un poco neurótica, le dice a su hija que se cambie porque lo
que tiene puesto “no es femenino”, y discute con Marty sobre César, el invitado
nuevo que conoció en la iglesia. Gabriela practica el violoncelo en su cuarto.
En la puerta hay un cartelito pidiendo que no toquen el timbre para no
despertar al bebé.
Lo
que más funciona de esta primera mitad es que no está ahí solo para hacer
tiempo antes del golpe. Ortiz construye una normalidad bien específica, con sus
chistes internos (la amenaza constante de que Sol va a obligar a Gabriela a
tocar “El Choclo”, un tango antiguo) y un vaivén natural entre español e
inglés, a veces dentro de la misma frase. Marty intenta hablar español para
caerle bien a la familia de su esposa y Sol se ilumina cuando lo escucha.
También
hay una vena de humor liviano que ayuda a que uno baje la guardia antes del
golpe. César habla con Marty, adulándolo como arquitecto y cocinero, casi con
admiración, y Gabriela se burla diciendo que además es guía turístico. Marty
corrige, medio en broma medio en serio, que no es guía turístico, que es “museum
docent”, que así se conoció con Gabriela. Es un chiste de pareja, de esos
que sólo tienen gracia para quien los repite demasiado, y la película confía en
que el espectador va a reconocer el tono.
Cuando
llegan César y Carolina, algo cambia en el aire, aunque nadie lo diga en voz
alta. Sol recibe a ésta última con un beso, encantada. Carolina, en cambio,
mira el lugar con un recelo que no logra disimular del todo. Por un rato, larga
es la sospecha de que estamos ante una mujer mayor engreída, de esas que juzgan
la casa ajena apenas cruzan la puerta. La película deja que pensemos eso
durante varios minutos, a propósito. Recién sobre el final entendemos que lo
que estábamos leyendo como esnobismo era, en realidad, otra cosa completamente
distinta.
El
punto de inflexión llega con el violoncelo. Gabriela lo saca para tocar, cuenta
que conoció a Marty porque a él le gustó su voz “porque sonaba sexy” (se ríen,
se besan, es un momento tierno y sin pretensiones) y arranca con “El Choclo”.
Es en este momento cuando Carolina, que hasta ahí venía tensa, la mira fijamente.
Casi se desmaya al verla llegar antes, y ahora, mientras suena la música, algo
en su cara se ablanda de una manera que no tiene nada que ver con la cortesía
social. Le toma las manos a Gabriela y le dice: “la música te corre por las
venas”. Sol, que está cerca, asume que Carolina se refiere a ella y a su
marido, que son “muy musicales”. Pero la cámara y la actuación de Lamas dejan
clarísimo que Carolina no está hablando de Sol en absoluto. Es la línea más
importante de todo el corto, y hay que prestarle atención: no es un cumplido
genérico de invitada agradecida, es el reconocimiento de un rasgo de sangre, de
la propiedad sanguínea de un talento. Carolina está viendo algo que ninguno de
los presentes puede ver todavía.
A
partir de ahí, la cena entra en un terreno cada vez más incómodo sin que nadie
levante la voz. César interviene para bajarle el clima raro al momento, dice
que Carolina es “muy fan” de Gabriela, que la vio en una revista argentina.
Comen, hablan de otras cosas, entra una videollamada de Juan, el marido de Sol,
que se quedó en Argentina, y por un rato la película respira. Y ahí, casi de
casualidad, en medio de la sobremesa, Sol le pregunta a César si su padre
murió. Es una pregunta inocente (aunque cruel), del tipo que se hace en una
cena para llenar un silencio. La respuesta no tiene nada de inocente.
César
cuenta que, a los diecisiete años, mientras su padre se moría de una enfermedad
de hígado, su madre lo llevó a dar una vuelta en auto después de visitarlo en
el hospital. Que se estacionó, que le agarró la mano y que él pensó que le iba
a decir que el padre se estaba muriendo. Que el silencio duró una eternidad. Y
que lo que ella le dijo fue otra cosa: que él era hijo de desaparecidos. Que su
padre lo había sacado de los brazos de su verdadera madre, prisionera en un
centro clandestino de detención, y que le había mentido toda la vida diciéndole
que esa mujer había muerto. Que en realidad la subieron a un avión, la drogaron
y la tiraron al mar. César recuerda que abrió la puerta del auto y vomitó en la
calle, que hizo dedo para irse de ahí, que un auto paró y le preguntaron el
nombre, y que en ese momento se dio cuenta de que no sabía cuál era su
verdadero nombre. Después de eso, dice, supo que su madre biológica alcanzó a
ponerle “César” antes de que la mataran.
No
he podido olvidar esa historia. El momento en que César, parado al costado de
la ruta haciendo dedo, se da cuenta de que no sabe cuál es su propio nombre. Por
eso empecé así mi reseña. No es una frase hecha para sonar poética. Es,
literalmente, lo que le pasa a alguien cuando la mentira que sostuvo su
identidad entera se cae de golpe: hasta el dato más básico, el que uno usa mil
veces por día sin pensarlo, deja de ser confiable. La película no vuelve a
mencionar ese detalle después, no hace falta, porque es exactamente lo que le
está por pasar a Gabriela sin que ella lo sepa todavía.
Es
un monólogo durísimo, contado sin golpes de efecto, con Serricchio manteniendo
la voz baja casi todo el tiempo. Marty no sabe qué decir y suelta un “holy
shit, I was not expecting that” que en cualquier otra escena sonaría torpe,
pero aquí funciona porque es exactamente lo que uno, como espectador, también
está pensando. Lo interesante es que en el momento en que César cuenta su
historia, espectadores como yo, todavía no entendemos por qué la está contando
ahí, esa noche, frente a esas personas. La escena parece un desvío emocional
del cumpleaños. Recién en retrospectiva se entiende que no fue un desvío: fue
la preparación del terreno. César no está contando una anécdota personal al
azar. Está mostrando, sin decirlo, el mismo tipo de revelación que Carolina
vino a hacer.
Y
entonces llega. Sol, que hasta ese momento estuvo relativamente tranquila,
cambia por completo cuando entiende que la visita de César y Carolina no tiene
nada que ver con la iglesia ni con ser “fans” de su hija. Les pregunta con asco
por qué vinieron a Chicago, si la usaron a ella para llegar hasta Gabriela.
Carolina se pone de pie y dice, con una firmeza que contrasta con toda su
contención anterior: “yo tengo un regalo... para Gabriela”. Sol grita que se
vayan de la casa. Marty repite, cada vez más perdido, que no entiende qué está
pasando. Y en medio de ese caos, Carolina camina hacia Gabriela, que ya está
llorando sin entender bien por qué, y le pregunta: “¿vos querés saber tu
nombre?”.
Ahí
corta. Sin resolución, sin explicación final, sin que nadie confirme nada. Es
una decisión de guion arriesgada y, para mí, la correcta. Cualquier cierre más
explícito habría convertido una historia sobre memoria e identidad en un simple
giro de guion, un “plot twist” para sorprender. Cortar en la pregunta
obliga al espectador a quedarse con la misma sensación de vértigo que está
sintiendo Gabriela en ese instante: la certeza de que todo lo que creía saber
sobre sí misma se acaba de tambalear, sin todavía tener el nombre nuevo para
reemplazarlo.
Algo
que la película deja abierto, a propósito, es qué sabía Soledad realmente. Su
reacción en la escena final se puede leer de dos maneras muy distintas y
ninguna de las dos se cierra del todo. Puede ser el pánico de alguien que supo
siempre la verdad y pasó cuarenta años construyendo una vida entera sobre esa
mentira, defendiéndola con uñas y dientes ahora que se le viene abajo. O puede
ser el pánico de alguien genuinamente engañada, que en algún momento recibió a
una bebé y jamás se preguntó de dónde venía, o se preguntó y decidió no seguir
preguntando. Las dos lecturas conviven en la actuación de Pizzi sin que el
cortometraje se incline claramente por ninguna, y me parece una decisión
inteligente: en los casos reales de apropiación, el grado de conocimiento de
las familias apropiadoras varió muchísimo, desde cómplices directos de la
represión hasta personas que sostienen, hasta el día de hoy, que no sabían
nada. Resolver esa ambigüedad en dieciséis minutos habría sido mentir sobre lo
complicado que es este tema en la vida real.
Ahora,
algo que quiero decir con todas las letras porque me parece importante: si,
como yo, uno no conoce la historia de Argentina entre 1976 y 1983, es fácil
quedarse con esta película en el nivel del drama familiar y perderse por
completo lo que realmente está pasando (nos volvemos el Marty de la película,
vamos). Yo tampoco la conocía en detalle antes de meterme a investigar para
esta reseña, así que va un poco de contexto para quien esté en la misma
situación.
El
24 de marzo de 1976, una junta militar tomó el poder en Argentina y estableció
una dictadura que se autodenominó “Proceso de Reorganización Nacional”. Lo que
siguió fue un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de
opositores políticos, reales o supuestos, que la Justicia Argentina reconoció
después como genocidio. Miles de personas fueron llevadas a centros
clandestinos de detención, torturadas y asesinadas, muchas de ellas arrojadas
vivas al mar desde aviones, en los llamados “vuelos de la muerte”. La cifra
concreta de desaparecidos sigue siendo objeto de investigación y debate, pero
se cuenta en miles.
Dentro
de ese horror hubo una práctica particularmente calculada: las mujeres
embarazadas detenidas eran mantenidas con vida hasta dar a luz, muchas veces
torturadas durante el embarazo, y una vez que nacían los bebés, las madres eran
asesinadas. Los recién nacidos eran entregados como si fueran botín de guerra a
familias de militares o allegados al régimen, con identidades falsificadas, actas
de nacimiento falsas y, en la mayoría de los casos, sin que la familia adoptiva
supiera —o quisiera saber— el origen real del pequeño. Un jefe de policía de la
provincia de Buenos Aires llegó a decir públicamente que él no “eliminaba” a
los hijos de los “subversivos”, que simplemente los entregaba a organizaciones
para que consiguieran nuevos padres. Se estima que alrededor de quinientos
niños fueron apropiados de esta manera y criados, muchas veces, en la misma
casa de las personas responsables de la muerte de sus padres.
Frente
a esto, un grupo de mujeres, madres y abuelas de desaparecidos, empezó a
reunirse desde 1977 para buscar a sus nietos. Se llamaron primero Abuelas
Argentinas con Nietitos Desaparecidos y después Abuelas de Plaza de Mayo. En un
contexto donde la Justicia les cerraba las puertas, la Iglesia guardaba
silencio y cualquier organismo internacional dudaba en meterse, estas mujeres
recorrieron juzgados de menores, orfanatos y casas cuna, siguieron a familias
sospechosas por la calle, sacaron fotos de nuños en jardines de infantes
buscando parecidos, y armaron a mano una red de información clandestina. Para
reunirse sin llamar la atención de los militares, muchas veces simulaban
festejos de cumpleaños en confiterías de Buenos Aires: se juntaban, cantaban el
feliz cumpleaños, se daban regalos, e intercambiaban datos mirando de reojo si
alguien las seguía.
No
puedo sacarme esa imagen de la cabeza.
El símbolo más conocido de las Abuelas y las
Madres de Plaza de Mayo es el pañuelo blanco que llevan en la cabeza desde que
empezaron a marchar cada jueves alrededor de la Pirámide de Mayo, frente a la
casa de gobierno, en 1977. En su nota de directora, Arianna Ortiz cuenta que el
pañuelo que lleva puesto Carolina en la película es una referencia directa a
ese “uniforme” de las Madres y Abuelas. Es un dato que probablemente se nos
escapa a cualquiera que no conozcamos la historia, pero que cambia por completo
cómo se lee el personaje una vez que uno lo sabe: Carolina no es una anciana
rara que apareció de la nada, es, visualmente, una de esas mujeres que llevan
casi cinco décadas buscando.
El
problema técnico que estas mujeres enfrentaron durante años fue que, hasta
comienzos de los ochenta, no existía ninguna forma científica de probar el
parentesco entre un abuelo o abuela y un nieto sin recurrir a los padres, que
en la mayoría de los casos ya habían sido asesinados. Las Abuelas viajaron por
el mundo buscando a científicos que pudieran resolver ese problema, y a partir
de esas gestiones se desarrolló lo que se conoce como el índice de abuelidad,
una técnica genética impulsada en parte por la investigadora Mary-Claire King,
capaz de establecer con una precisión cercanísima al cien por ciento si una
persona es nieta biológica de determinada familia. Esa herramienta permitió, ya
con la vuelta de la democracia en 1983, empezar a restituir identidades por vía
judicial. Hoy existe un Banco Nacional de Datos Genéticos que guarda los
perfiles de las familias que siguen buscando, disponible en forma gratuita y
confidencial para cualquier persona con dudas sobre su origen. Tristemente, la
enorme mayoría de esas historias todavía no tiene final.
Con
todo esto encima, la última línea de la película, “¿vos querés saber tu nombre?”,
deja de ser una frase dramática y se convierte en algo mucho más concreto: es
literalmente la pregunta que decenas de personas en Argentina y en el resto del
mundo todavía están esperando que alguien les haga.
The
Birthday Gift está basada
en la obra de teatro The Abuelas, de la dramaturga Stephanie Alison
Walker, adaptada al cine junto con la actriz y guionista Paula Pizzi, que
además interpreta a Soledad. Walker escribió The Abuelas como pieza
complementaria de otra obra suya anterior, The Madres, y las dos vienen
de una experiencia personal bastante concreta: de chica visitó a su padre en
Buenos Aires durante los años más duros de la dictadura, sin entender del todo
por qué había militares armados en cada esquina, y de adulta, viviendo en
Argentina, terminó marchando un jueves con las Madres y Abuelas en la Plaza de
Mayo. Pizzi, por su parte, creció en Argentina en los años del golpe y ha
contado que se podría haber cruzado con cualquiera de las mujeres de esta
historia sin saberlo, en una ciudad donde la represión pasaba, literalmente, en
autos sin marcas por las calles de todos los días.
Sobre
las decisiones de filmación, Ortiz cuenta un par de detalles que me parecen
reveladores. Todo el violoncelo que se escucha en la película se tocó en vivo
durante el rodaje, notas falladas incluidas, porque quería que el instrumento
se sintiera físico y no un agregado de posproducción. Y aunque la historia
transcurre en pleno invierno de Chicago, con el río congelado como imagen
inicial, filmaron en primavera, así que buena parte de esa sensación de frío
viene del trabajo de fotografía y de color más que del clima real.
En
términos puramente de oficio, el trabajo de fotografía de Christopher Rejano
hace un trabajo prolijo con el contraste entre el exterior helado y el interior
cálido del departamento, sin obviarlo de más. La paleta que arma junto a la
colorista Natasha Leonnet se mantiene cálida y hogareña durante casi todo el
metraje, lo cual hace que el giro final golpee más fuerte por contraste: la
temperatura visual no cambia, pero lo que uno siente al mirarla sí. El montaje
de Jonathan Cuartas deja que las escenas respiren, sobre todo el monólogo de
César, sin apurar los silencios ni cortar antes de que la incomodidad se
asiente del todo.
De
las actuaciones, la que más se me quedó fue la de Margarita Lamas (aunque todo
el elenco es excepcional). Tiene la parte más difícil del elenco porque durante
la mayor parte del corto tiene que sostener un personaje que el público lee
como antipático o desconfiado, sin poder mostrar sus verdaderas cartas hasta
los últimos minutos, y lo logra con muy poco: una mirada de más, una mano que
tiembla apenas al tocar el hombro de César. Paula Pizzi, además de coescribir
el guion, construye a Soledad como una mezcla creíble de exasperante y
entrañable, y su quiebre final, cuando pasa de la alegría neurótica del
cumpleaños a la furia y el miedo, no se siente actuado de más, se siente como
alguien que lleva años protegiendo un secreto y de golpe ve que se le escapa de
las manos, como el agua entre los dedos. Cruz Gonzalez-Cadel tiene menos líneas
de diálogo, pero le toca cargar con la reacción física de todo el corto, y esa
hiperventilación final, es la imagen con la que uno se queda durante los
créditos.
Dieciséis
minutos es poco tiempo para instalar cinco personajes, dos idiomas, un tango de
fondo, una historia familiar completa y una revelación de este calibre, y sin
embargo la película no se siente apurada ni incompleta. Se siente, más bien,
como un fragmento elegido con cuidado de una historia mucho más grande, que es
exactamente lo que es. Termina con un cartel que recuerda que la identidad es
un derecho, que cualquier persona nacida entre 1975 y 1983, hija o hijo de al
menos un padre o madre argentina, y con dudas sobre su origen, puede acercarse
a Abuelas de Plaza de Mayo, y que todo contacto es confidencial.
El
corto tuvo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Cleveland
y de ahí pasó al Festival de Cine Latino Internacional de Los Ángeles, y por lo
que vi circulando entre otros críticos que lo cubrieron en ese recorrido, la
reacción se repite bastante: gente que entra pensando que va a ver un drama
familiar liviano y sale bastante más golpeada de lo que esperaba. Tiene todo el
sentido del mundo. Es un corto que se toma su tiempo en hacerte confiar en que
ya sabes qué tipo de historia estás mirando, para después mostrarte que no
tenías ni idea. Ni idea. Lo juro.
Cuando
la pantalla se pone negra, la pregunta con la que termina la película no se
apaga con ella. Se queda y, de a poco, deja de sonar como algo que le pasa solo
a Gabriela. Las Abuelas de Plaza de Mayo empezaron a buscar a sus nietos en
1977 y en 2026 todavía siguen buscando. Faltan cientos de personas que hoy
tienen entre cuarenta y cincuenta años, que a lo mejor están leyendo esto mismo
sin sospechar que su nombre real es otro. Mientras eso siga siendo cierto, la
dictadura que terminó oficialmente en 1983 no terminó del todo para nadie.
Lo
que más me conmovió de The Birthday Gift, más que el giro final, es
dónde decide poner la cámara: no en un tribunal ni en un centro clandestino de
detención, sino en una mesa puesta para un cumpleaños, con una torta y un violoncelo
un poco desafinado. Ahí es donde de verdad viven estas historias, en lo
cotidiano, entre chistes de pareja y videollamadas, y ahí es también donde
alguna vez terminan rompiéndose. La lucha de estas mujeres demuestra algo que
excede a Argentina: que un país puede negar y mentir durante décadas y, aun así,
una señora mayor con una foto vieja y una obstinación de hierro puede terminar
torciéndole el brazo a esa historia entera. Eso es una forma de justicia que no
pide permiso a nadie para empezar. El cortometraje dura dieciséis minutos. La
pregunta que deja es perenne.
Me queda también, más allá de la película,
una admiración enorme por estas mujeres. No tenían formación política, ni
contactos, ni siquiera costumbre de salir solas de su casa, según contaron
después ellas mismas, y aun así armaron una red de búsqueda que ningún gobierno
ha logrado apagar en casi cinco décadas. Eso es lo que más me interpela hoy:
que la fuerza para plantarse frente al poder no siempre viene de un ejército ni
de una ley, a veces viene de una abuela con la determinación y la fuerza que
sólo el amor le confieren. Ojalá nuestra querida América Latina, cada vez que
algún gobierno intente volver a callar, perseguir o desaparecer a alguien,
responda con esa misma terquedad.
REPARTO
Cruz Gonzalez-Cadel, Paula Pizzi, Ignacio
Serricchio, Nate Santana, Margarita Lamas, Marcelo Tubert, Vincent Santana,
Adelina Feldman-Schultz, Tony Inacay
EQUIPO
Directed by Arianna Ortiz
Written by Stephanie
Alison Walker & Paula Pizzi
Based on the Play “The
Abuelas” by Stephanie Alison Walker
An A Season of Rain
Production
In Association with
Teatro Vista Productions
Produced by Rachel
Stander
Executive Producers –
Stephanie Alison Walker, Cruz Gonzalez-Cadel
Executive Producers –
Jessica Green, Dominic Green, Lorena Diaz, Wendy Mateo, Steven Weber, D.D.
Wigley
Director of Photography
– Christopher Rejano
Production Designer –
Lalo Ayala
Editor – Jonathan Cuartas
Co-Producer – Humza Syed
Associate Producer –
Paula Pizzi
1st
Assistant Director – Catherine Kudulis
2nd
Assistant Director – Jack Reeves
Unit Production
Manager – Earle Monroe
Script Supervisor –
Rebecca Lunn
Casting Director –
Adelina Feldman-Schultz
Camera Operator –
Madelyn Momano
1st
Assistant Camera – Luciana Salinas
2nd
Assistant Camera – Kelsey Neumann
Digital Imaging
Technician – Benji Morgan
Gaffer – Seth Oberle
Key Grip – Xavier Otten
Grip – Cameron Robinson
Allen
Sound Mixer – Austin
Morgan Spann
Playback Operator –
Dan Grib
Art Director – Jonathan
Trujillo
Set Dresser – Emily Pomerenke
Costume Designer –
Marquecia L. Jordan
Costume Assistant –
Lauren Evans
Key Hair and Make-Up
Artist – Jena Mogensen
Hair Stylist – Meme L.
Pinkelton
Hair Stylist – Henrí
Mitchelle
Key PA – Nick Perry
BTS & Stills
Photographer – Jordan Skutar
Cello Consultant –
Jean Hatmaker
Ms. Hatmaker’s
Assistant – Anna Miller
Picture Car Driver –
Tony Inacay
Picture Car
Coordinator – Gracie Inacay
Catering – S&S
Catering
Payroll Services by
NPI Entertainment Payroll, Inc.
Payroll Senior Account
Manager – Erin Ray
Post Production
Services Provided by Blubird Post
Post-Production
Supervisor – Louisa Arseneau
Post-Production
Coordinator – Asuka Lin
Assistant Editor –
Benji Morgan
Media Manager –
Ellis Rogers
Color Services by
Picture Shop
Supervising Colorist
– Natasha Leonnet
Finishing Producer –
Lydiane Heckly
Color Assist – Jacob
Barajas-Santos
Workflow – Nicole Aguilar,
David Altschuler
Head of Production –
Vanessa Galvez
Sales Executive –
Derek Eby
Digital Intermediate
– Benji Morgan
DCP Creation – Ellis
Rogers
VFX Supervisor – Lou
Pecora
Cello – Jean Hatmaker
Supervising Sound
Editor – Bryan Parker
Sound Effects Editor
– W. Blake Cook
Dialog Editor –
Caleb Hollenback
Re-Recording Mixer –
Bryan Parker
Additional ADR –
Caro Cappiello
Timed Text and
Accessibility Coordination – All Senses Go
Captions – Matt Lauterbach
Spanish Translation – Paula Pizzi
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