Reseña | "DOSH (दोष)" de Radha Mehta

DOSH

दोष



 

SINOPSIS

Cuando la vida de su hijo corre peligro durante el ritual previo a la boda de su familia, una madre con problemas de audición debe decidir cómo buscar ayuda para su marido.

 

RESEÑA

Low battery”. Karishma apaga momentáneamente sus audífonos y el ruidoso mundo desaparece de golpe, reemplazado por el zumbido bajo y constante de un aire acondicionado. Nada más. Ese silencio, elegido y no sufrido, dura apenas unos segundos de metraje, pero ahí está un poderoso mensaje: una mujer que encuentra paz en el instante exacto en que deja de escuchar; una mujer que se permite el mundo para sí misma al menos durante ese ínfimo tiempo.

No hace falta conocer la biografía de su talentosa directora, Radha Mehta, para sentir que esa delicada y preciosa escena inicial no salió de un estéril taller de guion. Ella misma es hipoacúsica. Ella misma sabe que la falta nunca es de quien la padece. El cortometraje mismo no se conforma con enunciar este hecho obvio, sino que lo demuestra, escena por escena, mostrando cómo una misma familia puede señalar una discapacidad visible con total impunidad mientras esconde, con vergüenza, una enfermedad mental invisible. Una mano que acomoda un mechón de cabello sobre una oreja. Un cuerpo que se hunde en una piscina de noche, sin que nadie lo note a tiempo. Una bañera llena, con dos personas adultas y vestidas sentadas dentro, sin decirse nada más de lo que la cercanía corporal es capaz.

Esa doble perspectiva, asimétrica e injusta, es el verdadero motor de “Dosh”, cuyo significado en español es “defecto”. El cortometraje no pregunta si hablar de salud mental cura algo, sino más bien quién tiene el permiso de “fallar” en público y quién tiene que aprender a esconder tales “defectos”. Catorce minutos alcanzan para plantear esta pregunta con una precisión que, me atrevo a asegurar, muchos largometrajes envidiarían.



Lo vi varias veces antes de sentarme a escribir esto. La primera vez me quedé con la trama: una madre hipoacúsica, un esposo con bipolaridad sin diagnosticar, una suegra que prefiere el silencio a la verdad. La segunda vez empecé a notar otra cosa: cuánto trabajo hay debajo de esa trama, cuánta intención en cada decisión de sonido, de encuadre, de vestuario. Ahí es donde quiero llevarlos.

Contar una herida propia es difícil. Mehta ha reconocido que, sin su coguionista, Noorah Al-Eidi, se habría quedado paralizada frente a la página. Esa colaboración explica algo que se nota en pantalla: el guion no necesita detenerse en ningún aspecto para hacerlo obvio, pues confía en que el espectador entienda lo que los personajes no dicen, que es, precisamente, el tema del cortometraje. Un guion sobre el silencio, pero que no le teme al silencio.

La acción entera transcurre durante los preparativos y finalmente la celebración de una boda tradicional india, junto a una piscina en la casa familiar, con una compresión cuidadosa del tiempo: una fiesta cálida se aprieta, minuto a minuto, hasta un clímax que dura segundos reales, pero se siente interminable.

El primer plano ya anticipa el tono: la casa de noche, cerrada, en silencio, antes de que aparezca un solo personaje. Después el título se transforma en la palabra inglesa “fault”. Esa traducción visual, en mi opinión, no es un adorno tipográfico de ningún tipo. Anuncia que el cortometraje va a jugar todo el tiempo con lo que se pierde y lo que se gana cuando una palabra cruza de un idioma a otro, de una generación a otra, de una cultura a otra.

La secuencia de apertura sostiene esa promesa mejor que ninguna otra. Regreso a ella: Karishma está en el cuarto de lavado; sus audífonos avisan batería baja. Los apaga. Durante varios segundos escuchamos sólo lo que ella escucha: un aire acondicionado zumbando a lo lejos, apenas eso. No es un silencio vacío, es un silencio construido con intención. Y en ese aislamiento, sin transición explicada, el mismo cuarto se convierte en su cabeza en un salón de baile. Un reflector la ilumina. Baila sola, con henna en las manos, mezclando ballet con algo más libre, casi improvisado, casi que le sale del alma. Es el único instante de la película donde Karishma se ve completamente suelta, y ocurre justo cuando no puede oír nada del mundo exterior. La sordera, aquí, deja de ser encierro y se convierte en una especie de refugio. Ese doble filo, cárcel y refugio en el mismo gesto, atraviesa el metraje entero.



Mehta llamó al sonido “su propio personaje” dentro de Dosh, y no exageraba. El diseño sonoro construye la trama igual que cualquier actuación del elenco. La pista se mueve constantemente entre el ambiente normal y el sonido amortiguado, entre la música tradicional de la boda y un feedback agudo e insoportable que estalla en el instante exacto en que Ram le arranca los audífonos a su esposa. Ese pitido, seguido de un silencio sordo, funciona como el golpe más violento de toda la película, aunque nadie reciba un impacto físico en cuadro. La violencia vive en el audio. La imagen se limita a observarla.

Esa lógica llega a su punto más tenso en la piscina, cuando Rishi flota boca abajo y la banda sonora desaparece casi por completo. Sólo queda la respiración entrecortada de Karishma, que en ese momento no lleva puestos sus audífonos: nosotros oímos exactamente lo que ella oye, que es casi nada. Cuando por fin aparece un latido en la mezcla, la ambigüedad es total: no sabemos si pertenece a Rishi o a Karishma. Tal vez pertenece a ambos: al corazón que se niega a irse de Rishi, y al corazón sintiente, latiente, amoroso de la madre. Dos corazones latiendo al unísono para comprenderse mutuamente.

Y, hablando de eso, ningún símbolo en Dosh trabaja tan duro como el agua. Al principio, la piscina es escenario de un juego padre–hijo con una tensión que no comprendemos todavía: es tarde para que un niño esté nadando, Karishma lo sabe y lo dice, y la reacción defensiva de Ram frente a ese límite ya anuncia lo que viene.

Después, esa misma piscina se convierte en el lugar donde Ram, furioso, arroja los audífonos de su esposa. El agua deja de ser diversión familiar y pasa a ser escondite de aquello que la comunidad, la sangre misma, lee como debilidad. Más tarde, en la escena más dura del corto, la piscina casi se traga al hijo de ambos.

El giro final llega en la bañera, ya de noche, en la casa vacía de invitados. Ram se mete vestido y se sienta sin decir nada. Karishma entra también vestida y se sienta junto a él. El mismo elemento que antes separaba y amenazaba ahora contiene a los dos, quietos, sin la mirada de la familia ni el peso del idioma que tantas veces los traicionó durante la noche. Es una imagen rara si se la piensa fuera de contexto: ¿dos adultos vestidos dentro de una bañera llena de agua en medio de la noche…? Tonterías… Sin embargo, dentro de la lógica que construyó la película, es la única resolución posible: el único lugar donde ambos pueden simplemente existir, sin actuar para nadie más.

La escena que resume el argumento entero de Dosh ocurre en una cocina, sin testigos. Karishma le cuenta a su suegra, Shilpa, que sospecha que Ram tiene un trastorno bipolar. La respuesta llega rápida: eso es un invento occidental, una estafa americana. Los problemas de familia, le recuerda, se quedan bajo el mismo techo. O como se dice en México: “la ropa sucia se lava en casa”. ¡Qué equivocación! Y entonces, en el gesto que define toda la película, Shilpa le acomoda el cabello a Karishma sobre la oreja para tapar sus audífonos, mientras le dice que todos tenemos nuestras fallas.

Ahí está la tesis de la película, resumida en un movimiento de mano de tres segundos. La discapacidad de Karishma es visible, física, y por eso se puede señalar y ocultar. La condición de Ram es invisible, y por eso se puede negar o disolver en “mucho trabajo” y “estrés”. Ninguna de las dos cosas es en realidad una falla. Son condiciones que la gente atraviesa. Pero Dosh muestra que no se juzgan igual: si Karishma perdiera el control como lo pierde Ram, nadie hablaría de estrés.



Mona Sishodia evita convertir a Shilpa en villana de manual, quiero dejar eso claro. Hay cariño genuino en su mirada, hay una madre asustada que probablemente carga su propio silencio heredado. Mehta no la vuelve enemiga; la vuelve producto de un sistema entero, lo cual resulta bastante más incómodo de ver que un antagonismo simple.

Renu Razdan construye a Karishma desde el cuerpo antes que desde el texto. Su mirada busca labios, manos, gestos, con la atención constante de quien lee el entorno para compensar lo que el oído no capta del todo. Esa vigilancia se traslada a cómo cuida a su hijo y a su esposo: siempre observando, siempre anticipando, sosteniendo un equilibrio que no depende únicamente de ella pero que recae, casi siempre, sobre sus hombros.

Nikhil Prakash tiene menos minutos en pantalla y aun así completa un arco entero: la ternura casi infantil de la escena en la piscina con su hijo, la furia repentina al arrancarle los audífonos a su esposa, la vulnerabilidad muda de la bañera. Ninguna transición se siente forzada porque el guion nunca intenta explicar la bipolaridad con lenguaje clínico o lejano. La muestra en comportamiento, en cambios de tono, en la mirada confundida que Ram le dedica a Karishma cuando ella confiesa que ya no puede quitarse los audífonos ni para dormir.

La producción de arte, a cargo de Sandra B. Rodríguez, trabaja con símbolos tradicionales de la boda india aprovechando su significado intrínsecamente familiar. La henna en las manos de Karishma es notoria primero durante su danza en el cuarto de lavado, después reaparece durante el ritual junto a la piscina, cuando la familia se pasa una charola con velas y cada quien toca a los novios en las mejillas. Ese diseño repetido en las manos conecta ambos momentos: el de libertad privada y el de ritual público, como si la misma marca cultural pudiera significar orgullo en un contexto y obligación en otro.

También hay un detalle pequeño que se agradece: Rishi, el hijo, le pone una flor entre el cabello a su madre en un gesto espontáneo, y ella se conmueve. Es la misma zona del cuerpo, el cabello sobre la oreja, que después usa la suegra para ocultar los audífonos.

Joseph Murphy, el editor, sostiene un ritmo pausado durante casi toda la primera mitad: deja que la fiesta respire, que los diálogos en la cocina se sientan incómodamente largos, como en la vida real. El quiebre llega cuando Rishi se aleja de la fiesta sin que nadie lo note. Ahí el montaje acelera, alternando cortes cortos entre el baile forzado de Karishma y el niño acercándose solo a la piscina. Es tensión de manual, sí, pero funciona porque dura poco y desemboca rápido en la escena central sin regodearse en el suspenso vacío.

Después del rescate, el ritmo vuelve a bajar deliberadamente, y se nota. El auto, la cama de Rishi, la bañera: escenas largas, casi contemplativas, como si el montaje necesitara recuperar el aliento después del susto. No hay cierre catártico ni ruidoso. Esa negativa a acelerar el final es coherente con todo lo anterior: nada se resuelve del todo, pero algo, por fin, empieza a nombrarse.

En los últimos años hubo un puñado de trabajos centrados en comunidades sordas o hipoacúsicas que lograron atención masiva: Sound of Metal, CODA ganando el Óscar a mejor película, la serie de Marvel Echo. Dosh dialoga con ese momento cultural, pero se distingue porque no hace de la sordera el conflicto central de la trama. La sordera de Karishma es una capa más dentro de un entramado familiar mucho más amplio, y esa decisión evita el riesgo de convertir la discapacidad en el único rasgo definitorio del personaje.

Mehta mencionó en más de una entrevista su admiración por The Long Goodbye, el cortometraje de Riz Ahmed que ganó el Óscar en 2022, como referencia de algo que combina familia, música y comentario social sin perder intimidad. Se nota el eco en Dosh: la escena de danza que abre la película tiene una función parecida a la que cumple la música en el trabajo de Ahmed, funciona como válvula de escape antes de que todo se rompa. Y, en opinión de este humilde crítico, ambos trabajos son exquisitos.

Nada se resuelve del todo en Dosh, y esa es la decisión más honesta de Mehta. Ram no sale “curado”. Shilpa no tiene una epifanía de último minuto en la que pide perdón y todo se acomoda. Rishi pregunta si su papá va a estar bien y Karishma no contesta; sólo lo arropa. Ese silencio final, tan calculado como todos los demás silencios del corto, no promete que hablar de salud mental resuelva nada de inmediato. Promete, apenas, que dejar de fingir es el primer paso, y que ese primer paso ya es bastante. El futuro y la unión familiar serán herramientas que decidirán qué pasará después.

Mehta lo dijo sin rodeos cuando le preguntaron qué mensaje quería dejar en la audiencia: la vergüenza no ayuda a nadie. Sonaría a eslogan de campaña si la película no hubiera pasado los catorce minutos anteriores demostrando exactamente cómo opera esa vergüenza, cómo se transmite de una generación a otra a través de un gesto tan pequeño como acomodar el cabello de alguien.

Ahí está, entonces, la respuesta a la pregunta con la que arrancó esta reseña: quién tiene permiso de fallar en público y quién no. Dosh no ofrece una solución. Ofrece algo más difícil de conseguir en catorce minutos, que es hacer visible el mecanismo detrás del fenómeno. Una vez que se ve, ya no se puede dejar de verlo.

 

REPARTO

Renu Razdan, Nikhil Prakash, Tyler Anton, Mona Sishodia, Srishti Birla, Deven Patel, Asit Vyas, Nadine Naidoo, Neel Agrawal, Saher Afridi, Satish Brahme, Vedanten Naidoo, Ajay Patel, Pravesh Mukhi, Priya Mehta, Sheheryar Ahsan

 

EQUIPO

Directed by Radha Mehta

Story by Radha Mehta

Screenplay by Noorah Al-Eidi & Radha Mehta

Produced by Gabriel Gutiérrez

Executive Producers – Vipin Mehta, Ravé Mehta, Bhavani Rao

Associate Producer – Jack Owens

Cinematography by Isue Shin

Production Design by Sandra B. Rodríguez

Edited by Joseph Murphy

Unit Production Manager – Pery Michael

1st Assistant Director – Jeffrey Trenner

2nd Assistant Director – Pablo Riesgo Almonacid

Casting Director – Avani Parikh Dhar

2nd Unit Camera Operator – Daniel Miramontes

Steadicam Operator – Raphael van Oostrum

Underwater Camera Operator – Danger Charles

1st Assistant Camera – Pascale Williams

2nd Unit 1st Assistant Camera – Taylor Rowson

2nd Assistants Camera – Priscilla Mars, Madeleine Woolner

Still Photographer – Jared Hawkley

Line Producer – Zitian Zhang

Script Supervisor – Noorah Al-Eidi

Production Coordinator – William Serri

Gaffer – Sarah Megysey

Electrics – Umesh Patil, Matt Kleppner

Key Grips – Bryan Tran, Christian Chico

Dolly Grip – Daniel Miramontes

Grips – Luis García, Jesse García, Jack Lattin

Location Manager – Gabriel Gutiérrez

Location Site Reps – Joe Regis, Raza Cruz

Assistant Editor – Praboo Arivananthan

Production Sound Mixer – Creigh Yanchar

Boom Operator – Brandon Ambrose

Art Director – Suneha Balasubramanya

Set Decorators – Georgina Gutiérrez, José Herrera

Art Department Coordinator – Roger Guzmán

Construction Coordinator – Rudy Simon

Lead Man – Callan Low

Set Dressers – Stephanie Lim, Bradley van der Linde, CJ Moss

Art PAs – Elias Hinojosa, Evan Hamilton

Costume Designer – Sofia Kuthy

Hair and Makeup Artist – Hayley Glazier

Audio Post Production Services – Melodygun Sound Studios

Sound Editor, Re-recording Mixer – Thomas Ouziel

Foley Artist – Reece Miller

Foley Engineer – Kristopher Breckon

Sound Editors – Karthik Mohan, Kevin Khor

Sound Supervisor – Hamed Hokamzadeh

Color and Finish – Company 3

Colorist – Jason Hanel

Finishing Producer – Christine Dougherty

Image Scientist – Michael Kinnard

Finishing Executive – Lindsey Arnold

Head of Production – Chris Taft

CO3 President – Stefan Sonnenfeld

Title Design – Koji Minami

Visual Effects Compositors – Johnny Wilson, Evan Hage

Visual Effects Editor – Joseph Murphy

Transportation Coordinator – Gabriel Gutiérrez

Drivers – Erik Aiken, Callen Low

Production Assistants – Faris Attieh, Jo-Ting Hsu

Studio Teacher Coordinator – Stella Pacific

Studio Teacher – Jeffrey Scott Nuttall

Catering – Chipotle

Craft Service – Inés Vásquez

Lifeguard – Guinevere Thomas

Set Medic – Jonathan Boyko

Composer, Arranger & Mixer – Neelamjit Dhillon