Reseña | "Ecatepec, Amor Mío" de Alistair Pulido
ECATEPEC,
AMOR MÍO
SINOPSIS
Paola, una
madre soltera que vive en la periferia, busca mudarse cerca de su trabajo para
evitar los peligros que existen dentro de su largo camino a casa y pasar más
tiempo con su hija pequeña.
RESEÑA
Hay una
escena justo a la mitad de Ecatepec, Amor Mío que se me quedó muy
presente en la mente: Pao camina sola por un puente peatonal, de noche, seguramente
ya con cuatro horas de trayecto encima de los hombros, y a lo lejos aparecen
dos hombres. La cámara la sigue casi en cámara lenta, no para embellecer el
miedo sino para estirarlo, para que dure lo que dura de verdad un segundo de
peligro real. Yo he estado ahí. Lo he vivido. No en ese puente exacto, pero sí
con la misma certeza corporal de que algo no anda bien antes de que la cabeza
termine de procesarlo. A mí una vez me amenazaron con un cuchillo en el
transporte público, de noche, volviendo tarde a casa. No lo cuento para
competir con la protagonista de un cortometraje ni para volverme yo el
personaje principal de mi propia reseña. Lo cuento porque me parece imposible
ver este cortometraje sin que la memoria de mi cuerpo se active de inmediato,
sin que el estómago se apriete un poco antes de que mi mente entienda por qué.
Y ahí está,
creo, el primer acierto del cortometraje: está hecho para quien sabe, en carne
propia, lo que cuesta calcular si el tiempo le alcanza para llegar a casa antes
de que oscurezca. No para el que nunca ha tenido que hacer esa cuenta.
Ecatepec, Amor
Mío es un cortometraje de ficción de 26 minutos
dirigido por Alistair Pulido, filmado en Sony Venice con lentes Ultra Prime de
Zeiss, terminado en un generoso 2.35:1, producido por el Centro de Capacitación
Cinematográfica. Cuenta la historia de Paola, interpretada por Gabriela Cartol,
operadora de un call center que vive en Ecatepec y trabaja en la Cuauhtémoc,
CDMX, y que un día decide que ya no puede seguir pagando física y
psicológicamente la distancia entre donde vive y donde produce. Nada más
contarlo así, en una frase, ya suena a lo que en el fondo es: una historia de
migración interna, la misma que se repite todos los días entre el Estado de
México y la capital, aunque nadie la llame así porque no cruza ninguna frontera
internacional. Pero sí cruza una frontera. Una que no aparece en ningún mapa
oficial y que quienes la cruzan a diario reconocen con los ojos cerrados.
Vale la pena
detenerse un segundo en el pedazo de actriz que es Gabriela Cartol, porque no
es casualidad que sea ella quien carga esta historia. Cartol se hizo un nombre
interpretando a Eve en La camarista, la recamarera de un hotel de lujo
cuya jornada entera transcurre limpiando los rastros de vidas ajenas sin que
nadie del otro lado la mire de frente. Volver a ponerla ahora frente a una
computadora de call center, vendiendo paquetes de televisión de paga en
un inglés perfecto que nadie del otro lado del teléfono asociará jamás con
Ecatepec, no se siente como una repetición sino como continuación de un mismo
proyecto actoral: dar cuerpo y cara a las mujeres que sostienen ciudades enteras
desde un punto ciego.
Porque de
eso trata, en el fondo, la primera mitad del cortometraje: del transbordo.
Combi, luego Mexibús, luego Metro, a veces otra combi más, dependiendo de qué
tan lejos viva uno del punto final. Pao lo hace maquillándose dentro del
transporte mientras los demás pasajeros duermen, en una imagen que dice más
sobre la administración del tiempo en la periferia que cualquier diálogo podría
decir. No hay minutos sobrantes para arreglarse en casa. La casa quedó atrás
hace rato, en la soledad y la penumbra, y el arreglo personal, esa puesta en
escena de una misma frente al mundo laboral, sucede en movimiento, entre
baches, con el codo del vecino de asiento como único punto de apoyo. El
transbordo funciona como un estado intermedio, un limbo con horario fijo que ni
siquiera respeta el sueño, más que como un simple desplazamiento de un punto a
otro: se sale antes del amanecer y se regresa después del anochecer, todos los
días, durante años, a veces durante toda una vida laboral. El propio director
lo cuenta en sus textos, y no hace falta citarlo palabra por palabra para
entender el peso de la cifra: más de diez años haciendo cuatro horas diarias de
camino, primero de la escuela a casa, después del trabajo a casa. Diez años. Les
dejo las matemáticas a ustedes. Sumen eso en días completos de vida y lo que
queda es de dar miedo.
A mí me tocó
algo parecido, aunque desde otro rincón del Estado de México, uno todavía más
lejano que Ecatepec: Temascalcingo, casi en la frontera con Querétaro y
Michoacán, a una hora con cincuenta minutos de Toluca, que ni siquiera es la
capital del país sino la capital del propio estado. Es decir: mi periferia
tiene su propia periferia adentro. Cuando alguien de Ecatepec dice que hace dos
o tres horas de camino, yo pienso en la gente de mi pueblo que hace la mitad
del tiempo nada más para llegar a Atlacomulco, y de ahí todavía falta el tramo
largo hacia la ciudad. Ahí, en Temascalcingo, más del ochenta por ciento de
quienes van a estudiar dependen del camión o del taxi colectivo para hacerlo.
Ahí aparece
la primera gran diferencia visual entre los dos mundos que la película pone uno
junto al otro, y que yo también cargo dentro: el asfalto ordenado, iluminado,
casi coreografiado del centro, contra la llanura, el cerro y las unidades
habitacionales de la periferia. Ecatepec es asfalto también, pero un asfalto
que se agrieta, que convive con el cerro pelón al fondo, con unidades
habitacionales apiladas como si alguien las hubiera dejado caer desde el cielo
sin mucho cuidado. Mi Temascalcingo, en cambio, a veces ni siquiera tiene ese
asfalto, tiene cerros donde todavía llega la mariposa monarca cada invierno
después de volar desde Canadá. Son dos periferias de textura distinta, una
urbana y apretada, otra rural y extendida, pero comparten algo que me parece el
núcleo de toda esta historia: las dos existen en función del centro sin que el
centro las mire de vuelta.
Porque la
periferia, y esto lo entendí viendo la película más que leyéndolo en ningún
libro, rebasa por mucho el mapa. Es una manera de estar en el mundo. Es
levantarse sabiendo que el día no te pertenece por completo, que una parte de
tus horas ya están hipotecadas antes de que salga el sol, destinadas al
transporte, a la espera, al cálculo de rutas y de riesgos. Pao no decide un día
ser mexiquense de la misma forma en que decide maquillarse en la combi. Lo es
desde antes de que empiece la película, y esa condición determina cada elección
que toma dentro de ella: a qué hora sale, qué tan tarde puede quedarse en una
reunión social, si puede o no aceptar un pedazo de pastel en el cumpleaños de
un amigo. La periferia, así entendida, no empieza en el letrero que marca el límite
entre la Ciudad de México y el Estado de México. Empieza en el cuerpo, en la
agenda y en la relación que uno sostiene con el reloj.
Hay una
escena pequeña, casi de relleno si uno no está prestando atención, donde Astrid
y Manny invitan a Pao a quedarse a comer pastel y tomar una cerveza por el
cumpleaños de él. Le dicen que está cerca, a sólo dos estaciones. Pao hace un
gesto, apenas un gesto, y dice que no puede. No explica por qué. La película
tampoco lo explica con un monólogo interior. Simplemente deja que el espectador
entienda, o no entienda, dependiendo de si conoce esa aritmética brutal donde “dos
estaciones” para alguien que vive en la ciudad significa quince minutos, y para
alguien que después de esas dos estaciones todavía tiene que tomar Metro,
Mexibús, combi… significa llegar a casa ya de madrugada. Ese “no puedo” sin
explicación es quizá la escena más precisa de toda la película sobre lo que
significa vivir en la periferia: uno deja de explicar, porque explicar cansa
más que el propio trayecto, y porque de cualquier forma el que pregunta rara
vez está dispuesto a hacer el mismo camino de vuelta.
Y aquí es
donde la película se pone más incómoda, en el buen sentido, en la escena del
departamento de Astrid y Manny cuando Pao les cuenta que es de Ecatepec. Astrid
suelta un “órale, no me imaginaba que fueras de Ecatepec”, como si Ecatepec
fuera algo que se lleva escrito en la cara, como si hubiera un tipo de persona
que se nota que es de ahí y otro tipo que no (tantas veces he oído a gente de
la capital burlándose de Ecatepec llamándolo “Ecatepunk”). Manny remata
contando que vio un video viral de un asalto frustrado en una combi,
presentándolo casi como prueba de que conoce el lugar. Pao lo corrige: eso fue
en Aragón, ella es de San Cristóbal. Manny insiste en que su amiga Luli también
es de ahí, y Pao vuelve a corregir: Luli es de Coacalco. “Same shit”,
suelta él. Y no, no es la misma mierda. Aragón, San Cristóbal, Coacalco son
lugares distintos, con historias distintas, con problemas distintos, pero para
quien mira desde la comodidad de un departamento en la ciudad, toda esa
geografía se aplana en una sola palabra que sirve lo mismo para insultar que
para dar por terminada la conversación. ¡Punto final, Pao!
Esa es la
mirada panóptica de la que quiero hablar, y no la uso como término académico
prestado sino porque describe con precisión lo que hace Manny en esa escena:
vigila, clasifica y decide qué cuenta como cultura y qué cuenta como periferia
sin haber pisado nunca el lugar del que habla. Decide, tácitamente, qué museos
importan y cuáles no, qué acento suena bien y cuál da pena, qué municipio es
intercambiable con cuál otro. Lo hace sin mala intención, lo cual lo vuelve
todavía más difícil de combatir, porque no es un villano de caricatura: es un compadre
que te invita pastel, que juega videojuegos contigo, que a su manera te quiere.
El prejuicio contra el Estado de México casi nunca viene con mala fe explícita.
Viene envuelto en cariño mal informado, en bromas que se repiten tanto que
dejan de sonar a broma, en ese apodo que ya perdió la cuenta de cuántas veces
he escuchado: “Establo de México”. Lo he oído en la universidad, en
fiestas, en la boca de gente que jamás ha subido a un Mexibús ni sabe la
diferencia entre Ecatepec y Nezahualcóyotl (o el clásico para mí, la diferencia
entre Temascalcingo y Temascaltepec), y que aun así se siente con autoridad
para resumir un estado de dieciséis millones de personas en un chiste sobre
ganado. ¿Qué necesita el centro, me pregunto, para sostenerse como centro, si
no es precisamente eso: alguien afuera a quien señalar como lo que él no es?
Lo
interesante, y esto la película lo capta muy bien, es que la otredad mexiquense
no la construye solamente el capitalino. A veces también la reproduce quien ya
cruzó, aunque sea a medias, hacia el otro lado. Astrid dice que ella es de
Juárez y que nunca le pasó nada, minimizando de paso el miedo de Pao, como si
el miedo necesitara comprobarse con estadísticas personales para ser válido.
Manny, en su peor momento, le grita a Pao que mire cómo está, que ni siquiera
puede cuidarse a sí misma, y ahí uno entiende que Manny no está enojado con
Pao: está enojado con la posibilidad de que su departamento recién amueblado,
su vida ya un poco instalada en la ciudad, se vea salpicada por la precariedad
de la que probablemente él mismo viene, aunque hable inglés con acento gringo y
le diga “coach” a su jefe. La otredad, cuando se internaliza, se vuelve más
cruel que la original, porque ya no necesita que nadie te la imponga desde
afuera. Uno mismo empieza a vigilarse, a medir qué tan lejos está logrando
quedar de donde empezó, y a juzgar con la misma regla a quien todavía no lo
consigue.
Antes de
llegar a esa escena, la película ya nos había puesto en el trabajo, en ese call
center donde Pao vende paquetes de pago por evento en un inglés impecable a
una tal señorita Mackenzie, mientras en la pantalla corre una guía de troubleshooting
y su nombre, Paola Lara Ledezma, queda registrado como un dato más dentro del
sistema. Joe, el supervisor, junta al equipo y suelta un discursito de manual
de motivación corporativa trasplantado a un cubículo mexicano: que sabe que es
difícil vender esos “pay per views” pero que es el trabajo que
eligieron, que no lo hacen por el cliente sino por el dinero, que está
orgulloso de ellos, que son el equipo número uno por tercer mes consecutivo, ¡dense
un aplauso! Y luego, dirigiéndose a Pao: “Pao, Pao, Pao, knock them down.”
Ella responde “Yes, coach!!” con un entusiasmo que a mí, la verdad, me
dolió ver. Esa escena resume mejor que cualquier estadística lo que significa
exportar mano de obra periférica para atender un mercado que ni siquiera
comparte tu idioma materno: la voz de Pao se entrena para sonar como si viniera
de otro lado, para desaparecer el acento, para volverse una superficie neutra y
vendible, mientras la Pao real hace cuatro horas de camino para llegar hasta
esa superficie neutra y volver después a un lugar donde nadie le habla en
inglés ni le dice “coach” a nadie.
Y, sin
embargo, la película no cae, y yo tampoco quiero caer, en presentar la
periferia solamente como carencia. Sería repetir el error de Manny con el signo
cambiado. Ecatepec es, hasta donde se sabe, el municipio más poblado de todo el
país, un corredor industrial que desde hace décadas mueve fábricas, bodegas,
centros de distribución que abastecen a media capital sin que la capital se
pregunte de dónde viene lo que consume. El Estado de México completo es, además,
potencia agrícola, tiene parques estatales, tiene dentro de sus límites nada
menos que Teotihuacán, patrimonio de la humanidad, que cada año recibe turistas
de medio mundo que jamás se preguntan que ese mismo estado guarda pueblos
mágicos como Valle de Bravo, Malinalco, Tepotzotlán o El Oro, este último
pegado justo a mi Temascalcingo. El santuario de la mariposa monarca también
cruza por aquí, por los cerros que rodean mi pueblo, antes de que nadie en la
ciudad se entere de que ya llegó el invierno. Toda esa riqueza convive,
incómodamente, con la etiqueta de “Establo”. Convive con el hecho, real y que
no pienso esconder ni maquillar, de que el Estado de México fue el primero del
país en recibir una Alerta de Violencia de Género, declarada en julio de 2015
para once municipios, entre los que está Ecatepec. La violencia existe. Lo sabemos
bien. Los feminicidios existen. ¡Que si no lo sabemos! Pero convertir eso en la
única historia posible, en el único dato que el centro se molesta en aprenderse
sobre nosotros, es su propia forma de violencia: la de reducir a millones de
personas a una nota roja recurrente.
Por ejemplo,
en el Metro, Pao va apretada entre cuerpos, con los audífonos puestos, hasta
que alguien la toca sin permiso y ella grita, con toda la furia contenida: “¡De
quién es esta pinche mano!”. Ahí el peligro viene de la multitud, del exceso de
cuerpos, de la certeza estadística de que entre tanta gente siempre hay alguien
dispuesto a aprovecharse del amontonamiento. Después, ya de noche, en el puente
peatonal, el peligro cambia de textura por completo: ahora viene del vacío, de
que no hay nadie, de que un grito no serviría de nada porque no habría quién lo
escuchara. Dos maneras opuestas de sentir miedo, la del “bulto” y la de la
ausencia.
La pelea con
Hilda, la madre, es quizá el momento en que la película se vuelve más filosa,
porque ahí queda claro que la periferia tampoco es un bloque homogéneo ni
siquiera puertas adentro de una misma familia. Hilda representa una forma de
habitar el margen que consiste en aguantarlo, en normalizarlo, en decirle a su
hija “agarra la combi desde La Raza, te deja aquí a tres calles” como quien da
una instrucción de rutina y no como quien reconoce un peligro latente. Cuando
Pao propone mudarse, Hilda estalla: “lárgate tú si quieres, a Dafne y a mí nos
dejas en paz”. Pao le devuelve el golpe: si ella se quiere quedar a vivir ahí
en la mierda, que se quede, pero que Pao sí va a hacer algo por su hija. La
cámara no toma partido de manera obvia: registra el pleito, la comida que Hilda
tira a la basura de puro coraje, la cacerola que avienta al fregadero, y deja
que el espectador cargue con la incomodidad de que ninguna de las dos mujeres
está completamente equivocada. Hilda ha sobrevivido ahí toda su vida y no
quiere que le digan que sobrevivir no basta. Pao quiere más para su hija y no
está dispuesta a esperar a que las cosas mejoren solas. La periferia es
existencia impuesta desde afuera, sí, pero dentro de esa condición todavía hay
margen para decidir cómo se la habita: resignada, como Hilda, o en fuga hacia
adelante, como Pao.
Un detalle curioso:
Paola tiene razón; Dafne no llora ni una sola vez en todo el cortometraje. No
hace berrinche cuando la despiertan de madrugada, no llora cuando se le cae el
helado, no llora cuando madre e hija salen del departamento. Podría leerse como
una confirmación de la opinión de Pao sobre su propia hija, pero prefiero
leerlo como una decisión: esa calma en una niña tan pequeña es su propia forma
de resiliencia invisible, la clase de adaptación silenciosa que desarrollan los
que crecen dentro de la inestabilidad, y que, a mí, la verdad, me inquieta más
que si hubiera llorado. Del mismo tamaño, aunque en otra dirección, es la
escena de la niña en la fila de la combi pidiéndole un mazapán a su mamá: Pao,
sin que nadie se lo pida, saca una paleta de su mochila y se la regala. Es un
gesto mínimo, casi nada, pero es exactamente el tipo de generosidad que florece
en los márgenes precisamente porque ahí todos entienden, sin necesidad de
explicarlo, lo que cuesta cada peso. La resiliencia de la periferia rara vez
sale en las noticias ni en los debates sobre movilidad urbana. Vive en esos
gestos que nadie graba a propósito.
Todo esto me
lleva a lo que creo que es la operación más importante de la película, la que
la vuelve más que un drama social bien hecho: funciona como espejo, y como todo
espejo honesto, incomoda a quien se para frente a él sin estar preparado. Le
muestra al espectador capitalino, sobre todo a ese que nunca ha subido a un
Mexibús, que su ciudad no funciona sola. Que el café que le sirven, la llamada
que resuelve su seguro, el paquete que le llega a tiempo, depende de miles de
Paolas que se levantan antes de que salga el sol para que la ciudad amanezca
funcionando como si nada. El “progreso” de la capital no es un logro autónomo:
es un préstamo constante, diario, no remunerado en tiempo ni en reconocimiento,
que la periferia le hace. La película no lo dice con estas palabras. Lo dice
mostrando la oscuridad antes del amanecer y la oscuridad después del anochecer,
el cuerpo cansado de Pao entrando a trabajar sonriente porque sonreír también
forma parte del trabajo.
¿Puede
llamarse progreso algo que sólo se sostiene porque alguien más se levantó a las
cuatro de la mañana para que uno no tuviera que hacerlo?
Y aquí
quiero ser directo, porque esta reseña es también mi manera de contestarle a
años de bromas que ya me cansé de escuchar con la boca cerrada. Se dice que los
mexiquenses desgastamos el Metro, las calles y los servicios de la capital.
Nunca falta quien lo repite en una sobremesa como si fuera un dato duro y
comprobado. Lo que casi nadie dice es que esos mismos mexiquenses también
consumimos ahí, comemos ahí, compramos ahí, pagamos impuestos directos e indirectos
ahí, generamos riqueza dentro de una ciudad que después se queja de nuestra
presencia como si fuéramos plaga y no la fuerza de trabajo que la mantiene
viva. Se nos culpa del colapso vial, cuando el colapso vial es resultado de una
planeación urbana que decidió concentrar el empleo en un solo punto del mapa y
dejar la vivienda accesible a horas de distancia de ese punto. Eso no lo
decidimos nosotros. Lo decidieron gobiernos, desarrolladores inmobiliarios,
políticas de suelo que preferían levantar unidades habitacionales baratas en
Ecatepec o en Chimalhuacán antes que resolver el problema de fondo. Y se nos
estigmatiza con la inseguridad, como si nacer en determinado lugar fuera
garantía o condena de nada. La inseguridad no vive en un municipio: vive en la
desigualdad, en la ausencia de oportunidades, en la misma centralización que
obliga a millones a viajar cuatro horas diarias sólo para ganarse la vida.
Pienso en mi
pueblo mientras escribo esto y me doy cuenta de que Temascalcingo carga una
versión distinta, pero hermana de la misma condena. A nosotros no nos dicen “Establo
de México” en tono de chiste citadino, porque ni siquiera aparecemos en el
radar de esas bromas: estamos demasiado lejos hasta para eso. Nuestra
invisibilidad es todavía más completa que la de Ecatepec. Casi nadie hace
cortometrajes sobre Temascalcingo, nadie filma en 2.35:1 nuestro manantial de
aguas termales ni nuestras pinturas rupestres ni el cerro donde llega la
mariposa cada invierno huyendo del frío canadiense para instalarse en un pedazo
de mi tierra. La diferencia entre nuestra periferia y la de Ecatepec no es de
grado sino de textura: la de ellos es apretada, ruidosa, urbana; la mía es
extendida, silenciosa y agrícola. Pero las dos comparten la pregunta de fondo
que la película deja flotando. “¿Dónde termina en realidad la Ciudad de México
y dónde empieza lo demás?” ¿Es una línea en un mapa, trazada por alguna
comisión hace un siglo, o es más bien una jerarquía que cargamos en el cuerpo,
en el acento, en la ropa, en la forma de nombrar de dónde venimos cuando
alguien pregunta y ya sabemos, antes de contestar, que la respuesta va a
cambiar cómo nos van a mirar el resto de la conversación?
Vale la pena
decir, porque también es parte de lo que hace funcionar esta película, que
detrás de la cámara está gente que conoce este territorio de primera mano y no
como turista de la precariedad ajena. Alistair Pulido, el director, pasó más de
una década haciendo el mismo trayecto que su protagonista, y se nota en cada
decisión de puesta en escena que no hay condescendencia ni exotismo en la
manera en que filma Ecatepec: ni lo embellece de más ni lo ensucia de más, lo
filma como quien conoce el lugar de memoria y ya no necesita hacerlo obvio. La
fotógrafa Estefanía Velázquez habla, en su propia nota de intención, de buscar
un balance estético entre la homogeneidad y el orden del caos, y esa frase
describe bien lo que se ve en pantalla: un Ecatepec que respira, que se mueve,
a pesar de todo lo que carga encima. Elegir el 2.35:1, un formato de aspecto
que yo asociaría más con el wéstern, el cine contemplativo o la epopeya, para
contar el trayecto de una operadora de call center, es una decisión que
me parece casi política: le da a Pao el espacio visual de una heroína clásica
sin necesidad de heroificarla con música grandilocuente ni con diálogos de
manifiesto. El formato ya dice lo que hace falta: esto también es una odisea,
aunque no tenga dioses griegos ni monstruos marinos, nada más una maldita combi
que no arranca.
Ecatepec,
Amor Mío abre con Pao cargando a Dafne bajo un cielo púrpura,
las dos quietas, el viento moviéndoles el cabello, y cierra con las dos en el
Mexicable, de día, bajo el sol, viendo la ciudad desde arriba por primera vez
en todo el metraje. Es la única vez en veintiséis minutos en que Pao ve su entorno
desde una posición de altura y no desde el nivel de la calle, esquivando y
calculando riesgos. Suspendida ahí, en esa cabina que atraviesa el cielo sobre
las mismas calles que antes la amenazaban, hay algo que se parece, sin
exagerar, a la paz. Ojo, no a la solución: la película no promete que mudarse
resuelva nada de fondo. La pobreza, el prejuicio de clase, la centralización
del empleo siguen intactos al final, esperándola en cuanto baje del teleférico.
Pero por un momento, colgada entre el cerro y el cielo, Pao ve su ciudad
completa, chiquita y manejable; ve a su hija siendo feliz.
Yo también
he tenido esa sensación, la de ver desde arriba el lugar que de cerca te
aplasta. Y creo que, si algo le debo agradecer a este cortometraje, a todo el equipo
y principalmente a Alistair, es haberme recordado que ese lugar, con todo y sus
fantasmas, con todo y el cuchillo que alguna vez me pusieron cerca en un camión
de noche, también es mío. Que no tengo que pedirle permiso a nadie de la
capital para reclamarlo como propio, ni disculparme por venir de donde vengo
cada vez que alguien suelta la broma fácil sobre establos. “Ecatepec, amor
mío”, dice el precioso título. Yo le respondería, desde Temascalcingo:
entiendo perfecto de qué amor hablas. Me pongo de pie ante ti, Alistair.
REPARTO
Gabriela Cartol,
Aria Garduza, Yeraldín Balcázar, Mau López, Josué Guerra, Vicky Araico,
EQUIPO
Guion y
Dirección – Alistair Pulido
Dirección de
Fotografía – Estefanía Velázquez Rodríguez
Dirección de
Producción – Carla Ascencio Barahona, Brenda Medina
Edición –
Irene Cajías, Alistair Pulido
Música
Original – Alejandro Pulido Barrón
Sonido Directo – David Montero, Guillermo Mendoza, Isolé Valadez,
Christian Mortz
Diseño Sonoro – Jorge Leal Carrera
Gerente de
Producción – Farid Evangelista Gutiérrez
1era
Asistente de Dirección – Frida Vázquez
2da
Asistente de Dirección – Alejandra Herrera
1era Asistente de Cámara – Ana Arregui, Andrés Herrera, Félix Bermúdez
2do Asistente de Cámara – Andrés Herrera, Gaudí Ángeles Norman
Continuista – Ximena Frayde
Video Assist – Irving Serrano, Mónica Ariana Pérez
Dirección de Arte – Mónica Velázquez R.
Asistentes
de Arte – Jimena Vázquez Lara, Susana Solís Lerma, Jared Silva
Vestuario –
Fátima Yáñez
Maquillaje –
Fabiola Galván
Asistentes de
Producción – Jared Silva, Harold Benítez Turriago
Directora de
Casting – Gabriela Cartol
Asistentes de Casting – Carmen Ferrer, Bernardo Estrella
Foto Fija – Zeltzin Rosas “Koko”
Escultura “El Vigilante” – Jorge Marín
Fotografías Departamento – Aura Itandehui
Diseño
Plataforma Call Center y Mensajes – Antonio Islas
1er
Asistente de Dirección – Santiago Zermeño
2da Asistente
de Dirección – Lau Charles
2da Asistente de Cámara – Ana Paola López
Apoyo a
Vestuario y Maquillaje – Nayeli Romero
Asistentes de Arte – Diana Barbero, Susa Gómez Mena
Encargado de Asteras – Osiris Alejandro Flores
Apoyo de Producción – Magnolia Orozco
Gaffer – Viridiana Pérez Moreno
Staff – Alejandro Hernández, Alexandra Dávila, Víctor López Becerril
Staff Adicional – Jarocho
Operador de Steadycam – Esteban Salazar
Operador de Steadycam Adicional – Iván Vázquez
Dron – Eduardo Quiroz Barrios
Operador de Dron – Jonathan Espinosa
Corrección
de Color – Ilse Serdán, Estefanía Velázquez
Grabación de
ADRS y ambientes – Jorge Leal Carrera
VFX – Mario Villegas




