Reseña | "Gauze (غزة)" de Noran Fikri Alezabi, Nicholas Arujah, Xinyue Ma, Yulin Yue y Xiaonan Zhou
GAUZE
غزة
SINOPSIS
Zain, un
joven palestino de 14 años y campeón de natación, se enfrenta a la guerra y a
la hambruna provocada por el hombre. Se convierte en el único cuidador de su
hermano pequeño. Cuando la ayuda llega al mar, desesperado por conseguir
comida, Zain se ve obligado a nadar, no por pasión, sino por supervivencia.
RESEÑA
Palestina se
ha convertido últimamente en un tema que parece condenado a ser discutido antes
de ser escuchado con humanidad. Cada nueva imagen de destrucción llega acompañada
de posicionamientos políticos, interpretaciones occidentales y disputas
ideológicas que, tristemente, terminan ocupando el lugar de las personas que
aparecen en ellas. La conversación gira alrededor de fronteras, gobiernos,
ofensivas o intereses internacionales, mientras quienes cargan el peso más
cruel del conflicto apenas sobreviven convertidos en cifras en informes. Entre
esa vorágine de discursos, los niños suelen ser los primeros en desaparecer; su
sufrimiento, diluido en un lenguaje que habla de daño colateral, crisis
humanitarias o desplazamientos forzados.
Me alegra
que el poder del cine sí puede cambiar esa realidad. Es obvio que ninguna
película detendrá un bombardeo, o llenará un plato vacío, o devolverá una
familia a quien la perdió. Para nada me refiero a eso. Creo que su fuerza
reside en la capacidad de devolverle un rostro a lo que la costumbre amenaza con
convertir en anonimato; de romper la distancia que existe entre una noticia y
una experiencia humana; de recordar que, detrás de cada foto, existe una vida
entera que estuvo antes de que la cámara grabase y que seguirá allí después.
Esa, en mi opinión, es una de las funciones más valiosas del arte frente a las
grandes tragedias de la historia: impedir que la memoria sea sustituida por la
indiferencia.
Pero el
artista también tiene una importantísima labor. Una frase de Nina Simone me
viene a la mente: “El deber del artista es reflejar los tiempos en los que vive”.
Desde esa convicción surge Gauze, abandonando cualquier interés por
explicar el conflicto palestino y concentrándose en algo mucho más frágil y,
precisamente por ello, mucho más devastador: dos hermanos intentando sobrevivir
asiéndose a la infancia que la guerra insiste en arrebatarles. Allí donde los
discursos hablan de estrategias, Gauze habla del hambre. De la maldita
hambre. Allí donde las estadísticas enumeran víctimas, Gauze encuentra nombres
propios. Y, donde el mundo parece haber aprendido a verse las caras con el
horror, Gauze recupera una sensibilidad que nos obliga a mirar de nuevo
aquello que nunca debió dejar de doler en primer lugar.
Realizado
por Noran Fikri, Nicholas Arujah, Xinyue Ma, Yulin Yue y Xiaonan Zhou, Gauze
llega como respuesta urgente a una crisis en tiempo real. Los directores lo
plantean así en sus notas: sintieron la necesidad de documentar y enmarcar un
momento en la historia donde la gente está muriendo de inanición delante de
nuestros ojos.
La elección
de la animación, en primer lugar, es tanto estrategia como necesidad. En redes
sociales saturadas de video documentado de sufrimiento, la animación permite
algo paradójico: una cercanía emocional más brutal precisamente porque no es
técnicamente “real”. Y ese estilo visual marca la diferencia: la animación 2D aquí
no persigue la limpieza técnica que asociamos con las grandes producciones
animadas. En cambio, abraza la imperfección, la textura visible, los trazos que
cambian de grosor como si alguien hubiera estado dibujando con un pincel que
nunca se secaría completamente. Es casi como si cada fotograma fuera un
cuaderno de bocetos donde alguien documentó el dolor a mano alzada.
Primero un
recuerdo de natación profesional. Luego, Zain en la estación de distribución de
alimentos; su cuerpo comprimido en ese gentío, literalmente diminuto entre
manos desesperadas. Cuando llega a la tienda y encuentra a Nour —su pequeño hermano
jugando con los goggles de natación y un gato callejero— hay un quiebre
tonal que podría sentirse falso en manos menos precisas. Nour es radiante. Se
mueve con la ligereza que sólo los niños pueden tener incluso en la ruina. Los minutos
de la película están divididos entre estos dos registros emocionales, y la
tensión entre ellos es todo lo que el corto necesita. No hay explicación sobre
qué pasó con los padres. No la necesitamos. El vendaje alrededor del muñón
amputado de Nour nos dice suficiente.
La escena de
las cometas es crucial para entender cómo trabaja el corto con la nostalgia sin
caer en sentimentalismo. Nour quiere volar cometas. Es un deseo infantil
simple. Y durante un segundo, Zain permite que se imagine que podrían hacerlo,
que hay todavía un mundo donde eso importa. Pero los paracaídas de ayuda
aparecen en el horizonte —caen del cielo como una inversión cruel de ese juego
infantil de viento. Aquí es donde el ritmo del corto cambia de completamente.
Los paracaídas están ahí, la gente corre, Zain toma una decisión.
El
hundimiento es la secuencia que probablemente reviviremos toda la vida, aunque
no queramos. Zain se lanza al agua con la seguridad de un nadador de campeonato.
Vemos esa capacidad otra vez: el corte limpio a través de las olas, los
movimientos medidos y expertos. Pero luego el paracaídas se precipita y le cae
encima, arrastrándolo bajo el agua, y aquí el corto hace algo visceral: Zain remembra
la victoria, su familia entera, su padre manejando, su madre orgullosa, los
ojos de Nour brillando… Es como si el cerebro de Zain en el shock de casi
ahogarse convocara lo que quedó de la vida que tenía.
Cuando
emerge, Zain no lo hace triunfalmente. Está sangrando. Está sollozando. Está
destrozado por la vida que se le fue. Eso es lo que se ve en su rostro. El saco
de harina que flota… ese momento es casi el de Sísifo. Lo agarra. Se disuelve
en el agua.
En términos
de técnica cinematográfica pura, lo visual aquí también funciona como
narrativa. Los trazos orgánicos que cambian constantemente de grosor dan la
sensación de que algo fue dibujado a mano, como si el artista estuviera temblando
mientras lo hacía. Los colores están completamente deslavados: ocres, grises,
azules, marrones. Todo parece cubierto de polvo. Y luego aparecen esos puntos
de saturación: los cometas, los ojos verdes del gato, la sudadera naranja, la
sangre y el atardecer. Estos no son accidentes. Son declaraciones emocionales.
El gato, particularmente, es una decisión de diseño que no puedo dejar pasar.
Tiene proporciones naturales, pero esos ojos enormes y verdes lo convierten en
un punto focal inmediato. Rompe la paleta apagada del mundo exactamente cuando
Nour necesita algún lugar donde la vida siga siendo colorida, donde su vida
siga siendo la que debería tener cualquier niño.
La
iluminación del corto es fundamentalmente cinematográfica. Las sombras son
largas. Hay contraluz cálido. Los interiores de la tienda son suaves,
melancólicos. Los exteriores están polvorientos, como si el aire mismo fuera
gris.
La animación
también es una decisión estética. Hay pocas deformaciones corporales grandes.
Mucho del trabajo está en el rostro: un cambio en los ojos, una línea en la
frente, las ojeras tempranas de niños inocentes. Los movimientos corporales son
contenidos. Eso le da al corto una cualidad de dibujo, donde cada movimiento es
deliberado, donde nada es desperdicio.
Gauze funciona en múltiples niveles simbólicos, y lo fascinante es que ni uno
solo de ellos es forzado. El título mismo, “gasa”, es una metáfora encarnada. Entre
sus tantos significados posibles, la gasa cubre una herida sin ocultarla
completamente. Puedes seguir viendo lo que hay debajo, pero tamizada a través
de esa barrera suave. El estilo visual del corto, con sus texturas suaves,
contornos difuminados, imagen desaturada, funciona literalmente como un velo
sobre el horror.
La natación
es otro lenguaje simbólico. Zain era un campeón de natación. En otro contexto,
eso significaría disciplina, control y maestría sobre un elemento. Pero aquí,
el agua se convierte en lo opuesto: durante el cortometraje casi es un
cementerio lúgubre.
La amputación
de Nour es un detalle que los directores insertan sin fanfarria. Un vendaje.
Eso es lo que ves. No necesitas una explicación de qué pasó. El hecho de que un
niño de seis años esté mutilado es suficiente información sobre la naturaleza
de la guerra. Y la compasión de Zain hacia Nour, el cambio de vendajes, la
aceptación de su hermano tal como es ahora, eso es un acto de amor que Gauze
honra silenciosamente.
El hambre es
presentada de forma que evita ser abstracta. No es “la crisis humanitaria”. Es
la frase silenciosa de Nour: “Zain... tengo hambre”. Después de todo, ese es el
problema más simple y más insuperable del corto. Nour tiene hambre. Zain no
puede alimentarlo. Todo lo demás es ruido.
La harina
que se disuelve en el agua es casi una burla de la intervención humanitaria. La
ayuda cae, pero llega dañada, comprometida. O simplemente no es suficiente. La
tela mojada se deshace, y la promesa se disuelve. Zain lo agarra
desesperadamente, pero sus dedos no pueden retener la salvación. Me da
muchísima rabia.
Gauze trata sobre lo que significa estar atrapado en un presente que no
elegiste, donde las decisiones de otros adultos se han convertido en las pesadas
cadenas de tu infancia. Zain no eligió cuidar a Nour. No eligió tener hambre.
No eligió que el agua donde era experto se convirtiera en peligro. Pero está
aquí, y debe actuar de todas formas.
La nota de
los realizadores es brutal en su claridad: sentían urgencia. Urgencia de
documentar. Urgencia de enmarcar un momento histórico donde la gente está
siendo asesinada (porque esa es la palabra correcta) por inanición. Y urgencia
de hacerlo con respeto.
Esa última
palabra, “respeto”, es la clave. Cualquier cineasta puede hacer una película
sobre sufrimiento. Hacer que sea respetuosa es incomparablemente más difícil.
Significa no explotar, no convertir en pornografía el dolor. Significa ver a
tus personajes como seres completos, no como símbolos. Zain no es “el niño
palestino que sufre”. Es Zain. Nour no es “la víctima inocente”. Es un niño que
quiere volar cometas y tiene un gato y le habla a su hermano. Son niños que perdieron
a sus padres y merecen tener toda la felicidad del mundo sólo por existir en él
y ser, precisamente, niños.
Y lo más
importante: eligieron la animación. Eso es fundamental. Pudieron haber
intentado rodar a actores jóvenes reales. Hubiera sido más accesible para
algunos, más “impactante” en términos de viralidad. Pero la animación tiene un
poder que el video documentado no puede tocar. Te permite simpatizar sin
documentar la explotación. Te permite estar completamente presente con la
emoción sin la distancia que la “realidad” a veces crea.
Cuando
observas Gauze en su totalidad, ves un trabajo que no cede en ningún
frente. La narrativa es comprimida, pero completa. La visualización es
distinguida, pero nunca preciosa. Los personajes son reales en formas que la
ficción a menudo falla en capturar. Todo trabajo es tener un propósito.
Quiero
terminar con un pensamiento. El gato. ¿Por qué incluir un gato? Porque en medio
de la ruina, Nour aún tiene alegría. Eso hace que la ruina sea más
insoportable, no menos. Los cometas. ¿Por qué incluir eso? Porque los niños
todavía quieren jugar, incluso cuando no hay razón para jugar. Los hermosos ojos
verdes del gato en un cortometraje donde todo lo demás es polvo. ¿Por qué?
Porque sigue valiendo la pena vivir la vida, y esa contradicción es lo que hace
que duela.
Más allá de sus muchísimas virtudes cinematográficas, Gauze
plantea una pregunta imposible de esquivar: ¿qué clase de humanidad acepta que
la infancia pueda convertirse en un daño colateral? Mientras el mundo continúa
debatiendo fronteras, estrategias y discursos, miles de niños ven desaparecer
aquello que jamás debería ser negociable: el derecho a crecer, a jugar, a tener
hambre sólo cuando se acerca la hora de comer y no porque la guerra (o más
bien, el exterminio, el genocidio… no nos vengamos con medias tintas) haya
convertido el alimento en un privilegio.
En ese sentido, Gauze no es únicamente un cortometraje
sobre Palestina; es un recordatorio de que la dignidad humana pierde
significado cuando la vida de un niño deja de ser una prioridad. Cada bomba,
cada desplazamiento y cada día de indiferencia condenan a nuevas generaciones a
heredar un futuro construido sobre el miedo y la ausencia. Ninguna causa puede
justificarse cuando el precio es una infancia mutilada.
Quizá la
mayor virtud de la obra sea recordarnos que todavía existe una decisión que sí
depende de nosotros: negarnos a normalizar este maldito horror. Porque la paz
no comienza cuando callan las armas, sino cuando el mundo decide que ningún
niño volverá a ser tratado como una consecuencia inevitable de la guerra.
Defender a Palestina, hoy, significa defender el principio más elemental de
cualquier sociedad que aspire a llamarse humana.
REPARTO
Bashir
Alsharbati, Talia Alsharbati, Rasha Alsharbati, Ahmed Rehan, Mjd Ali, Luke
Ashworth, Justin Porrelli
EQUIPO
Written
& Directed by Noran Fikri Alezabi, Nicholas Arujah, Xinyue Ma, Yulin Yue &
Xiaonan Zhou
Gobelins Paris
Sound Engineer – Clément Naline
Original Music – Paul Toubia
Cello – Jean-Baptise Des Boscs
First and Second Violins – Electra Drossos &
Isaline Boutet
Viola – Isaline Boutet
Piano – Esteban Trautmann
Clarinet – Thibault Malidor
Buzuq, Oud and Synthesizers – Paul Toubia
Sound Design & Mix – Jérémy Ben Ammar
Color Grading – David Chantoiseau




