Reseña | "Pale Sun (Soleil Pâle)" de Adrian Moyse Moyse Dullin y Jawahine Zentar

PALE SUN

SOLEIL PÂLE



 

SINOPSIS

Un padre recién dado de alta del hospital, que padece una grave enfermedad, intenta relajarse en la playa con su hijo. Su cuerpo demacrado incomoda al niño frente a sus amigos. Con paciencia, el padre intenta reparar el vínculo roto, mientras se abre un espacio, aunque frágil, para una nueva comprensión entre ambos.

 

RESEÑA

Por algunos días, no tenía idea de qué escribir sobre Pale Sun, el cortometraje de los directores Adrian Moyse Moyse Dullin y Jawahine Zentar, porque, en realidad no se trata de un trabajo que te golpee con grandes gestos emocionales o con monólogos devastadores. Es casi como si supiera exactamente tocar donde duele: en ese lugar donde la adolescencia, la enfermedad y el amor familiar colisionan de formas que nadie sabe cómo manejar.

Necesitamos remontarnos a la sinopsis para poder continuar: un padre por fin ha sido de alta del hospital, por lo que lo único que quiere es un poco de paz, o un poco de la felicidad que el mundo ofrece, de la cual se ha perdido por la dura enfermedad que ha tenido que afrontar. Como es natural, quiere compartir esa felicidad con su hijo, pero su enfermedad ha dejado su cuerpo debilitado y con cicatrices, por lo que, a Abel, el hijo, le preocupa mucho más la apariencia de su padre que la convivencia que le ofrece la vida misma.

Creo que hay algo que muchas películas obvian cuando se trata de hablar de enfermedad: la vergüenza. En el caso de Abel no creo que venga de un lugar malvado, o de un sentimiento de crueldad o ingratitud. Me parece más un fruto de la intersección de la enfermedad de su padre con su adolescencia; Abel está en medio de una de las fases más vulnerables del desarrollo humano, y la vulnerabilidad ajena se siente como una amenaza directa a su propia supervivencia psicológica.

A los 12 años, Abel está en la etapa donde la identidad no es algo que tiene, sino algo que está construyendo constantemente. Cada interacción social, cada mirada y cada comentario se siente definitivo, como cimentado en firme roca. Su cerebro todavía está desarrollando la capacidad de entender que las opiniones de otros no determinan su valor, que puede existir perfectamente bien sin aprobación de terceros. Eso no llega hasta más tarde. Por ahora, la aprobación del grupo es la realidad.

Lo que vemos en esa escena inicial —Abel mirándose en el espejo, viendo videos sobre contouring muscular— no es vanidad. Es ansiedad social. Es un niño tratando de construir una versión de sí mismo que sea aceptable, que sea segura y que no sea rechazada. Está ensayando su identidad como si fuera un actor preparándose para la función más importante de su vida.

Entonces su padre aparece con un cuerpo que ha sido atravesado por la enfermedad. Cicatrices. Debilidad. Exposición. Y aquí está, según mi opinión, la clave psicológica que la película nunca verbaliza: si mi padre —la persona supuestamente más fuerte en mi vida— puede ser reducido a esto, entonces yo también puedo serlo. La vulnerabilidad es contagiosa. Ver a alguien que amas completamente expuesto sin poder hacer nada al respecto es ver el futuro. Es ver tu propia mortalidad.



La vergüenza que Abel siente no es realmente sobre el cuerpo de su padre. Es sobre él mismo. Es sobre el miedo de que, si se acerca demasiado a esa vulnerabilidad, si la acepta, si la reconoce públicamente enfrente de sus pares, entonces la vulnerabilidad se le pegará. Será contagiosa. Se convertirá en parte de su identidad. Y cuando estás construyendo quién eres —cuando cada aspecto de ti se siente precario y cambiante— eso es insoportable.

El cine de Moyse Dullin y Zentar funciona como observación pura. El filme examina cómo los adolescentes experimentan la vulnerabilidad ajena como algo casi insoportable, cómo la vergüenza es contagiosa, cómo mirar a un padre debilitado puede sentirse como una traición simplemente por mirar.

La arquitectura narrativa de Pale Sun es engañosamente simple, pero funciona en capas: un movimiento emocional, un viaje que comienza en la negación y termina en algo parecido a la aceptación, aunque sea frágil. Abel empieza el cortometraje mirándose en el espejo. Su cuerpo delgado no coincide con lo que ve en la pantalla. Moyse Dullin y Zentar establecen inmediatamente que Abel es un niño preocupado por cómo se ve, por la brecha entre lo que es y lo que cree que debería ser.

En el auto camino al hospital, Abel está completamente cerrado. Su cabeza reposada contra la ventana, mirando la nada. Es una composición que Balthazar Lab (el brillante director de fotografía) mantiene simple: luz natural, un niño encerrado en sí mismo. La escena no necesita más. Cuando la madre le pide que entre al hospital, él se resiste… hay vacilación real.

El hospital es sonoro. Puedes escuchar pacientes en las habitaciones, voces de desesperación que el diseño de sonido coloca deliberadamente en el espacio. Abel camina por pasillos donde la enfermedad es audible, pero no visible. Es una inversión inteligente: normalmente tememos a lo que vemos. Aquí, lo que oyes es casi peor porque tu mente lo completa por ti.

Cuando llegan a la habitación del padre, el tono cambia completamente. Hay cariño, pero también una especie de performance. El padre le llama “pequeño príncipe” al saludar a Abel. El compañero de cuarto hace bromas sobre si Abel es realmente su hijo o hijo de Brad Pitt. Hay camaradería, risa, incluso liviandad de parte de todos, Abel incluido. Pero luego, el padre se quita la camisa en la playa.

Ese es el momento central. El cuerpo del padre, marcado por la cicatriz de la cirugía, expuesto bajo el sol. Abel reacciona casi instantáneamente, tratando de cubrirlo con la toalla. “El sol es malo para la cicatriz”, dice. Es una mentira amable… un pretexto. El padre ve a través de esto. “Quiero sentir el viento”. Lo recuerda: quiero existir en mi cuerpo tal como es ahora, no como crees que debería ser.

Pero Abel no puede hacerlo. Se va. Se aleja. Se une a otros adolescentes jugando vóleibol, y aquí es donde Moyse Dullin y Zentar insertan algo más oscuro. Los otros chicos ven al padre llamando a Abel desde lejos y lo llaman “Gollum”, zombi, “The Walking Dead”. Lo avergüenzan. Abel, en lugar de defenderlo, dice que es “sólo un loco local”. Que lo ignoren. Que sigan jugando.

Esta es la vergüenza en su forma más destructiva. No es sólo que Abel esté avergonzado del cuerpo de su padre. Es que, cuando se enfrenta a la burla directa de sus pares, eligió el lado equivocado. Eligió la aceptación del grupo sobre su padre.



Entonces el padre nada tras ellos. Nada y nada, persiguiendo a estos chicos en la plataforma. Eventualmente se agota. Nada de espaldas, flotando. Luego, Abel lo busca. Entra en pánico, lo llama y bucea buscándolo. Hay un momento real de terror. Cuando finalmente lo ve flotando, nada hacia él, pero el padre simplemente nada hacia la plataforma, ignorándolo. El padre está enseñando una lección sin decir una palabra.

Esta escena opera en múltiples frecuencias simultáneamente. En la superficie, es el clímax emocional más obvio: el padre enseña a su hijo que puede abandonarlo tal como Abel lo ha abandonado. Pero hay algo más profundo: durante todo el cortometraje, el padre ha sido el vulnerable, el débil. Por un momento, es el padre quien tiene el control, quien decide si responde, quién decide el rechazo.

Cuando se sientan en la plataforma, hay un chico llamado Eden que saluda al padre. El padre responde, con humor: “I’m Gollum”. Se está reapropiando de la palabra que fue usada para humillarlo. Lo ha convertido en una broma compartida, en algo que no puede lastimarlo. Eden le dice que ignore a los otros. El padre no está tratando de cambiar la opinión de Abel. Simplemente está viviendo.

Abel, viendo esto, comienza a sonreír. A final de cuentas, es sólo un niño que ve a su padre riendo, reclamando su lugar en el mundo, y finalmente —finalmente— puede sonreír con él. El padre lo incita a sonreír también, como si dijera: mira, todavía es posible. Se ponen de pie y el padre dice: “Let’s go back!”. Una apertura. Un retorno.

Lo brillante de Pale Sun es que después de entender esto, todo lo que sigue adquiere un peso completamente diferente. No es una lección sobre empatía, sino sobre aprender que se puede mirar la vulnerabilidad directamente sin ser consumido por ella. Que un padre, incluso marcado por el cáncer, incluso débil, sigue siendo su padre. Y que aceptar eso no lo hace débil a él.

Dicho de otra manera: Abel no estaba siendo malo. Estaba siendo humano. Estaba siendo un preadolescente aterrado mirando a través de un espejo distorsionado, tratando de permanecer a flote en un mundo donde todo es inestable. El cortometraje no lo juzga por ello. Solo lo ve, y en verlo sin juzgarlo, nos permite entender millones de cosas a los espectadores.

Pale Sun es un documento sobre lo que hace la adolescencia con la empatía. A los 12 años, Abel está en ese momento donde la opinión de otros se siente literal. No es hipérbole decir que todo se siente vital, pues su padre acaba de superar el cáncer, pero Abel no puede ver eso como una victoria porque todo lo que ve es un cuerpo que no se ajusta a los estándares de normalidad que está interiorizando cada segundo.

Hay un tema filosófico más amplio aquí sobre cómo vemos a los cuerpos enfermos. Nuestra cultura occidental tiene una relación conflictiva con esto. Queremos que los cuerpos enfermos desaparezcan del espacio público. Queremos que se recuperen rápidamente y se oculten si no pueden hacerlo. El padre en Pale Sun se niega a esto. ¿Por qué tendría que avergonzarse de haber salido victorioso de una enfermedad? Se quita la camisa. Quiere nadar. Quiere vivir en su cuerpo, cicatrices y todo. Quiere celebrar su vida.

La película también está enraizada en cómo experimentamos la vulnerabilidad parental. Para muchos niños, los padres son versiones casi míticas de sí mismos: fuertes, seguros e intocables. ¿Quién no recuerda a sus padres como personas que no temían a nada, que no podían salir heridos, que no podían morir…? Ver a un padre debilitado es ver el muro derrumbarse. Es aterrador. Abel no tiene el lenguaje para esto, así que lo expresa como vergüenza. La vergüenza es más fácil de llevar que el miedo.

La escena del agua es crucial porque el agua misma es un símbolo de transformación, de limpieza y de movimiento sin forma fija. Abel entra al agua con vergüenza. Sale con algo diferente: no inocencia, no iluminación, sino algo como aceptación temprana de que algunas cosas simplemente existen y deben ser navegadas con compañía. A veces, una pequeña apertura es todo lo que necesitamos. El cine de Moyse Moyse Dullin y Zentar entiende esto profundamente: que los momentos más importantes a menudo se sienten pequeños mientras suceden, y que su importancia solo se revela cuando los estamos dejando atrás.

 

REPARTO

Anass El Hmami, Baki Bousmaha, Sylvie Fasano, Gabin Visona, Louis Mostacchi, Tiago Marinho, Djamil Beloucif, Quentin Morlaàs

 

EQUIPO

Réalisé par Adrian Moyse Dullin et Jawahine Zentar

Écrit par Adrian Moyse Dullin et Emma Benestan

Une Production Punchline Cinéma (Lucas Tothe et Jessica Arfuso)

En Association avec After Hours Production (Johanna Nahon, Jérôme Benadiner et William S. Touitou)

Films Distribution – Salaud Morisset

Collaboration à l’écriture – Valéry Carnoy

Consultantes Scénario – Éléonore Gurrey, Anne Brouillet

1er Assistant-es mise-en-scène – Melvin Nkosi, Lisa Arnould

2nde Assistante mise-en-scène – Émilie Perrin

Scripte – Juliette Clenet

Directrices de Casting – Marine Bonabesse, Naïs Graziani, Marion Peyret

Assistantes Figuration Cinéma – Camille Holzer, Anna Mezencev

Directeur de la Photographie – Balthazar Lab

1er Assistant Opérateur – Cyprien Jeancolas

Stagiaire Caméra – Eliott Martin

Cheffe Machiniste – Clara Sechan

Chef Électricien – Louis Trimaille

Stagiaire Électricité – Nino Jouglet-Marcus

Ingénieur du Son – Alexis Pinto

Perche – Gaspar Bihannic

Responsable des Repérages – Daphné Lefebvre

Directrice de Production – Emma Rinaudo

Secrétaire de Production – Ethan Selcer

Régisseur Général – Laurent Lafond, Jade Mazurek

Régisseuse Adjointe – Dounia Zinoun

Auxiliaire à la Régie – Julien Martinez

Costumière – Habilleuse – Luiza Hermann-Rosa

Cheffe Maquilleuse – Romina Allio

Cheffe Décoratrice – Léa Cammarata

Accessoiriste – Mathilde Rosillo

Chef Monteur Image – Maxime Pozzi-Garcia

Monteur Additionnel – Pierre Deschamps

Assistant-e Monteur – Hugo Pichon-Martin, Amaillia Bordet

Musique Originale – Santiago Dolan

Monteurs Son – Emmanuel Bonnat, Benoit Prigent

Mixage – Paul Jousselin

Bruiteur – Quentin Levy

Recorder Post-Synchronisation – Titouan Martin

Artiste Flame – Benoit Messager

Étalonnage – Clement Le Penven