Reseña | "SŪNNA (Listen)" de Radha Mehta

SŪNNA

LISTEN



SINOPSIS

Cuando una repentina pérdida de audición destroza su identidad, una joven música india queda sumida en el silencio hasta que los ecos de la memoria, el tacto y la cultura la ayudan a recuperar la música y a sí misma.

 

RESEÑA

Nunca había pensado en cuántas veces al día uso el oído sin darme cuenta. El hervor del agua que avisa solo, la voz de alguien que me llama desde otro cuarto sin que tenga que ir a buscarla, el instante justo en que una nota musical se toca justo como debe ser. Vivimos con los sentidos completamente a nuestra disposición, gratis, como si fueran un derecho adquirido en vez de un préstamo que el cuerpo nos puede retirar en cualquier momento.

Por eso, cuando empecé a ver Sūnna y escuché a la pequeña Lakshmi decirle a su mamá que había que llamar al afinador porque el piano sonaba mal, le creí a ella. Pensé que el cortometraje iba a ir por otro lado, algo doméstico, algo menor, un instrumento que hay que arreglar antes de una presentación. No relacioné los hilos de la trama. Y esa es, creo, la trampa más honesta que arma Radha Mehta: nos hace escuchar el mundo exactamente como lo escuchamos siempre, sin sospecha, sin alerta, porque nunca tuvimos que dudar de nuestro propio oído. Damos por sentado que el sonido llega completo, a tiempo y sin filtro alguno. Por eso no notamos, igual que Lakshmi no lo nota todavía, que el problema nunca estuvo en el piano.

Ahí está uno de los verdaderos temas de la película, más que en la pérdida auditiva misma: en la ceguera cómoda de quienes tenemos los sentidos completos y jamás tuvimos que pensar en ellos. Sūnna no le habla sólo a quien vive con hipoacusia. Le habla, sobre todo, a los que como yo terminamos la introducción del corto sin haber sospechado nada, cómodos en un cuerpo que nunca exigió estar alerta. Y ese descubrimiento tardío, el mío como espectador, termina siendo un espejo pequeño de lo que Lakshmi está por vivir a una escala mucho más profunda: la certeza de que nada de lo que damos por gratuito lo es en realidad.



Sūnna significa “escuchar” en hindi. Cuenta la historia de Lakshmi, una niña que pierde la audición de forma súbita justo antes de una presentación religiosa junto a su madre, Savita. Es autobiográfica hasta el hueso: Mehta sufrió una pérdida auditiva progresiva desde los seis meses de vida, producto de una dosis de antibióticos que le salvó la vida tras una infección estafilocócica casi fatal.

Retomando, la estructura de Sūnna abre con Lakshmi al piano, cantando y tocando una melodía que luego reconoceremos en el templo. De golpe, las teclas suenan apagadas. Ella le dice a su madre que hay que llamar al afinador porque el piano está desafinado. No lo está. Ese es el primer gesto narrativo importante de la película: un falso problema técnico que en realidad es un diagnóstico médico todavía no revelado.

Mehta y su editor, Joseph Murphy, tomaron una decisión de montaje que cambia por completo el efecto de la escena. En el guion original, la cámara iba a cortar a un plano general que dejara claro para el espectador que el piano funciona bien y que el problema está en la niña. En la sala de edición decidieron quedarse en el punto de vista de Lakshmi más tiempo del previsto, dejando que la audiencia comparta la misma ambigüedad que ella siente. No sabemos, mientras miramos, si hay algo roto en el objeto o en el sujeto.

La segunda escena clave ocurre en el templo hindú de Malibú. Lakshmi acompaña a Savita, que afina la tanpura con un afinador digital antes de cantar un alap, la introducción melódica libre y sin ritmo fijo que abre las composiciones clásicas indias. Cuando Lakshmi se suma cantando “Raghupati Raghava Raja Ram”, entra desafinada. No por falta de talento: no puede escuchar el bordón de la tanpura ni la nota final de su madre, que en la tradición vocal india funciona como la señal exacta donde debe entrar la siguiente voz. Savita, con un gesto mínimo, apenas una mano sobre la de su hija, le pide que se detenga y siga sola. Ese toque, sin palabras, es el momento en que Lakshmi empieza a entender que algo cambió en ella.

De ahí en más, la película avanza en bloques breves: la huida del templo, el auto que retrocede sin que ella lo escuche, el diagnóstico médico, la llamada nocturna entre los padres, la noche de llanto compartido entre madre e hija, y el amanecer donde Lakshmi decide volver a cantar guiándose por el afinador visual. El ritmo de montaje acompaña ese recorrido emocional: escenas largas y respiradas al principio, cortes más nerviosos en el momento del accidente y el diagnóstico, y una vuelta a la calma en el cierre.



La cinematografía de Isue Shin trabaja con una paleta cálida, dorada, casi siempre con luz natural o que imita luz natural, lo cual tiene sentido dramático: estamos en un mundo doméstico y espiritual. El consultorio médico, en contraste, aparece con una luz más fría y plana, un cambio de temperatura de color que refuerza el quiebre entre el hogar sensorial de Lakshmi y el diagnóstico institucional que la nombra “hipoacúsica” por primera vez.

El encuadre privilegia primeros planos de manos y miradas: las manos de Savita afinando la tanpura, las manos de Lakshmi sobre las teclas del piano, la mano de la madre posándose sobre su hija en el templo, la mirada atenta de Lakshmi a la interpretación de su madre. En una película sobre la pérdida de un sentido, la cámara elige detenerse en el tacto y la vista como sentidos compensatorios. Para mí, no es casualidad ni golpe de efecto: es consistente con el eje temático completo, la idea de que la música también se vive por lo que vemos y por la vibración y el contacto, no sólo por el oído.

El diseño de sonido es el verdadero protagonista técnico del filme. El diseño sonoro no ilustra la pérdida auditiva de Lakshmi: la produce en el espectador. El sonido se amortigua, se distorsiona, entra y sale de foco exactamente como debe experimentarlo un oído que empieza a fallar. Es un recurso que ya usó El sonido del metal con Riz Ahmed, y la misma Mehta en DOSH, y ella misma lo reconoce abiertamente como influencia, pero aquí el tratamiento tiene un matiz propio: no busca el realismo sino la memoria sensorial. En la escena final, cuando Lakshmi vuelve a tocar los instrumentos, hay un eco onírico que se superpone al sonido apagado, como si la niña estuviera recordando cómo sonaban antes las cosas mientras las siente en el presente.

Hay una pregunta que atraviesa Sūnna de punta a punta: ¿qué pasa con nuestra identidad cuando el medio que usábamos para expresarla deja de funcionar? Lakshmi no pierde solamente audición. Pierde, durante un tiempo, la certeza de quién es, porque su sentido de sí misma estaba construido casi enteramente sobre la música y sobre el vínculo con su madre a través de ella.

El tema del linaje musical funciona en varios niveles. Savita canta canciones devocionales que probablemente aprendió en India y que trajo consigo al emigrar. La transmisión de esa tradición a Lakshmi no es solo pedagógica, es también un acto de continuidad cultural en la diáspora. Cuando la pérdida auditiva amenaza con cortar esa cadena, lo que está en juego no es únicamente la relación madre-hija sino la posibilidad de que una tradición se sostenga generación tras generación en un país que no es el de origen.

Hay, además, una lectura sobre el cuerpo y la vergüenza. La escena nocturna donde los padres hablan por videollamada y la madre pregunta qué pasará si Lakshmi ya no puede tocar ni cantar condensa una angustia muy específica de las familias migrantes: el miedo a que la próxima generación pierda el vínculo con lo que los trajo hasta ahí. Y está el detalle, no menor, de que los audífonos no están cubiertos por el seguro médico, una nota realista que ubica la discapacidad dentro de un sistema de salud que la trata como accesorio y no como necesidad.



Lo más valioso de Sūnna, sin embargo, es que se niega a convertir la discapacidad en tragedia pura o en inspiración barata. Lakshmi no “supera” su hipoacusia en un sentido curativo. Aprende a convivir con ella, a usar herramientas nuevas (el afinador visual, la vibración y el tacto) para seguir haciendo lo que ama. La película entiende algo que muchas narrativas sobre discapacidad no logran entender: que la adaptación es otra forma de ejercer el derecho a estar en el mundo.

La referencia más citada por la propia Mehta es El sonido del metal, de Darius Marder, con Riz Ahmed. Mehta ha dicho en varias entrevistas que esa película la hizo sentir vista por primera vez, no sólo por la representación de la hipoacusia sino por el tratamiento del sonido como herramienta narrativa central. Sin embargo, la diferencia de enfoque es notable: donde El sonido del metal narra la pérdida auditiva como ruptura de identidad en un adulto ya formado, dentro de la cultura de la comunidad sorda, Sūnna la sitúa en la infancia, dentro de un marco familiar y religioso específico, sin la mediación de una comunidad sorda organizada. Es una pérdida más solitaria, más íntima y resuelta puertas adentro de una casa.

Dentro del propio cuerpo de trabajo de Mehta, Sūnna dialoga directamente con DOSH, sobre una madre hipoacúsica que busca ayuda para su familia en medio de una crisis. Es como si la directora estuviera construyendo, película a película, un mapa completo de lo que significa criar y ser criada dentro de la hipoacusia en una familia sudasiática. Sūnna funciona casi como el origen de esa historia mayor: la escena primaria de cómo empezó todo.

El rodaje de Sūnna estuvo a punto de no suceder. La fecha original coincidió con los incendios de Pacific Palisades en enero de 2025. El templo hindú de Malibú, locación central de la película, está ubicado dentro de la zona afectada. Mehta tuvo que evacuar junto a su propia familia y, durante un tiempo, no supo si podría filmar en absoluto. Contó después que llegó a sentir una especie de culpa moral: hacer una película mientras el mundo se incendiaba alrededor le parecía, por un momento, un despropósito. Fue su equipo, en particular su productora, quien insistió en que necesitaban esa distracción creativa para seguir adelante.

El templo, por algún motivo que la propia comunidad interpretó como algo cercano a lo milagroso, no sufrió daños pese a estar en plena zona de fuego. Cuando pudieron volver a filmar, dos semanas después, los feligreses que aparecen como extras en las escenas del templo estaban rezando de verdad, no actuando (¿quién actuaría en tal situación?). Mehta lo describe como el momento en que el rodaje se volvió, para ella, genuinamente espiritual.

El detalle del nombre tampoco es casual: la hija real de Mehta se llama Lakshmi, y el personaje lleva su nombre. La propia directora reconoce que el personaje está inspirado tanto en su propia infancia como en el temor, ahora como madre, de que algo similar le pase a su propia hija.

Mehta ya trabaja en su primer largometraje, titulado Anitya, que también incluye un personaje hipoacúsico, aunque esta vez el eje narrativo central es una historia de amor con tono trágico, no la discapacidad en sí misma. Es una continuidad más que lógica: Mehta parece decidida a normalizar la presencia de personajes hipoacúsicos en géneros que no giran exclusivamente alrededor de la discapacidad, algo que ella misma identifica como una deuda pendiente de la representación actual.

Vale la pena señalar el debate más amplio en el que se inscribe la película: la discusión sobre quién debe contar las historias de discapacidad. Mehta es explícita al respecto en varias entrevistas: considera un avance que haya más representación de personajes hipoacúsicos y sordos en pantalla, pero insiste en que todavía falta que esas historias sean contadas, mayoritariamente, por creadores que viven esa experiencia en carne propia, y no solo por guionistas o directores que la observan desde afuera. Sūnna, en ese sentido, funciona casi como manifiesto práctico de esa postura: no es una película sobre la hipoacusia, es una película hecha desde adentro de la experiencia de padecerla.

Al final, cuando Lakshmi vuelve al piano guiándose por el afinador visual y su madre se suma cantando, la película no resuelve el problema médico planteado. Lakshmi sigue siendo hipoacúsica. Lo que resuelve es otra cosa (mucho más importante): la certeza de que puede seguir siendo música, aunque el camino para llegar hasta ahí haya cambiado por completo. Esa es, creo, la verdadera apuesta de Radha Mehta: no contar una historia sobre recuperar lo perdido, sino sobre encontrar una forma nueva de tener lo que siempre tuvo.

 

REPARTO

Anisha Nagarajan, Aaliya Mehta, Behzad Dabu, Satish Brahme, Alyssa Diaz, Nalani Pasion, Chris Adrien, Priya Mehta, Mani Sastry, Hari Savitala, Aneri Shah, Shubhangi Shekhar, Shruthi Rajesh, Renu Razdan, Seeret Singh

 

EQUIPO

Written & Directed by Radha Mehta

Produced by Pallavi Sastry

Production by A Dose of Soul

In Association with Adda G Productions

Cinematography by Isue Shin

Production Design by Suneha Balasubramanya

Music by Dhruv Goel

Edited by Joseph Murphy

Executive Producers — Michelle K. Sugihara, Janet Yang, Julia S. Gouw

Executive Producers — Radha Mehta, Satish Brahme, Samudrika Arora

Co-Producer — Keertana Sastry

First Assistant Director — Julie Bersani

First Assistant Camera — Pascale Williams

Second Assistant Camera — Ai Kojima

Assistant Editor + DIT — Matthew Gelzer

Steadicam Operator — Raphaël Van Oostrum

Still Photographer — Yasir Habibi

Production Coordinator — Rachel Grate Capshaw

Script Supervisor — Jamie Keener

Gaffer — Ceasar Flores

Best Electric — Abby Menzel

Key Grip — Jordan Stossel

Best Grips — Brandon Amaya, Kevin Shum

Swing — Jeremy Baker

Casting — Keertana Sastry

Production Sound Mixer & Boom Operator — Creighton Yanchar

Art Directors — Riya Vaidya, Armaan Pujaani

Cultural & Music Consultant — Mani Sastry

Tanpura + Tabla — Paul Livingstone

Piano Technician — Brooks Taylor

Costume Designer — Reena Ray

Make-Up + Hair Stylist — Devin Patterson

Stunt Coordinator — Hayden Lam

Production Assistants — Amrut Ayyala, Ally Dua, Matthew Yepiz

Studio Teacher — Albert Barrientos

Post Production Sound Services by Sound Department LLC

Re-Recording Mixer & Dialogue Editor — Juan Campos

Sound Effects Editor — Renai Buchanan

Sound Effects Editor — Jared Anderson, MPSE

Audio Post Coordinator — Jaime Horrigan

Audio Post Coordinator — Luisa Marina Schauffert

Colorist — Walter Volpatto

VFX Supervisor — Ryan McConnell

Cello — Emanuel Pavon

Catering — Mid East Eats, Hindu Temple of Malibu

Locations Provided by Hindu Temple of Malibu, Burbank Audiology Center

Payroll Services Provided by Media Services