Reseña | "Winds of Silence" de Radha Mehta

WINDS OF SILENCE



SINOPSIS

Cuando Ziya descubre que la familia de su mejor amiga está en peligro, debe decidir si les ayuda o no a escapar mientras se enfrenta a su propio pasado.


RESEÑA

Durante Winds of Silence, el cortometraje de Radha Mehta, hay una escena donde es el niño el que muestra sus moretones a la madre, no al revés. Akash es apenas un niño y ya carga con el deber autoimpuesto de defender a su madre de los ataques de su padre. Cuando vi eso pensé en cuántas veces escuché la pregunta “¿por qué no se va?”, hecha con genuina extrañeza por todo mundo. Como si salir de una relación violenta fuera tan simple como cruzar una puerta… Esa pregunta está mal planteada desde el inicio. Casi nadie pregunta por qué él pega. Casi todos preguntan por qué ella se queda.

La madre no se queda ni por gusto ni por costumbre, aunque a veces se hable de la violencia doméstica como si fuera eso: un hábito, algo mecánico, casi elegido. Yo creo que se queda porque irse cuesta dinero que muchas veces no tiene; porque el nombre en el contrato de la casa no es suyo; porque en algunos casos el estatus migratorio depende del marido y una denuncia puede significar perderlo todo, incluyendo a los hijos; porque el momento de irse es, según toda evidencia, el más peligroso de toda la relación: cuando el agresor siente que pierde el control es cuando más se arriesga a todo, a herir, a secuestrar, a matar; se queda porque la familia extendida, la comunidad y a veces los amigos más cercanos, le dicen que aguante, que todo matrimonio tiene sus problemas, que piense en los hijos, en el qué dirán, en el honor; se queda porque el maltrato psicológico erosiona algo muchísimo más difícil de reparar que un hueso roto; se queda, muchas veces, porque todavía hay amor de por medio, o siquiera el recuerdo de haberlo tenido, y eso la confunde más de lo que cualquiera que no lo haya vivido puede imaginar. Por esas y mil razones más, una madre a veces se queda al lado de su agresor.

Pero siempre hay un punto de inflexión. La gota que derrama el vaso. Y ese es el punto en el cual nos encontramos cuando vemos Winds of Silence. La historia sigue a Ziya, una mujer que enviudó hace poco y todavía no sabe si eso que siente es duelo o alivio, y a Sunita, su mejor amiga, casada con un hombre violento. Cuando Sunita decide huir al día siguiente con su hijo Akash, no le pide a Ziya que la acompañe ni que la ayude a denunciar. Le pide algo mucho más difícil: que mienta por ella, que le diga a su marido que quiere que se queden esa noche, para ganar las horas necesarias hasta el vuelo.

Ese pedido es, para mí, la clave de todo el corto. Sunita no está pidiendo rescate, sino tiempo, y el tiempo, cuando se vive con miedo todos los días, es el recurso más escaso de todos.

De eso escribo en las palabras que siguen: de cómo un cortometraje de apenas unos minutos, sin un solo golpe mostrado en pantalla, logra poner en escena ese cálculo silencioso que hacen las mujeres antes de decidirse a todo por quienes aman, por su dignidad… por sí mismas.



Con un elenco reducido a cuatro personajes y una duración brevísima, el cortometraje se apoya en una estructura simple pero muy calculada. Empieza con un gesto doméstico: Ziya descuelga la foto de su esposo muerto y la mira sin duelo, con algo más cercano al desprecio. Ese primer momento ya desmonta la expectativa de lo que sigue. No estamos ante una viuda en luto; estamos ante una mujer procesando el fin de algo que no lamenta del todo.

El tiempo de la película es prácticamente lineal, sin saltos ni flashbacks explícitos, lo cual es coherente con su duración corta: no hay espacio para artificios temporales, y Mehta no los necesita. La urgencia viene de otro lugar: los boletos de avión son para el día siguiente. Esa cuenta regresiva, apenas mencionada, funciona como motor narrativo.

Van Oostrum construye una paleta que separa con claridad los dos mundos de la protagonista. El ritual junto al riachuelo ocurre en un espacio luminoso y hermoso, con los personajes vestidos de blanco, sentados en el piso con las piernas cruzadas. Es una imagen de comunidad. La composición ahí es horizontal, estable y casi litúrgica.

La cocina y el cuarto de Ziya, en cambio, son los espacios de la verdad incómoda. Ahí la cámara se acerca más a los sentimientos reales, y la conversación entre Ziya y Sunita ocurre en un terreno visualmente más cerrado. No hace falta un dato técnico exacto de lentes o de temperatura de color para notar el contraste y su propósito: una escena expande, mientras que la otra comprime.

Mehta dirige con una economía de recursos que se nota en cada elección. No hay escenas de relleno porque cada bloque narrativo cumple una función: presentar el duelo no resuelto de Ziya, presentar el peligro que corre Sunita, presentar el vínculo entre las dos familias, y resolver (o dejar en suspenso, según cómo se lea el final) la decisión de ayudar.

Ziya es la protagonista, pero no es la más valiente de las dos. Ese es un acierto del guion: la mujer que “sufre menos” —viuda, con la herencia negada, pero sin un hombre violento en casa— es la que más duda. Su arco no va de la ignorancia al conocimiento, va de la evasión a la responsabilidad. Ella sabe lo que pasa en la casa de su amiga, o al menos lo intuye, y elige no verlo hasta que ya no puede.



Sunita es el personaje que empuja la acción. Su frase “nothing is more miserable than the way he treats us now” condensa el argumento moral de toda la película: la violencia doméstica no distingue entre la madre y el hijo, los alcanza a los dos por igual. Su decisión de huir es también un acto de protección hacia Akash, que ya ha empezado a interponerse físicamente entre su padre y su madre, lo cual explica la frase “I can no longer allow that”. Sunita no está huyendo solo por ella.

Los dos niños, Raagini y Akash, funcionan como espejos. La pregunta de Akash —“what's it like not having a father?”— es devastadora porque no es retórica: para mí, es la pregunta de un niño que empieza a imaginar la ausencia del padre como alivio, no como pérdida. Raagini responde con una frase que suena adulta en su boca: “I try not to think about it”. Los niños de esta película ya cargan estrategias de supervivencia emocional que no deberían tener a esa edad.

La violencia de género rara vez se representa como lo hace esta película: sin un solo golpe en pantalla. Todo el maltrato que sostiene la trama ocurre fuera de campo, contado a través de moretones que se muestran en confianza, de frases sueltas, de una decisión urgente de huir. Es una elección ética tanto como estética. Mehta no necesita mostrar el cuerpo golpeado para que entendamos el peligro; le basta con mostrar el cuerpo asustado.

Hay una idea filosófica interesante escondida en el arranque de la película: Ziya mira la foto de su marido muerto con desprecio. La muerte no la liberó de inmediato, la dejó en un limbo: sin marido, pero también sin herencia, sin apoyo económico, atrapada en un duelo que no puede sentir como duelo. Sunita lo dice sin filtro: “you're so lucky that his heart attack set you free”. Es una frase incómoda, casi cruel, pero honesta.

El título, “Winds of Silence”, apunta a otra capa: el silencio como viento, como algo que se mueve, que empuja y que no es estático. El silencio de las mujeres del sur asiático frente a la violencia doméstica no es pasividad, sugiere la película, es una fuerza que actúa incluso cuando no habla. El estudio citado al final del corto —esa estadística sobre el 48% de personas del sur asiático en Estados Unidos que experimentan violencia de género— funciona como un cierre casi documental, y ahí el cortometraje abandona la ficción por un momento para reclamar su lugar como pieza de activismo, no sólo de arte.

En términos de género cinematográfico, esto no es un thriller doméstico al uso, con el peligro construido en tiempo real. La amenaza —el marido de Sunita— nunca aparece en pantalla. Es una ausencia que pesa más que una presencia; el espectador nunca ve al agresor, solo ve sus efectos. Esa decisión evita el riesgo de convertir la violencia en espectáculo visual y mantiene el foco donde debe estar: en las mujeres que deciden qué hacer con el peligro, no en el hombre que lo genera.

Hay también una lectura sobre la maternidad como resistencia. Las dos protagonistas actúan primero como madres y después como mujeres con vida propia. El amor de Ziya por su hija se ve en el gesto de tomarle la mano durante el canto ritual; el de Sunita por Akash se confirma en su decisión de huir apenas su hijo empieza a intervenir físicamente para protegerla. Ninguna de las dos actúa solo por su propio bienestar. Eso separa a esta historia de otras narrativas de huida doméstica centradas en la liberación individual: aquí la liberación es siempre compartida, siempre en función de otro cuerpo pequeño que hay que proteger.



Lo que más se queda conmigo, después de pensarlo por días, es esa frase de Sunita sobre la suerte del infarto. Ahí la película deja de hablar sólo de dos mujeres particulares y empieza a hablar de dos maneras distintas de ganarse la libertad: la que llega por azar y la que hay que fabricar con una mentira urgente. Ninguna de las dos es cómoda. Las dos cuestan algo costosísimo. Y ese costo, más que cualquier imagen de violencia explícita, es lo que la película deja resonando cuando aparecen las estadísticas finales.

 

REPARTO

Deepti Gupta, Sohm Kapila, Asit Vyas, Saanvi Mohan, Tyler Anton

 

EQUIPO

Written & Directed by Radha Mehta

Producers – Radha Mehta, Sheheryar Ahsan

A Dose of Soul Production

Director of Photography – Raphael Van Oostrum

Production Designer – Sandra Rodriguez

Editor – Yicher Shen

Composer – Omar El-Deeb

1st and 2nd AD – Pablo Riesgo

Script Supervisor – Noorah Al-Eidi

Studio Teacher – Tom Porter

Gaffer – Taylor Rowson

1st AC – Santiago Beltrán Medina

2nd AC – Raghav Ravi

Key Grip – Gustavo Perez

Art Director – Georgina Gutierrez

Set Dresser – Jessy Rosales

Hair & Makeup – Tyler Ohal

Costumer – Sofia Kutha

Sound Recordist & Boom Op – Creigh Yanchar, Scott Esterly

Production Coordinator – Aleezeh Hasan

Sound Designer – Creigh Yanchar

Colorist – Ashton Thomas