Reseña | "Witness" de Radha Mehta & Saif Jaan
WITNESS
SINOPSIS
Un venerado imán de un pequeño pueblo se
enfrenta a una crisis de fe cuando debe elegir entre defender los valores de su
mezquita o proteger la seguridad y la pertenencia espiritual de un feligrés
varón.
RESEÑA
Un hombre se arrodilla en la fila de los
hombres en la mezquita. Nadie lo mira, ni siquiera de reojo. Es, esencialmente,
un hombre más en el edificio. Sus rodillas tocan la misma alfombra que las de
su alrededor, su frente baja al mismo tiempo que las demás, su voz se mezcla
con el murmullo colectivo del rezo. Por tan sólo unos segundos, no hay
preguntas, no hay necesidad de justificar nada ante nadie. Y, sin embargo, ese
hombre sabe algo que los demás no saben: que, si alguien lo conociera, de
verdad lo conociera profundamente, ese mismo suelo dejaría de sostenerlo.
Esa escena no es una invención narrativa
mía. Le pasó a Saif Jaan, el guionista y co-director de Witness, en la
boda de su propia hermana, mucho antes de que se le ocurriera convertirla en un
guion. Y es esa contradicción —la de la paz de sentir pertenencia y el miedo de
que esa paz dependa de un secreto— la que sostiene, trece minutos después, cada
decisión de cámara, cada mirada esquiva de este cortometraje. Porque hay una
pregunta que casi ninguna religión se anima a responder: ¿qué pasa
cuando el lugar donde más cerca te sientes de Dios es exactamente el lugar que
menos garantiza recibirte?
Tal vez no tiene mucho que ver, pero no puedo evitar que me recuerde vagamente a la escena en la que
Mary, la madre en la serieYoung Sheldon, es visitada por
el pastor Jeff, que le dice: “The church is still your family, I just hate
to see you walk away from the Lord” y ella responde, visiblemente
herida: “Feels like he’s walking away from me.” Y es que no es culpa de Dios, ni de la
religión, sino de las interpretaciones que el humano tiene de Dios y de la
religión, y de cómo externa tales interpretaciones en forma de juicios, de
prejuicios…
Witness, dirigido a cuatro manos por Radha Mehta y Saif Jaan,
construye toda su tensión alrededor de la pregunta que menciono sin nunca
formularla como una especie de discurso. Trece minutos, una sola locación, un
elenco reducido y una premisa concisa: un hombre trans musulmán actúa como
testigo en una boda islámica sin que nadie sepa que lo es, hasta que alguien se
entera.
El origen biográfico de Witness
importa porque cambia el género de la obra. No estamos ante una ficción
especulativa sobre “qué pasaría si”, sino ante un testimonio en forma de drama.
Y la palabra del título no es un accidente: en el islam, el testigo tiene una función legal
y espiritual concreta, y buena parte de la tensión del filme nace justamente de
esa palabra y de quién tiene permitido pronunciarla, ocuparla y, finalmente,
encarnarla.
El elenco lo encabeza Faran Tahir como el imam
Mustafa, un actor con una carrera larga casi siempre encasillado en papeles de
villano, que aquí hace algo mucho más difícil: interpretar la duda. Shaan
Dasani, actor trans, da vida a Shams, y esa decisión de casting —insistida por
los propios directores como condición no negociable— es en sí misma una postura
ética antes de ser una decisión estética. Nemma Adeni completa el triángulo
familiar como Miral, la hija del imam, que termina siendo la conciencia moral
más clara del relato, aunque hable menos que nadie.
Witness abre con un celular sonando y cierra con otro celular sonando.
Es la clase de simetría que en manos torpes se sentiría mecánica, pero en este
caso particular funciona porque el segundo llamado invierte por completo el
sentido del primero. Al inicio, el teléfono que no contesta le pertenece a
Aziz, el testigo ausente, y su ausencia es lo que obliga al imam a buscar un
reemplazo entre las personas disponibles: Shams. Al final, es el propio imam
quien llama, y quien recibe la respuesta es Shams. La estructura circular no
cierra la historia, sino que la reabre. Empezamos con una falta que hay que llenar
de apuro y terminamos con una falta que alguien decide, finalmente, llenar con
intención.
Entre esos dos llamados hay una elipsis
temporal que Witness no hace explicita con letreros ni fechas, sólo con
el paso lógico de los eventos: el embarazo de Ala avanza, las clases de tilawa
de Shams continúan, la confianza entre Miral y Shams se profundiza. El guion
evita cualquier tentación de correr hacia el clímax. Deja que la tensión entre
Saleem y Shams crezca en fragmentos pequeños —un comentario sobre la profesión
de endocrinólogo, una mirada directa durante la oración— antes de estallar en
la escena del panfleto.
Ese ritmo pausado, casi de cámara lenta
emocional, es la decisión de guion más arriesgada del corto. Un relato de trece
minutos normalmente no puede darse el lujo de sembrar tanto antes de cosechar. Aquí
funciona porque el público entiende, incluso antes que los personajes, hacia
dónde va todo. Witness no construye suspenso sobre “qué va a pasar” sino
sobre “cuándo va a estallar lo que ya sabemos que va a estallar”. Es una
estructura de tragedia griega comprimida: el espectador conoce el destino, y lo
que importa es mirar a los personajes acercarse a él.
La fotografía de Nausheen Dadabhoy trabaja
con una paleta cálida, casi dorada, en los espacios comunitarios y reserva
sombras más duras, contraluces, encuadres más cerrados para los momentos de
confrontación privada. Cuando el imam le muestra el panfleto a Miral, la escena
ocurre en un espacio que ya no tiene la calidez colectiva del resto del filme:
la luz se vuelve fría, direccional, casi clínica, como si la cámara también
estuviera diagnosticando algo.
Hay una elección de cámara que vale la pena
señalar con detalle: durante la ceremonia inicial de la Nikah, el
encuadre incluye a Shams entre los hombres, en plano general, sin denotar su
presencia con una toma “delatora”. La cámara lo trata como uno más. Ese
tratamiento visual “normal” es en sí mismo un argumento: antes de que la trama
revele el conflicto, la imagen ya adelantó su tesis. Shams pertenece ahí, y la
única razón por la que eso se vuelve un problema es lo que otros deciden hacer
con esa información.
Tahir construye a Mustafa evitando cualquier
tentación de villanía. Su transformación de padre orgulloso a hombre que
expulsa a alguien de su propia comunidad ocurre en gestos mínimos. Cuando le
ordena a Shams que se vaya, no grita. Lo dice bajo, casi avergonzado de sí
mismo, y esa vergüenza latente es quizás la actuación más elocuente posible.
Dasani, por su parte, evita la
autocompasión. Shams no pide lástima en ningún momento del guion; es más, está
orgulloso de sí mismo: cuando Saleem lo confronta en público, la reacción de
Shams no es defenderse a gritos sino quedarse cerca de las lágrimas, pero sin
derramarlas del todo. Esa contención es lo que hace que la frase final del
cuerpo del corto —“¿cuándo es el momento, entonces?”— pese tanto. Es una pregunta
que no nace del reclamo, sino de la dignidad de quien ya está cansado de
esperar el momento “correcto” para existir.
En lo que sigue es donde quiero detenerme
más tiempo, porque creo que la lectura que propone la propia trama se puede
—y creo que se debe— llevar un poco más lejos de lo que sus directores dicen
explícitamente en entrevistas.
El detonante de toda la crisis no es un prejuicio difuso de Saleem hacia las personas trans en abstracto. Es un tecnicismo jurídico-religioso muy concreto: si Shams fue registrado o percibido como mujer al nacer, su testimonio como testigo masculino invalidaría, según la interpretación de Saleem, la validez legal del matrimonio. La homofobia o transfobia, en este caso, no aparece como un sentimiento sino como una lectura de la ley. Eso es más perturbador que un personaje simplemente “malo”: es un sistema que produce exclusión, aunque cada individuo dentro de él crea estar actuando con rectitud.
Hay una asimetría notable en cómo las
religiones, no sólo el islam (el catolicismo, mi religión, no se queda atrás),
tienden a tratar a gente transgénero versus gente cisgénero, y el corto la deja
entrever. La sospecha hacia Shams no es que esté “fingiendo” ser lo que no es
en un sentido genérico, sino específicamente que estaría, según esa lógica,
accediendo a privilegios reservados a los varones: la capacidad de testificar,
la proximidad física a otros hombres en el rezo, el estatus social que ese
acceso conlleva. Es una ansiedad muy particular, casi patrimonial, sobre quién
tiene derecho a ejercer masculinidad religiosa y sus beneficios jurídicos. El
filme no hace explícita esta lectura con un diálogo directo, pero la deja
flotando en el subtexto de la reacción de Saleem, que no es sólo asco sino algo
más parecido a sentirse estafado, como si Shams hubiera tomado algo que no le
correspondía.
Hay una ironía devastadora en que la
película se llame Witness
y que su conflicto central gire alrededor de quién puede testificar y quién no.
El testimonio, en el islam clásico, no es sólo un acto de presencia: es un acto
jurídico que construye realidad social (un matrimonio válido, una herencia o un
contrato). Cuando esa capacidad de testificar depende de una clasificación
binaria de género que no contempla la experiencia trans, lo que queda excluido
no es sólo “una persona”: queda excluida la posibilidad misma de que esa
persona genere efectos legales y sociales reconocidos por su comunidad. Shams
puede rezar, puede enseñar Corán a los niños, puede sentir a Dios con una
intensidad que el propio guion describe como más pura que la de cualquier otro
personaje y, sin embargo, en el momento en que su testimonio se vuelve
legalmente relevante, su identidad se convierte en un problema a resolver.
Esa es, para mí, la mayor contradicción
posible: las instituciones religiosas predican que Dios juzga el corazón y no
el cuerpo, cita que la propia Miral recita casi textual en su enfrentamiento
con su padre, pero después construyen categorías jurídicas basadas
exclusivamente en el cuerpo. No hay forma de sostener ambas cosas sin que se
vuelvan una en contra de la otra.
La mezquita funciona en el filme como un
territorio con reglas de acceso desiguales: a un hombre trans no se le permite,
en la práctica retratada, ocupar plenamente ciertos roles rituales sin sospecha
constante. Y, sin embargo, es exactamente ese espacio, el más restrictivo, el
que Shams describe como el lugar donde más cerca se sintió de Dios. Hay algo
profundamente triste en esa paradoja: la persona más excluida del sistema es,
dentro del relato, la que experimenta con mayor intensidad lo que ese sistema
dice ofrecer. Es el corazón filosófico del cortometraje.
Los directores insisten en que el conflicto no enfrenta al islam contra la compasión, sino a una interpretación rígida contra el núcleo misericordioso de la fe. Comparto la generosidad de esa lectura, pero el final del corto no ofrece ninguna garantía de que esa síntesis vaya a ocurrir. La llamada final del imam a Shams es apenas una apertura, no una reconciliación consumada. El guion, con inteligencia, evita prometer que la doctrina va a ceder ante la misericordia. Sólo muestra que alguien, por fin, decide marcar el número y resarcir los daños. Pero su verdadero logro es haber puesto en imágenes una contradicción clarísima: que las instituciones religiosas pueden predicar que Dios mira el corazón y al mismo tiempo construir categorías legales que sólo miran el cuerpo.
Witness es un cortometraje para quien puede sostener una contradicción sin
necesidad de resolverla: para el creyente que alguna vez sintió que su fe le
exigía elegir entre la doctrina y la persona que tiene enfrente, y para el
espectador dispuesto a aceptar que la cámara —no el guion, no los diálogos— es
quien primero dicta la tesis moral del filme, al filmar a Shams como uno más
mucho antes de que la trama lo convierta en un problema.
En trece
minutos, con una sola locación y un elenco reducido, logra convertir un
tecnicismo jurídico-religioso en una tragedia íntima, y una tragedia íntima en
una pregunta que trasciende cualquier fe particular. La contención de Tahir, la
dignidad sin autocompasión de Dasani… todo en este corto trabaja al servicio de
una sola idea, ejecutada con una precisión casi milimétrica.
Hay
algo que Witness logra que va más allá del cine, y quiero decirlo sin
rodeos: le devuelve a una persona trans lo que tantas instituciones —religiosas
y no religiosas— le han negado durante siglos, que es el derecho simple y
radical a ser vista como es, sin tener que justificarse por ello. Shams no pide
permiso para existir ni disculpas por hacerlo; reza, enseña, ama y testifica
con una convicción que ninguna ley humana logra opacar del todo. Y en eso el
corto dice algo que debería ser evidente y que, sin embargo, sigue siendo en
demasiados lugares del mundo, una cansada y horrenda batalla diaria: que la
identidad de una persona trans no es un problema legal que resolver ni una
anomalía que tolerar, sino una verdad que merece los mismos derechos, el mismo
respeto y el mismo lugar en la fila que cualquier otro. Las instituciones
cambian más lento que las personas que las habitan, pero cortometrajes como este
son, precisamente, lo que empuja ese cambio: no a través del
dogma, sino a través de la posibilidad, cada vez más innegable, de mirar a
alguien como Shams y no ver un dilema, sino un ser humano completo.
Por eso Witness
no termina donde termina el guion. Termina donde empieza la conversación que el
espectador se lleva a casa: “¿cuándo es el momento, entonces?”. El corto no
responde por nosotros, pero deja clarísimo que la pregunta —y la urgencia de
responderla con justicia— ya no puede seguir esperando.
REPARTO
Faran Tahir,
Shaan Dasani, Nemma Adeni, Michael MacLeod, Aydin Khowaja, Laura Obiorah,
Patrick Caberty
EQUIPO
Directed by Radha Mehta, Saif Jaan
Written by Saif Jaan
Produced by Radha Mehta, Omar Al Dakheel, Sheheryar Ahsan
Cinematography by Nausheen Dadabhoy
Production Design by Mehdi Bennani
Edited by Joseph Murphy
Music by Omar El-Deeb
Executive Producer – Rita Meher
Executive Producer – Fawzia Mirza
Executive Producer – Mike Mosallam Productions (Mike Mosallam, Amin El Gamal)
Executive Producer – RASA Film Group (Rohi Mirza Pandya, Sujit Chawla,
Athul Prashar, Asad Butt)
Executive Producer – Product of Culture (Archana Jain, Monika Sharma)
Made with the Support of Tasveer
Unit Production Manager – Kajri Akhtar
First Assistant Director – Marie Rouhban
Second Assistant Directors – Eva Papadakou, Aïda Boukenter, Ala’ Khan
Casting – Keertana Sastry
First Assistant Camera – Max Friedman, Abby Hauptman
Second Assistant Camera – Abby Hauptman, Joshua Germain
DIT – Aaron Dsouza
Steadicam Operator – Raphaël Van Oostrum
Still Photographers – Yasir Habibi, Daniel Miramontes
Line Producer – Sheheryar Ahsan
Script Supervisor – Hira Sheraz
Production Coordinator – Amin El Gamal
Consultant – Farah Nousheen
Graphic Designer – Mohammed Nassem
Post Production Services by Sound Department LLC
Re-Recording Mixer – Juan Campos
Supervising Sound Editor – Zach Goheen
Dialogue Editor – Mia Vinciguerra
Sound Effects Editor – Jared Anderson
Audio Post Coordinators – Jaime Horrigan, Luisa Marina Schauffert
Colorist – Walter Volpatto
Gaffer – Kristoffer Carrillo
Best Boy Electric – Declan Berkeley
Key Grip – Stephen Krajeski
Best Boy Grip – Micah Moore
Swing – Zozo Chen-Wernik
Location Manager – Omar Al Dakheel
2nd Second Assistant Director – Shy Elizabeth
Post Production Associate – Aaron Dsouza
Production Sound Mixer & Boom Operator – Ellis Adkinsion
Boom Operator – Lauren Withrow
Art Director – Georgina Gutierrez
Art Department Production Assistant – Jaelyn Rose Chavez
Cultural Consultant – Ala’ Khan
Costume Designer –Qasim Anwar
Make-Up & Hair Stylist – Flora Kay
Assistant Make-Up & Hair Stylist – Morgan Marinoff, Shy Elizabeth
Production Assistants – Toni Gamalinda, Nathan Ibarbol, Slava Makarov
Production Supervisor – Katarina Muratorio
Studio Teacher – Marty Meyers
Catering – Abel Garcia (Spartain Catering)
Associate Producers – Wafaa & Khaled, Ani Zonneveld
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