Reseña | "Crónica Menor" de Francisco Usiel

CRÓNICA MENOR



SINOPSIS

En un pueblo al sur de la ciudad de México, el director de la historia y su familia se interpretan a sí mismos y reviven el momento en que su padre enferma durante la segunda ola del Coronavirus.


RESEÑA

Tristemente, no soy ajeno a las historias de muerte, y ¿qué no se ha escrito ya sobre la muerte? Es impredecible muchas veces, injusta otras y amarga siempre, porque sin importar quién la transite, en un sentido significa lo mismo para todos nosotros: el fin absoluto de la presencia física en este mundo que ingenuamente llamamos nuestro. Y el último recuerdo que tenemos de alguien casi nunca contiene ninguna de las palabras que habríamos elegido si hubiéramos sabido que era el último.

En Crónica Menor, el cortometraje de Francisco Usiel, José Juan, el padre que apenas puede respirar por el COVID, aquejado por el dolor y la incomodidad, decide decirle a su hijo que la gorra que trae puesta se le ve bien, que se ve guapo. Un instante que no tiene nada de extraordinario, porque es simplemente un padre mirando, amando, a su hijo. Pero después de su muerte, ese recuerdo queda contaminando, o quizás consagrado, por algo que ninguno de los dos podía conocer en ese momento: su finalidad. Es cierto que nosotros vivimos los momentos hacia adelante, pero los recordamos hacia atrás.

Sigo pensando en ese momento desde que vi el cortometraje y vuelvo a él, lloro con él y me indigno con él. Porque Francisco Usiel pudo haber construido su cortometraje alrededor del hospital, de la saturación y de la muerte, pero en vez de eso, lo construyó alrededor de su propio padre que, incluso agonizando, sigue haciendo lo que hacía siempre: cuidar a sus hijos antes que a sí mismo. Uno podría pensar que el miedo del padre no era solamente miedo a morir, sino miedo a perder la posibilidad de seguir siendo un padre para sus hijos.



Dicho sea esto, Crónica Menor no es un documental en el sentido estricto de la palabra, pero tampoco es ficción pura. Francisco Usiel dirige, escribe, edita y además se interpreta a sí mismo, junto con sus hermanos reales, reconstruyendo los días en los que su padre enfermó de COVID durante la segunda ola de la pandemia. No hay un ejercicio de “inspirado en hechos reales” con actores contratados para dar verosimilitud: es la familia misma, volviendo a poner el cuerpo y el alma donde ya los había puesto una vez, en los peores días de su vida.

En términos de cómo se ve, Estefanía Velázquez Rodríguez, la talentosa directora de fotografía, apuesta por algo que a estas alturas ya casi extraña: quedarse quieta. La cámara no persigue a los personajes, sino más bien los espera. Los planos son en su mayoría fijos y, en mi opinión, les da a los interiores una textura densa, casi pegajosa, ayudada por luz incandescente y contrastes marcados. Adentro, todo se ve sofocado, como si el aire mismo costara trabajo respirar, no sólo para los enfermos sino para la cámara. Afuera, en la fría noche, todo es pesada oscuridad. Apenas durante el breve brillo matinal a Francisco se le permite respirar durante una falsa tregua entre la enfermedad y su familia. Tal luz podrá verse bonita, pero está grabada así para que uno sienta ese peso, y vaya que uno lo siente.

Lo que más aprecio y admiro de Estefanía es que su fotografía nunca compite con la historia que sucede. En una película cualquiera puede ser fácil y tentador caer en el impulso de mostrar el manejo técnico, hacer movimientos de cámara vistosos, planos aéreos dramáticos, displays de talento que digan “miren lo que sé hacer”, pero aquí no hay nada de eso. Aquí hay respeto y disciplina.

El diseño sonoro sigue una lógica parecida de contención: durante todo el cortometraje casi no hay música, pero sí un zumbido constante del concentrador de oxígeno, alarmas, respiración trabajosa, tos y un inquietante jadeo, que inspira impotencia, que inspira temor y ganas de hacer algo por el padre, por los hermanos, por Francisco… Ese sonido de fondo se vuelve un personaje más, uno que nunca se calla, que está presente incluso en las escenas donde nadie habla. Cuando por fin aparece la música original, al final, después de que venga el lógico derrumbe emocional de Francisco, llorando junto a su hermano, el efecto es enorme precisamente porque durante tantos minutos el cortometraje se negó a dártela.

Adentrándome más en el tejido del cortometraje, es imposible no hablar de nuestra realidad en el sistema de salud mexicano. Cuando el padre entra en crisis y hay que llevarlo al hospital, la logística se vuelve el verdadero antagonista de la historia. No hay cabida. No hay coche, y la ambulancia se niega a llevar acompañantes, hasta que la humanidad de un paramédico cede. El hospital al que finalmente le trasladan queda a hora y media de distancia porque los más cercanos ya están saturados. En medio del camino se acaba el oxígeno de la ambulancia. Repito, aunque suene increíble: ¡se acaba el oxígeno de una ambulancia! Uno como espectador va acumulando la misma sensación de indefensión que está viviendo la familia. Francisco lo dice mucho mejor que yo: “las contingencias son cíclicas y temporales, pero la injusticia es estructural”.



La pandemia en nuestro México pegó distinto según el código postal, eso ya lo sabíamos, pero pocas producciones lo hacen tan concreto como la escena de una ambulancia perdiéndose en la madrugada porque no encuentra el camino correcto. Ahí está retratada toda brecha entre el sistema de salud que existe y funciona perfectamente en papel y el que realmente nos toca.

El padre es yesero. Su oficio sólo es dicho una vez, pero Francisco ya le ha dicho para ese momento a modo de promesa que ambos terminarán de construir habiéndose él recuperado. ¿Terminar de construir? Esas palabras las sabemos bien los mexicanos: nuestras obras inconclusas están construidas en etapas según alcanza el dinero, según vivamos una vida que se construye a medias porque la vida no perdona, porque cuando el cuerpo falla, la construcción se detiene con él, y casi todo lo demás.

La ausencia total de la madre es otro vacío que el cortometraje deja sin explicar y que, precisamente por no hacerlo, se vuelve más pesado. En ningún momento se menciona directamente quién fue o qué paso con ella, hasta el final, cuando Francisco le confiesa a Juan que nunca la ha soñado desde que murió. Esta frase nos dice que esta no es sólo una familia que pierde a su padre en el vacío, sino que ya había perdido a su madre y que ahora, en medio de una cruel e injusta pandemia, pierde también al único refugio que le quedaba.  El derrumbe final de Francisco, el “son mis hijos, te los encargo mucho”, sucede fuera del realismo, pero es el reflejo perfecto de lo que ya hemos visto: las vigas dobladas y los ratones son, literalmente, la casa humilde que ya conocimos, sólo que deformada por el miedo. Nos confirma algo: Francisco es, desde antes que su padre muera, quien llama al doctor, quien decide, quien inyecta, quien carga con las decisiones mientras sus hermanos, también enfermos, apenas pueden sostenerse física y emocionalmente.

El título, Crónica Menor, tiene algo de ironía que me parece deliberada. “Menor” en el sentido de pequeña y sin pretensión de gran relato. Y, sin embargo, lo que cuenta es exactamente lo contrario de menor: es la historia central de una familia, el evento que la reconfigura para siempre. Creo que ahí está la apuesta del director: contra el relato “mayor” de la pandemia, contado en cifras, en curvas epidemiológicas de López-Gatell, en conferencias de prensa, propone esta crónica doméstica, minúscula en escala, pero enorme en peso. La historia grande de la pandemia en México se escribió, en buena medida, en historias exactamente como esta, que el discurso oficial trató como estadística y que aquí se nos devuelven con nombre, con cara y con un padre llamando cariñosamente a sus hijos: “corazón”, a pesar de todo.

No puedo escribir en palabras suficientes cómo me conmovió la manera en que Francisco, ya enfermo él también, sigue cuidando a sus hermanos antes de cuidarse a sí mismo, y sólo se permite llorar hasta el final, a solas con Juan, en la oscuridad. Esa demora del llanto, esa negativa a derrumbarse mientras hay alguien más a quien atender, me parece el verdadero tema del corto, más que la pandemia misma. La pandemia es el detonante, el marco histórico, lo que explica por qué no había vacuna ni tratamiento ni cama disponible. Pero lo que Crónica Menor realmente observa es cómo se organiza el cuidado dentro de una familia cuando el Estado no aparece, quién asume ese trabajo, qué le cuesta, y cuánto tarda en poder llorar su propio dolor porque siempre hay alguien más frágil que atender primero.



Quizá por eso Crónica Menor me parece un título tan engañoso y, al mismo tiempo, tan perfecto: porque no hay nada menor en recordar a un padre que, aun sin saber que estaba pronunciando sus últimas palabras, encontró fuerzas para decirle a su hijo que se veía guapo con una gorra y que tenía miedo de morir. No hay nada menor en una familia que tuvo que decidir cómo trasladar a un hombre que se estaba quedando sin aire, ni en una ambulancia que se queda sin oxígeno, ni en un hospital que está demasiado lejos porque los que quedan cerca ya no tienen espacio. Y no hay nada menor en que todo eso siga ocurriendo, con distintas formas y distintos nombres, en un país donde enfermar todavía puede convertirse en una sentencia condicionada por el dinero, la distancia, el código postal y la posibilidad de ser atendido a tiempo.

Crónica Menor comprende que detrás de cada cifra había alguien que tenía miedo, alguien que esperaba una ambulancia, alguien que llamaba a un hospital, alguien que prometía terminar una construcción cuando todo aquello pasara y alguien que, sin saberlo, estaba viviendo su última conversación con su padre. Por eso el cortometraje de Francisco Usiel no se limita a reconstruir una tragedia familiar; la devuelve a donde pertenece: a un país que todavía tiene que preguntarse cuántas muertes pudieron evitarse y cuántas seguimos aceptando como inevitables.

Como ya dije, en mi día a día no soy ajeno a las historias de muerte, y quizá precisamente por eso me cuesta tanto desprenderme de esta. Porque la muerte puede ser impredecible, injusta y amarga, pero hay una diferencia insoportable, y esa diferencia tiene un nombre: desigualdad.

Pocas veces una historia tan íntima consigue recordar que las tragedias privadas también tienen causas públicas. Y pocas veces uno entiende con tanta claridad que, cuando una sociedad permite que la pobreza, la distancia y el abandono determinen quién puede salvarse, la muerte deja de ser solamente el destino en común de todos y empieza a convertirse también en injusticia.

 

REPARTO

Francisco Usiel López Márquez, Felipe Antonio Felipe, Juan Israel López Márquez, Montserrath Alejandra Hernández Martínez, Reyna Mendizabal Lagunes, Erandi Ameyali López Márquez, Hannia Arlette Sánchez López, Emilio Sánchez Córdova, Heriberto Javier Sánchez Córdova

 

EQUIPO

Dirección y guion – Francisco Usiel

Dirección de Fotografía – Estefanía Velázquez Rodríguez

Dirección de Producción – Isabel Barajas, Estefanía Velázquez Rodríguez, Francisco Usiel

Coordinadora de Producción – Magnolia S. Orozco

Gerente de Producción – Axel Zapién

Productora en Línea – Alicia Carrasco

1er Asistente de Dirección – Arturo Moctezuma

2do Asistente de Dirección – Daniel Carrera

Coordinador de Extras – Marcos González

1er Asistente de Fotografía – Felix Bermúdez

2do Asistente de Fotografía – Andrés Herrera

Data Manager – Edgar Mendez

Sonido Directo – Jorge Leal Carrera

Microfonista – Luna Montero

Script – Sebastián Molina

Edición – Francisco Usiel, Eric Silva

Dirección de Arte – Dyann Ibargüen

Asistentes de Arte – Mónica Velázquez

Vestuario – Edna Romero

Coordinadora de Vestuario – Sofía Mejía

Asistente de Vestuario – Cynthia Salazar

Maquillaje – Amir Abdó Castañon

Prostéticos – Harold Benítez, Javier Montufar

Producción de Audio – Paulina Villavicencio

Coordinación de Audio – Elizabeth Luna

Diseño Sonoro – César González Cortés

Edición de Diálogos – Cassandra Soto

Edición de Foley – Mauricio Pérez, Elizabeth Luna

Sonidos Adicionales – Alejandro Díaz

Asistentes de Producción – Farid Evangelista, Rodrigo Dattoli, Ana Victoria Méndez, Jorge Osorio

Gaffer – Sergio Zepeda

Staff – Víctor López Becerril “Bic”, Juan Alejandro Hernández Pérez, Miguel Ángel Zepeda

Música Original “Crónica Menor” – Composición e interpretación – Karina Rivero

Jefatura de Postproducción – Ulises Jiménez

Coordinadora de Postproducción – Montserratt Márquez

Supervisor de Postproducción – Víctor Gómez

Corrección de Color – Ilse Serdán

Postproducción – Sebastián Pérez

VFX – Mario Villegas

Pre Mezcla 5.1 – Iván Ramos, Adrián Negrete

Mezcla THX – Marco A. Hernández