Reseña | "Every Time I See a Yellow Car" de Matt Chandler

EVERY TIME I SEE A YELLOW CAR


 

SINOPSIS

Olly, un hombre marcado por una tragedia de su infancia y una agresión reciente, y su hermano mayor Liam, quien intenta protegerlo desesperadamente, se ven envueltos en una espiral de venganza y caos. Aunque sus personalidades aparentemente opuestas sugerirían que no podrían ser amigos, ambos buscan romper un ciclo de trauma, aunque lo hacen de maneras contradictorias.

 

RESEÑA

El duelo es algo curioso: uno lo reconoce con mucha más claridad en la cara de otro que en la propia. Por poner un ejemplo, cuando alguien cercano pierde a un padre, uno nota el silencio raro en su voz, el cansancio que no tiene que ver con dormir poco o la manera en que evita ciertas palabras sin darse cuenta. Cuando el duelo es propio, en cambio, todo eso se vuelve borroso, ininteligible, casi invisible desde adentro, como si perdiéramos la distancia necesaria para ganar la perspectiva para verlo. Con el trauma pasa algo parecido: lo detectamos afuera antes de poder notarlo adentro.

Dicho sea eso, quiero ser totalmente sincero. La magia, si es que así puedo llamarle dada la trama, de Every Time I See a Yellow Car, es ver el cortometraje sin entenderlo del todo, hasta que de repente todo hace click, todo se entiende y el cortometraje demanda, exige, verlo otra vez. Es decir, el cortometraje me regaló la rara sensación de haber entendido la mitad de algo que en realidad siempre estuvo completo. Esto sucede gracias a que es un trabajo grabado con perfecto cuidado visual, en el que se nota que cada plano fue calculado desde la preproducción y no improvisado en el set. Obviamente no puedo decir que disfruté el tema del que habla, porque no es un tema para disfrutar, pero la forma en que Matt Chandler decide contarlo es rara (rara de única), personal, y no se siente igual la primera vez que la segunda. De hecho, creo que la segunda vez que la ves es cuando la película realmente empieza.

El punto de partida: dos hermanos, Olly y Liam, atrapados en un juego de auto de la infancia que de adultos ya no significa lo mismo. Quien haya jugado al “auto amarillo” de niño sabe de qué habla el título antes de que arranque la primera escena. Vas en el auto familiar, gritas “auto amarillo” cada vez que ves uno, y ganas puntos, o golpes, dependiendo de qué versión jugabas. Chandler toma ese juego infantil y lo convierte en el esqueleto estructural de todo su cortometraje.

Ahí está el primer acierto del guion, que además tiene una explicación real detrás. Chandler ha contado que la idea nació de una conversación con un amigo: él procesando una agresión sexual, el amigo procesando un duelo, y los dos notando que empezaban a ver referencias a su propio trauma en todos lados, como si el mundo entero se hubiese puesto de acuerdo para recordárselo. Es el sesgo de frecuencia, el mismo fenómeno por el que, cuando aprendes una palabra nueva, de golpe la escuchas en cada conversación. Trasladar ese mecanismo psicológico a esta historia es un acto de genialidad, pues el espectador entenderá la metáfora antes de que nadie siquiera la diga.



La estructura no es lineal, y por momentos es genuinamente difícil de seguir, cosa que asumo que es intencional. La película arranca con Olly frente a alguien quien asumimos, por el tono de la escena, que es su psiquiatra. Las preguntas son las típicas de terapia: qué te trajo hasta acá, por qué ahora, cuéntame qué pasó. Y durante buena parte del corto uno mira esas escenas como confesiones privadas, un hombre procesando en voz alta lo que le costó decir en voz baja. Ahí es donde el corto te tiende una trampa, y para mí es el mejor golpe de guion de toda la película. Sólo diré que la vulnerabilidad que pensábamos que era entre paciente y terapeuta en realidad no lo es. Me reservo decir más. Esto merece verse y vivirse.

Ese giro no es un truco barato. Funciona a la perfección porque cambia la pregunta central. Ya no es “¿cómo procesa Olly su trauma?”, sino “¿qué hizo Olly con tal trauma que terminó provocando otra tragedia?”. Olly no sólo carga con la violencia que recibió, sino también, sin querer, con la violencia que propició en su hermano.

Y aquí Chandler nos sacude: una revelación no necesita explicar la historia, pero puede obligarnos a reinterpretarla. Cuando descubrimos dónde se encuentra realmente Olly, todas las conversaciones anteriores adquieren un peso distinto. Las palabras siguen siendo las mismas, pero nosotros ya no somos el mismo espectador que las escuchó unos minutos antes. El cortometraje, de alguna manera, nos hace experimentar su propio tema: nos obliga a volver sobre aquello que creíamos haber entendido y descubrir que estaba diciendo otra cosa.

El director de fotografía Ola Shoyinka arma un esquema de luz que va cambiando de temperatura a medida que la historia avanza. Al principio (cronológicamente hablando, claro) hay tonos cálidos, casi nostálgicos, en las escenas de infancia dentro del auto familiar. Con el correr del metraje esa calidez se pudre, literalmente, hacia un amarillo enfermizo, sucio y que ya no evoca el sol de la tarde sino más bien la ictericia.

Hay un puñado de imágenes surrealistas insertadas entre las escenas realistas que me parecen de lo más arriesgado: en un momento vemos a Olly literalmente brillando, como si fuera un farol amarillo; después aparecen manos saliendo de la carrocería de un auto de una manera que no deja dudas sobre a qué remite esa imagen: no es gráfica en el sentido explícito, pero es realmente incómoda a propósito.



Y agradezco que Chandler no intente representar el trauma únicamente mediante el realismo. Hay cosas que, precisamente porque pertenecen a la experiencia interna de una persona, no pueden expresarse de manera completamente literal. Esas imágenes deformadas funcionan como una traducción visual de algo que no tiene forma. No estamos viendo necesariamente lo que ocurrió; estamos viendo cómo se siente recordarlo.

Las actuaciones sostienen gran parte de todo esto. El Olly de Ty Tennant es físico de una manera muy específica, se levanta las uñas hasta sangrar, un gesto de autolesión, de ansiedad… transmite vulnerabilidad, contención y mil expresiones diferentes en cada cara que muestra a la cámara. Sam Buchanan como Liam, que no se queda atrás, es protector sin ser un santo; violento sin ser un monstruo. Tanto Tennant como Buchanan hacen de la actuación algo sutil pero poderoso.

Lo que más me gusta de ambos personajes es que Chandler se niega a convertirlos en víctimas perfectas o victimarios absolutos. Liam puede ser amoroso y amenazante en la misma escena; Olly puede estar intentando sanar y, al mismo tiempo, tomar decisiones cuyas consecuencias afectan a alguien más. El cortometraje entiende que el trauma produce contradicciones. Quizás por eso los dos hermanos resultan tan dolorosamente humanos.

Volviendo al tema del cortometraje, la muerte de la madre agrega una capa que en una primera pasada uno puede no captar del todo. El juego del auto amarillo ya estaba manchado antes de la violación de Olly: de jóvenes, jugando ese mismo juego en el auto, hubo un choque y la madre murió. Entonces cuando de adultos el juego vuelve a aparecer como vehículo (literal y metafórico) para procesar un segundo trauma, no es la primera vez que ese juego se asocia con una pérdida irreversible. Es la segunda. Y eso cambia el por qué Liam reacciona con esa violencia tan desproporcionada cuando se entera de lo que le pasó a su hermano: no está reaccionando sólo a la agresión, está reaccionando con todo el peso acumulado de una infancia donde el mismo juego ya le había arrebatado a su madre. El “yellow car” no es sólo la metáfora de Chandler sobre el sesgo de frecuencia, es literalmente el objeto que las dos peores cosas que le pasaron a esta familia tienen en común.

Más allá del mecanismo de género (porque esto se entiende como un thriller psicológico queer), lo que más me interesó del corto es la conversación que establece sobre masculinidad. Liam y Olly no hablan el mismo idioma emocional. Chandler ha dicho que quería mostrar a dos hermanos que son, en sus palabras, forasteros el uno frente a la actuación de masculinidad del otro. Liam procesa el dolor de quienes ama convirtiéndolo en furia. Olly procesa el suyo hablando, exponiéndose, buscándole sentido exacto a lo que sucedió. Ninguno de los dos entiende bien el método del otro.

Ahí también está el gesto más interesante del guion en términos de género narrativo: la subversión de la revancha. Chandler ha sido bastante explícito en que su propia experiencia fue la contraria: él no quería venganza, quería seguir adelante, y fueron los hombres heterosexuales a su alrededor los que estaban obsesionados con la idea de “arreglar” algo que no se arregla matando a alguien. El corto entonces no es una fantasía de revancha satisfactoria, es casi lo contrario: una advertencia sobre lo que pasa cuando alguien que no fue agredido decide vengar a quien sí lo fue, sin preguntarle si eso es lo que necesitaba.

Y eso me parece especialmente valioso porque Every Time I See a Yellow Car nunca confunde justicia con violencia. Liam cree que está protegiendo a su hermano; cree que está haciendo lo correcto; cree incluso que está reparando algo que le fue arrebatado. Pero el cortometraje entiende que el amor, cuando está atravesado por la incapacidad de escuchar, puede convertirse también en violencia. Una pregunta terrible escondida debajo de todo esto: ¿qué pasa cuando queremos tanto a alguien que terminamos tomando decisiones por él?

Volviendo a la pregunta de por qué este cortometraje se siente distinto la segunda vez que lo ves: creo que es porque en la primera pasada uno está tratando de entender la mecánica, y recién en la segunda pasada uno puede prestarles atención a las decisiones formales sabiendo ya hacia dónde va todo.

Me cuesta pensar en un elogio más grande para un director que decir que, después de terminar su cortometraje, no sentí que haya visto simplemente una historia, sino que me he quedado pensando en ella, en sus imágenes, en sus silencios, en ese amarillo omnipresente… pero, sobre todo, me quedé pensando en Matt Chandler: en el enorme acto de confianza que significa tomar algo tan íntimo y tan difícil de explicar, y convertirlo en cine sin despojarlo de su humanidad. Estamos hablando de cine que encontró la manera genuina de tocar algo verdadero.

 

REPARTO

Ty Tennant, Sam Buchanan, Sean Murray, Cyril Nri, Lucas Mead, Marloe Mead, Henry Everett

 

EQUIPO

Written and Directed by Matt Chandler

First Flights in Association with Goldfinch and Clash Entertainment Present

With the Support from Kodak

Produced by Poppy O’Hagan (Giant Films)

Executive Producers – Nick Sadler, Kirsty Bell, Andrew Wood, David Siesko, Louie Cash Evans-Kelly, Lucas Wood-Oliván

Editor – André Rodrigues

Director of Photography – Ola Shoyinka

1st Assistant Director – Fenella Jenkins

Intimacy Coordinator – Isis Clunie

Composer – Nico Wood-Oliván

Production Designer – Georgia Fisher

Casting by Matt Sheppard

Child Casting by Emma Sylvester

Hair and Make-Up Designer – Waqqas Sheikh

Costume Designer – Alice Secchi

1st Assistant Camera – Digital – Recel Wynsley Tonelada

2nd Assistant Camera – Digital – Samara Addai

1st Assistant Camera – 16 mm – Alexander Kairo

2nd Assistant Camera – 16 mm – Leona Kramaric

Steadicam Operator – Ciaran Tunmer

DIT – Alicia Stroud

BTS & Stills Photographer – Ruby Parker

Additional Photography – Daniel Llobera

Production Manager – Joel Eley

2nd Assistant Director – India Plummer

3rd Assistant Director – Maxim Elliot

Art Director – Courtney Page

Gaffer – Will Sharp

Best Boy – Kasim Ahmed

Electricians – Ben Job, Luka Zlatanov, Thomas Plausin, Fatima Khan

Sound Recordist – Leo Gribanov

1st Assistant Sound – Emanuele Corti

Key Grip – Paul Mark Synnott

Best Boy Grip – Dean Rigby

Post Producer – Emily Power

Sound Designer – Tyler Darrington

Re-Recording Mixer – Isabel Derr

EP – Orlaith Turner

Edit Producer – Alex Blowers

Online Editor – Michelle Koops

Colourist – Mara Ciorba

VFX – Andrew Byron, Louise Meagor