Reseña | "Fin del Verano" de Francisco Sánchez Solís
FIN
DEL VERANO
SINOPSIS
Beto
se salta su primer día de clases para seguir a Ramiro, su apático hermano mayor
a quien admira. Un caluroso paseo por la ciudad es interrumpido abruptamente
cuando los hermanos descubren a su padre siendo infiel. El peso del secreto
fractura la frágil armonía familiar mientras Beto debate si guardar silencio o enfrentar
una dolorosa verdad.
RESEÑA
Creo
firmemente que hay un momento en la vida de todos nosotros en el que, sin darnos
cuenta, cruzamos un umbral y ya no podemos regresar una vez penetramos en él.
El umbral del que hablo es muy extraño, pero estoy seguro que todos lo sentimos
por sus efectos: ya no nos emocionan las cosas que, cuando éramos niños, nos
hacían vibrar por dentro y por fuera, nuestros padres ya no nos parecen superhéroes
invencibles y la vida se siente apagada y menos mágica. Generalmente nos vemos
en esa transición porque cargamos con pesos que no pedimos: secretos que no nos
pertenecen, verdades que destruyen imágenes de quienes amamos…
Fin
del Verano, el brillante
cortometraje de Francisco Sánchez Solís, me parece justamente brillante por
captura a la perfección esa transición, a través de su protagonista, un niño
llamado Beto. En él y su expresividad (cortesía del talentosísimo actor
infantil Donovan Mendoza) notamos cómo ya no se trata del mismo niño al inicio
y al final del cortometraje, que retrata ese momento específico donde la
inocencia no se pierde romántica o épicamente, sino que te la arrebatan
violentamente mientras saboreas una paleta de mango con chile en una esquina de
la Narvarte.
El
cortometraje, quiero recalcar, no trata sobre infidelidad solamente. Trata
sobre cómo la infidelidad de un adulto se convierte en la complicidad forzada
de un niño (o niños, en este caso). Es una historia sobre el peso de los secretos,
pero no de la forma en que el cine tradicional lo aborda, sino con el silencio
aplastante de dos hermanos que caminan lado a lado sabiendo algo que no pueden “desconocer”,
que no deberían compartir, que simplemente tienen que tragarse.
Francisco
Sánchez Solís llega a Fin del Verano con una experiencia que, para mí, sugiere
que es un director que entiende cómo los espacios domésticos pueden convertirse
en lugares de violencia emocional. Lo que hace en este cortometraje de
dieciséis minutos es refinar esa sensibilidad, dándole forma en lo que podría
llamarse una “investigación clínica” sobre cómo un descubrimiento accidental
puede desmantelar la arquitectura frágil de una familia.
Nuevamente,
repito que no se trata de un cortometraje que busque impactar con la revelación
de la infidelidad. Hay demasiada literatura fílmica ocupada en eso. Creo que Fin
del Verano toma esa premisa y la convierte en algo más incisivo: explora la
forma más cruel en que la infancia termina con la comprensión repentina de que
el mundo funciona diferente a como te dijeron que funcionaba. Que los adultos
son frágiles. Que los hermanos mayores, por muy mayores que sean, siguen siendo
niños.
Todo
sucede en un solo día, en plena ola de calor urbana; ese tipo de día donde la
realidad se vuelve demasiado intensa e insoportable, donde cualquier cosa puede
romperse por su propio peso. Y efectivamente se rompe, pero no de la forma en
que esperas. Se rompe de forma banal, de la manera en que las familias
realmente se quiebran: sin ceremonia… sólo con lluvia cayendo mientras cuelgas
ropa en la azotea.
Lo
primero que impacta en Fin del Verano es su precisión narrativa. Sánchez
Solís estructura el cortometraje en tres movimientos que funcionan como
variaciones sobre el mismo tema: la normalidad. El primer movimiento es la
mañana de un primer día escolar cualquiera, con su ritmo de ajetreo doméstico.
El segundo es el día en la calle, cuando los hermanos descubren la infidelidad.
El tercero es el regreso a casa y sus consecuencias. Cada sección responde a la
anterior: es como si estuviéramos oyendo tres versiones del mismo tema, cada
una más tensa que la anterior. No por nada en los tres momentos se repite el
mismo adjetivo: si mamá no fuera tan “pesada” …
La
cinematografía de Bruno Gaeta funciona con una restricción elegante. No hay
ningún momento de virtuosismo visual “de a gratis”. La cámara adopta una
postura casi observacional, particularmente en las escenas domésticas:
encuadres limpios, simples, que capturan el espacio de forma frontal y objetiva.
Esto genera una tensión porque sabemos, como espectadores, que algo se está
pudriendo bajo esa dichosa normalidad. La iluminación no es necesariamente
cálida durante el día, pero es claro que se vuelve más fría conforme avanza la
narración. Cuando la tormenta amenaza, la luz azulada del cielo domina todo,
sugiriendo que el clima exterior ha encontrado su reflejo en el interior de la
familia.
La
forma en que la película documenta el espacio doméstico es particularmente
inteligente. La azotea es donde termina el cortometraje, y esa elevación, ese
último refugio donde la madre tiende ropa mientras llueve, sugiere que la
familia aún tiene un nivel de operación donde pueden realizar las funciones
básicas, aunque todo esté derrumbándose. Es casi desesperado, ¿no? La ropa
mojándose, completamente indiferente a la crisis que ocurre abajo.
En
cuanto a la dirección de actores, lo que sucede aquí es extraordinario, y no
estoy exagerando. Donovan Mendoza, quien interpreta a Beto, tiene una capacidad
de comunicar emociones contradictorias que deberías ver para creerla. Su rostro
es el mapa completo del cortometraje. En la escena de la cafetería, cuando ve
al padre con la otra mujer, hay primero sorpresa, luego incomprensión, luego
ese momento en que la realidad reorganiza su comprensión del mundo. Pero lo que
sale del rostro de Mendoza no es actuación convencional; parece como si alguien
hubiera capturado el instante real de desengaño en el niño. Mis aplausos para
él.
Emilio
Mejía como Ramiro presenta un contraste fascinante. Su Ramiro es
deliberadamente cerrado, protegido por el cinismo de la adolescencia, pero hay
momentos en los que se quiebra esa postura. Cuando ve a su hermano inconsolable
después de la discusión familiar, la culpa es innegable. Y aquí es donde el
casting se vuelve brillante en mi opinión: Mejía se parece físicamente a César
Ramos (el padre) de una forma que es casi inquietante: ese cabello rizado, esa
mirada que carece de esperanza. Ese parecido funciona como una amenaza no
verbal: Ramiro podría ser su padre. El secreto que guarda, esa disposición a
callarse, ¿acaso lo está condenando a repetir patrones?
Brenda
Montoya como la madre y Donovan Mendoza completan el cuadro, pero de una forma
que merecería un párrafo entero. Montoya y Mendoza comparten facialmente
ciertos rasgos: el cabello oscuro y los ojos expresivos que traicionan todo
sentimiento. Esa similitud visual dice algo profundo sobre la herencia
emocional, sobre cómo algunos de nosotros llevamos nuestras vulnerabilidades
tatuadas en la cara. Mis aplausos también para Javier Sepúlveda, el director de
casting.
El
sonido es donde descubrimos que Sánchez Solís ha pensado cuidadosamente cada
decisión. Los encargados de sonido han diseñado un paisaje sonoro donde los
ruidos cotidianos —un abanico eléctrico, la ciudad, golpes en la mesa— tienen
tanto peso como la música. Esa canción de rap que Ramiro trata de grabar es el
único punto de tensión sonora en un mundo que de otra forma es monótono. Es el
aspecto de Ramiro que está vivo, que está creando algo… Aunque la canción está
siempre incompleta, siempre siendo interrumpida. Metafóricamente, es perfecta:
la adolescencia de Ramiro está siendo interrumpida por la necesidad de proteger
a su hermano o de guardar secretos.
La
lluvia, cuando llega, no es un efecto de sonido y ya. Es un evento acústico
total. La forma en que las gotas golpean la azotea mientras la ropa del padre se
moja es lo último que escuchamos antes de que termine. Sólo lluvia interminable.
Lo
que Fin del Verano hace, en su nivel más profundo, es explorar la
infancia como una construcción que depende de la ignorancia. Beto comienza el
cortometraje siendo admirador de Ramiro. Esa admiración es pura, es casi religiosa
para él. Ve a su hermano como alguien más grande, más sabio, alguien que ha
descifrado los códigos de un mundo que para Beto sigue siendo misterioso. El
rito de Beto imitando a Ramiro — rapear la misma canción, pedir la misma paleta,
decir las mismas expresiones— es el rito de la identificación. Es cómo
aprendemos a ser.
Pero
ese descubrimiento del padre arranca esa inocencia de forma violenta. No es sólo
que Beto descubra que su padre es infiel: descubre que su hermano mayor sabe y
calla, y ese silencio lo revela: Ramiro ya no es un modelo. Es un cómplice. La
admiración se convierte en una carga, porque ahora Beto tiene que llevar ese
conocimiento, esa complicidad, a cuestas.
Creo
que el cortometraje también podría leerse sobre la muerte del padre como
autoridad. El padre que llega a casa y choca puños con Ramiro, que pregunta a
Beto si está “listísimo” para la escuela, ese padre tiene poder. Pero cuando
aparece desayunando con otra mujer, tomado de su mano, esa autoridad se evapora
y no es reemplazada por una versión más humana del padre; es reemplazada por la
ausencia de un padre. Lo que queda es alguien que intenta comprar la aceptación
de su familia con pizza, que hace chistes inapropiados sobre darle cerveza a
sus hijos, que niega que sus hijos sean sólo “niños” con un tono que sugiere
que nunca leyó un libro sobre desarrollo infantil.
La
manera en que el cortometraje aborda la discusión matrimonial es
particularmente áspera. No hay diálogos elegantes: la madre y el padre
simplemente se atacan, cada uno citando su versión del sacrificio: ella dice
que se encarga de los niños, él dice que trabaja, ella dice que ella también
trabaja. Es la discusión que ha tenido un millón de parejas, la que nunca se
resuelve porque ambos tienen al menos un poco de razón. Son cosas menores que
se acumulan en una frialdad mayor.
Y
luego está ese momento donde Ramiro dice: “¿Quieres que mis papás se divorcien?
¿Quieres que nos separemos?” Ramiro ha internalizado el mandato silencioso: el
silencio es lo que mantiene unida a la familia. La verdad es destructiva. Así
que elige ser leal a la ficción, al “performance” antes que a la
realidad. Es una decisión que probablemente lo perseguirá toda su vida. Porque
acababa de decirle a su hermano pequeño que todo estaba bien, que podían
simplemente seguir caminando, que no había pasado nada.
Lo
que es notable es que Sánchez Solís también fue editor de esta película. Eso
significa que pensó la puesta en escena considerando cómo sería cortada en
postproducción. No hay shots superfluos. Cada toma existe porque
necesita existir en relación a la siguiente. Es un control que sugiere que Sánchez
Solís ha estudiado cine con seriedad.
Su
guion original es preciso de forma casi dolorosa. La charla entre Ramiro y Beto
mientras caminan hacia la escuela, las líneas que intercambian en la cafetería
cuando ven al padre, la discusión de los padres: todo comunica información
sobre los personajes mientras avanza la trama. No hay exposición innecesaria.
Aquí
está lo que Fin del Verano logra, y por qué importa: construye una
pequeña máquina narrativa donde cada elemento apunta hacia la misma conclusión:
que la infancia es frágil, que depende de narrativas que los adultos mantienen,
y que cuando esas narrativas se colapsan, no hay forma de reconstruirlas de la
misma manera.
Beto
comienza queriendo ser como Ramiro. Termina sabiendo que su hermano está en la
misma situación que él: atrapado, silencioso y sin agencia. Ese descubrimiento es
devastador porque significa que la infancia que Beto imaginaba, con su hermano
mayor como modelo y protector, nunca existió.
El
calor que permea todo el cortometraje —esa ola de calor que se anuncia al principio—
es tanto literal como metafórico. Es la sensación de que algo está a punto de
quebrarse, de que la estructura no puede sostener el peso por mucho más tiempo.
Cuando llueve al final, es castigo, es caos, es lo que sucede cuando todo lo que
fue contenido finalmente se desborda.
Es
un cortometraje que no te deja en paz porque es verdadero. Porque todos
conocemos, o tenemos, familias como esta. Porque todos somos, en diferentes
formas, Ramiro o Beto, eligiendo qué verdades guardamos.
REPARTO
Donovan
Mendoza, Emilio Mejía, Brenda Montoya, César Ramos
EQUIPO
Guion,
Dirección y Edición – Francisco Sánchez Solís
Gobierno
de la Ciudad de México / Secretaría de Cultura / PROCINE presentan
Una
Producción de Avalancha en Colaboración con CTT Exp & Rentals / ZVOOK /
Shure México
Productores
– Gabriel Barragán Sentíes, Francisco Sánchez Solís
Productores
Ejecutivos – Jacqueline Hernández, Omar Juárez Espino
Director
de Fotografía – Bruno Gaeta
Diseñadore
de Producción – Sayra Rendón
Diseñadoras
de Vestuario – Andrea de Luna, Itzel “Pin” Soriano, Daniela García
Director
de Casting – Javier Sepúlveda
1er
Asistente de Dirección – Ingrid Troye
2do
Asistente de Dirección – Roger Villegas
Continuista
– Mario Trejo
Asistentes
de Producción – Jacobo Tiscareño, Brenda Carrillo, Marion Rangel
Diseño
de Imagen – Daniela Valdivia
Asistentes
de Arte – Alejandra Herrera, José Fernando Toache
Sonido
Directo – Nina Guadarrama Olhovic
Microfonista
– Vittorio Camacho
1er
Asistente de Cámara – Belén Salcedo
2do Asistente de Cámara
– César Romero
Steadycam – Josefina
Matus
Gaffer – José Luis “Broco”
Rojas
Staff – Rubén Silva,
Alejandro Pérez
Encargados de Equipo
– Jonathan Ontiveros Lozano, Jacob Carmona Pacheco
Coordinador de
Transporte – Miguel Salazar
Driver – Fernando Salmerón
Locución TV – Brenda
Carrillo
Diseño
Sonoro – ZVOOK
Supervisión
de Audio – Omar Juárez Espino
Edición
de Diálogos y Efectos – Josué Ramos Cruz
Edición
de Ambientes – Arik Barón Cortés
Grabación
y Edición de Foleys – Judith Maya Casiano, Emiliano González Moreno
Mezcla
5.1 – Alejandro Mayorquín
Canción
“Bien Chingón” – Intérprete: Spacenate, Escrita por: Nathan Larrinaga Osete,
Damián Modesto Pintor
Música
Adicional – Omar Juárez Espino
Estudio
de Color – WeMakeColor
Colorista
– Felipe Martínez U.
Productor
de Color – Carlos Gerardo García
Asistente de Color – Andrés Zuluaga




