Reseña | "Tres" de Juan Ignacio Ceballos

TRES


 

SINOPSIS

En una tarde como cualquier otra en una casa de campo, Mario y Belén deciden sorprender a Danilo, el hermano de ella, con la llegada de Paula, lo que da lugar a una cena de pareja inesperada.

 

RESEÑA

Quiero confesar que empecé a ver Tres, el cortometraje de Juan Ignacio Ceballos, con la guardia alta. ¿Y cómo no podría, si el cortometraje estuvo en Cannes, siendo el único título latinoamericano de la edición 78 del festival? A los cinco o seis minutos, que es más o menos cuando aparece el título, ya había cambiado de opinión. La excusa argumental es mínima y hasta un poco “antigua”, a falta de un mejor adjetivo: una pareja organiza un almuerzo de campo para presentarle a un familiar soltero una potencial candidata. Mario y Belén, que llevan ocho meses juntos, invitan a Danilo, hermano de ella, todavía deshecho por una separación que no vio venir hace cuatro. Más tarde se suma Paula, amiga de Belén, quien es convocada oficialmente para conocer a Danilo. Ceballos arma con este material algo muy alejado de la comedia de enredos que el público intuiría. En sus primeras escenas juntos, ya sabemos que Mario y Paula se conocen y deciden, sin decirlo, actuar como si no fuera así. Y sabemos, porque la cámara nos lo muestra a nosotros y a nadie más, que Mario no puede conseguir trabajo, aunque lo intente.

La primera escena ya es reveladora de cómo piensa todo el metraje: Danilo, a la ventana junto a Mario, arranca una especie de monólogo sobre su ruptura, sobre cómo dos personas que conviven terminan siendo una sola masa hasta que ya no puedes distinguir qué parte es tuya y qué parte del otro. Sobra decir que a Mario nada de esto le importa. Él sigue pensando en su trabajo. Ese contraste entre lo que un personaje verbaliza sin parar y lo que otro esconde en silencio define a los dos hombres de la película antes de que lleguen las mujeres.

Cuando por fin llega el resto del elenco, la tensión se instala primero en la cosa menos importante del Universo: quién tenía que ir por las empanadas para el almuerzo. Belén las pidió, las pagó, armó la picada y le había avisado a Mario que las recogiese. Él no se acuerda, o dice que no, y ahí arranca una discusión doméstica de reproches cruzados, de una sensación mutua de que uno nunca escucha bien al otro, de apodos cariñosos que en estos contextos suenan más a reprimenda. Tres es claro con esa plantilla: así funciona esta pareja, así se hablan, y todo lo que viene después es una suerte de variación cada vez más oscura del mismo patrón.

Lo primero que se nota visualmente, antes de cualquier diálogo, es el encuadre. Estamos en pleno campo bonaerense, cerca de Luján, con horizonte suficiente para tirar para arriba y, sin embargo, Ceballos y Sofía Lizzoli, la directora de fotografía, deciden filmar en un formato cuadrado, en vez de aprovechar ese paisaje en panorámico. Y, corrigiendo mis palabras, no es que no quisieran aprovechar ese paisaje, sino que este encuadre encierra a los personajes incluso cuando están al aire libre, incluso cuando el campo podría permitir una típica postal bucólica de escapada. Los encuadres cortan el paisaje, lo dejan fuera, insisten en las caras y los vaivenes de cuerpos apretados dentro del cuadro. El campo, que en cualquier otra instancia funcionaría como un respiro, aquí es casi una trampa, una lectura visual coherente con lo que cuenta la historia: gente que tiene todo el espacio posible del mundo alrededor y sigue sintiéndose entre cuatro paredes.

La otra gran decisión formal es filmar las escenas sin cortes internos, dejando que la cámara se mueva entre los personajes en tiempo real. Hay una toma en particular, durante la sobremesa, que coincide con la puesta de sol real, filmada enteramente con luz natural. Definitivamente es cierto que este tipo de escenas no permiten errores, pues grabar otro día sería como renunciar a una oportunidad única. Ese riesgo me encanta en el cine. Y, por supuesto, ese riesgo no sería bien recompensado sin Gastón Cocchiarale, Maru Blanco, Pedro Risi y Lara Crespo, ante quienes yo verdaderamente me quito el sombrero. Lo que logran en colectivo es igual de sorprendente como lo que logran por sí solos, por lo que me permito repasarles uno por uno.



Gastón construye un personaje algo bastante incómodo de mirar: un tipo simpático, con buen sentido del humor, que en el transcurso de una tarde va mutando la cordialidad en control. El cambio es todo de matices: un chiste que dura un poco más de lo que debería, una corrección insistente sobre cómo su pareja está contando una anécdota y un todo de voz que cambia cuando algo lo incomoda.

Maru Blanco construye a Belén con una energía totalmente distinta: alguien que se anticipa a los cambios de humor de Mario, que administra la conversación para que no explote, que pide disculpas por cosas que no hizo. Es un trabajo que es más difícil de notar porque es, justamente, un trabajo de invisibilidad no merecida.

Pedro Risi, como Danilo, tiene la parte más ingrata y la resuelve a la perfección: es el borracho gracioso de la reunión, que propone brindis de más, que arrastra el duelo por su ex como un chiste que se cuenta a sí mismo para no ponerse a llorar, y termina vomitando y desapareciendo de la escena central justo cuando más se necesitaría un testigo. Risi lo construye como alguien genuinamente ajeno a la tensión que se cocina entre los otros tres, y esa distracción termina siendo funcional al relato: Danilo es el único personaje que no sospecha nada, y por eso mismo es el que menos puede intervenir cuando hace falta.

Finalmente, Lara Crespo, como Paula, tiene un trabajo un tanto más difícil, porque su personaje llega desde afuera, sin historia compartida con el resto salvo la que oculta con Mario, y tiene que funcionar al mismo tiempo como invitada incómoda, como posible testigo de un patrón repetitivo y como la única voz que se anima a hacerle a Belén la pregunta que nadie más hace. Crespo maneja esa combinación con una calma que contrasta a propósito con el nerviosismo cada vez mayor de los tres, y es la que sostiene la escena nocturna final antes de que la interrumpa el vómito de Danilo.

A medida que los tragos avanzan, la conversación se pone más reveladora. Danilo, ya varios brindis adentro, compara a la pareja de Mario y Belén con Jack y Rose en Titanic: están en la parte linda de la película, dice, pero que le pregunten a Jack si había lugar en la tabla, todas las relaciones terminan hundiéndose. En el mismo tramo, Danilo le pide a Mario que puntúe a Paula del uno al diez, y entre los dos arman una escena clásica: no es un diez, dicen, pero es inteligente, tiene carácter fuerte. Mario participa del juego con una incomodidad que se nota apenas, porque sabe algo de Paula que los otros dos no saben.

Paula, con unos tragos encima, habla sobre el peligro de acercarse demasiado al fuego: uno queda fascinado por la llama justo antes de quemarse. Paula habla con plena conciencia, sin embargo, le echa la culpa al alcohol, y aclara, ya en otro tono, que la frase suena mejor cuando uno la piensa que cuando la vive.

Hay una escena, más adelante, en la que Belén cuenta cómo conoció a Mario: ella estaba en una cita con otro chico, en un bar, y sintió que él la miraba fijo desde lejos; cuando su acompañante fue al baño, Mario se le acercó directamente y le pidió el número, que ella le dio casi sin pensarlo. Mario redondea el recuerdo con una idea que resume bastante bien su forma de entender la conquista: cuanto menos tiempo tenga la mujer para pensar, mejor. Lo dice “en joda”, el grupo se ríe, pero es una lógica que va a reaparecer, ya sin el filtro del chiste, en otras escenas. Encima usa el recuerdo para llamarla desprolija por haberle dado el número a un desconocido en medio de una cita con otra persona, cuando en rigor el que se metió en una cita ajena fue él. A simple vista es una anécdota romántica de sobremesa. Mirada con un poco más de atención, describe con bastante precisión el tipo de vínculo que el cortometraje va a terminar de desnudar.

El tema del despido de Mario, que arranca como secreto guardado en un mensaje, sale a la luz en la mesa cuando Belén se lo cuenta a su hermano en voz baja y Mario los escucha. La reacción es desproporcionada: Danilo se ofrece a ayudarlo, a hablarle a algún contacto, y Mario lo rechaza cada vez con voz más bronca, subiendo el tono hasta cortar el clima ya de por sí inflamable de golpe. No hay nada objetivamente grave en que tu cuñado te eche una mano. Lo que esa escena expone es la fragilidad exacta que Mario venía ocultando desde el primer plano, y cómo esa fragilidad, apenas tocada, se transforma en agresividad hacia quien la trajo a la luz.

La escena en la que más he pensado, sin embargo, es la de la anécdota de Claudia. Belén empieza a contar la historia de una amiga que, después de horas de pelea con su novio, termina en el pasillo del edificio, descalza, en pijama, sin las llaves, gritándole que no lo quiere ver nunca más. La puerta se traba, él se va, ella se queda fuera, sola, muerta de frío y esperando al cerrajero mientras la luz se apaga cada tanto y, al principio, se levanta a prenderla de nuevo, hasta que en algún momento decide quedarse a oscuras. Es una imagen fortísima, en mi opinión. Mario la interrumpe todo el tiempo, corrigiendo un detalle como si ese matiz cambiara algo importante, se apropia, en tiempo real, de un relato ajeno sobre el sufrimiento de una mujer para convertirlo en una demostración de la incompetencia narrativa de su pareja. Tres confía en que el espectador conecte los puntos entre la mujer encerrada afuera de su propia casa y la mujer que tiene enfrente, a la que están corrigiendo. Por supuesto, Belén quiere mentirse, decir que son cosas de la convivencia, que él tiene así el carácter, que está mal por el laburo. Cuando Paula pregunta, sin rodeos, si alguna vez Mario le pegó a Belén, ésta se pone a la defensiva de inmediato, casi ofendida. Paula empieza a decir algo, pero su frase queda cortada por Mario. No sabemos con precisión qué pasó entre Mario y Paula en el pasado, pero no hace falta que sepamos el detalle exacto.

El cierre es tan revelador como el resto del filme. En un breve cruce final, a solas, Mario le exige a Paula que le diga qué le dijo a Belén. Honestamente, ella no llegó a decir nada, pero él le espeta que para qué vino entonces y se larga. Ya en la cama, Belén le dice a Mario que no le gustó cómo estuvo el día, sin llegar a completar la idea. Fin. No hay una revelación, pero sí tenemos a una Belén que apaga la luz sobre una herida más, sin nombrarla, en la lista larga de heridas sin nombrar que fuimos viendo acumularse durante poco más de veinte minutos.

Todo esto viene de una obra de teatro, escrita con talento por Pablo Bellocchio y estrenada originalmente bajo la dirección de Antonela Scattolini Rossi. Ceballos cuenta que la conoció por una de sus cuatro intérpretes originales, Lara Crespo, y que se entusiasmó tanto como para embarcarse en más de un año de adaptación. El desafío no sólo era pasar del lenguaje teatral al audiovisual, sino decidir qué se sumaba, qué se sacaba y, sobre todo, dónde quería poner el ojo Ceballos como director pues en el cine, a diferencia del teatro, el cine termina siendo un relato del director. En el montaje original, el living se dividía en dos zonas para resolver un breve salto al pasado, pero el cortometraje elimina ese quiebre temporal y cuenta todo en tiempo real, de la tarde a la noche, sin saltos. El resto se mantiene bastante fiel: los vínculos, la situación dramática, buena parte de los diálogos (aunque reordenados o reescritos entre ensayos).

Un dato que dice bastante sobre el proyecto es que Ceballos mantuvo a los cuatro actores originales de la obra. Ha dicho, en más de una entrevista, que probablemente no hubiera hecho Tres con otro elenco, porque lo que lo entusiasmó desde el principio fue justamente lo que esos cuatro intérpretes hacían con esos personajes arriba del escenario. Y es que estoy totalmente de acuerdo. Gracias a ellos cuatro el cortometraje conserva destellos de comedia, pero también alcanza un registro áspero e incómodo increíblemente realista.



Bellocchio, el autor de la obra, dijo alguna vez que no le interesa un teatro que “le baje línea” al espectador, que prefiere instalar preguntas y dejar que cada uno arme sus propias respuestas. Es una idea que explica bastante bien por qué el corto de Ceballos elige la elipsis. Ninguna de las dos versiones de Tres, ni la obra ni el cortometraje, le dice al espectador qué pensar de Mario. Lo obliga a mirarlo un largo rato y a sacar sus propias conclusiones.

En mi propia conclusión, Tres es una obra que confía en que una historia puede incomodarnos sin gritarnos enteramente su significado. Durante poco más de veinte minutos nos sienta a la misma mesa, nos obliga a escuchar las mismas bromas, los mismos reproches, las mismas interrupciones y esos silencios que, poco a poco, empiezan a reemplazar la importancia de cualquier diálogo. Cuando finalmente llega la oscuridad, el mensaje es claro: que la normalización de las heridas ha durado tanto que ya es prácticamente imposible llevarlas a la luz. Porque adaptar una obra de teatro al cine no es simplemente trasladar cuatro personajes de un escenario a un campo bonaerense: es encontrar una manera de mirar aquello que el teatro ya había escrito, y hacerlo desde una cámara que entienda perfectamente lo que hace. Ceballos demuestra una sensibilidad enorme para dirigir actores, para administrar el tiempo y para confiar en la inteligencia de quien mira.

Terminé Tres pensando menos en lo que había ocurrido que en todo aquello que sus personajes habían conseguido no decir. Y, para mí, que un cortometraje acabe y siga trabajándome en la cabeza, es una de los millones de formas que tiene el cine para demostrar que ha hecho su trabajo.

 

REPARTO

Gastón Cocchiarale, Pedro Risi, Maru Blanco, Lara Crespo

 

EQUIPO

Dirección – Juan Ignacio Ceballos

Guion – Juan Ignacio Ceballos y Antonela Scattolini Rossi

Producción General – Jerónimo Reinhold y Juan Ignacio Ceballos

Dirección de Fotografía – Sofía Lizzoli

Asistente de Dirección – Pío Martínez Ortiz

Dirección de Arte – Fiorella Guccione

Diseño de Sonido – Josefina Chinni

Jefe de Producción y Montaje – Jerónimo Reinhold

Dirección de Actores – Antonela Scattolini Rossi

Asistente de Producción – Milena Kuzminski, Fabrizio de Cusatis

Primero de Cámara – Leonardo Casiraghi

Segundo de Cámara – Lupe Rempel

Gaffer – Licaela Snitowski

Eléctrico – Renata Marano

Sonido Directo – Maria Barreneche, Federica Alvarenga González

Asistente de Arte – Clara Fontanarrosa

Vestuario y Make-Up – Abril Baroli

Foto Fija – Renata Marano

Corrección de Color – Gabo Agüello Marsal

Departamento de Edición – Miguel Massenio, Roberto Porta, Alejo Roa, José Geria, Diego Bojarski

Post Producción de Sonido – Martín Gorosito

Supervisión – Camilo Molina

Edición, foley y mezcla – Sofía Aldave, Facundo Biedma, Ramiro Estay, Valentín López

Subtítulos – Julieta Roth

Distribución – ACT Distribución