Reseña | "Carne (Vyann)" de Adolfo Margulis

CARNE

VYANN




SINOPSIS

En la Ciudad de México, Jak y su padre —dos migrantes haitianos en busca de refugio— deben llegar a la frontera con Estados Unidos antes de que desaparezca el programa de asilo humanitario. Durante el trayecto, Jak es atormentado por el recuerdo de su madre fallecida: una presencia que no logra dejar atrás.


RESEÑA

En los últimos años, México se ha convertido en un lugar de llegada y permanencia para miles de personas haitianas que han buscado protección y nuevas oportunidades. Muchas han tenido que reconstruir sus vidas en un país cuyo idioma, costumbres y códigos sociales les son totalmente ajenos. El idioma puede convertirse en una barrera; la falta de documentación, en una espera interminable; y la discriminación, el racismo y la xenofobia pueden recordarles que, para algunos, su presencia seguirá siendo reprobada, vista como algo ajeno. Hablar de migración también es hablar de pérdida. De la pérdida de la tierra, de las certezas y, en ocasiones, de la posibilidad de regresar.

Por crueles que sean algunas pérdidas, al menos tienen una certeza: una tumba, una fecha, una despedida o un último momento al cual regresar. Pero, ¿qué ocurre cuando alguien desaparece de tu vida sin que puedas saber si sigue existiendo en algún lugar del mundo?, ¿cómo, por Dios, se aprende a vivir con una pregunta como esa?

En Carne, el cortometraje del talentoso cineasta mexicano Adolfo Margulis, esta pregunta está plasmada en la mente de Jacques (o “Jak”, de cariño), un joven migrante haitiano que vio cómo se llevaban a su madre con una bolsa tapándole la cabeza. Y desde entonces, no sólo carga con su ausencia, sino con todas las posibilidades: con la idea de que quizás murió, pero con la esperanza de que quizás sigue viva, aunque con la culpa de imaginar que pudo haber hecho algo, y con el recuerdo de una última imagen que vuelve a él una y otra vez.

Cuando Jak ve por última vez a su madre, abre la boca para gritar, pero nada suena, el cuerpo se le tensa y, aunque su padre le tapa la boca, en realidad no hay voz que ahogar, ni un quejido. Letras rojas sobre negro nos explican: la victoria inminente de Donald Trump significa miles de migrantes haitianos cruzando México antes de que desaparezca el programa de asilo humanitario. Margulis usa ese dato como disparador y ya no vuelve a explicarlo con palabras: la política está muy presente después en mensajes de texto burocráticos y en comentarios racistas gritados desde la altura de las vecindades de la Ciudad de México.



En dicha escena, al ver cómo su madre se va, vemos un bosque bañado en luz roja, como la sangre. La voz siempre presente de mamá nos habla, nos susurra, sobre pedir deseos a espíritus a la orilla del mar, sobre tener que dar algo a cambio, una ofrenda, un sacrificio. Ahí aparece el título, Vyann, que en criollo haitiano significa justamente “carne”. Y en seguida el eficiente corte de escena nos presenta el reflejo de muerte: decenas de reses colgadas de ganchos, frías, muertas, pálidas… El cortometraje no es sutil en la analogía: cuerpos como mercancía, cuerpos que se transportan, se cuelgan, pesan y cortan. Carne, en los dos sentidos de la palabra.

De ahí pasamos un buen rato en el ambiente del oficio de la carnicería, con todo y el peso físico que conlleva. El papá de Jak, Étienne, carga pesados trozos de carne y no permite que su hijo le ayude, le corrige de inmediato al cortar la carne y, aunque Jak lo intenta y vuelve a intentar, en algún momento se hartan los dos. Brevísima la escena, sin nada solemne en la superficie, y ya está resumiendo el vínculo entre ellos: un padre que sólo sabe cuidar corrigiendo, controlando la técnica, porque controlarla es probablemente lo único que le queda para sentir que protege a su hijo de algo mucho más grande que no puede controlar.

Ese patrón se repite de otras formas a lo largo del corto y me parece de lo más honesto: ninguno de los dos hombres se permite mostrar lo que siente hacia el otro hasta el final, y cuando por fin uno lo hace, en realidad es sólo uno. Étienne educó a su hijo, sin decirlo con esas palabras, a que el dolor se traga y se sigue adelante.

En realidad, Jak vive una vida llena de esperanza y, cuando el tiempo se lo permite, de felicidad, incluso a pesar de sus circunstancias. Vive con el recuerdo constante de su madre, pero aprecia el cariño que el pueblo mexicano quiere ofrecerle. Durante todo el cortometraje es el día de su cumpleaños y, con su madre presente en sus deseos, muerde el pastel como manda la tradición. La voz que escucha siempre fue la de su madre, y nos enteramos cuando oímos en flashback auditivo de ella cantándole “Feliz Cumpleaños” a su niño, a Jak.

Casi en el mismo instante, al papá le llega una notificación al teléfono: cita confirmada, Laredo, puerto de entrada, 24 de noviembre. Dos nombres, Étienne y Jacques Severe. La fiesta se corta ahí mismo. El papá se arranca el delantal, lo tira a media calle, y desde ese momento el corto entra en modo de carrera contra reloj. Me parece un acierto usar justo ese tipo de texto, una notificación fría con formato de app. Cualquiera que haya seguido de cerca cómo funcionó el sistema de citas para pedir asilo en Estados Unidos en los últimos años, y cómo esos programas quedaron en el aire con el cambio de gobierno que se venía anunciando, reconoce el tono exacto impersonal y frío de ese mensaje.

Lo que sigue es una carrera por la Ciudad de México. Llegan a una vecindad por sus cosas, una vecina grita que “se quieren meter los negros”, Julio el casero los intercepta, hay un forcejeo, Étienne lo tira al piso y se van. En medio de ese caos callejero Jak se da cuenta de que perdió el collar de su madre. Un tesoro de memoria para él. Se regresa corriendo, cruza calles sin mirar y, para cuando llega a la vecindad, un tipo tiene el collar en la mano y está hablando por teléfono, quejándose de que el casero dejó escapar “a los negros”. Jak lo mira desde una esquina, sin acercarse. Le dice a su papá que es lo único que les queda de su mamá y que deberían pelear por protegerlo. Y el papá, en vez de ir a recuperarlo, le dice que ella ya no está, que lo entienda, y se lo lleva de ahí a la fuerza.



Esa escena es, para mí, muy fuerte. No porque el collar en sí sea gran cosa según su valor monetario si uno lo piensa en frío, sino por cómo la cámara elige no darle a Jak la satisfacción de al menos intentar recuperarlo, porque para él vale la vida entera. El racismo casual del tipo del teléfono, dicho como sin darse cuenta, es también violencia de fondo, la que no necesita ser el clímax de la escena para hacer daño, la que sigue ahí todos los días en nuestro México, tanto para mexicanos como para extranjeros.

Ahí vuelve la voz de la madre, y esta vez la escena se estira un poco más, casi como un poema hablado encima de las imágenes en cámara lenta: bendice a los hijos de Ezili Dantor, dice, marcados por una deuda desde antes de nacer, bendice a las madres que esperan en la orilla del mar sobre balsas que nunca van a partir. Ezili Dantor es una de las figuras centrales del vudú haitiano, asociada a la maternidad, a la protección feroz, al sacrificio, ligada al rito más asociado con el fuego, con la insurrección y con el color rojo. No hace falta saber nada de esto para sentir la escena, pero si uno lo sabe, todo el rojo que baña la película desde el arranque, ese bosque que no busca parecer real en ningún momento del flashback, deja de ser una elección de fotografía cualquiera y se vuelve una referencia bastante precisa a ese mundo espiritual. La frase de las balsas que nunca van a partir, además, es difícil no leerla como una mención indirecta a la gente que muere en el mar intentando cruzar, algo que en el caso haitiano tiene un peso histórico específico.

Esa idea de la deuda heredada antes de nacer me parece la clave que sostiene el título completo, más allá de la analogía visual del camión de reses. Carne no es sólo el cuerpo que se transporta como mercancía, es también lo que se hereda con la sangre: un idioma, una religión, una obligación con los muertos y los desaparecidos que uno no eligió, pero igual carga. Jak no decidió que su madre desapareciera y, sin embargo, el corto lo trata, con cariño, como a alguien que tiene que pagar tal obligación de todos modos, a su manera, corriendo hacia la noche en vez de subirse al viaje que lo llevará, tal vez, a mejores oportunidades.

Pero para entender tal viaje, es necesario hablar de la última escena: la última parte transcurre en una terminal de autobuses; mientras esperan, Jak saca una cajita con una foto de los tres, él, su papá y su mamá, y se la da a su padre sin decir nada. El papá la mira, confundido primero, y después los dos se abrazan fuerte, sin hablar, un abrazo largo, de esos que uno alarga a propósito porque sabe que se van a acabar, que serán los últimos. El papá llora. Jak ya no, aunque eso no significa que no sienta.

En su nota de director, Margulis cuenta que Carne nace de un momento personal suyo, de la decisión de separarse de su propio padre para salir de una dinámica que los estaba desgastando a los dos. Una vez que uno lo sabe, la escena del abrazo se lee distinto: no es solamente un padre despidiendo a un hijo que se va. Es, en un nivel más personal, alguien filmando la despedida que le hubiera gustado tener, o la que tuvo.

Porque el corto no termina con los dos subiendo al camión. Jak se da media vuelta y sale corriendo en dirección contraria, de regreso a la noche y a la promesa de su madre, y ahí es donde el sonido hace su jugada más fuerte: empezamos a escuchar un ritmo, que casi parecieran los latidos de su corazón sincronizados con la partitura, cada vez más fuerte, mientras él jadea. No sabemos si va a buscar el collar, si va a buscar a su mamá, o si simplemente está corriendo lejos de la versión de futuro que su papá eligió por los dos sin preguntarle. El cortometraje no lo dice y hace bien en no decirlo. Yo tengo mi lectura, que es que a Jak le importa menos llegar a Estados Unidos que dejar de ser alguien a quien otro decide por él, pero reconozco que es una lectura entre varias posibles: a más de una persona con la que hablé del corto le pareció un final esperanzador, casi de liberación, y a otra le pareció el gesto más triste, un joven quedándose solo en un país que ya le mostró dos caras: la del feliz cumpleaños y la mordida y la de lo poco que lo quieren ahí.

Ese latido final no sale de la nada. Todo el cortometraje construye un vocabulario sonoro alrededor de la respiración: el grito que no suena al principio, la respiración agitada de Jak cada vez que el recuerdo de la violencia lo agarra desprevenido, el silencio raro verbal entre tanto ruido de máquinas que hay en la carnicería mientras cortan carne, como si el sonido ambiente se apagara un poco para dejar espacio a lo que está pasando en la cabeza de Jak. Cuando por fin el corazón se vuelve música al final, se siente como si el cuerpo de Jak llevara todo el corto tratando de decir algo que la boca no puede.



Richardson Seriac, como Jak, actúa casi todo el corto desde la respiración y la mirada fija, con muy poco diálogo, y sostiene esa contención hasta el final, cuando por fin corre. Hay algo magnético en toda su persona: se siente como la actuación más vulnerable de la vida, pero fuerte y decidida. Jehú Sylvestre, como el papá, tiene menos protagonismo, pero más registro emocional visible, sobre todo en la escena final, donde es el único de los dos que llora. Mahoalli Nassourou, como la mamá, casi no tiene presencia física en el corto, y aun así termina siendo el personaje que más pesa en la memoria de uno al terminar de verlo.

La migración haitiana es una historia bastante distinta y bastante menos contada en México que a las que estamos acostumbrados: otro idioma, otra ruta y otra relación con la ciudad y, sin embargo, se trata de una comunidad que vive las mismas injusticias que cualquier migrante. Qué fácil es hablar de fronteras cuando uno no ha tenido que ver cómo una frontera se lleva a quien se ama. Qué fácil es discutir sobre papeles, nacionalidades y leyes cuando no somos nosotros quienes debemos preguntarnos cada día si nuestra madre sigue respirando en algún lugar. Porque una de las mayores injusticias que enfrentan las personas migrantes es precisamente es: que, demasiadas veces, dejan de ser vistas como personas. Se convierten en expedientes, casos o problemas que resolver. Se convierten sólo en carne, como el título sugiere.

A Jak se le presenta la oportunidad de irse a Estados Unidos. Para muchos, podría ser una promesa: comenzar de nuevo, encontrar un futuro, dejar atrás lo que duele. Pero, ¿cómo se deja a tras a alguien cuando ni siquiera sabes si se ha ido? Quedarse en México significa quedarse cerca de la posibilidad, cerca de cualquier rumor, de cualquier rostro, llamada inesperada o puerta que un día pudiera abrirse para devolver aquello que se perdió.

Desde afuera, alguien podrá preguntarle a Jak en el futuro: ¿por qué no te vas y aprovechas la oportunidad de empezar de nuevo? Pero esa pregunta nuestra nace de no comprender lo que significa vivir sin respuesta. Cuando alguien que amas desaparece, tu vida puede seguir avanzando y, al mismo tiempo, una parte de ti permanece detenida en el último lugar donde todavía crees que podrías encontrar una pista.

Como conclusión, creo que ahí radica una de las mayores virtudes del trabajo de Adolfo Margulis: en haber partido de una herida profundamente personal para terminar hablando de algo que lo rebasa por completo. Hace algo que el arte, en sus mejores momentos, sabe perfectamente hacer: utilizar una experiencia particular para encontrar en ella una emoción universal y el dolor pueda dejar de tener un solo rostro.

Adolfo Margulis no utiliza su cine para pedirnos que comprendamos su dolor; utiliza aquello que conoce del dolor para ayudarnos a comprender el de los demás. Pude notarlo en Spiritum, y lo reitero en Carne. 


REPARTO

Richardson Seriac, Jehú Sylvestre, Mahoalli Nassourou, Myriam Bravo, José Luis Perez "Güicho", Rose Casseus, Julio Maldonado, Vitter Leija, Marco Aurelio Nava


EQUIPO

Escrito y Dirigido por Adolfo Margulis

Cinefotografía - Maurice Pereda V

Producción - Centro de Capacitación Cinematográfica

Producción Ejecutiva - Gerardo Tagle, Mariana "Aux" Erdman, Cuauhtémoc Torres

Con en Apoyo de Ela Velden, Los Primos, Rambler 66, Distribuidora de Carnes

Asistente de Dirección - Kathya Bautista Sosa

2do Asistente de Dirección - Leo Speckman

Asistentes de Fotografía - Felix Bermúdez Almazán, Andrés "Postman" Herrera

Sonido Directo - Francisco Gómez Guevara

Apoyo Sonido Directo - Víctor Duarte

Diseño de Producción - Perseo Gabriel Gálvez Díaz

Asistente de Arte - Óscar Zarza

Diseño de Vestuario - Karolina Tello

Asistente de Vestuario - Victoria Belmares

Asistentes de Producción - Israely Buendía, César Muñoz

Gaffer - Muricio Israel Pereda Gutiérrez, Alfredo Hernández César

Encargado Equipo CCC - Alex Ross

Edición - Adolfo Margulis

Diseño Sonoro - Francisco Gómez Guevara

Artista de Foleys - Sergio E. Cerecedo

Edición de Ambientes - Antonia Benjumea Vélez

Corrección de Color - Maurice Pereda V

Casting - Adolfo Margulis, Maurice Pereda V

Apoyo de Casting - Isa Barajas, Luis Kies

Foto Fija - Eleana Konstantellos

Catering - Ana María Noriega

Música Original - Título: "Cierre"

Composición e Interpretación - Sajei T. Sánchez

Coordinación de Stunts - Juan Olalde

Asistente de Coordinación de Stunts - Vene Rodríguez

Equipo Extra - Luis "Chinto" Baron

Asesores CCC - Dana Rotberg, Fernando Eimbcke, Horacio Romo, Claudia Becerril, Alfredo Mendoza, Stéphane Gizard

Asesor Cultura Haitiana - Esaie Attilus

Jefatura de Postproducción - Ulises Jiménez

Coordinadora de Postproducción - Montserratt Márquez

Supervisor de Postproducción - Víctor Gómez

Corrección de Color - Ilse Serdán

Postproducción - Sebastián Pérez

VFX - Mario Villegas

Pre Mezcla 5.1 - Iván Ramos, Adrián Negrete

Mezcla THX - Marco A. Hernández