Reseña | "Close Your Eyes Hind" de Amir Zaza
CLOSE
YOUR EYES HIND
SINOPSIS
Cuando
el fuego de un tanque mata a su familia, Hind Rajab, de seis años, queda sola
en un coche destrozado. Atrapada y rodeada de tanques, se aferra a la esperanza
mientras espera ser rescatada.
RESEÑA
Ya había
escrito sobre Hind Rajab antes, cuando reseñé The Voice of Hind Rajab, y pensé
que ya sabía a qué atenerme al ver Close Your Eyes Hind. Uno cree que después
de escuchar la grabación real de una niña de cinco años pidiendo ayuda mientras
está rodeada por los cadáveres de su familia ya tocó fondo, que ya agotó la
capacidad de que esa historia le vuelva a dar pesadillas, pero Hind Rajab nos
demuestra todo el tiempo que no es así. El cortometraje toma el mismo material,
la misma tragedia en Gaza y elige otro camino para contarla.
Cerrar
los ojos significa dos cosas casi opuestas cuando se trata de una niña de cinco
años. Puede ser el gesto de una madre que le tapa la vista antes de que vea
algo que ningún niño debería presenciar, o puede ser lo último que hace un
cuerpo antes de dejar de respirar. La nueva película de Amir Zaza tiene esa
doble lectura desde el título mismo, y no me la pude sacar de la cabeza en
ningún momento.
Vale la
pena recordar los hechos con algo más de detalle. El 29 de enero de 2024, la
familia de Hind huía de un bombardeo siguiendo indicaciones del propio ejército
israelí cuando un tanque abrió fuego contra el auto. Murieron ahí seis
familiares suyos. Hind, de cinco años, quedó atrapada entre los cuerpos durante
horas, en contacto telefónico con trabajadores de la Media Luna Roja Palestina
a ochenta kilómetros de distancia, que la guiaron en ejercicios de respiración
y rezaron con ella mientras esperaban autorización militar de Israel para
enviar una ambulancia. Cuando esa ambulancia finalmente salió, la alcanzaron
también, y murieron los dos paramédicos que iban a rescatarla. Los cuerpos se
pudieron recuperar recién doce días después. Apenas en este año, el 19 de
agosto de 2026, las Fuerzas de Defensa de Israel admitieron que sus soldados
dispararon contra la familia. Es inaudito, es algo sucio, bajo y cruel. Es una
bofetada a la integridad y la dignidad humana. Es sobre este despreciable
incidente que ambas películas, la de Ben Hania y la de Zaza, terminan hablando,
cada una a su manera.
Kaouther
Ben Hania optó por conservar el audio real y construir alrededor de él un
docudrama híbrido confinado casi por completo a la sala de la Media Luna Roja
Palestina. Amir Zaza hace lo contrario: renuncia a la grabación y construye una
ficción completa, con actriz, con auto reconstruido, con un cuerpo pequeño al
que ponerle rostro. Son decisiones formales opuestas para el mismo hecho, y
ninguna es automáticamente la definitiva. Una preserva lo que pasó tal como
quedó registrado; la otra se atreve a imaginar lo que no quedó registrado, que
es prácticamente todo lo que Hind sintió, pensó y vivió en esas horas dentro
del auto.
Me tomó
un rato comprender que la pregunta de fondo aquí no es moral, es formal, aunque
las dos terminan mezclándose todo el tiempo en la cabeza del espectador. La
grabación real tiene la autoridad de lo que efectivamente pasó, pero también
tiene un límite: sólo registra la voz, nunca el rostro, nunca lo que Hind
estaba mirando o pensando en los silencios entre una frase y otra. La ficción
puede llenar esos huecos, y al hacerlo corre el riesgo de inventar algo que
nunca sabremos si fue así. Zaza asume ese riesgo a propósito pues no pretende
documentar, pretende imaginar con respeto, y esa distinción, aunque suene
sutil, es la que sostiene todo el argumento.
Close
Your Eyes Hind arranca con
algo que no esperaba: la familia bailando dentro del coche, con música,
mientras intenta huir siguiendo instrucciones militares israelíes. Es un minuto
de alegría pequeña y doméstica, del tipo que cualquier familia tiene en un
viaje largo, y funciona como una bomba de tiempo silenciosa porque el
espectador ya sabe lo que se avecina, aunque no lo desee. Cuando el tanque abre
fuego sin aviso, el corte es seco y brutal, y ahí es donde la película empieza
de verdad. Sobreviven sólo Hind y su prima Layan, de catorce años, atrapadas
dentro del auto entre los cuerpos del resto de la familia.
Maya Jaber
interpreta a la madre de Hind en esos primeros minutos de calma, y su presencia
dura poco, pero deja marca: es una madre que nunca volverá a ver a su hija viva.
Quiero que esta última oración nos permita un rato de silencio. ¿Qué tipo de
monstruo podría arrebatarle la vida a gente inocente que tiene familia que los
espera en casa? Sinceramente, me sigo preguntando eso todos los días. Este
mundo en el que vivimos me encanta, pero nuestras acciones me repugnan. ¿Qué
será de la raza humana si sólo sabemos destruir?
Lo que
sigue es, para mí, la parte más valiente de la propuesta de Zaza: en vez de
acelerar se queda ahí, en la espera. Las dos primas se consuelan mutuamente
hablando de un futuro que se siente cada vez más lejano mientras mantienen el
contacto telefónico con los servicios de emergencia, que prometen el rescate en
cuanto el ejército dé el permiso. A final de cuentas, son niñas que tienen
sueños como cualquiera de nosotros, que deberían tener el mismo derecho a soñar
en grande y disfrutar la vida. Ese permiso, sabemos por los hechos reales,
nunca llega a tiempo. Zaza dijo en una entrevista que quería que el espectador
sintiera que estaba sentado junto a Hind en ese auto, y se preguntó cosas muy
simples antes de escribir el guion: si tal vez había bailado o cantado antes de
la tragedia, si tenía esperanza, si tenía miedo o qué pensaba sobre la muerte.
Patel
Akkad, la niña que interpreta a Hind, carga con casi todo el peso dramático y
lo hace con una contención que agradezco. Dirigir a una niña actriz en un
material así es un ejercicio de altísimo riesgo: un gesto de más y todo se
vuelve manipulador, un gesto de menos y la escena se siente vacía. Hay momentos
en los que se nota la dirección, en los que uno percibe que hay una cámara y un
equipo detrás de esa mirada asustada, y ahí es inevitable comparar con la
crudeza sin filtro de la grabación real que sostiene la otra película. Pero
también hay tramos, sobre todo cuando Sundus Al Bashash como Layan intenta
calmarla con la voz quebrada, en que la actuación deja de sentirse.
Para
entender por qué esta película existe hay que conocer a Amir Zaza, y su historia
importa tanto como cualquier elección de cámara. Es sirio-holandés, huyó de la
guerra en Siria diez años antes de hacer este cortometraje, y llegó a los
Países Bajos donde después estudió en la Academia de Cine Holandesa. Su corto
de graduación, It Will Rain, fue finalista de los Student Academy Awards
en 2023 y ganó el premio al mejor corto de graduación de su propia academia. No
es, de ninguna manera, un cineasta que haya tocado este tema buscando
vanagloriarse o el simple prestigio. Es un hombre que conoce lo que es dejarlo
todo por la guerra.
Zaza ha dicho
con una franqueza que me gusta: “no soy militar ni político, soy cineasta,
tenía que hacer algo desde mi lugar”. Llamó a un amigo camarógrafo de la
universidad y le propuso hacer una película sobre Gaza sin cobrar nada, y ese
amigo se sumó junto con otras tres personas. Conseguir financiamiento fue casi
imposible al principio, porque incluso mencionar la palabra Gaza bastaba para
que un proyecto quedara descartado. Se acercó a unas trece productoras sin
resultado, y solo cuando recurrió a organizaciones que apoyan abiertamente la
causa palestina empezó a moverse algo: primero dos mil euros de una de ellas,
después aportes más chicos de otras, hasta que decidió abrir una campaña de
financiamiento colectivo. Pedía diecisiete mil euros y terminó juntando
veinticinco mil, gracias a más de seiscientas personas, en su mayoría
holandesas, algunas de origen árabe.
El
equipo creció de esas cuatro personas iniciales a unos cuarenta voluntarios a
lo largo de diez meses, y un estudio profesional en Ámsterdam le cedió el
espacio de forma gratuita. Todavía hacía falta dinero para vestuario, efectos
visuales, transporte, y ahí es donde el presupuesto total terminó en quinientos
mil euros. La mitad de las ganancias de la película, según lo que el propio
Zaza confirmó, va directamente a la familia de Hind, que sigue en Gaza y no
tiene los medios para salir de ahí.
Hay
quien argumenta, y lo he visto planteado con fuerza en comentarios sobre el
estreno, que fabricar una versión de ficción, suavizada, de algo que ya quedó
grabado en toda su crudeza real es una forma de explotación. Que no hacía falta
inventar el llanto de una niña cuando ese llanto ya existe, documentado,
disponible para quien quiera escucharlo tal cual pasó. Que sacar reconocimiento
artístico, premios, cobertura de festivales, de una tragedia que sigue abierta,
mientras en este mismo momento siguen muriendo niños en Gaza, tiene algo de
obsceno. Para mí, es un argumento serio, válido y no lo voy a descartar con una
frase fácil.
Pero hay
un dato que, para mí, cambia el peso de esa acusación: Zaza no se sentó a
escribir el guion desde la comodidad de una oficina, sin pedirle permiso a
nadie. Contactó primero a la madre de Hind y solo avanzó con el proyecto después
de tener su bendición explícita. Habló también con la trabajadora de la Media
Luna Roja que estuvo al teléfono con la niña en sus últimos momentos, y algunas
escenas, como las llamadas, se filmaron reproduciendo exactamente lo que pasó,
según los propios testimonios recogidos. Nadie tiene más derecho que esa madre
para decidir cómo se cuenta la memoria de su hija. Cualquiera que, desde afuera
y con las mejores intenciones, quiera reemplazar ese juicio por el propio, está
pasando por alto algo elemental: no es su hija, no es su dolor para
administrar. Y la historia de Hind debe ser contada. Debe quedar tatuada por
siempre en la memoria colectiva porque sólo un hecho así es capaz de cambiar
nuestra podrida humanidad.
Y hay
otra pregunta que suele quedar afuera de esta discusión y que a mí me parece
central: quién se queda con el dinero. Cuando un estudio grande compra los
derechos de una tragedia real para hacer una película de prestigio, casi nunca
ese dinero vuelve a la gente que la vivió. Aquí pasa lo contrario. Un equipo de
cuarenta voluntarios trabajó sin cobrar, un estudio les prestó el espacio
gratis, seiscientas personas pusieron dinero de su bolsillo mediante una
campaña de financiamiento colectivo, y la mitad de las ganancias que genere la
película va directo a la familia de Hind, que sigue en Gaza sin poder salir.
Esa estructura de producción, tan alejada de cualquier lógica de industria, es
en sí misma un argumento contra la acusación de explotación. No estás viendo
una tragedia empaquetada para vender entradas; estás viendo un acto de
solidaridad que, de paso, también es una película.
Entiendo
perfectamente la incomodidad de ver dramatizado algo que sigue sangrando. Yo
también la sentí, pero prefiero quedarme del lado de contar esta historia con
el permiso y la colaboración de quienes la vivieron, antes que quedarme callado
esperando que pase suficiente tiempo para que el silencio se sienta más
respetuoso. El silencio nunca fue neutral en este tema. El silencio es, de
hecho, la otra mitad del problema que esta película intenta combatir.
Yo
escribo reseñas, pero también soy profesor de niños, niñas y adolescentes que
van desde los 5 hasta los 15 años. Como profesor pienso en esto casi todos los
días, aunque esté a miles de kilómetros de Gaza dando clase. Los niños no
eligen bando, no entienden qué es un bloqueo ni qué es una ocupación, sólo
saben que tienen miedo y que llaman a su mamá cuando algo les duele. Zaza dijo
que Hind se convirtió en un símbolo de todos esos niños que pidieron ayuda
mientras el mundo miraba para otro lado, y no es una frase exagerada. Es,
literalmente, lo que pasó durante las horas que duró esa llamada real, y es lo
que sigue pasando cada vez que una historia como esta se vuelve un número más
en un reporte. En Hind veo los ojos de mis niños, sus sueños, sus miedos, su
inocencia… todo aplastado por el maldito peso de la maldad humana. De querer
más para sí mismo y menos para los demás.
Comparar
el impacto emocional de ambas películas sobre Hind es un ejercicio incómodo
pero inevitable. Escuchar la grabación real en The Voice of Hind Rajab
me dolió de una manera que todavía no logro olvidar del todo, porque ahí no hay
actuación posible, es una niña real muriendo en tiempo real. Ver el rostro de
una actriz representando ese mismo terror en Close Your Eyes Hind me
pegó distinto: menos en el estómago, más en la garganta, porque de golpe tuve
un rostro al cual mirar. Ninguna de las dos experiencias es más válida que la
otra. Son dos formas distintas de negarse a que Hind se vuelva una estadística,
un número más. Hind y su historia merecen nuestro respeto y reconocimiento.
En los
comentarios que dejó la gente después de verla encontré de todo, como suele
pasar con cualquier estreno que toca este tema. Alguien escribió que, habiendo
escuchado ya la grabación real en The Voice of Hind Rajab, le resultaba
igual de conmovedor ver a la niña representada en carne y hueso, y que
agradecía la duración más corta de esta versión. Otra persona la resumió con
una sola frase, algo así como que era desgarrador ver, aunque sea un fragmento,
de lo que tantas vidas inocentes atraviesan. Y después está la postura crítica
de la que ya hablé, la que sospecha del gesto entero. Me parece sano que las
tres reacciones convivan alrededor de la misma película. Sería mucho más
preocupante que un tema así generara consenso total, para cualquiera de los dos
lados.
Vale la
pena ubicar a Close Your Eyes Hind dentro de algo más grande que el
cortometraje mismo. 2025 fue el año en que varios festivales importantes se
vieron obligados a lidiar con Gaza en su programación, ya no como una nota al
pie de página sino como un tema que empujaba desde adentro del circuito, con
documentales, docudramas y ficciones que llegaban desde direcciones muy
distintas pero que compartían la misma urgencia de fondo. Ya no es posible para
la industria ignorar a Palestina. Close Your Eyes Hind entra en esa
conversación desde el margen, sin el aparato de distribución de una película de
Ben Hania, sostenida por voluntarios y por una campaña de financiamiento
colectivo, y aun así consiguió su lugar. Eso también dice algo sobre el momento
que atraviesa la industria del cine en este tema. Ya no alcanza con mirar para
otro lado y esperar que el ciclo de festivales pase de largo. Palestina tiene
la urgencia de su lado. Dependerá de nosotros escuchar, sentir y conservar el
sentido de la justicia.
Porque
de eso se trata, en el fondo, todo lo que rodea a esta película: de negarse a
que el olvido gane. Hind no está sola en esto, y lo digo sin ninguna intención
de suavizarlo con matices que no le debo a nadie. Hay miles de niños como ella
muriendo bajo escombros mientras adultos en despachos lejanos deciden
estrategias sobre mapas que ellos nunca van a pisar, cuyos territorios jamás
les pertenecieron. Un niño muerto nunca es un daño colateral, es el fracaso
completo de todo lo que decimos valorar como especie, y ninguna película, por
buena que sea, puede reparar eso. Lo único que puede hacer, y esta lo logra, es
que no lo olvidemos tan fácil.
Terminé Close
Your Eyes Hind pensando en mis propios alumnos, como me pasa cada vez que
algo me toca este tema tan de cerca. Pensé en lo poco que se necesita para que
un niño se sienta seguro: alguien que le hable con calma, alguien que le
prometa que ya viene ayuda o alguien que no le suelte la mano. Eso es
exactamente lo que le ofrecieron a Hind por teléfono durante horas, y no alcanzó,
porque del otro lado de esa promesa había un permiso militar que nunca llegó.
Había maldad disfrazada de procedimiento burocrático. Ninguno de mis alumnos va
a tener que vivir eso, y esa diferencia tan brutal entre su infancia y la de
Hind es, creo, el verdadero motivo por el que estas películas me remueven tanto
las entrañas. Es la certeza incómoda de que la única diferencia entre mis
alumnos y Hind es el lugar donde nacieron, y esa certeza me vuelve loco.
Close
Your Eyes Hind es una
película hecha con permiso, hecha por alguien que sabe en carne propia lo que
es huir de una guerra, y hecha para devolverle algo concreto, dinero incluido,
a la familia que quedó del otro lado de esa tragedia. Eso, para mí, la coloca
del lado correcto de una discusión que nunca va a tener una respuesta que
satisfaga a todos.
Ojalá el
mundo dejara de cerrar los ojos con la misma facilidad con la que Hind tuvo que
cerrar los suyos. Ojalá esta película, y la de Ben Hania, y todas las que
vengan después, sirvan para que, a alguien, en algún despacho lejano, le cueste
un poco más firmar la próxima orden manchada de sangre. Mientras eso no pase,
seguiremos necesitando películas como esta, aunque duelan, aunque incomoden,
aunque nunca alcancen para reparar nada.
REPARTO
Patel
Akkad, Sundus Al Bashash, Maya Jaber, Mohammad Akkad, Raghad Shannon, Jolie
Alkillesly, Sari Alkillesly, Khalid Slayman, Jasminka Hidanovic, Nour Alsayed,
Sara Alestwani, Muhammad Tawfiq al-Abd
EQUIPO
Produced, Written and Directed by Amir Zaza
Mattar Productions
Production Mnagement – Frederike Scheffer
Executive Producer – Abdul Rahman Abdul Fattah
Production Consultant – Anita Smit
First AD – Djannah Dz
Cinematography – Tonko Bossen
Gaffer – Tjeerd Melchers
Production Design – Klaudia Schenkels
VFX and Virtual Production Supervisor – Cinque Kelie
Hair & Make-up – Marleen Holthuis
Costumes – Sara Alestwani
Sound Recordist – Ravian de Vries
Special Effects – Nils Verstraete, Maxim Vincent
Music – Rami Al Maghrbel
Sound Design – Quincy Vlijtig
Color Grading – Kevin Kimman
Editing – Amir Zaza
Editing Consultant – Yamal Stitou
Child Supervisor – Naomi Aalber
Director Assistant – Mira Alkadri
Production Managers – Klvvaas Arie Westland, Mariska
Beneken
Production Assistants – Rasheed Azzam, Nour Alsayed,
Wael Al gheriani, Bayan Nairab, Eli Moran Odicio, Ahmad Wahbi, Mohammad
Alsaleh, Omar Al saleh, Ali Al hammod, Ahmad Al homadah, Mohammad Alhasan
1st AC – Thomas Weber
2nd AC – Jasper van Vessem
3rd AC – Pelle Andringa, Hajar Alkheder
Lighting – Maxime Vallentin, Robin van Kaveren, Milan
Smit, Bram Jacobs, Julian den Ouden, Tuyl van Grieken
Set Dressers – Kirsten Mauduit, Eva de Winter
Art Assistanten – Juni Donkers, Jay Hu
Makeup Artists – Ivette van Luijk, Imelda Langerak,
Carmelita Bianca Matamoros
Special Make-up – Marika Martino




