Reseña | "Contact Hours" de Harry Richards
CONTACT
HOURS
SINOPSIS
La rutina de un conserje
universitario se ve alterada cuando abre la puerta de la habitación de un
estudiante que no se le ha visto en días. Esta tragedia le impulsa a intentar
reparar la relación problemática con su hijo.
RESEÑA
Antes de
terminar de escribir esta reseña, tuve la necesidad de enviarle un mensaje a su
director, Harry Richards. No fue un mensaje profesional ni particularmente
cuidado: le conté, sin pensarlo demasiado, que el corto me había tocado de una
manera que hacía mucho no me pasaba, y por qué. No quiero repetir los detalles
de esa parte de mi historia, porque no es lo que quiero que se lleven de esta
reseña, pero sí quiero dejar dicho que el suicidio no es, para mí, un tema
abstracto que estudio desde afuera. Lo he mirado de cerca, más de una vez,
desde una perspectiva que casi nadie ve, pero pareciera que él sí.
Él, en su
convicción por el objeto de la historia que dirige, me respondió cálidamente,
confirmando algo que yo ya sospechaba viendo el cortometraje: que quienes
hicieron posible Contact Hours no llegaron a este tema por curiosidad ni
por estrategia, sino porque a ellos también los tocó de cerca. Esta certeza,
aunque pequeña, cambió cómo veo el resto del corto, porque gracias a ella no me
atrevo a mirarlo como una ficción bienintencionada sobre un problema social,
sino como algo hecho por gente que sabe, en carne propia, de qué está hablando.
Hay una
película de 2005 que vi durante mi adolescencia llamada “Stay”, con
Naomi Watts en el papel de una mujer llamada Lila, que me dejó pensando durante
años en algo parecido: que el mismo pensamiento que nos empuja hacia el borde
puede, un segundo después, ser exactamente lo que nos hace dar un paso atrás.
Por obvias razones, no quiero describir la escena que más me marcó de esa
película, porque entra justo en el terreno que Contact Hours decide no
pisar y, hacerlo ahora, aquí, sería traicionar lo que este bellísimo corto
propone. Pero sí me quedo con la idea central de ese momento: que acompañar a
alguien que piensa en el suicidio no es encontrar la frase perfecta que lo
convenza de quedarse, sino estar ahí cuando, por un segundo, esa persona misma
encuentra su propia razón para no irse. Contact Hours entiende esto
mejor que miles de ficciones que haya visto, y es por eso que esta reseña, que
iba a ser solamente sobre un cortometraje, terminó siendo también, un poco
sobre mí.
La historia
sigue a un cuidador universitario, interpretado por Kris Hitchen, que descubre
el cuerpo de un estudiante que se ha quitado la vida. A partir de ese momento,
el cortometraje observa las consecuencias de lo ocurrido sin convertirlas en
espectáculo. No se concentra en el acto, sino en lo que queda después: el
desconcierto, el silencio, la culpa, la impotencia y esa pregunta que aparece
inevitablemente tarde: ¿pude haber hecho algo?
La respuesta
a esa pregunta le acosa, porque él de hecho sí estuvo presente en el lugar,
pero como todo fue fruto de una llamada fuera de horas de trabajo, decidió,
debidamente, darse prioridad a sí mismo, a su descanso, y a su cena junto a su
hijo, que dejó antes de siquiera iniciarla.
El cuidador
no es presentado ni como héroe ni como un hombre especialmente preparado para
enfrentar una tragedia. Es un hombre que trabaja, vuelve a casa y trata de
mantener a flote una vida que tampoco parece estar funcionando del todo. Su
relación con su hijo, interpretado por George Osborne, está marcada por una
distancia que ambos parecen conocer, pero que ninguno sabe cómo sortear. Viven
bajo el mismo techo, aunque casi nunca comparten una conversación completa. Las
palabras se quedan a la mitad del camino entre ambos interlocutores. Las
preguntas más importantes ni siquiera llegan a formularse.
El hijo es
casi un fantasma durante buena parte del cortometraje. Lo vemos de espaldas,
saliendo por una puerta, cruzando un pasillo sin que la cámara se moleste en
mostrarnos la cara completa. Es una decisión de puesta en escena bastante
clara: si el padre cuida a decenas de estudiantes ajenos como si fueran suyos, a
su propio hijo apenas tiene tiempo de mirarlo. Cuando por fin lo vemos de
frente, ya avanzada la historia, el efecto es rarísimo, como conocer a alguien
que en teoría ya conocíamos.
Harry
Richards y Rufus Love, el escritor detrás de esta sensible historia, entienden
que, en ocasiones, una familia puede estar llena de silencios mucho antes de
que ocurra algo irreversible, algo terrible. En Contact Hours, los
pequeños gestos tienen más peso que los discursos. Sus personajes no explican
constantemente lo que sienten; muchas veces apenas pueden soportarlo. El título
tiene un juego de palabras que, además de su significado literal, también
señala justo lo contrario: la falta de contacto real entre personas que
conviven bajo el mismo techo, ya sea en una residencia estudiantil o en una
casa de dos habitantes que casi no se hablan. El título es irónico sin ser
sarcástico, o grosero con el tema que retrata.
Esa
contención también aparece en los espacios, porque incluso los pasillos parecen
repetirse, ser un bucle hasta el infinito. En efecto, no vemos la realidad,
sino el interior de la cabeza de nuestro protagonista, con habitaciones
identificadas por números, como si quienes viven en ellas pudieran reducirse a
una puerta, a una llave o a una dirección. El estudiante de la habitación 319
ni siquiera alcanza a convertirse en una presencia plenamente reconocible.
Antes de que podamos conocerle, ya ha sido convertido en una ausencia.
Y es que la
decisión es importante, porque Contact Hours no pretende contar la
historia de un estudiante en particular, sino hablar de una realidad que podría
ocurrir en cualquier lugar. Las paredes que se ciernen sobre los personajes, la
iluminación tan dramática y los corredores eternos construyen un ambiente que
reconocemos liminal y, al mismo tiempo, profundamente desolador. Es posible
estar rodeado de millones de personas y seguir, paradójicamente, completamente solo.
Contact Hours, en su sabiduría, comprende que esta contradicción puede
ser una de las experiencias más dolorosas de la vida.
La
fotografía y el diseño de producción, aunque profundamente calculados, no
buscan embellecer la tristeza, sino dar un mensaje contundente: algo está
ocurriendo, aunque nadie parezca escuchar. No es la estridencia, ni la
revelación, lo que permanece en la memoria; es la persistencia de las imágenes
sin ser forzadas a significar más de lo que necesitan.
Resulta
notable la manera en la que Richards se aproxima a la idea del suicidio: su cortometraje
evita las imágenes gráficas y cualquier forma de dramatización. La tragedia no
es un giro narrativo diseñado para sorprender al público. El hecho ya ocurrió,
y lo que importa es mirar las condiciones que lo permitieron y a quienes deben
continuar viviendo después de él. Esa decisión exige, inevitablemente, de
nuestra confianza como espectadores, porque el resultado es, en mi opinión,
mucho más perturbador que una representación explícita.
Hitchen
sostiene toda la película con una interpretación contenida y profundamente
física. Su personaje parece llevar el cansancio encima, como un lastre eterno.
Camina sin tener claro para qué. Cuando intenta acercarse a su hijo, no siempre
encuentra las palabras adecuadas, y se tropieza en ellas. Su rostro no expresa
una sola emoción a cada instante, sino varias que se contradicen entre sí:
horror, vergüenza, responsabilidad, tristeza y necesidad de regresar y reparar
lo irremediable.
George
Osborne, aunque aparece menos tiempo en pantalla, resulta especialmente
revelador para mí porque me vi reflejado en él y sentí como si habitara su
piel; pero es fundamental para el cortometraje porque su personaje permite que
la historia amplíe su mirada: el dolor y los pensamientos suicidas no son poco
comunes, alcanzan a quienes están cerca, a quienes reciben mensajes que no
saben cómo contestas y a quienes, por miedo a meter la pata, terminan sin
preguntar nada.
La escena
final entre padre e hijo es sencilla y, quizás por eso mismo, increíblemente
conmovedora. Una pregunta tan común como “¿estás bien?” adquiere otro peso
después de todo lo que hemos visto. No se trata, por supuesto, de una solución
milagrosa, porque nadie de nosotros queda curado en unos cuantos minutos. Lo
que cambia es algo más pequeño y más real: por primera vez, ambos parecen
dispuestos a conversar, y mejorar. Contact Hours no promete que hablar
resolverá todos los problemas, pero sí sugiere algo más modesto y necesario:
hablar puede ser el comienzo. Preguntar puede abrir una puerta que permaneció innecesariamente
cerrada. Escuchar puede impedir que alguien tenga que cargar solo con aquello
que no sabe cómo nombrar.
Mientras
veía el cortometraje, pensé en la facilidad con la que solemos responder “bien”
cuando alguien pregunta cómo estamos. Es una palabra automática, una especie de
contraseña social que nos permite continuar con nuestro día. El trabajo de Richards
y Love nace de una preocupación evidente por el tema. Esa responsabilidad se
nota en la forma en que trata a sus personajes y en su rechazo a la explotación
emocional. Pero lo más valioso es que esa preocupación nunca aplasta la
experiencia cinematográfica, porque el cortometraje nunca parece un folleto
convertido en cortometraje. Es una historia sólida sobre un hombre que no sabe
cómo acercarse a su hijo y que, después de enfrentarse a una tragedia, comprende
que ya no es posible seguir aplazando esa conversación.
Como ustedes
lectores se habrán dado cuenta ya, me cuesta mucho hablar de este cortometraje
únicamente desde la distancia de la crítica. No porque crea que una experiencia
personal vuelva más válida una opinión, sino porque Contact Hours me
recordó que el cine puede tocar zonas de nosotros mismos que no teníamos planeado
visitar y quedarse ahí, entretejido en nuestras entrañas, sin pedirnos permiso.
Terminé de
ver Contact Hours y sentí un millón de emociones. A veces, una pregunta
no parece suficiente, pero puede ser el principio de todo. Si el cortometraje
llega a tu pantalla y conoces a alguien que hace tiempo no abre una puerta,
quizás valga la pena tocarla.
REPARTO
Kris
Hitchen, George Osborne, Ashleigh-Mae Schoburgh-Crooks, Vanessa Bailey, Riaz
Syed, Oliver Manley, Jass Beki, Grace Gallagher, Haydn Watts, Kyle Jennings, Kiara
Nicole Pillai
EQUIPO
Directed by Harry Richards
Written by
Rufus Love
A Headrush Films Production in partnership with Blend Films
Produced by Harry Richards, Liam Wallace-Cook
Executive Producers – Harry Richards, Rufus Love
First Assistant Director – Claire Wolf
Second Assistant Director – Meg Amos
Casting Director – Holly Rodman
Associate Producer – Danny Alvarez del Rio Rumbelow
Production Manager – Lina Alvarez
Production & Director’s Assistant – Clemmie Pollard
Costume Designer – Jennifer Perault
Production Designer – Greg McLaren
Set Decorator – Zoe Hall
Script Supervisor – Selina Welsh
Sound Recordist – Sean Simpson
Director of Photography – Scarlett Gardner
Focus Puller – Joshua Baylis
2nd Assistant Camera – Max Bent-Marshall
Steadicam Operator – Marcus Albertson
Grips – Jordan Heath, Thomas Treveil
Gaffer – Hannah Grinham
Sparks – Casey Grosso, Ian Blackburn
Spark Trainee – Reuben Gardner
Psychological Safety – Rose Rowkins
Wellbeing Facilitator – Sharon Burrell
Runners – Curtlan Popo, Tom Rees
Hair & Make Up Designer – Alessia Nyah
Hair & Make Up Assistant – Ella-Lula Baldwin
Stills Photographer – Connor Diffley
BTS Videographer – Fergus Hughes
Editor – Louis Holder
Colourist – Harry Shelton
Title Design & VFX – Hugo Morais
Additional VFX – Michael Rowell, Nathan Rushby-Jones
Composer – Sebb Masters
Sound Designer & Mixer – Sean Simpson
Music Supervision – Paddy Orr
Music Mixer – Alex Hollingsworth
Mastering Engineer – Tim Debney
Poster Designer – Alex Johnson
Graphics – Florence van Bergen, Christopher Thomas Allen



