Reseña | "Kanaan" de Dominik Mirecki

KANAAN



 

SINOPSIS

Dos inmigrantes de Medio Oriente, que huyeron a Polonia escapando de la guerra, trabajan ilegalmente en renovaciones. Durante un encargo, encuentran el cadáver de un hombre. ¿Llamarán a la policía cuando les amenacen con la deportación?

 

RESEÑA

Quizá mi propia nacionalidad hace que esta historia me resulte particularmente difícil de mirar con distancia. Ser mexicano significa crecer en un país cuya relación con la migración es enormemente familiar, pero también contradictoria: conocemos el deseo de marcharnos porque generaciones enteras han cruzado la frontera en busca de una vida distinta, pero también conocemos lo que significa ser el territorio que atraviesan quienes vienen de mucho más al sur buscando llegar a su propia “kanaan”, o “tierra prometida”. La migración no es para nosotros una idea abstracta: tiene acentos, rostros, separaciones familiares, carreteras y nombres propios.

Kanaan, el cortometraje de Dominik Mirecki, me obliga entonces a pensar en lo arbitrario que puede ser el derecho a sentirse seguro. Hay personas que nacen con una facilidad innata gracias a su nacionalidad, que convierte las fronteras en puertas abiertas, y hay otras personas que nacen con nacionalidades que convierten éstas en muros impenetrables y severos. Hay quienes pueden llamar “viaje” a lo que para otros significa abandonar una vida entera. Y hay quienes, finalmente, llegan a un país buscando precisamente aquello que uno suele dar por sentado: un lugar donde dormir, una llave propia, un techo sobre la cabeza, la posibilidad de cerrar una puerta y saber que, al menos por esa noche, nadie va a obligarlos a irse, o les hará daño.

Desde mi México, Kanaan también se lee como una historia sobre esa contradicción: todos parecemos comprender el deseo de encontrar una tierra prometida, pero resulta mucho más incómodo para cualquiera reconocerlo cuando somos nosotros quienes vemos llegar al extranjero. Tal vez por eso la experiencia migrante me parece menos una cuestión de fronteras que de vulnerabilidad, en realidad. Antes de ser indocumentado, extranjero, refugiado o migrante, está una persona que simplemente intenta encontrar un lugar donde la vida pueda continuar. Y, tristemente, es lo que más se nos olvida como humanidad.

Lo que Dominik Mirecki arma en 15 minutos es una trampa moral perfectamente bien calculada, y lo curioso es que la trampa no sólo está pensada para los personajes, sino también para el que mira. Arranca Kanaan con una frase: “No todo lo que es malo nace de la maldad”. Por supuesto. El mal no siempre surge de una maldad innata, sino que, con frecuencia, se gesta a partir de las circunstancias, el dolor, las decisiones personales y el entorno. La frase funciona como una especie de llave para abrir todo lo que nos espera: no justifica lo que harán sus personajes, tampoco condena de antemano a nadie; más bien funciona para evitar la división entre personajes buenos y malos, porque cada uno de ellos lucha por algo.

Cuando la maldad se comete para defender lo propio, entramos en el terreno filosófico conocido como el “mal reactivo”, es decir, el mal nacido de la desesperación. Y es que no debemos olvidar nunca el instinto de conservación que nos regula todo el tiempo: el miedo a perder lo que nos da seguridad, ya sea la vida, la familia, la dignidad o el sustento, activa en nosotros un estado de alerta. El peligro real de este enfoque es que el fin termine justificando los desproporcionados medios, convirtiendo a la víctima en un nuevo agresor. Todo este pensamiento es lo que vuelve a Kanaan una obra maestra, en mi humilde opinión, pues las intenciones morales del cortometraje no se contentan con funcionar como una declaración, sino que están incorporadas directamente a la dramaturgia.



¿Qué haríamos nosotros si la única manera de conservar aquello por lo que hemos luchado tan arduamente, aquello que llamamos hogar, fuera hacer algo que jamás habríamos imaginado hacer? En Kanaan, dos hermanos inmigrantes viven ilegalmente en Polonia y encuentran el cadáver de un hombre en el apartamento que están pintando. Por supuesto la policía podría esclarecer la muerte cuando todo apunta a un suicidio, pero también podría revelar que ellos no tienen documentos y provocar su deportación. A partir de ahí, cada decisión deja de pertenecer al terreno de lo correcto y lo incorrecto. Kanaan pregunta entonces cuánto puede resistir una persona antes de que la supervivencia deforme aquello que entendía por moralidad.

Volviendo al título, Mirecki ha explicado que “kanaan” significa “tierra prometida”, o bien, un lugar que cada persona busca para sentirse libre, tranquila y segura. Este nombre es particularmente cruel cuando se le coloca junto a la situación de los hermanos Rami y Lina. Han llegado a Polonia huyendo de la violencia, pero la tierra prometida no termina de recibirlos. Claro que pueden estar físicamente allí, pero al mismo tiempo, no existir jurídicamente. Están presentes, pero son invisibles.

Mirecki llega a este cortometraje después de haber dirigido “Son of Happiness”, una obra que trataba sobre un padre soltero criando a un hijo con síndrome de Down, quien tiene el gran sueño de convertirse en actor. Allí ya aparecía una preocupación por personajes que buscan pertenecer, ser vistos y ocupar un lugar dentro de una sociedad que puede, y logra, excluirlos. En Kanaan, esta preocupación suya cambia de forma: ya Mirecki no intenta sólo demostrar que alguien merece pertenecer, sino también que tiene que sobrevivir para poder hacerlo.

¿El resultado? Un cortometraje que convierte cada herramienta en su arsenal en una virtud narrativa. Kanaan arranca con una estructura circular clásica que empieza y termina en un elevador, con Rami y Lina entrando seriamente, y el primero con la mandíbula apretada, sin que sepamos por qué. Recién lleguemos al final entenderemos por qué tenía esa cara. Mirecki hace que esta estructura circular funcione porque no la usa para generar suspenso barato, sino para que uno, desde el minuto uno, sepa que algo pasó, y que lo que está por ver es la explicación de un gesto, no la sorpresa de un giro de trama. Nos permite ahorrarnos el clímax como recurso central y único y ponerlo, en cambio, al servicio del retrato de un personaje que se está desarmando por dentro.

Vale la pena pensar en una anécdota que se menciona al principio del cortometraje. Rami le cuenta a Lina una historia sobre el abuelo de ambos: él era también pintor, como Lina, y una vez en Marsella conoció a una mujer gitana que le leyó la mano. Cuando terminó la lectura, el abuelo se fue a encontrarse con un amigo y recién a la mañana siguiente notó que le faltaba el reloj. Dos años después se cruzó con el mismo grupo y reconoció a la chica gitana. Le exigió el reloj de vuelta. Ella le pidió, a cambio, que le comprara una dona. Él se la compró, ella se la comió despacio, y adentro de la dona, cuenta Rami, haciendo una pausa teatral… no había ningún reloj, sino mermelada.



Me quedé pensando en esta anécdota mucho más tiempo del que quisiera admitir, y creo que en ella se resume mucho de lo que Kanaan nos ofrecerá después. No es un chiste para llenar el tiempo antes del giro dramático: es una historia que nos enseña a nosotros, como espectadores, cómo va a funcionar el resto del cortometraje… algo parece una cosa y termina siendo otra completamente distinta, el primer algo puede ser un reloj robado o un objeto de valor, y lo que termina siendo es una ilusión armada para satisfacer una expectativa. Minutos después veremos a estos mismos personajes construir, con sus propias manos, una escena falsa para que la policía y el forense vean exactamente lo que necesitan ver y no lo que realmente pasó. El cuento del abuelo termina adelantándonos la lógica moral del cortometraje: la supervivencia depende de la capacidad de fabricar una versión creíble de la realidad.

Mirecki convierte a los hermanos en actores que tendrán que descubrir que la decencia tiene un costo, y ese costo, para alguien indocumentado, puede ser la vida entera que se construyó hasta ese momento. También convierte a la dueña del apartamento en agente activo del engaño, en vez de ser la amenaza que puede arruinarles la vida a los hermanos porque, al final, es una persona atrapada en su propia versión del mismo problema. Ella también necesita que este cadáver cuente una historia distinta a la real.

Mirecki dijo en una entrevista que le costaba mucho, al escribir, dividir a sus personajes en buenos y malos, que en el drama de cortometraje suele haber presión para tener un antagonista claro, y que en Kanaan decidió no hacerlo así. Por ejemplo, la dueña amenaza con llamar a la policía, pero después ofrece pagarles para que tiren el cuerpo por la ventana. Es codiciosa y es desesperada al mismo tiempo. Kanaan no nos da ninguna herramienta para decidir cuál de las dos cosas pesa más.

De aquí en adelante, el cortometraje es extraordinariamente incómodo porque la mentira se construye mediante posibilidades. ¿Y si se cayó?, ¿y si se golpeó?, ¿y si estaba pintando?, ¿y si cayó de la escalera?, ¿…y si fue por la ventana? La conversación se convierte casi en una sesión de escritura de guion dentro del propio cortometraje. Los personajes prueban versiones de una historia hasta encontrar una que parezca creíble. La muerte empieza a transformarse en puesta en escena.

El cine dentro del cine aparece aquí de una manera inesperada. Los personajes están, literalmente, dirigiendo una ficción destinada a engañar a la policía, pero también la ficción empieza a modificar a quienes la fabrican: Lina viste al cadáver llorando porque, aunque nunca lo diga en voz alta, sabe que el cuerpo sigue siendo una persona, un padre, alguien que tenía una vida. Lina tiene una cicatriz, tanto metafórica como literal, que muestra que está herida en más de una dimensión, y toda esta situación le hiere aún más.

El final vuelve al elevador. Ahora lo entendemos. Rami ha conseguido hacer aquello que creyó necesario para proteger a su hermana y evitar la deportación, pero el precio emocional fue demasiado. Para Rami, el acto fue algo mucho más que sólo convertir a alguien en un objeto que puedes arrojar por la ventana. Para Rami, el acto involucró sostenerlo, reunir fuerzas, tal vez despedirse y decirle al oído que lo perdone por lo que está a punto de hacer.



La primera imagen de Kanaan era una pregunta. La última, un significado. La canción final pide a Dios fuerza para sobrevivir en tiempos difíciles. Después de todo lo que acabamos de presenciar, esas palabras ya no suenan como una petición, sino como una súplica.

El corazón de Kanaan está en una contradicción: la supervivencia puede exigir acciones que destruyen precisamente aquello que hace posible vivir con uno mismo. Mirecki ha dicho que quería preguntarse dónde está el límite de la moral y qué somos capaces de hacer para simplemente vivir. También ha insistido en que no existe una respuesta única. Personas con experiencias y valores diferentes tomarían decisiones diferentes.

El cortometraje no presenta la ilegalidad migratoria como una característica moral de sus personajes. La presenta como una condición que altera el significado de cada decisión. Para alguien con ciudadanía y documentos, llamar a la policía puede ser una acción casi automática. Para Rami y Lina, puede significar perderlo todo. Ese detalle transforma la pregunta “¿por qué no llaman a la policía?” en otra: “¿qué instituciones funcionan realmente como protección para una persona que teme ser expulsada por recurrir a ellas?”.

La tierra prometida, entonces, tiene una paradoja. Llegar a ella no garantiza sentirse seguro.

Mirecki ha mencionado a Krzysztof Kieślowski y Asghar Farhadi como referentes directos de un cine que le interesa: películas que no moralizan, que dejan espacio para que el espectador decida qué pensar. La conexión con ambos es particularmente visible en la manera en que Kanaan construye dilemas sin convertirlos en ejercicios vacíos sobre ética.

La cercanía con Kieślowski puede percibirse en la relación entre una decisión concreta y una pregunta moral mucho mayor. El problema no es simplemente “¿qué van a hacer con el cadáver?”. La situación abre preguntas sobre responsabilidad, culpa, azar, supervivencia y las consecuencias que una decisión puede tener sobre otras vidas.

Farhadi, por su parte, suele construir conflictos donde cada personaje posee información parcial y razones que, aunque puedan resultar cuestionables, no son completamente absurdas. Kanaan funciona de manera semejante: la mujer no es una villana, Rami no es un héroe y Lina no posee una respuesta que pueda resolver el problema.

Incluso la estructura del relato recuerda una característica fundamental de ese tipo de cine: la información cambia constantemente la posición moral del espectador.

La dirección de Mirecki parece especialmente interesada en el comportamiento de los actores. Antes de dedicarse plenamente a la dirección, también trabajó como actor y él mismo ha explicado que esa experiencia le enseñó a comunicarse con intérpretes mediante indicaciones simples y humanas en lugar de largas explicaciones psicológicas.

Eso se nota en Kanaan. Buena parte del peso emocional recae sobre pequeños cambios físicos. No necesita explicarnos constantemente qué sienten sus personajes, porque los cuerpos lo dicen.

Mirecki ha señalado que, para él, la sensibilidad del cineasta es una de sus herramientas más importantes. Según explicó al hablar de su formación en la Warsaw Film School, aprender a hacer cine ocurre especialmente en los rodajes, mientras que la escuela proporciona herramientas y acompañamiento. Pero la sensibilidad personal, aquello que conmueve al cineasta y las historias que realmente quiere contar, es lo que debe conservarse.

En las palabras de Mirecki hay una concepción que, para mí, es especialmente valiosa, porque devuelve el arte de hacer cine a su origen más íntimo. Quizá lo más hermoso de su reflexión sea precisamente esa defensa de la sensibilidad frente a la tentación de convertir el cine en un ejercicio puramente técnico. En pleno 2026, prácticamente cualquiera puede aprender a utilizar una cámara, editar una imagen o reproducir formas cinematográficas, pero nada de eso distingue a un cineasta, sino su forma particular de sentir el mundo.

Eso me hace admirar mil veces más Kanaan. Qué poderoso es pensar como Mirecki y tener la convicción de que convertirse en cineasta significa aprender a escuchar aquello que, entretejido en nuestra alma, pide ser contado.

 

REPARTO

Omar Ashraf Hemid, Żaneta Homa, Klara Bielawka, Robert Łukasiewicz, Barbara Tukendorf, Julia Cichońska

 

EQUIPO

Director – Dominik Mirecki

Screenplay – Dominik Mirecki, Żaneta Homa, Damian Homa

Cinematograpy – Mateusz Gzel

Sound – Olga Zalewska

Editing – Michał Pyszora

Production Manager – Julia Cichońska

Artistic Supervision – Maciej Ślesicki

Set Design – Wiktoria Zawadziłło, Iga Przyjazna

Costumes – Marcelina Kieres

Make Up – Irena Arsieniewa

Sound on Set – Gabriela Obszańska

First AD – Piotr Roszlaniec

Script – Julia Ślesicka

Color Grading – Marta Socha

Camera – Piotr Łukasik, Mateusz Gzel

Assistant Edit – Urszula Czechowska

Focus Puller – Adam “Adamur” Aleksandrowicz

Assistant Camera – Igor Sadziński, Maciej Fabirkiewicz, Julia Olińska

Grip – Igor “Lolo” Słupecki

Gaffer – Jakub Krysiak

Bus Camera – Mateusz Gzel

Data Wrangler – Jakub Nagaduś

Unit Manager – Stanisław Sobolewski

Lighting – Jan Makowiecki, Hubert Wodecki, Daniel Ganuszewicz, Avery Olena Wojciechowska, Ivan Trosko, Michał Gałkiewicz, Katrin Burzek, Jakub Wadecki

Make Up SFX – Wiktoria Kustra

Set Assistant – Kuba Złomański, Jakub Borek, Oleksii Czeplanski

Postproduction Sound – Studio Namovie, Olga Zalewska

Set Camera – Wioletta Sioch, Michał Czuba, Marek Rumak, Jan Szlagowski, Adam Aleksandrowicz

PR and Marketing – Kaja Sajdak, Anna Stawowska

Distribution – Zuza / Juzek Kopcińska, Michał Benkes, Michał Pyszora

Executive Producers – Agnieszka Franusiak, Paweł Wolff

International Marketing – Artur Zaborski

Producer – Maciej Ślesicki

Production – Warsaw Film School / Polish Film Institute