Reseña | "Mala Muerte" de Luis Reyes Cantón
MALA
MUERTE
SINOPSIS
Raúl,
un estudiante universitario obsesivo, sale todas las noches para fotografiar
víctimas de asesinatos y muertes urbanas en la Ciudad de México. En compañía de
Manuel, un periodista experimentado, se adentra en el mundo de la nota roja
para avanzar en la investigación de su tesis. A pesar de la preocupación de su
madre, Raúl mantiene una curiosidad creciente de adrenalina disfrazada por
interés académico. Con base en mentiras y un poco de suerte logra hacer una
ronda nocturna sin compañía, llevándolo a enfrentarse de primera mano con la
violenta realidad del país.
RESEÑA
¿Quién
en México no ha visto, a veces sin querer, el periódico Metro, o el periódico
La Prensa? La nota roja es un registro del horror, sí, pero es cierto que también
es uno de los espacios del periodismo que han conseguido convertir ese horror
en una forma de consumo cotidiano. En sus páginas hay asesinatos, accidentes,
desapariciones, cuerpos tendidos sobre el pavimento y tragedias que, para
alguien, fueron la pérdida irreparable de una persona querida. Pero ahí siguen:
impresas en papel, exhibidas en un puesto, acompañadas de titulares estridentes
que intentan detener al transeúnte. La contradicción salta a la vista: aquello
que nos produce miedo, rechazo o tristeza es, paradójicamente, aquello que nos
invita a mirar.
Lo
primero que hace Mala Muerte, el
cortometraje de Luis Reyes Cantón, es ponerte un periódico como esos en la
cara: un ejemplar de esos tabloides que se venden en cualquier esquina, donde
la nota roja convive con las mujeres semidesnudas en la misma plana. Sangre y
carne, en el sentido más barato y más literal. El mercado de la muerte ajena y
quiénes lo surtimos.
Quizá
ahí habita parte de la fascinación de la nota roja. El crimen y la muerte rompen
la normalidad, y mirar ese quiebre desde una página permite acercarse al
peligro sin estar físicamente dentro de él (incluso eso es lo que nuestro
protagonista aprende, a las malas, durante el cortometraje). Hay miedo, pero
también curiosidad; hay repulsión, pero también el impulso casi inevitable de
saber qué ocurrió. La tragedia ajena puede funcionar incluso como una especie
de espejo: esa persona atropellada, asesinada o desaparecida pertenece a un
mundo que parece distante hasta que recordamos que los accidentes ocurren en
calles por las que transitamos, que la violencia puede entrar en cualquier casa
y que la muerte no necesita una invitación porque es la única asistente
confirmada en la fiesta de nuestra vida.
La
estructura de Mala Muerte es de dos noches y un día, y está clavada con
relojes y horas nocturnas. La primera noche arranca a las 11:56 pm. Cuatro
minutos para la medianoche, si gustan. La segunda muerte, empieza a rodar a las
8:52 pm. El corto marca la hora como si llevara una bitácora forense, lo cual
es coherente con un protagonista que archiva. Entre esas dos noches hay una
mañana luminosa, donde Raúl mete su tesis terminada en un folder y la cuida
como si fuera un recién nacido. Esa mañana es el respiro, y el guion la usa
para prometerte una vida posible: el título, la licenciatura o su mamá
diciéndole “felicidades, licenciado”.
La
arquitectura narrativa funciona por repetición, aunque con variaciones. Primera
noche: Raúl va de copiloto, Manuel maneja, hay policías, cintas amarillas, gente
alrededor y una víctima ya muerta… Segunda noche: Raúl va solo, maneja él, no
hay policías ni cinta, no hay nadie, y la(s) víctima(s) todavía respira(n). El
corto le quita al personaje, una por una, todas las protecciones: el mentor, la
autoridad, el público y, finalmente, la distancia. La escena de Andrea es el
tutorial que el público presencia; la segunda, es el juego sin vidas en el que
él cree llevar la delantera.
Raúl va
rumbo a un “Z3” (clave policial que significa “un atropellado”) por la Lagunilla
fruto de una volcadura (o sea el tipo de nota que ya sabe cubrir). Escucha
balazos, oye patrullas, y decide cambiar de rumbo. Ese giro de volante es el
punto de no retorno porque informar sobre el horror y consumirlo, y convertirte
en parte de él son cosas distintas, y la frontera entre ambas puede ser
extraordinariamente delgada.
Es
cierto que la tradición de la nota roja mexicana ha recurrido durante décadas a
titulares con juegos de palabras acompañados de imágenes difíciles de olvidar,
pero la fascinación que produce conlleva un sacrificio de la dignidad de quien
aparece en la fotografía, o de quien la toma, como se puede constatar durante
el cortometraje.
Cuerpos
tapados, cuerpos sin tapar, un atropellado con media cara ausente y el cerebro
untado en el asfalto, gente quemada hasta quedar irreconocible… El cortometraje,
en momentos, te suspende la narración y te deja sólo con el archivo fotográfico.
Al presentar el horror como fotos y no como escena dramatizada, el corto logra
tres cosas al mismo tiempo: resuelve un problema de presupuesto, replica la
experiencia del lector de nota roja, que también recibe el horror en forma de
imagen impresa y no de acontecimiento, y te vuelve cómplice de todo: tú estás
haciendo exactamente lo mismo que Raúl, mirar fotos de muertos desconocidos con
interés, ya sea poético o mórbido.
El
tratamiento del cuerpo de Andrea, una víctima mortal durante el cortometraje,
merece su propio párrafo. Raúl no fotografía “la escena”. Fotografía los pies,
la cara, el cuerpo, en close-up. Fragmenta. Es la gramática del fetiche,
la misma que usa la publicidad y la misma que usa la pornografía del tabloide
de la primera toma. Raúl es consciente de eso y se resiste, pero hay algo
dentro de sí que lo impulsa a seguir. Raúl convierte a Andrea es un cuerpo
despedazado por el encuadre, no por la violencia y, mientras él fragmenta,
entra el padre gritando el nombre completo, luego el diminutivo, luego el
apodo: “Andrea”, “mi hijita”, “mi Andi”. El sonido hace el trabajo
contrario al de la imagen. La cámara desarma a la muchacha en partes; la voz
del padre la vuelve a armar en una persona con sobrenombre familiar. No es sólo
un cadáver anónimo, sino la hija de alguien. Ese choque entre lo que vemos y lo
que oímos es, para mí, un toque grandioso del cortometraje, que espero haber
interpretado bien.
De la
edición, para mí, lo más interesante es cómo administra la información. Somos
básicamente los protagonistas durante todo el corto, porque cada que Raúl
esconde las fotos, ahí estamos, como testigos de cada acción. Cada que Raúl
miente a su madre, ahí estamos, y conocemos la realidad, las notas detrás de
las fotos… Cuando Raúl ve desde un segundo piso durante su huida, ahí estamos
con él, protegidos por la altura y la oscuridad, mirando algo que no nos
corresponde. Nosotros estamos con él, en la misma butaca elevada. Cuando lo
descubren, nos descubren.
Quiero
volver al título, que es una genialidad, porque trabaja en dos idiomas a la vez
sin cambiar de lengua. “De mala muerte” es, en nuestra habla, un lugar cutre: como
en “un hotel de mala muerte” o “una cantina de mala muerte”. Pero “mala muerte”
en el sentido católico viejo es lo contrario de la buena muerte: morir sin
sacramentos, sin compañía y sin que nadie te cierre los ojos. Hermandades
religiosas han existido durante siglos precisamente para que “ningún cristiano
muriera solo y sin rezo”. En todo caso, en nuestro cortometraje, alguien va a
morir en un cuarto oscuro, sin nadie, y su cuerpo probablemente va a terminar
en la misma plana del tabloide que hojeaba celosamente. Peor: va a morir con el
teléfono lleno de llamadas sin contestar. Eso es una mala muerte en todos los sentidos:
religioso, médico y ético, y el título lo sabía desde antes de que empezara el
corto.
El
motivo que organiza todo, y que no vi venir hasta el final, es la cena. En la
primera escena la mamá le pregunta a Raúl si quiere cenar y él dice que no.
Está encerrado, escribiendo, rodeado de periódicos de nota roja. Después, en la
mañana buena, escribe atrás de una foto: “El muerto llena al vivo de vacío. En
algún lugar la cena se enfría”. Y el final falso es una escena en un
restaurante. La comida que rechazó al principio regresa como fantasía justo
antes de que le pongan la pistola en la cara. El corto le concede al personaje,
durante unos segundos, exactamente lo que despreció: sentarse a la mesa con su
madre. Luego se lo quita. No conozco muchos cortos que logren algo así de
poderoso.
La otra
pieza de genialidad narrativa es la chamarra. Raúl encuentra a un hombre
desangrándose. Le toma la foto primero, conste, eso está en el orden de las
acciones y el orden importa, pero después se quita la chamarra y lo cubre. Voy
a sonar como un obsesionado religioso, pero es parecido al gesto de San Martín
Caballero partiendo su capa para el mendigo, la imagen más elemental de la
caridad en la iconografía occidental. Y es lo que lo termina matando. Dentro de
la chamarra van sus llaves. El sicario la encuentra, la sacude, suenan las
llaves, “¡no mames, cabrón!”, y a partir de ahí lo cazan. El único acto de
compasión del corto es la prueba material que lo condena.
Por
supuesto podría leerse como un chiste nihilista sobre lo inútil de la bondad,
pero creo que el corto apunta a algo más filoso y profundo. Raúl no ayudó a
nadie en realidad. Hizo media cosa: fotografió, tapó, y corrió al primer ruido.
La chamarra no era una ayuda, era una manta sobre un moribundo que necesitaba
una ambulancia. Es el gesto que le permite seguir mirando con la conciencia
limpia. Lo que el guion castiga no es la compasión, sino la compasión tibia, la
que sirve sólo para justificar la cámara.
Manuel,
el mentor, por cierto, se salva, y se salva por la razón más doméstica del
mundo: su esposa le habla, tiene que llevarla a la TAPO, “no se le olvidó lo
que le pidió”. Contesta el teléfono, pero Raúl no contesta el suyo. Las dos
llamadas familiares del corto son una bifurcación: el que atiende a los vivos
se va a su casa, el que los ignora se queda a su suerte. Manuel incluso le
regala el turno, las fotos y el contacto. Le hereda el oficio como se hereda
una maldición en los cuentos, con una sonrisa y sin mala intención.
La
discusión con la madre es el único momento donde el corto expone su tema en voz
alta, y lo hace bien porque les da a los dos la mejor versión de su argumento.
Ella dice: “no es sano que veas esas cosas”. Él: “¿entonces lo sano es no ver y
hacer que no existe?”. Los dos tienen razón y los dos están defendiendo algo
más que sus argumentos: ella defiende a su hijo; él defiende su derecho a
mirar, que también es su coartada. Notemos que él acaba de mentirle: dijo que
las fotos eran de internet, para la tesis. Ella lo desarma con un dato, no con
un sermón: “también están en la cámara”. Tal vez la mamá de este corto es la
única persona que investiga de verdad.
La frase
que Raúl escribe atrás de otra foto, “en los asesinatos se esconde el secreto
del mundo”, es prácticamente un verso tomado de 2666 de Roberto Bolaño, donde se dice que nadie
presta atención a esos asesinatos y sin embargo en ellos se esconde el secreto
del mundo. Sea homenaje consciente o contagio cultural, funciona como
declaración de principios del personaje: Raúl cree que el horror es una puerta
epistemológica, que si mira lo suficiente va a entender algo. En el libro de
Bolaño, la violencia y el mal absoluto son clave, más que hechos aislados o
marginales; es como si el horror cotidiano y su impunidad mostraran la cara
oculta del capitalismo y la modernidad. El corto le concede a Raúl que el
horror sí revela algo. Sólo que lo que revela es que él va a ser el siguiente.
La
comparación obligada de Mala Muerte es Nightcrawler, de Dan Gilroy, y sirve sobre todo
para marcar la diferencia. Lou Bloom es un sociópata en formación que descubre
un mercado y lo optimiza; la película es una comedia negra sobre el capitalismo
de las imágenes. Raúl no es eso. Raúl es un tesista de licenciatura con una madre
que le guarda la cena. Su perdición no es el dinero, es una mezcla más triste
de curiosidad intelectual, necesidad de probarse ante un hombre mayor, y esa
cosa muy de los veintitantos que consiste en confundir la exposición al horror
con la madurez. Gilroy hace una sátira. Mala
Muerte hace una tragedia doméstica.
La
segunda referencia es Blow-Up.
Antonioni también puso a un fotógrafo a descubrir un crimen dentro de su propio
material, y también entendió que la fotografía promete una verdad que nunca
acaba de entregar. La diferencia es de época y también de latitud. En Antonioni
el misterio se disuelve y queda la duda; aquí la imagen sí prueba algo, el
problema es que el fotografiado te devuelve la mirada y tiene en sus manos una
pistola. En la Londres del 66, la ambigüedad era un lujo filosófico. En la
Ciudad de México la evidencia es una sentencia.
Un par
de referencias más, rápidas: la estructura del final, con una escena de paz
cotidiana que resulta ser una alucinación del condenado, viene en línea recta
de “Un suceso en el puente del Búho” de Ambrose Bierce, y de toda su
descendencia audiovisual. Bierce entendió que el segundo que precede a la
muerte puede contener una vida entera, y que la vida imaginada siempre es la
más ordinaria posible: llegar a casa, ver a la esposa o cenar. El otro fantasma
es ético y fotoperiodístico: el caso de Kevin Carter y la niña sudanesa, y la
discusión eterna sobre si el fotógrafo debió soltar la cámara. Raúl hace la
versión menor de esa elección, y el corto lo obliga a pagar por ella con una
literalidad casi de fábula.
Sobre el
marco teórico, basta con mencionar a Susan Sontag, que ya en Sobre la fotografía señaló que
fotografiar es en el fondo un acto de no intervención, y que en Ante el dolor de los demás se
corrigió a sí misma para admitir que las imágenes del sufrimiento ajeno sí
pueden hacer algo, aunque nunca lo que creemos. Las dos posiciones de Sontag
están repartidas en el corto: la madre es la Sontag joven, la de la sospecha;
Raúl es la defensa del mirar. Mala Muerte se queda del lado de la madre,
pero no le da el discurso embellecido, sino que le da la razón por los hechos.
Lo que
hace de este cortometraje una genialidad en todos los aspectos es la precisión
con la que amarra la causa y el efecto. Todo lo que “mata” a Raúl está sembrado
desde el principio y nada de eso parece una trampa del guionista: dice que no a
la cena, se encierra con llave, miente sobre los libros con Santi, miente sobre
el origen de las fotos, olvida la cita médica de su madre, rompe el abrazo, no
contesta la llamada de las 8:52 y, en la calle, frente a un hombre que se
desangra, toma la foto antes de tenderle la chamarra, y corre al primer ruido.
Cada una de esas decisiones es pequeña y perdonable, pero juntas son un
carácter, y el carácter es el destino, que era exactamente lo que decían los
griegos antes de que existieran los tabloides.
El corto
arma su significado en el choque de dos economías. Una es la de los muertos:
cuerpos que valen por el rescate primero y por la foto después, un ciclo donde
el cadáver es insumo y la desgracia es contenido. La otra es la de los vivos:
una madre que hace la cena, un fotógrafo veterano que contesta el teléfono
porque su esposa lo necesita en la TAPO y un padre que grita el nombre de su hija
detrás de una cinta amarilla. Raúl decide vivir en la primera y descuidar la
segunda, convencido de que ahí adentro hay un secreto que vale la pena.
Y luego
está esa frase que Raúl escribió al reverso de una fotografía, sin saber que
estaba escribiendo su propio epitafio: “el muerto llena al vivo de vacío, en
algún lugar la cena se enfría”. La escribió pensando en los desconocidos del
asfalto, en esos cuerpos que la cámara convierte en imagen y que el periódico
convierte en noticia. Pero al final la frase termina hablando de él. Habla de
su casa, de su madre, que seguramente seguirá poniendo la cena en la mesa
durante unos días más, quizá por costumbre.
Con Mala
Muerte, Luis Reyes Cantón construye una tragedia sobre la mirada y sobre el
precio de convertir el dolor ajeno en imagen. Con guiones como éste, constata
uno que el cine mexicano está más vivo que nunca, gracias a las mentes de
talentosos cineastas como él.
REPARTO
Norman
Delgadillo, Elena de Haro, Enrique Arreola, Fernando Rojasbarr, David Zambrano,
Carlos Felipe López, Sofía Gutiérrez, Saúl Paniagua Valencia, Florentino Diego
Camacho Rodríguez, Lydia Sosa, Frank Martínez, Bárbara Marlene, Alioscha Darío,
Haydee Vita, Beto Camacho, Gerardo del Razo, Gustavo Cantú, Víctor Shenielle
EQUIPO
Guion y
Dirección – Luis Reyes Cantón
Centro
de Capacitación Cinematográfica, A.C.
Dirección
de Fotografía – Estefanía Velázquez
Música
Original – Cristóbal MarYán
Producción
Ejecutiva – Gustavo Cantú
Gerente
de Producción – Víctor Shenielle
Coordinadora
de Producción – Gloria González
Unit
Manager – Aissa Grajeda Esquivel
Asistente
de Dirección – Cosme Emiliano Álvarez Solis
2ndo
Asistente de Dirección – Gerardo del Razo
Asistente
de Dirección 2da Unidad – Jorge Leal
2do
Asistente de Dirección 2da Unidad – Luna Martínez Montero
Asistente
de Fotografía – Ian Morales
2do
Asistente de Fotografía – Luis Agustín Galván
Asistente
de Fotografía 2da Unidad – Pierre Clemenceau
2do Asistente de Fotografía 2da Unidad – Erik Aguilera
Loader – Isabel Barajas
Sonido Directo – Diego Chávez
Microfonistas – Lizeth Ochoa, Armando Martínez
Dirección de Arte – Axel Salas
Asistentes
de Arte – Jimena Orrantía, Alioscha Darío, Rebeca Álvarez, Javier Presiado,
Edgar Vázquez, Miguel Santacruz
Vestuario
– Bárbara Marlene
Asistente
de Vestuario – Héctor Domínguez
Maquillaje
– Aura Grafika
Fotografías
– Luis Manuel Acevedo, Luis Reyes Cantón
Key PA –
José M. Valverde
Asistentes
de Producción – Lakshmi Valladares, Ramsés Aguilar
Gaffer –
Sergio “Fu” Zepeda
Staff –
José Luis Sánchez Medina, José Antonio Comunidad Elizalde, Miguel Ángel Zepeda
Cerón, Antonio Jiménez Urbina, Antonio Jiménez Peña, Luis Leonardo Jaramillo
Rodríguez, Julio César de Anda Castro
Encargados
de Planta – Diego Camacho, Juan López
Locación
– Luis Reyes Cantón
Transportación
– Víctor Hernández
Alimentación
– Doña Lidia
Alimentación
2da Unidad – Luis Miguel Reyes
Edición
– Luis Reyes Cantón, Pablo Villalba, Cosme Álvarez
Corrección
de Color – Estefanía Velázquez, David Chávez
Scan 2K – Terminal
Operador de Scanner – Javier Rivera
Coordinación
de Scan – Edith Sánchez
Diseño Sonoro – Félix Cobos, Francisco Hernández




