Reseña | "Mine for a Moment" de Kristian Lever

MINE FOR A MOMENT



SINOPSIS

Tras años de abortos espontáneos, una mujer no puede afrontar otra pérdida y comete un acto irreversible a costa de otra persona.


RESEÑA

Desde que uno escucha por primera vez el título “Mine for a Moment”, puede intuir una especie de sentimiento que, habiendo vivido el cortometraje en su totalidad por fin, se convierte en un anhelo efímero que, incorrecta o correctamente, le da un porqué a todo; porque nuestra historia no comienza con el robo, eso es apenas la punta del iceberg… nuestra historia comienza, muy probablemente, con una mujer que ha construido buena parte de su idea de sí misma alrededor de la promesa de que algún día será madre.

El robo en sí mismo sería suficiente para construir un thriller convencional sobre una mujer desesperada que cruza una frontera moral. Sin embargo, el interés del cortometraje parece concentrarse en un lugar mucho más distinto: en la posibilidad de comprender cómo una persona puede llegar a transformar su dolor en una justificación.

El personaje de Cheryl, esa mujer de la que hablo, me pareció fascinante no tanto por lo que hace sino por lo que no conocemos de ella. Me imagino en ella a alguien que, desde niña, imaginó la posibilidad de conocer al hombre con quien querría compartir su vida y el deseo dejó de ser una fantasía para convertirse en proyecto. Cheryl, en mi imaginación, querría un hijo propio, querría verlo crecer, educarlo para que fuera una buena persona y, tal vez, hacer con él algo tan elemental y tan enorme como dejar el mundo un poco mejor de como lo encontró. Pero entonces su cuerpo empieza a decirle que no. Su cuerpo, con sus injustas limitaciones, comienza a ser para ella un umbral desde el cual ve la lenta desaparición de su versión del futuro. Es decir, su corazón está diciendo “sí”, pero le cuerpo responde “no”.



Todo esto no podemos verlo literalmente en pantalla, pero podemos casi sentirlo viendo a los anhelantes ojos de Gina Fillingham, la talentosa actriz detrás de Cheryl; podemos ver en ella el dolor y la desesperación. Creo que eso es lo que separa a Mine for a Moment de otros trabajos, y justamente también es lo que lo hace mejor: Fillingham consigue, mediante su actuación, convertir el dolor de Cheryl en más que sólo una exhibición melodramática; es una actuación que obliga al espectador a permanecer junto a ella precisamente cuando sería más fácil juzgarla.

Kristian Lever, el brillante director detrás de esta historia, parece especialmente preparado para contar algo así, porque su trayectoria artística se ha construido precisamente en la intersección entre el movimiento, el teatro y la narrativa. Lever desarrolló, antes de dedicarse al cine, una sensibilidad basada en el cuerpo mismo, el ritmo, la tensión y la capacidad de comunicar emociones sin depender exclusivamente del diálogo. Su carrera como coreógrafo le proporciona, en mi opinión, una comprensión particularmente física de la narración, si es que lo que escribo tiene algún sentido. Yo creo que él sabe perfectamente que un gesto puede tener tanto peso dramático como mil líneas de diálogo y que el movimiento puede revelar estados psicológicos que una persona jamás verbalizaría.

Lever ha explicado que el cortometraje no pretende reconstruir literalmente un caso real, sino formular la pregunta de qué clase de duelo podría llevar a alguien a cruzar una línea que, en circunstancias ordinarias, parecería más que inconcebible, además de poner en el foco el tema de los abortos, particularmente por ser un duelo a puertas cerradas, totalmente incomprendido por quienes rodean a quien lo experimenta y que, cuando permanece sin ser superado, procesado o acompañado, puede reducir el mundo de una persona, alterar su juicio y transformar el amor en desesperación.

Es justo esa experiencia la que resulta especialmente pertinente para una historia como la de Cheryl, cuyo conflicto fundamental es interior y cuya desesperación necesita manifestarse físicamente antes que ser explicado, o siquiera meditado con la cabeza fría. A ello se suma que Lever llegó, literalmente, al cine desde una trayectoria que no pasa por una formación cinematográfica convencional, sino que nace de su necesidad de trasladar la sensibilidad que ya había desarrollado en las artes escénicas.



Y es que Mine for a Moment no tiene otro adjetivo que sea superior a ese: sensible. Es una historia sensible, pero poderosa. Muestra una de las más grandes vulnerabilidades y la analiza sin demonizar, sin infantilizar, sin ridiculizar los fines de Cheryl que, aunque incorrectos, son más que humanos.

Y también es justo esa la clave para aproximarse a Cheryl: no como una mujer cuya acción debamos justificar, no, pero tampoco como una villana que podamos despachar con una explicación superficial. Su tragedia es mucho más compleja. Ni Darren, su esposo y principal modelo de justicia en el cortometraje, le juzga así. Cheryl quiere ser madre, pero a fuerza de perder aquello que imagina como su destino comienza a confundirse acerca de lo que significa tener derecho a serlo. Y cuando finalmente encuentra a un bebé, lo que ha sido durante años una ausencia abstracta se convierte de repente en una presencia concreta, la tentación deja de ser imaginable y se vuelve material: el niño está allí, puede tomarlo, puede llevárselo. Para mí, el verdadero conflicto de Mine for a Moment empieza justo ahí: no en el robo, sino en la transformación del deseo.

Aquí el cortometraje toca una cuestión filosófica central: la diferencia entre amar y poseer. Estamos acostumbrados a pensar que el amor legitima las relaciones, y esa idea puede resultar particularmente engañosa en la relación entre padres e hijos. Yo creo que un hijo no es una propiedad, los padres tienen responsabilidades respecto de sus hijos, derechos y obligaciones vinculados a su cuidado, pero el niño no deja de ser una persona independiente. Es necesario entender esta distinción para comprender la conducta de Cheryl. Ella puede estar convencida de que será una excelente madre; puede incluso tener razón, puede ofrecerle al bebé amor, estabilidad, educación y protección, sin embargo, nada de eso convierte al niño en suyo. Me parece particularmente importante conversar esta idea porque existe una tentación narrativa muy fuerte de absolver a Cheryl mediante una comparación entre ella y la madre biológica: si ella es negligente o cruel, podemos sentir que el bebé estaría “mejor” con Cheryl. Es una tentación comprensible, pero moralmente insuficiente. La bondad de una intención no crea automáticamente un derecho.

Es triste vivir en un mundo así, pero si aceptáramos que cualquier persona pudiera apropiarse de un niño porque consideráramos que podría criarlo mejor que sus padres, estaríamos sustituyendo la idea de protección por la de competencia. Y digo que es triste porque ¿quién decide quién es un mejor padre?, ¿la persona con más recursos… o tal vez la más cariñosa? ¿…o tal vez la más estable, o la que desea más intensamente al niño? El problema es que un ser humano no puede convertirse en el premio de esa competición. Sin un niño está siendo verdaderamente maltratado, debe ser protegido; pero protegerlo y apropiárselo son acciones radicalmente distintas.



El cortometraje, que ya me ha dado muchísimas ideas que debatir y discutir, al situar a Cheryl ante un bebé cuyos vínculos anteriores existen, aunque nosotros no los conozcamos en toda su extensión, hace evidente que el niño no es ni será nunca una hoja en blanco disponible para quien quiera escribir sobre él una vida distinta.

No me canso de alabar lo mucho de lo que uno puede hablar sobre Mine for a Moment. Eso, creo firmemente, viene del genio de su director y escritor, Kristian Lever. Porque sólo de su mente podría venir que sea especialmente interesante que Cheryl no robe al bebé desde una posición de poder, sino desde la devastación. Su vulnerabilidad no disminuye la gravedad del acto, pero sí modifica nuestra relación con ella como espectadores. Nos obliga a participar en una incomodad moral mucho más productiva que la simple condena. Podemos entender por qué Cheryl hace lo que hace y, al mismo tiempo, considerar que no debería haberlo hecho. Una de las mayores virtudes del cortometraje es que sabe a la perfección que la empatía no tiene por qué equivaler a absolución.

Comprender las causas de un acto no significa convertir esas causas en una defensa moral. En la vida real hacemos esta distinción constantemente. Podemos comprender por qué alguien traiciona, miente, roba o lastima y, sin embargo, reconocer que ese acto tuvo consecuencias que no desaparecen simplemente porque encontremos sus raíces emocionales. Con Cheryl ocurre algo semejante: sus pérdidas explican la dirección de su desesperación, pero no le conceden permiso para utilizar a otro ser humano como respuesta a su dolor. El bebé no causó ninguno de sus abortos, ni provocó su soledad, ni eligió las circunstancias familiares en las que nació, o pidió convertirse en el sustituto de los hijos que ella perdió. Y, sin embargo, termina pagando el precio de aquello que ella necesita resolver. Ésa es quizá la ironía moral más dolorosa: precisamente la persona sobre la que Cheryl deposita todo su amor es la persona a la que primero le niega el derecho a permanecer en su propia historia.

Finalmente, especialmente significativa es la ausencia del esposo. No sabemos todo lo que ocurre en su relación, pero sí sabemos que él trabaja muy arduamente y que el último embarazo se pierde mientras él está fuera. La distancia adquiere entonces una dimensión emocional muy fuerte. La escena final, por esa razón, me parece mucho más significativa que el robo en sí. Cheryl se desmorona y llora desconsoladamente… un llanto que puede contener culpa, miedo, vergüenza, duelo, arrepentimiento y, sobre todo, una nueva pérdida. Ella vuelve a convertirse, de manera brutal, en la mujer que pierde. Durante un momento había conseguido escapar de esa identidad. Ya no era la mujer que sufrió abortos recurrentes, la mujer que regresaba a casa sin el hijo que esperaba o la mujer cuya maternidad parecía siempre aplazada. El título vuelve a operar con una precisión extraordinaria: el bebé fue “suyo” solamente por un momento, y quizá esa brevedad sea precisamente lo que hace más dolorosa la experiencia. Ella no está únicamente a punto de perder al niño; está a punto de perder la fantasía de que, después de todo, su vida podría haber sido diferente.

Es precisamente en ese punto donde la decisión musical de Kristian Lever adquiere una importancia extraordinaria. La incorporación de “Marazion (50.127932, -5.474548)” durante la escena final y su prolongación sobre los créditos, me parece una de esas elecciones musicales que pueden modificar retrospectivamente la lectura de todo un filme. La pieza forma parte de Preservation, el proyecto de KEYNVOR realizado junto con el compositor y músico argentino Sebastián Plano. Lo particularmente fascinante es que KEYNVOR no era concebido como un artista convencional: el nombre procede del córnico para “océano”, y el proyecto surgió precisamente de transformar en música la presencia del Atlántico y de utilizar esa relación para generar conciencia sobre la preservación de las costas. Esa lectura se vuelve todavía más poderosa cuando recordamos que la pieza pertenece a una obra que transforma el movimiento del mar en sonido; la película, en cambio, muestra a una mujer incapaz de detener el movimiento de la pérdida. Es como si la música introdujera una naturaleza que funciona según leyes distintas a las de los personajes: el mar avanza y retrocede sin culpa, sin intención, sin preguntarse a quién deja o a quién devuelve. Cheryl, por el contrario, quiere detener aquello que constantemente se le escapa. Su deseo es una lucha contra el carácter irreversible de la experiencia humana. Quiere que algo permanezca. Quiere que esta vez algo se quede con ella. Y la música, con su cualidad flotante y su continuidad sobre los créditos, parece negar justamente esa posibilidad de fijar el tiempo. El bebé estuvo con ella por un instante y después debe desaparecer de sus brazos. Ahí encuentro una utilización particularmente elegante de la banda sonora: no ilustra literalmente la tristeza de Cheryl, sino que amplía el espacio emocional de la escena hasta convertir un conflicto íntimo en algo casi elemental, como si el dolor de esta mujer perteneciera a una experiencia mucho más antigua que ella: el deseo humano de conservar aquello que inevitablemente se pierde.

Al final, para mí, Mine for a Moment habla de la naturalidad con la que el director se esfuerza por abordar temas universales, habla de una clase de frontera mucho más universal que la que separa lo legal de lo ilegal: la frontera entre querer y tener derecho, entre cuidar y poseer, entre amar y apropiarse. Como lo dijo alguna vez sabiamente la madre de Kristian Lever: “el amor más hermoso, es el amor trágico”. Yo no podría haberlo dicho mejor.

 

REPARTO

Gina Fillingham, Celyn Jones, Emma Johnsey-Smith, Rebecca Todd

 

EQUIPO

A film by Kristian Lever

Producer – Benjy Alfreds

Associate Producer – Fabrizio Merciai

Director of Cinematography – Iika Salminen

Production Designer – Ugnė Kriščiūnaitė

Sound Designer – Marco Saitta

A Klever Creatives Production

In Co-Production with Fermento

Screenplay – Kristian Lever

Script Supervisor – Abs Mboob

First Assistant Director – Gabriel Lippe, Samuel Fullerton

Third Assistant Director – Mia Huttler

First Assistant Camera – Cristina Cretu

Second Assistant Camera – Maria Mölsä

Gaffer – Greg King

Spark – Matthew Edge, Scott Tolladay

Sound Mixer – Andrea Cremonini

Boom Operator – Pierluigi Papaiz

Sound Assistant – Oscar Perez

Make-Up Artist – Mickey Wolf

Wardrobe – Melanie Zaft

Colourist – Walter Volpatto

BTS Photographer – Jack Zabaroff

Baby Chaprone – Joanna Davies

Prop Car – Carter Cohen