Reseña | "The Circus Lion" de Tigran Tovmasian
THE CIRCUS LION
SINOPSIS
La
única salida de un joven luchador de su pueblo sin futuro, y del trauma
vinculado a él, es abrirse paso a base de lucha hasta llegar al equipo
australiano. Sin embargo, cuando sobreviene una tragedia inesperada, su lucha
por escapar se vuelve hacia su propio interior, atrapándolo junto a ese mismo
trauma del que no puede huir.
RESEÑA
The
Circus Lion es un
cortometraje dirigido y protagonizado por Tigran Tovmasian, talentoso y
apasionado cineasta armenio originario de Blacktown, Sídney Occidental.
Justamente fue en Sídney donde él se formó como actor con la famosa técnica Meisner
y, aunque él nunca dijo en ninguna entrevista que hubiera filmado The Circus
Lion con esa lente, quisiera enfocarme en ella un poco.
La
idea que Sanford Meisner repetía a sus alumnos es que actuar es vivir con
verdad dentro de circunstancias imaginarias, siendo lo que importa escuchar al
otro y responderle de verdad, sin ensayar reacciones en la cabeza. Un actor
entrenado desde esa perspectiva desconfía de la emoción fabricada y busca la
que nace cuando alguien le mira, le toca o le rechaza.
Con
eso en mente, para mí, el cortometraje cambió de forma. Una historia sobre un
joven que no quiere escuchar se vuelve casi un tratado sobre la técnica contada
al revés. Me explico: Samvel, nuestro protagonista, se pasea por las fiestas
sin conectar de verdad, entrena más cuando algo le lastima y mantiene a todos a
distancia, incluso a su propia madre. Es el actor que está en escena y no
recibe nada de nadie, ni de amigos ni de familiares. Y por fin, cuando se
acerca a Jasmine, lee mal el momento e intenta besarla. Para un actor Meisner,
ese fallo es algo que leerías “de manual” porque, a final de cuentas, Sam actuó
una intención en lugar de responder a lo que ella le estaba compartiendo. Que
sea justo ahí donde The Circus Lion hace tropezar a Sam me parece la
gran clave de su arco narrativo, porque lo que Sam aprende al final, según el
propio director, es el dejar entrar a los demás. Aprende, definitivamente y en
pocas palabras, a escuchar.
Sam,
durante el cortometraje, practica lucha libre y, también visto desde la
perspectiva que comparto, cobra otro peso. Dos cuerpos agarrados, empujados,
arrojados al suelo en lucha, no pueden fingir; cada empuje exige una respuesta
inmediata, sin pensar y sin pausa, y eso es lo que Meisner buscaba con sus
ejercicios de repetición. Tovmasian entrenó por seis meses a los actores que
hacen de luchadores y cuenta que la alegría que se les ve en cámara es genuina.
Es decir, el director tampoco dirigió una coreografía, sino que preparó una experiencia
real. No tengo preguntas: para alguien con su formación, tiene todo el sentido
del mundo.
También
quisiera hablar del león. Visto desde esta escuela, el animal enjaulado es un impulso
al que no dejan salir, el tipo de energía contenida que reconoceríamos en
personas bloqueadas. Sam es poderoso. Está encerrado. The Circus Lion,
con su cuadro y su blanco y negro, funciona como un cuerpo que se restringe en
un intento de no sentir.
Tovmasian
escribe, dirige, produce y además actúa en el centro mismo del plano. Tiene que
estar, literalmente, dentro de la escena respondiendo con verdad a sus
compañeros y, al mismo tiempo, vigilarla desde afuera. Él mismo reconoce que le
costó delegar y cambiar de rol, y creo que sí. Pero esta tensión, ese hombre
atrapado entre el instinto y el control, es básicamente la tensión nuclear del
personaje.
Así
que con esa idea en la cabeza empiezo. Quiero mirar cada escena preguntándome
quién escucha a quién, quién se protege y quién, por fin, se deja afectar.
Lo
primero que pienso al repasar The Circus Lion es que sus mejores
decisiones son las más sencillas: su formato de imagen, su ausencia de color…
Son veinte minutos en los que no sobra ni falta absolutamente nada.
Como
ya dije, Samvel es un luchador de Blacktown que ve en el equipo australiano su
única salida de un pueblo que le asfixia. La muerte de su padre convierte esa
carrera hacia la libertad en una pelea contra el duelo mismo y las conexiones
interpersonales. La historia, aunque sencilla, empezó desde un apasionado deseo
de Tovmasian de impulsar su carrera de actor y se convirtió en un acto de
enamorarse de dirigir. Incluso antes de todo eso fue judoca y luchador de terca
determinación. La historia de The Circus Lion nace de ese cruce, con su
mentor Billy Milionis como productor creativo. Por eso creo que es esencial.
Nace de la vida misma.
Hay
además un contexto geográfico que para los extranjeros como yo podría pasar
desapercibido, pero que debemos considerar porque, en mi opinión, engrandece el
trasfondo de la historia. En Australia, el estigma persigue a Sídney
Occidental. Mucha gente califica injustamente a los residentes como “bogans” o “Westies”
y los vuelve objeto de prejuicios sociales. Aunado a eso, se habla de
marginalidad, criminalidad, delincuencia y un acento blanco de burlas o
parodias. Yo creo que nadie tiene más derecho a contar la historia de un lugar
que sus propios habitantes, y Tovmasian no muestra en The Circus Lion
una Sídney Occidental de chiste, sino la real, la compleja y valiosa. Tovmasian
filma, en la medida de sus herramientas, la verdad que él conoce.
Leo
el corto en dos tiempos. En el primero Sam sube: entrena, sostiene el plan de huir
de Blacktown, se pelea con su propia torpeza social en fiestas donde no encaja,
se acerca a Jasmine, la única persona con la que parece relajarse y lo
interpreta todo mal. En el segundo cae: ocurre la tragedia, y la lucha, “se
vuelve hacia adentro”. Entre ambos hay una pieza que me interesa más que el
resto: el sueño del león. Es la única vez en que el corto sale del realismo y muestra
con imágenes lo que Sam no puede decir. Tovmasian lo resume como “el ajuste de
cuentas, la decisión, el renacimiento”. Yo diría que es una estructura de tres
golpes muy clara.
El
blanco y negro y el formato 4:3 son las dos decisiones más notorias. Tovmasian
las explica sin rodeos: quería que el espectador sintiera la compresión del
personaje, la sensación de estar encerrado por el entorno, el pasado y el
dolor. Un cuadro casi cuadrado deja poco aire arriba y a los lados y el
encuadre hace el trabajo de la metáfora sin explicarla.
Dicho
esto, sólo tengo una opinión que dista de la del director, pero como bien se
dice, para gustos, los colores: Tovmasian sostiene que quitar el color elimina
cualquier filtro romántico. Tal vez es porque yo soy un romántico incurable,
pero creo que el blanco y negro, suele hacer lo contrario: dignifica, da
pátina, vuelve gravedad lo que a color sería simple un suburbio. Que el mismo Tovmasian
describa la película como una carta de amor a Blacktown me parece curioso
porque demuestra que la tensión existe y que él, quizá sin proponérselo, la
habita.
La
música es obra de Arman Aloyan, a quien el director describe casi como coautor
del tono. El duduk, dice Tovmasian, le da aliento al duelo de Sam; el dhol,
aporta latido y urgencia. Instrumentos que vuelven a manos armenias, dotando al
cortometraje de voz propia. Sé que esta reseña sonará a anuncio publicitario,
pero es que piezas como “Fight Pt. 2”, “Epilogue” o “Rebirth” (mi favorita) no
puedo hacer más que recomendarlas. Están disponibles en todas las plataformas
digitales. Creo que enaltecen la visión de Tovmasian y dotan al cortometraje de
una sensación digna y conmovedora.
Los
personajes no se quedan atrás: Sam es el león, y el director lo dice sin pudor.
Jasmine funciona como la puerta que él no sabe abrir; me parece revelador que se
acerque a ella con un beso mal calculado, como si la intimidad fuera una llave
que se ejecuta y no algo que se escucha, lo cual, en mi lectura, encaja con un
chico entrenado en técnica y no en ternura. El entrenador está inspirado en
John Withers, el entrenador real de Tovmasian ya fallecido, y el corto lo honra
con la frase “el dolor es tu amigo”, que el director tardó diez años en
entender (y creo que también todos nosotros, según progresa nuestra vida y
nuestras experiencias). “Todo gran sufrimiento te moldea en la persona en la
que estás destinado a convertirte”. El compañero de equipo que, al ver el
circo, comenta la diferencia entre los ojos de un león enjaulado y los de uno
salvaje, dice en voz alta lo que el cortometraje ya mostró. Y la madre, adolorida,
completa una casa donde nadie puede sostener a nadie.
El
tema que más me convence es el de la fuerza mal entendida. Tovmasian creció en
una familia de soldados y deportistas, empujado al judo y la lucha desde niño,
y dice que vio tanto lo que esa educación da como lo que, inevitablemente,
lastima. Samvel confunde fortaleza con aguante y resistencia. Entrena más
cuando le duele, se aísla, rechaza que nadie se acerque. El propio director
confiesa haber pasado años negando el cariño de los suyos y llamando “fuerza” a
esa distancia, una masculinidad torcida que tuvo que desaprender. No hay nada
que requiera más de nuestra determinación.
El
corto también trata, según Tovmasian, del suicidio juvenil. Dice que le
gustaría mostrar a los jóvenes cercanos a él que ha perdido por esa causa el
amor que siempre estuvo a su alrededor, y el vacío que dejaron tras su partida.
La
tesis del corto cabe en una línea: dejar de huir del trauma y empezar a correr
hacia el propósito. Me gusta como frase y me parece limpia como conclusión.
Dudo de que la vida funcione tan prolijamente, aunque quizá no tenga por qué:
un corto de veinte minutos necesita una dirección, y esta es honesta y más real
que miles de otros cortometrajes, todo fruto de Tovmasian. Lo que sí encuentro
valioso es que no sea una curación mágica. Tanto la sinopsis como el director
hablan de alguien atrapado “junto a un trauma que no puede dejar atrás”, y eso
es más inquietante que cualquier redención.
Tovmasian
es hijo de dos armenios que emigraron a Australia hace unos treinta años.
Cuenta que sentía ir siempre detrás, tener que ponerse al día para parecer
normal según el contexto australiano. El deporte, dice, le dio una voz. Ese es
el cimiento del corto, y creo que se siente en su insistencia. También hay una
regla no escrita que él menciona: “sé agradecido, baja la cabeza, no sueñes
demasiado alto”. Lo que más me gusta es que no presenta tal regla como villana.
Sus padres, que empezaron de cero, le decían que podía ser lo que quisiera si
daba todo. No podría haberlo dicho mejor.
Tovmasian
cuenta que se sentía como un león de circo en Blacktown, a miles de kilómetros
de su verdadero hábitat. Esa frase, leída con la historia armenia detrás,
convierte al animal enjaulado en una figura de diáspora: no es sólo alguien
atrapado, es alguien fuera de lugar. Recordemos que el pueblo armenio es uno de
los que más podrían identificarse con esa metáfora: han sido víctimas de violencia,
como durante el Genocidio Armenio, o imposiciones y bloqueos económicos fruto
de la crisis de los 90s o de la caída de la Unión Soviética. El león tiene
además un peso heráldico en la tradición armenia (aparece en el escudo de armas
actual del país). En términos de mito, Sam rechaza primero la “llamada” o premonición
(quienes ya vieron el cortometraje me entenderán), se aleja del circo por miedo
a romper las expectativas y sólo después vuelve a él.
La
religión no es un adorno en The Circus Lion. Que Sam rece al dormir y se
persigne antes de combatir encaja con lo que Tovmasian dice de su propio
proceso: atribuye a Dios los momentos clave de la producción, y afirma que la
intuición de que algo merece hacerse es “Dios hablando”. La película no
predica, pero tampoco finge un mundo sin fe. Yo mismo soy cristiano y, aunque
no soy el más religioso, también creo que hay mensajes fuera de nuestra
comprensión que nos guían.
El
mejor reflejo del corto es su propia existencia. Tovmasian actúa, dirige y
produce una historia en la que un joven encerrado por su entorno vuelve a
abrirse. Samvel vuelve al circo, y el director vuelve a Blacktown. Su poema de
presentación, dirigido al hogar que odia(ba) y ama, lo dice con todas las
letras: hizo el cortometraje como carta de amor a un lugar que no quiere
olvidar y que espera que no lo olvide.
The
Circus Lion es una obra que
apuesta por la contención como forma. El cuadro casi cuadrado, la valla, el
blanco y negro, el pueblo pequeño: todo dice encierro. Contra eso suenan el
duduk y el dhol, que son, por un lado, lamento y, por otro, pulso de una cultura
que no se rinde. Entre ambos polos vive Sam, un hombre que pensaba que irse era
la solución y descubre, mediante una pérdida terrible, que lo que lleva dentro
viaja con él.
REPARTO
Tigran
Tovmasian, Frances Duca, Kelsey Jeanell, Panda Likoudis, Justin Holland, Alex
Griffith, James Beckwith, Hilton Terewaamu, Anastasia Hobbins, Joshua Nichols, Jack
Gyles, Naji Trad, Cyrus Noble, Adi Ashur, Gap Cao, Leah Pan, Carlos Arellano, Trent
Jag, Noah Stevenson, Leon Hu, Martina Tsang, Mitchel Purkis, Abhishek Joshi
EQUIPO
A film by Tigran
Tovmasian
A Lion’s Den Picture
Producer – Daniel Havas
Creative Producer – Billy
Milionis
Editor – Sally Broad
Cinematographer –
Daniel Havas
Additional
Cinematography – Stanislav Salnikov
Production
Assistants – Bethany Dewhurst & Chloe Atteya
Score & Sound
Design – Arman Aloyan
1st AD –
Lorraine Hong
2nd AD –
Cristian Diaz
Runner – Benjamin Cooling
Continuity – Louis
Bee, Shanel Dilip
Gaffer – Steven Lattuca
Director’s Assistant
– Emily Chiffley, Gabriella Colombo, Hannah Kelt
Costume Design –
Anastasia Hobbins
BTS Videographers –
Rachel Wan, Edwin Goh
Song “The Circus Lion” – Frederico Star feat. Karim Hayek



