Reseña | "I Will Be Alright (همه چیز برام خوبه)" de Cyrus Neshvad
I
WILL BE ALRIGHT
همه چیز
برام خوبه
SINOPSIS
Ante
la perspectiva de ser deportada al régimen iraní del que huyó, la refugiada de
dieciséis años Laïla encarna a la Estatua de la Libertad en una tierra donde su
única libertad es un disfraz.
RESEÑA
Es
curioso que una estatua viviente viva de ser mirada y, a la vez, de que nadie
la mire de verdad. Necesita público, pero un público que se detenga en la
superficie: en la pintura blanca, en la pose, en el gesto de alzar la antorcha
cuando una moneda cae en la caja. Si alguien reparara en la persona que hay
debajo, el número, el acto, se vendría abajo. I Will Be Alright (همه چیز برام خوبه) arranca en esa paradoja.
Bajo
el maquillaje hay una chica iraní de dieciséis años, Laïla, que ha convertido
la inmovilidad en un método de supervivencia. Cuando dos oficiales empiezan a
pedir documentos entre los transeúntes, la película apenas necesita explicarse:
vemos a Laïla darse cuenta de que están ahí, corre hacia su madre, intentan
irse y los oficiales se acercan. Entonces la madre, que sabe que la fuga ya no
es posible, da una orden que es a la vez un gesto de ternura y un reglamento a
su hija: vuelve a tu sitio de estatua y no te muevas. Le pide, además, una
promesa, la de que estará bien. El título de la película es esa promesa
devuelta. Pero vamos en orden.
Quien
carece de papeles aprende que el único refugio es la quietud, pasar
desapercibido, y que ese refugio, para funcionar, debe desplegarse, paradójicamente,
en público, bajo la luz, ante decenas de ojos. Laïla lo explicará más tarde con
mucha sencillez: cualquiera puede hacer de estatua, pero ella lo hace para
vivir; si se mueve un milímetro, muere. La frase podría sonar a exageración
retórica y no suena así, porque la dice sin énfasis, como quien describe un
horario de trabajo. Para ella no es una metáfora.
El
cine ha explorado a menudo la clandestinidad como actuación, el cuerpo vigilado
que se disfraza “de paisaje”. Aquí la idea gana una agudeza particular por el
oficio elegido. Un mimo callejero ofrece un espectáculo; Laïla ofrece un
camuflaje que, además, se cobra. Quien deja caer la moneda cree comprar un simple
instante de ornato urbano; cuando lo que compra, sin saberlo, es el trabajo de
una persona que se esconde delante de él. La transacción entera descansa sobre
un malentendido, y la película lo entiende desde el primer plano: el niño que
pide a su madre una moneda para la estatua es la única figura de la plaza que
mira con inocencia, y su mirada convive, a pocos metros, con la de los
policías, que miran con método.
Se
mira lo que divierte, lo que conmueve a bajo coste, lo que se deja contemplar
sin reclamar nada, pero a la vez se mira lo que no encaja, lo que no se parece
a la imagen que el lugar tiene de sí mismo. Laïla ocupa el punto exacto donde
ambas miradas se cruzan. Es objeto de la primera y fugitiva de la segunda, y su
cuerpo tiene que satisfacer a la vez las exigencias de las dos: ser lo bastante
visible para cobrar, lo bastante opaca para no ser vista.
En
una conversación pública sobre la película, Neshvad contó que buscó a dos
actrices de complexión semejante y de aspecto opuesto: una de pelo y piel
oscuros, la otra muy blanca y rubia. Quería que la diferencia se leyera al
instante, sin comentario alguno. Cada vez que Laïla y Nathalie comparten
encuadre, el contraste de color funciona como un dato previo a cualquier
diálogo, una frontera que se ve antes de cualquier otra cosa.
Conviene
tratar con prudencia las explicaciones de autor, que suelen ser más ordenadas
que las películas y cortometrajes. Esta, sin embargo, ilumina algo que la
imagen ya sugería: el disfraz de Laïla es, en un sentido literal, una “operación
de blanqueamiento”. Para que el público la acepte, es decir, para que le pague,
tiene que cubrirse de blanco y encarnar el símbolo de una libertad que la
sociedad que lo celebra no concede a los cuerpos, a la piel, a la cultura, como
las suyas. Neshvad lo formula con una imagen más interesante que otras suyas:
en Irán las mujeres viven bajo una sombra, se ocultan unas bajo otras para
existir, y la chica de la película lleva una sombra blanca. Dos coberturas con una
misma función.
La
equiparación no es perfecta, y por eso funciona mejor como pregunta que como
afirmación. El velo impuesto y la pintura aceptada por necesidad no pesan lo
mismo; uno lo dicta un régimen, la otra el mercado. Lo que el director señala
es que ambas son maneras de aparecer en el mundo bajo condiciones ajenas, y que
una mujer obligada a elegir entre dos disfraces tiene poco que ver con lo que
el monumento promete. Cuando Laïla se frota las manos y la cara junto al río
para quitarse el blanco, el gesto tiene algo de ablución y algo de
desollamiento. Es el único momento en que la película la deja ser nadie en
particular: solamente una adolescente cansada que se lava.
El
símbolo escogido arrastra su propia historia, con la que el cortometraje
dialoga sin necesidad de abordarla directamente: la estatua que Nueva York
convirtió en puerta simbólica de millones de inmigrantes sostiene una antorcha,
a la que la película da una llama real que tiembla, y lleva en su pedestal un
soneto que invita a acoger a los cansados y a los pobres. Trasladada a una
plaza luxemburguesa y reducida a oficio de una refugiada, la figura invierte su
sentido sin cambiar de apariencia. El monumento que daba la bienvenida es ahora
la máscara de quien no la ha recibido. Nadie tiene que decirlo: lo dice el
desajuste entre lo que Laïla representa y lo que Laïla puede.
Neshvad
insiste además en el lugar. Que todo ocurra en Luxemburgo importa, según él,
porque se trata de uno de los países más ricos de Europa, y la crueldad pesa
más donde no existe excusa material para ella. La premisa admite discusión,
porque la riqueza no agota las razones por las que un Estado endurece sus
controles y la película, con buen criterio, no se arriesga a explicarlas, pero
el efecto visual de la decisión es indudable. Una plaza de mercado donde los
ciudadanos circulan sin prisa produce un contraste con el miedo de Laïla más
elocuente que cualquier paisaje de desolación y miseria. Es la geografía de la
prosperidad convertida en dispositivo de vigilancia: donde todo está tan bien
dispuesto, quien no encaja se distingue de inmediato.
La
escena de la detención es lo mejor del cortometraje, no exactamente por lo que
sucede, sino por su increíble peso. Los oficiales revisan el pasaporte de la
madre y constatan que debió abandonar el país seis meses atrás. Ella pide que
no se involucre a su hija, que tiene sólo dieciséis años. Le contestan que la
hija también será devuelta. La madre se arranca el collar y lo ofrece: es de su
familia, vale mucho. Uno de los policías informa por radio de que la hija sigue
pendiente. La mujer insiste, ya sin dignidad que cuidar, en que si la devuelven
la arrestarán y probablemente la ejecutarán, porque ambas se opusieron al régimen
de los mulás. Y el policía responde llanamente que es la ley.
El
intercambio que viene después ocupa dos líneas y condensa una teoría fascinante
del Estado. La madre dice que las leyes deberían proteger a la gente. El
policía replica que “a quienes protegen es a nosotros”. Todo el peso de la
frase recae en ese pronombre. La ley protege a quienes cuentan como parte de un
«nosotros», y la tarea de los controles de identidad consiste precisamente en
decidir, plaza por plaza y cara por cara, quién queda dentro, quién es «nosotros».
Quiero aclarar que no hay en el policía rastro de sadismo. Su frialdad es la de
un funcionario que cumple un mandato, y cuando más adelante sostenga que ellos
no son jueces, que se limitan a hacer cumplir la norma, la película habrá
mostrado ya lo que esa excusa vale.
Sin
embargo, lo que sigue complica todo. El agente le dice a la madre que sus
archivos indican que mató a alguien en Teherán. Ella se queda paralizada, lo
mira, y el hombre está a punto de descubrir a la hija escondida bajo su pintura
cuando la mujer estalla: iba a morir, pero decidió vivir; ¡¿ven esta cicatriz?!;
un hombre al que ni siquiera conocía quiso estrangularla porque no mantuvo los
ojos bajos; eso es lo que ocurre en Irán. El grito cumple tres funciones a la
vez. Es un testimonio, es una explicación y es un señuelo. La madre dice la
verdad y, mientras la dice, protege a su hija. La película no nos deja escoger
cuál de las tres es la principal.
Tampoco
resuelve el asunto del homicidio, y yo agradezco que no lo haga. Un guion más
pedagógico habría ofrecido una escena de flashback, una justificación, un matiz
que nos permitiera absolver con comodidad a la madre. Neshvad deja que la
cicatriz y el grito sugieran una causa y se niega a convertirla en veredicto
absoluto. Me pide algo difícil como espectador: sostener a la vez que una
persona mató a otra y que esa misma persona es, para su hija, el acto de amor
más grande que conoce, sin dictaminar nada. Estoy seguro de que hay
espectadores a quienes eso incomodará. A mí me parece lo más honesto, porque la
ley que juzga y el régimen que persigue comparten la costumbre de reducir una
vida a un simple número, y el cortometraje se niega a hacer lo mismo con ella.
Lo
más devastador de la secuencia, sin embargo, es una decisión de mirada. La
madre es arrestada y conducida lejos sin volver nunca los ojos hacia su hija,
ni de reojo, para no delatarla. Hay un eco deliberado o fortuito, no sabría
decirlo, entre esa renuncia y la frase de la cicatriz. En Irán, bajar los ojos
era una sumisión exigida bajo amenaza de muerte; aquí, no mirar es una elección
libre y un acto de amor surgidos de la madre. La misma privación del gesto
cambia de signo según quién la manda. Más tarde, en el coche de la policía, “Laïla”
irá con la cabeza gacha y la mirada baja, y el agente interpretará ese gesto a
su manera, pero para entonces el espectador ya sabe que hay muchas maneras de
bajar los ojos y que no todas significan rendirse. Esa es la magia del talento
de Cyrus Neshvad.
La
madre deja a su hija un paquete: el collar, el pasaporte de la chica, una nota
escrita en persa que dice te quiero, todo envuelto en una tela y tirado en la calle,
a la vista de cualquiera y destinado a una sola persona. El collar que como
soborno fracasó funciona como única herencia. Esa inversión, tan sencilla,
cuenta más sobre lo que vale cada cosa en cada economía que muchas conferencias
sobre refugio.
Laïla
vive bajo un puente, en una tienda de campaña, junto a un río. Tiene la maleta
preparada: se va esa noche. Mientras se quita la pintura ve cómo una chica de
su edad se arroja al agua desde lo alto. Es la única testigo. La película se
concede entonces una pausa: Laïla lo piensa y, aún con todo en contra, deja la
maleta y se mete en el río.
La
decisión cuesta algo, y la película lo sabe. Laïla pierde el autobús. Pierde,
por tanto, la noche en que podía salir de Luxemburgo antes de que la
alcanzaran. Cuando ambas, empapadas, se sientan en la tienda, Nathalie pregunta
por qué la ha salvado. Laïla, que dice en inglés no comprender el idioma local,
recibe de Nathalie un cambio de lengua: la chica pasa al inglés y le atribuye
lo que seguramente ha pensado, que “qué niña tan mimada, tirarse de un puente
teniendo una casa a la que volver”. Laïla contesta, sin dureza, que se preguntó
en qué situación puede encontrarse alguien para escoger la muerte como
solución.
El
inglés, por cierto, funciona en toda la película como una lengua de nadie, una
lengua franca en la que las dos chicas se encuentran porque ninguna está en la
suya. Neshvad ha dicho que no quiso perder la idea de que la historia ocurre en
Luxemburgo y por eso dejó que el multilingüismo del país entrara en el relato.
Lo ha hecho mejor de lo que cuenta: el plurilingüismo sirve también para
recordar que la comunicación entre quienes no comparten un hogar exige siempre
una concesión de terreno.
Lo
que ocurre bajo esa tienda lo interpreta el director con una imagen de fuego.
Según su lectura, es la primera vez que las dos chicas son libres: Laïla porque
no lleva puesto el maquillaje de la estatua y puede ser ella misma, y Nathalie
porque, por esa noche, ha dejado de querer morir. Quiso que hubiera una vela
encendida allí dentro, con el viento afuera, para que la llama de la antorcha
de la estatua estuviera también bajo el techo de lona. La idea es bella. Mi
reserva es que la libertad de esa tienda me parece, antes que libertad, una
tregua, un paréntesis en el que dos personas cansadas descansan de sus miedos
respectivos. La película es más interesante cuando entiende eso, cuando no
promete más que una noche.
Y
entonces entra el padre. Tom Gaubig interpreta a un hombre al que su hija le
reprocha, con una frase que duele por pequeña, que sólo aparece en la casa para
llegar en mal momento. Es el mismo policía que detuvo a la madre de Laïla. Que
ambas historias se toquen de ese modo es la mayor concesión del guion a la
casualidad, y quien se resista a ella tendrá argumentos. Me parece una
coincidencia que se nota, una “bisagra que rechina”. Sin embargo, la
coincidencia hace un trabajo moral que ninguna otra solución haría: obliga a un
agente del sistema a ver su propia casa desde dentro, a reconocer en la amiga
de su hija a la persona que acaba de volver sospechosa por oficio.
La
foto que el policía le enseña a Laïla en el coche, el día siguiente, cuando la
ha detenido otra vez en su pose de estatua, es la escena que más me ha hecho
pensar en cómo el guion distribuye el dolor. Él le muestra a su esposa y a su
hija, retratadas dos años atrás, antes de que la mujer se matara arrojándose
desde el mismo puente. Después le pregunta, con una dulzura que no cuesta
asociar con la culpa, si no fue ella quien salvó la vida de su hija la noche
anterior. Laïla no responde. El policía abre los seguros de las puertas: puede
irse, aunque él pierda el empleo. Laïla, sin embargo, no se mueve, cierra el
seguro de nuevo y no mira a nadie. «Supongo que tú también quieres estar con tu
familia», dice él.
Ese
instante, en el que a una chica a quien le han ofrecido libertad prefiere la
compañía de su madre, aunque la espere un avión, te encoje el corazón, y la
película lo sabe, porque tras esa escena se pone a toda marcha. “Laïla” cumple
su promesa de estar bien con un procedimiento doloroso, que consiste en no
estar sola. Cuando decide no huir, queda claro que la quietud de la estatua no
es solo táctica; es también un carácter… ¿o no? Quiero reservarme momentáneamente
todo el final.
Neshvad
cuenta que rodó el cortometraje convencido de que, cuanto más se mantiene un
relato cerca de lo real, más cerca de la verdad queda. Esa tensión, expresada
en una sola respuesta, describe bien lo que el cortometraje intenta y lo que
consigue. Los aspectos técnicos del cortometraje dan al conjunto una textura de
documento que ayuda a creer en la plaza y en el puente. Pero el guion, con sus
simetrías, sus espejos y sus coincidencias, aspira a algo muy distinto del
reportaje: aspira a la parábola. Entre una cosa y otra hay, en mi opinión, una
leve fricción. A ratos esa fricción es fértil, porque el realismo de la imagen
hace aceptable lo improbable de la trama.
El
sonido es donde el cortometraje toma más riesgos. Según el director, pidió al
compositor que la música contuviera el sonido de seres humanos que sufren, de
manera que bajo los violines se oyeran, apenas, gritos tan tenues que el
espectador no los identificara conscientemente. Quería que se sintiera, sin
saber por qué, que fuera de la pantalla había dolor.
Lo
que sigue exige hablar del final, de modo que advierto a quien no haya visto el
cortometraje. En el aeropuerto, entre los detenidos que esperan embarcar, esta la
madre, que tan pronto ve a una chica pintada con el blanco de la estatua, se
sale de la fila para abrazarla y pedirle perdón. Una policía le ordena que le
quite el maquillaje y, al hacerlo, la madre descubre que no es su hija. Es
Nathalie, que ha ocupado el lugar de Laïla. La chica dice “duset daram”, las
palabras de la nota, y luego las repite en su propia lengua, pero a su padre,
sonriéndole. Al reverso hay unas palabras de Laïla, “I will be alright”. Las
dos mujeres se miran…
La
sustitución es el golpe de efecto del cortometraje y también su mejor idea
formal. El disfraz que en Laïla era camuflaje de un cuerpo vigilado se vuelve
en Nathalie préstamo de un privilegio. La pintura blanca, en la piel de una
chica que ya era blanca, no esconde nada: más bien expone. Y lo que expone es
una desigualdad que el relato había mantenido en sordina, la de quien puede
ponerse y quitarse la identidad de otra sin que le cueste la vida, porque su
apellido, su padre y su pasaporte la respaldan.
Por
eso conviene preguntarse qué clase de justicia reparte el final. Neshvad lo
enuncia con una metáfora agrícola: un jardín donde todas las flores son
diferentes, y esa diversidad es lo que lo vuelve hermoso. Dice también que Laïla
se salva a través de la chica luxemburguesa y la luxemburguesa a través de la
iraní; que, por tanto, nos necesitamos en nuestras diferencias para crecer.
La
pregunta más importante que queda por responder y que me preocupa al terminar
de ver este cortometraje es: ¿qué futuro le espera a Irán? No me refiero
únicamente al destino de quienes han tenido que abandonarlo, sino al de quienes
permanecen allí, al de las mujeres que todavía tienen que negociar con su propia
libertad y al de las generaciones que habrán de decidir qué hacer con el país
que recibieron. Laïla y su madre son dos vidas atravesadas por una historia que
comenzó mucho antes de ellas y que, probablemente, continuará después de que
ambas hayan dejado de ser protagonistas de ella. No sabemos si algún día podrán
volver, si encontrarán un lugar al que llamar hogar o si la promesa de estar
bien dejará de ser una forma de resistencia para convertirse, sencillamente, en
una realidad. Quizá esa incertidumbre sea también una de las cosas que el
cortometraje quiere dejarnos: el futuro no es una garantía que podamos
ofrecerle a nadie.
Hay
algo particularmente valioso en que una historia sobre el desplazamiento, la
persecución y la desigualdad termine encontrando su centro en dos adolescentes
que, en principio, no tendrían demasiadas razones para encontrarse o ser amigas.
Una lleva consigo el peso de una vida que no ha podido elegir; la otra, el de
una pérdida que tampoco ha sabido resolver. Ninguna tiene las herramientas para
reparar la historia de la otra, y, sin embargo, durante una noche consiguen
hacer algo que las instituciones, las fronteras y los documentos no han
conseguido: reconocerse y respetarse en ese reconocimiento. No es una solución,
desde luego, y tampoco es una victoria definitiva; es apenas un gesto, una
decisión que interrumpe por un momento la lógica de la indiferencia. Y acaso
ahí resida una de las virtudes de cortometrajes como este: recordarnos que las
grandes tragedias no están hechas únicamente de acontecimientos
extraordinarios, sino también de pequeñas batallas que se libran todos los
días, muchas veces lejos de nuestra mirada. Batallas por permanecer, por ser
escuchados, por conservar un nombre, por regresar a casa o, simplemente, por
llegar al día siguiente.
Al
final, I Will Be Alright no me parece un cortometraje que hable
exclusivamente de Irán, de Luxemburgo o de las personas refugiadas. Habla
también de esa facilidad con la que construimos una distancia entre el
sufrimiento ajeno y nuestra propia tranquilidad, de las veces que miramos sin
ver y de las ocasiones en que confundimos la ausencia de un problema en nuestra
vida con su inexistencia en la vida de los demás. Laïla no puede cambiar el
destino de su madre, Nathalie no puede devolverle lo que ha perdido y el
policía no puede deshacer lo que hizo; pero los tres, de una manera u otra, se
encuentran frente a la posibilidad de actuar de forma distinta. Quizá no
podamos resolver todas las batallas que suceden a nuestro alrededor… ni
siquiera comprenderlas por completo. Pero sí podemos decidir qué hacemos cuando
nos encontramos frente a ellas. Y si algo queda después de la última mirada
entre las dos chicas es precisamente eso: la sospecha de que estar bien, a
veces, empieza por no dejar que alguien más tenga que estar mal a solas.
REPARTO
Tanaz
Molaei, Emily Amor, Toufan Manoutcheri, Tom Gaubig, Al Ginter, Anne Klein,
Jerome Funk
EQUIPO
Un Film de Cyrus Neshvad
Cynefilms Présente
Avec le Soutien du Film Fund Luxembourg
1er Assistant Réalisateur –
Sirvan Marogy
2ème Assistant Réalisateur –
Xavier Husquin
Scripte – Béatrix Schwinden
Cheffe de File – Sandrine Brasseur
Assistante – Sarah Kasrou
Production – Cynefilms
Production Executive – Marosima Films
Producteur Exécutif – Stefan Milovic
Administratice de Production – Nataliya Lipinskaya
Comptable de Production – Christian Schuster
Coordinateur de Production – Stefan Milovic
Secrétaire de Production – Franca Sita
Scénario – Guillaume Levil, Cyrus Neshvad
Directeur de la Photographie – Guillaume Duchemin
1er Assistant Caméra –
Alexandre Weidert
2ème Assistante Caméra – Alaïs Folny
3ème Assistant Caméra – Mark Russel
Technicien Vidéo – Fabio Bottani
Casting Luxembourg – Nilton Martins
Casting France – Fabienne Bichet
Régisseur Général – Jérôme Heilig
Régisseur Adjoint – Mike Roberts
Assistant Régisseur Adjoint – Jerson Arsène
Holfeltz
Régisseur – Slim Nebigh
Repérage – Phillip Reimer
Chef Machiniste – Cesar Charlier
Assistant Chef Machiniste – Thibaud Mahe,
Pascal Charlier
Chef Électricien – Christophe Kus
Assistant Chef Électricien – Laurent Schiltz
Electricien – Jordan Bouchex
Chef Opérateur Son – Tomás Simoes
Assistant Son – Andy-Lee Hoareau
Créatrice de Costumes – Isabelle Dickes
Cheffe Costume – Emilie Mathieu
Assistante Costume – Sabina Valiante
Cheffe Maquilleuse – Carole Descamps
Chef Décorateur – Philippe Lambrechts
Assistante Chef Decorateur – Marie Janezic
Ensemblière – Stéphanie Mengel
Accessoiriste de Plateau – Barbara Prati
Accessoiriste – Osvaldo Medina
Chef Cantine – Tiago Hof
Cantine – Fioriella Lebedef
Chef Monteur Image – Yves Dorme
Chef Monteur Son – Guillaume Marique
Monteur Adjoint Son – Arthur Reinquin, François
Remy
Bruiteur – Philippe Van Leer
Ingénieur du Son Bruitage – Arthur Reinquin
Mixeur – Jean-Michel Béranger
Coordiantion Post-Production Son – Alice Dontaine,
Etienne Dontaine
Musique Originale – Clémence Ducreux
Chant – Yasmine Meddour, Marine Llado,
Émilie Gassin, Clémence Ducreux
Violon – Ben Violet
Violoncelle – Pierre Burette
Flûte – Céline Hocquelet
Mixage Musique – Gautier Séguin
Étalonneur – Benjamin Dontaine
Conception Générique – Benjamin Vandenbogaerde
Superviseur VFX – Gil Pinheiro
VFX Assistant Tournage – Thomas Tarret
Artiste Storyboard – Matias Mendiola
Compositeur – Nestor Hernandez
Créatrice d’affiche – Nataliya Lipinskaya
Sous-titrage – Babel Subtitling
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