Reseña | "Marga en el DF" de Gabriela Ortega
MARGA EN EL DF
SINOPSIS
Tras el asesinato de Selena Quintanilla
en 1995, la vida de Marga da un giro inesperado a las veintiuna semanas de
embarazo durante un viaje sorpresa a la Ciudad de México.
RESEÑA
Creo firmemente que, cuando uno quiere
a alguien de verdad, espera algo muy simple a cambio: que lo quieran igual, que
ese querer sea recíproco, que si uno fue bueno, le toque algo bueno. Casi todos
lo creemos, aunque no lo digamos, y por eso nos lo tomamos tan a pecho cuando
no sucede.
Hay gente que da todo y recibe poco, ya
sean otros o nosotros. A Selena Quintanilla, por ejemplo, y como lo sabe toda
la comunidad hispana, le mataron a los veintitrés. Le había dado a mucha gente
una voz con la cual sentirse acompañada, y la mató alguien que trabajaba para
ella y en quien ella confiaba. Mucha gente lloró como si la conociera porque, a
fin de cuentas, era imposible aceptar que el golpe había venido de la persona a
la que se le había abierto la puerta.
Algo parecido, a otra escala y sin
periódicos o fanfarria, le pasa a la protagonista de nuestro cortometraje,
quien descubre que su cariño sirvió para dañarlo. De eso trata Marga en el
DF, y de lo que viene después: qué hacemos cuando todo ya pasó.
Marga en el DF
empieza con unas manos. Al bajar de un avión que aterriza en la capital
mexicana, un grupo de monjas le toca la panza a una desconocida embarazada y la
interroga como quien revisa un equipaje: cuántas semanas, a qué viene, quién la
espera. Es el último momento en que Marga Salinas será, para los demás,
solamente una promesa de maternidad. Antes de que termine el día habrá cambiado
su mundo por completo: habrá oído en la radio de un taxi que mataron a Selena
Quintanilla justo ese día, habrá encontrado dos cepillos de dientes donde debía
haber uno, y habrá dicho, frente a su marido y a la mujer que lo besa, una
frase de cuatro palabras que contiene su corazón entero hecho pedazos: “Tú odias
la playa”.
Escribo sobre este cortometraje porque me
conmovió de una forma ejemplar, porque no se conforma con una idea bien
ejecutada: deja la sensación de que transcurrió un fin de semana completo, con
su sueño, su comida picante, su rabia y su café de la mañana. Y porque,
mientras lo veía, me di cuenta de que lo más interesante no está en la
revelación inicial: lo que importa es lo que Marga hace con las horas que
vienen después.
Quiero seguir ese tiempo. Voy a
recorrer el cortometraje casi en el orden en que ocurre, porque su forma es la
de un trayecto y porque sus mejores decisiones están en las transiciones: de la
radio al departamento, del silencio de la noche a la ciudad de la mañana, de
una mesa llena a una mesa vacía.
A donde sea que vaya, Marga responde
con una docilidad cortés. Marga es una buena persona. Veintidós semanas, dice,
viene a ver a su pareja, él es colombiano y ella dominicana, él hace una
especialidad en la UNAM, y ella llega de sorpresa. Fíjense en cómo se organiza
la respuesta: lo primero que ofrece de sí misma es el estado de su cuerpo, y lo
segundo, la carrera de otro. Para explicar su presencia en una ciudad ajena primero
pone al otro, primero ensalza al otro, primero se enorgullece de los logros de
quien ama.
La monja cierra la escena con una
medalla de la Virgen. Es un gesto de bendición y también, sin que nadie lo
diga, de vigilancia: la imagen de la madre dulce, paciente, sufrida, queda
colgada sobre el cuerpo de Marga como una instrucción de uso. Hay además un
detalle que me parece más hondo de lo que aparenta. Marga es dominicana,
Rodrigo es colombiano, y la ciudad donde ocurre todo no es de ninguno de los
dos. Es el DF (actualmente la CDMX). No hay familia, no hay vecinos que
conozcan a la pareja desde antes y no hay una madre que les llame por teléfono.
La Ciudad de México funciona como un territorio sin testigos, y esa ausencia
hace posible la historia: una mujer puede venirse abajo, o reconstruirse, o
ambas cosas, sin que nadie la mire o repare en su existencia. Gabriela Ortega,
la mente maestra detrás de este cortometraje, ha dicho que su punto de partida
fue preguntarse qué significa derrumbarse sin público, en una época anterior a
que el duelo se narrara en redes como ya tenemos bien acostumbrado. El corto
toma esa pregunta en serio desde la primera escena, porque la persigue en forma
de espacio: el departamento es un lugar al que Marga entra sola y del que, de
cierta forma, sale sola.
Marga escucha la noticia del asesinato
de Selena y se le humedecen los ojos. El taxista le pregunta si está bien, y
ella, que va hacia una dirección de Taxqueña, sostiene el llanto con una
compostura que ya es un carácter. El cortometraje le regala a Marga una razón
pública para llorar, un duelo colectivo, aceptable, compartido con el conductor
y con la radio, justo antes de que tenga una razón privada, pero ella parece
resistir, ser fuerte. El dolor ajeno funciona como coartada del propio. Cuando
suenan las notas de “Dreaming of You”, el duelo por Selena se vuelve una
especie de ensayo general: Marga aprende a llorar por una mujer asesinada antes
de aprender a llorar por sí misma. (Una nota de crítico quisquilloso: si la
memoria no me falla, esa canción habría tardado unos meses en salir al mundo
tal como la oímos en el cortometraje, así que éste la adelanta. No me molesta
en absoluto. El cine puede permitirse ese anacronismo cuando lo que necesita es
la música exacta del luto. Recordar. Honrar la memoria.)
Marga llega al departamento donde vive
Rodrigo, se arregla, hace del baño, se lava las manos. Me gusta que el corto
empiece por el cuerpo embarazado en su rutina más ordinaria. Después las pistas
se acumulan: Rodrigo no está, hay dos cepillos de dientes, uno rosa y uno azul,
y la prenda en la cama no huele a él. Tiene calor, se quita la ropa. La
televisión repite la noticia del asesinato y ella la apaga. Quiere hacer sola
su propia averiguación, sin el coro de la historia colectiva.
Y entonces, dentro de un cajón, aparece
el portarretratos con el ultrasonido de su bebé, enterrado al fondo, donde
nadie lo vea. La prueba del engaño no es la otra mujer, que todavía es una
conjetura; es el escondite. Rodrigo guardó la imagen de su propia hija como se
guarda un secreto, como se guarda algo que apena a la vista pública. Lo que
Marga encuentra no es un amante sino un borrón: el embarazo, ese hecho enorme
que la define ante las monjas y ante el mundo, ha sido ocultado por el hombre
que lo causó, el hombre que será padre. Ahí la película desplaza el centro de
la traición. Es menos una historia de infidelidad que una historia de ausencia.
La espera es una pequeña obra maestra
de economía. Marga se queda dormida en el sofá, con los pantalones
desabrochados por la comodidad que exige el cuerpo, con un regalo envuelto al
lado. Es la imagen perfecta de una sorpresa que ya fracasó antes de producirse.
Y cuando por fin llega Rodrigo, besándose apasionadamente con otra mujer, con
arena todavía en el cuerpo, lo que hay entre ellos y ella es un pasillo. Unos
simples pasos de distancia. Marga los mira desde ahí, y dice su frase. Lo que
me conmueve (y me da rabia, honestamente) es que no insulta ni grita. Demuestra
que lo conoce. “Tú odias la playa” es un reproche, pero sobre todo una
declaración de conocimiento íntimo: yo sé quién eres, y por eso sé que mientes.
Lo siguiente es todavía mejor: Se
presenta con el apellido del hombre y con la cortesía de una invitada. La
etiqueta es su arma. El título aparece después de esto, como si la película
hubiera tenido que esperar a que ocurriera lo irreparable para empezar. Es una
decisión audaz y elegante: todo lo anterior es un prólogo y Marga en el DF propiamente
dicha comienza cuando la herida ya está abierta.
La conversación de esa noche la vemos
sin oírla. Sabemos, por los gestos de Rodrigo, que le pide perdón, que ruega,
que se explica… o intenta hacerlo. Marga escucha o no escucha. Prescindir del
sonido es una forma de ética: Ortega no nos da las razones de Rodrigo, ni sus
justificaciones ni sus clichés de arrepentimiento, y al negárnoslos nos obliga
a mirar con los ojos de Marga, para quien esas palabras ya son ruido de fondo,
ruido sin chiste. El discurso del que traiciona suele ser un género en sí
mismo, previsible y repetitivo, y darle voz es darle un poder que no merece.
A la mañana siguiente Rodrigo ya está
vestido y le informa que cambió las sábanas, por si ella quiere descansar. Es una
frase casi cómica: él intenta expiar con una lavandería. “Margarita, por
favor”, le dice, usando su nombre completo, el nombre de la intimidad. Marga
responde que está bien durmiendo en el sofá y que va a salir. Él pregunta
adónde. Ella dice: “por ahí”. Una mujer que no tiene destino y que lo declara
como si fuera un derecho.
Marga entra a un mercado de artículos
tradicionales, habla con una niña con una ternura sin condescendencia, “con
transparencia hacia su inocencia”, como la describiría yo: sin pedagogía ni
sentimentalismo, con la transparencia de una madre, vamos. En el parque, un
organillero toca y a su lado un joven artista de pelo esponjado y largo, muy
guapo, la observa con interés. Marga tiene las cosas en el regazo y no se nota
mucho el embarazo. Él se sienta, fuma, le ofrece un cigarrillo. Ella dice que
no puede. Él responde que es una forma curiosa de decir que no, y ella confiesa
lo que oculta la ropa. Él apaga el cigarrillo al instante y aclara que no le
miraba la panza sino la cara. Que tiene linda cara.
Esta frase contesta a la primera
escena. Las monjas miraban el vientre; este desconocido mira el rostro. En
veinte minutos, el corto ha dibujado dos modos de atención: el que ve a la
mujer como madre y el que ve a la persona que, aunque madre, no deja de ser
mujer. Vaya enredo de palabras que elegí escribir…
La comida que comparten es una pequeña
antología de preguntas que se hacen quienes no van a volver a verse. Colores
favoritos. Qué tomarían si ella no estuviera embarazada. Cómo se llamará el
bebé: ella sabe, pero no se lo dice, y me encanta esa reserva, ese secreto que
protege como un territorio propio. Cuál es el peor consejo que les han dado: él
responde “Sé tú mismo”, y es una ironía deliciosa en una película que trata
exactamente de cómo ser uno mismo cuando no se sabe qué hacer. Cuántas veces se
han enamorado: él, tres; ella, una sola. Y el último pedido, que le cuente algo
que no le haya dicho a nadie.
La respuesta de Marga es reveladora. Su
mejor recuerdo y el peor de su madre son el mismo: un museo de arte
contemporáneo donde se perdió durante cinco horas. La madre quería matarla, y
ella era feliz. Perderse es, entonces, la experiencia ambigua que organiza la
vida de Marga: lo que aterra a quien la cuida es lo que la hace sentir libre.
El joven contesta que la capital es un buen lugar para perderse. En la
entrevista, la directora lo planteó como una destreza que el celular ha ido
borrando, la de perderse en una ciudad casi para encontrarse.
En este momento, Marga está y no está:
su cuerpo responde, pero ella parece estar en otra parte, y le dice a su
compañero una indicación que, más que un deseo compartido, suena a un impulso
lanzado hacia algún lugar interior. ¿Es un deseo, una venganza imaginada, la
comprobación de lo que su cuerpo puede hacer cuando nadie lo registra? Las decisiones
más honestas de una persona herida nunca tienen una explicación limpia.
Cuando cae la noche, Rodrigo está en la
sala, preocupado, o tal vez, arrepentido. Se levanta con un ramo de flores.
Marga no dice nada. ¿Por qué diría algo? Él pregunta por su día y ella no
contesta; empieza una frase, “Margarita, yo...”, y ella se acerca, con rabia,
con ganas de llorar, y lo besa mientras le golpea el pecho una y otra vez.
Marga no perdona, pero tampoco rechaza:
el beso, el golpe y el abrazo son una misma acción. Se desvisten con violencia,
como si ella lo odiara y le recriminara con la piel, y tienen sexo. Lo
importante es que el corto se niega a convertir a Marga en una víctima. Tiene
deseo, rabia, voluntad, y los ejerce en direcciones contradictorias: se besó
con un desconocido por la tarde, se acuesta con el marido por la noche. La
película la deja ser una persona, con todas sus dimensiones.
Después, recostados en el sofá, Rodrigo
dice que nadie es como ella. Marga responde: “Yo sé”. Es una frase deslumbrante.
La amé. Rodrigo la ofrece como halago-disculpa, un intento de comprar el perdón
con elogios, y ella la recibe como un hecho, sin gratitud ni coquetería. Sabe
lo que vale y sabe quién es ella. Es cierto, y no le sirve a él de nada. “Yo
sé” cierra la puerta que la frase de él quería abrir.
Quiero detenerme en cómo está filmado
todo esto, porque la fotografía de María Secco, en 16 mm es una postura. Todas
las escenas están compuestas con una elegancia que exalta la belleza de la
intimidad sin miedo a mostrarla en la luminosidad del día ni en la penumbra de
la noche. Esa luz generosa le da dignidad a un cuerpo que, en la primera
escena, era tratado como propiedad pública. Los planos detalle de rostros,
manos y gestos hacen del cuerpo de Marga un territorio narrativo, y en lugar de
pelearse con el pudor, lo ennoblecen. Es un cortometraje delicioso de ver, si
es que se me permite esa elección de palabras.
Al día siguiente Marga va al salón de
belleza y dice que tiene cita con Julia. Se presenta como Selena. Primero hay
que reconocer la audacia de ese nombre falso. Marga le pone a su encuentro con
la otra mujer la identidad de la cantante asesinada, la reina del tex-mex, a
cuyo dolor colectivo estaba pegada la historia. El duelo por la cantante es,
entre otras cosas, el duelo por una traición cometida desde la cercanía. Que
Marga use ese nombre para sentarse frente a la amante de su pareja la
convierte, por un instante, en la sobreviviente simbólica de una violencia
íntima, aunque la suya sea de otra escala.
Julia la reconoce al instante y se
congela. Marga, tranquila, pide un cambio de esmalte y se somete al
procedimiento, es decir, deja que la rival le tome las manos durante todo el
tiempo que dure. Esas manos que la tocan son, por inversión, las de las monjas
del avión: otra vez alguien sujetando su cuerpo con una función ritual, pero
ahora es ella quien conduce la situación. Julia llora a medias. Marga no le
quita la mirada de encima.
“¿Tú sabías?”, pregunta. “No”, responde
Julia. “Mírame a los ojos.” Julia la mira, arrepentida: “Lo juro, lo juro”. La
película no nos dice si miente, y no es necesario. Lo que cuenta es la pregunta
que viene a continuación: si él le dice “corazón”. Con ese vocablo la rivalidad
se disuelve en reconocimiento. No importa si Julia sabía o no. Importa que
ambas han sido llamadas con la misma palabra, que la ternura de Rodrigo es un
repertorio reutilizable, un guion que sirve para dos mujeres distintas. La
crueldad de la ternura es su intercambiabilidad.
También me importa lo que la escena no
hace: no hay pelea de mujeres, ni humillación, ni gritos. Con un esmalte nuevo,
Marga ha demostrado que una mujer puede enfrentar a la otra sin destruirla y
sin dejar que la destruya. Es una forma de solidaridad extraña, hecha de
dureza, que al corto le cuesta sólo un par de minutos y que enriquece todo lo
que hay a su alrededor.
La siguiente escena nos lleva al Museo
de Antropología e Historia. Marga está frente a la Coatlicue, la de la falda de
serpientes, con su collar de manos y corazones, que el imaginario mexica cargó
de dualidad: diosa de la fertilidad y de lo temible. Escucha una audioguía que
explica que lo sagrado y lo temido conviven, que todo nace del vientre de la
tierra y todo regresa a él. Marga se conmueve. El público nos conmovemos.
Marga en el DF pone
en boca de una voz didáctica lo que ya había sugerido con imágenes, pero la
escena se sostiene por el rostro de quien la recibe, y sobre todo por cómo
dialoga con el concepto de ser mujer y madre. En el avión, una Virgen: la madre
amable y abnegada. En el museo, una madre de piedra, monstruosa y sagrada a la
vez, a la que se le permite dar vida y causar espanto. Marga está entre las
dos. La gran liberación de la película es descubrir que no tiene que elegir la
dulzura; que la maternidad puede contener la rabia del beso que golpea, que
también es una forma de amor y de duelo.
Ortega ha explicado que ese vínculo no
es casual: la Coatlicue le sirve para pensar un lazo con la divinidad femenina
taína, con Atabey, de su propia isla. Una mujer dominicana, embarazada, en un museo
mexicano, reconoce en una diosa ajena algo propio. La ciudad prestada se vuelve
un espejo.
La penúltima secuencia es un
restaurante. Marga y Rodrigo comen algo picantísimo para ver quién aguanta más,
se ríen de que no resisten, aunque ella, en realidad, resiste más. El calor,
que ha sido un motivo discreto del corto, la ropa que se quita, el ventilador,
la ola de calor que anuncia la radio al final, aparece aquí como juego. Ella
saca el regalo que había traído y le pide que lo abra: un estetoscopio. Llegan
unos cantantes, entonan Las Mañanitas, y Marga se une al coro para felicitar a “Rodri”.
Le traen un pastel. Toda la gente aplaude.
La escena se vuelve etérea, distinta,
como si todo fuera una ensoñación de Marga. Es la luz o es el aire, o algo
imposible de nombrar, pero el espectador siente el cambio de régimen. Es decir,
yo sentí el cambio de régimen. Y la siguiente, en la cama, lo confirma: ambos
en ropa interior, él ausculta el vientre con el estetoscopio y se asombran de
que la bebé patee. Él dice que seguro será futbolista. Ella quiere que se llame
Catalina, como una reina, y me gusta pensar que esa reina tiene algo que ver
con la otra, la del tex-mex. Catalina Salinas, repite él. Le encanta. La
acaricia, le da las gracias.
Marga no responde al agradecimiento.
Dice, en cambio: “Tú vas a ser un excelente padre... pero yo no creo que tú
puedas ser mi esposo”. Y la película hace algo que admiro: separa dos cosas que
la cultura mantiene unidas. Rodrigo no es un monstruo; es un hombre capaz de
ser un buen padre y de ser un mal marido, y Marga puede decir las dos verdades
en una sola frase, sin revancha. Él mira al techo. Entiende.
Pero el corto no termina ahí. Volvemos
al mismo restaurante y está vacío. Un trío le canta La Llorona. Sobre la mesa
está el estetoscopio, y la envoltura tirada en la silla de al lado. Los músicos
se van uno por uno, el primero, el segundo, el último, hasta que Marga queda
sola con la comida servida y sin Rodrigo. Se apagan las luces, como si fueran a
cerrar el local, y ella llora más, mucho más, pero en silencio.
No sé con certeza qué es el primer
restaurante, pero todo el concepto me fascina. Puede ser una ensoñación, el
ensayo de la vida que ella habría querido; puede ser una despedida real que el
recuerdo ha dorado; puede ser ambas cosas. Lo que sé es que la repetición del
lugar es lo más cruel y lo más hermoso: la misma mesa llena de aplausos y luego
la misma mesa sin nadie. Los músicos que se van son, a su manera, los testigos
que abandonan la escena. La película que empezó preguntándose qué es
derrumbarse sin público se detiene a mirar cómo el público se retira, y cómo, aún
entonces, el llanto continúa. Llorar sin sonido, sin espectadores, sin canción:
eso es lo que la película quiere que presenciemos, y es lo más cerca de un acto
de fe que el corto permite.
La pantalla se va a negro. Una voz
informa de una ola de calor en el gran Santo Domingo. Esa frase sola nos cambia
de país. Ya no estamos en México, nostálgicos y heridos. Y durante los créditos
vemos a Marga bailando, feliz, “Como la Flor”, descalza, en ropa interior, con
un ventilador, con una taza de café, con el ultrasonido enmarcado. Rodrigo no
está. Se sienta junto a la ventana y toma su café con tranquilidad.
Puede parecer un final feliz agregado a
la fuerza, pero no lo siento así. Es la otra mitad natural del llanto. La
soledad que llora en el restaurante y la soledad que baila en su casa son la
misma soledad, vista antes y después de que la asumamos. Hay una diferencia
entre estar abandonada y estar sola, y el corto necesita sus créditos para
trazarla. La ola de calor que ahoga a la isla es, para Marga, el calor de su
casa.
Marga en el DF es
de esos cortometrajes que uno no ve tan seguido. Dura poco más de veinte
minutos y se siente como un fin de semana entero. Tiene humor, rabia, luto y
hasta baile, y ninguna de esas cosas le estorba a las demás; cada escena tiene
algo propio que uno recuerda después. Es difícil encontrar una película, corta
o larga, que se atreva a ser tan bella y tan honesta, sin pedir perdón por
ninguna de las dos cosas.
Gabriela Ortega merece todo el
reconocimiento. Escribió y dirigió una historia que conoce desde adentro, y que
ella misma ha dicho que es una carta de amor a su madre, a sus abuelas y a las
mujeres que aprendieron a reinventarse mucho antes de que existiera la palabra
“contenido”. Se nota. Nada en el cortometraje es formulario. También es un
cortometraje con identidad propia: una cineasta dominicana mira la Ciudad de
México de 1995 y mezcla en una sola historia a Selena, la Coatlicue, la Virgen,
Atabey, acentos del Caribe y canciones de tríos. Podría haber sido un collage y
es una película hecha y derecha. No se parece a ninguna otra. Me fascina.
Y la historia de Marga, que empezó con
una traición, termina con una mujer descalza y orgullosa, con su café, su
música y el ultrasonido, su Catalina, enmarcada. Me conmovió. No sé qué más
pueda decir. Que viva la resiliencia humana, y de las madres, que quién sabe de
dónde sacan tanta fuerza para seguir adelante por sí solas.
REPARTO
Camila Santana, David Palacio, Andrea
de Fátima, Xabiani Ponce de León, Diana Valencia
EQUIPO
Escrito y Dirigido por Gabriela Ortega
Antigravity Academy Presents
A Co-Production of Redrum Films
In Association with Dolby Creator Lab
Producido por Karla Luna Cantú, Natalia
González, Eugenio Valero, Carlos López Estrada, Valerie Bush, Stacy Perskie
Kaniss, Glenn Kiser, Amanda Schneider
Productora Ejectuiva – Gabriela Ortega
Dirección de Fotografía – Maria Secco
Editado por Mónica Salazar
Edición Adicional – Roberto Mendoza
Diseño de Producción – Geo Martínez
Diseño de Vestuario – María Molinari
Diseñado de Maquillaje y Peinado – Karla
Dueñas
Música por Camila de LaBorde, Carlos
Vértiz, Héctor Ruiz, Isaac Soto
Diseño Sonoro – César González Cortés
Sonido Directo – Éder González
Producido con el Apoyo de Dolby Creator
Lab
Productores Ejecutivos – Holly Stanton,
Elle Keseley, Anna Moskowitz
Gerente de Producción – Augusto “Guga”
Ribeiro
Primer Asistente de Dirección – Antonio
Arizaga
Segundo Asistente de Dirección –
Augusto “Guga” Ribeiro
Coordinadora de Producción – Gabriela Dorneles
Coordinadora de Producción Adicional –
Camila Balzaretti
Casting – Eugenio Valero, Alan Luna
Coordinación de Extras – Abigail Vera,
Tavatha Menendez, Ricardo Castro
Continuista (Script) – Lucía de Alba
Coordinadora de Intimidad – Sandra Carbonell
Coordinador de Stunts – Iker Pérez
Stunts – Ricardo Torres, Alejandro
Espinosa
Primer Asistente de Cámara – Carlos Sánchez
Segundo Asistente de Cámara – Mariana Paz
Loader – Ana Arregui
Fotografía Fija – Jacobo Salame
Gaffer – Gaddiel Ruffiar
Key Grip – José Benito González
Grip – Louis Faber
Encargados de Equipo – Leobardo Villar
Arredondo, Jorge Arturo Falcón Nava
Director de Arte – Quique Calderón
Decoradora de Set – Daire García
Swings – Alejandro Valdés, Michel
Luciano
Jefa de Vestuario – Lucía Govea
Vestuarista en Set – Ximena Medina
Asistente de Maquillaje y Peinado –
Denia Luna Cantú
Operador de Boom – Ricardo Cabrera
Edición de Sonido – Mauricio Pérez,
Alejandro Díaz
Premezcla – Juan Antonio Pacheco
Diseño de Créditos y Poster – Fuad Smeke,
Coyote Colectivo
BTS – Jacobo Salame
Colorista – Rudy Pesci
Efectos Visuales – Atomic Arts
Re-recording Mixer – Jurgen Scharpf
Master Colorist – Greg Hamlin
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