Reseña | "The Tuners (Stroiciele)" de Paweł Chorzępa

THE TUNERS

STROICIELE



 

SINOPSIS

A la sombra del concurso de piano más importante del mundo, un grupo de afinadores expertos pasa un mes tratando de lograr la afinación perfecta, de modo que el pianista ganador triunfe gracias al instrumento que ellos han preparado.

 

RESEÑA

Quisiera empezar esta reseña escribiendo que este cortometraje documental, The Tuners o, en español, Los Afinadores, es una pequeña obra maestra. Tan simple como eso. Y lo es porque trata de muchísimas cosas en una. Trata del arte, de la disciplina, de la pasión, del sonido, del silencio, de la resonancia y la duración como materia de cine y no como simples temas, y confía tanto en quien la mira que no se molesta en explicarle qué debe sentir. Esa confianza tiene una elegancia rara y difícil de duplicar.

¿Cuál es el lugar desde el cuál se decide y se gesta el sonido? Ese lugar, que no es un espacio físico en sí sino una persona y un arte, es precisamente el oficio del afinador, y el oficio empieza antes de tocar un piano. Según cuenta el director, The Tuners nació de una anécdota de su esposa, que trabaja en el Instituto Chopin: unos técnicos de Yamaha recorrían la sala del concurso escuchando cómo resonaban las paredes. Antes de ajustar una sola cuerda, esos hombres le “preguntaban” al lugar cómo iba a devolver el sonido. El director dice que había algo místico en esa escena, y creo que tiene toda la razón: es una forma de atención que casi nadie ve.

Lo que sigue, como se espera, es una acumulación de escuchas: el sonido no es el mismo desde la platea que desde el balcón del jurado; un piano en el centro del escenario brilla más que otro colocado a un lado, aunque ambos estén igual de bien afinados, y por eso los instrumentos van rotando. Según una de las productoras, algunos afinadores ni siquiera oyen las obras completas: oyen hacia dónde va el sonido. Un piano tiene, según el director, unas doce mil quinientas piezas de madera y acero, que a veces se eligen en la fábrica con tres o cuatro años de anticipación, y se ajustan más por intuición que por lógica.

Después viene el ritmo del concurso, que The Tuners hereda. De día, los afinadores esperan con tensión el veredicto de los pianistas; de noche afinan y duermen muy poco. Por eso cuidan lo que comen y cómo reparten las horas, y el afinador de Fazioli incluso lo dice en pantalla: sin alcohol, atento a la comida, atento al horario del día y de la noche. Debajo de todo hay una idea del director que podría servir de epígrafe: no se puede afinar con exactitud matemática, hay que elegir cómo estar fuera de afinación para crear el color del sonido.

Escribir esta reseña es seguir ese orden. Primero, escuchar la sala: el concurso, sus rivalidades y su economía. Después, las piezas: tres capítulos, tres cabezas.

El documental abre con una cifra que no pertenece a la música: cinco años. Se nos habla de un trabajo sostenido por los recursos de un equipo, por sacrificios, investigaciones y viajes por todo el mundo, todo para dar forma a un instrumento irrepetible. Todavía no hay una nota ni un rostro, y The Tuners ya nos ha entregado una unidad de medida única: la paciencia. Irónicamente, casi de inmediato la contradice con una voz apurada que avisa que los pianistas llegan en diez minutos.



Entre esos dos números, cinco años y diez minutos, cabe todo nuestro cortometraje y el arduo trabajo de quienes lo protagonizan. Es la distancia entre el tiempo del oficio y el tiempo del espectáculo, entre quienes preparan y quienes reciben el aplauso. Me parece que Chorzępa lo entiende al 100%, desde el primer minuto, como una cuestión de ritmo antes que de tema: el corto no habla de la desigualdad entre el trabajo invisible y el visible, sino que organiza tal desigualdad en su duración. Lo lento y lo urgente chocan una y otra vez, y de ese choque sale la tensión de un documental en el que, si uno lo describiera en una línea, no le haría justicia a su maestría.

Y, sin embargo, repito, ocurre todo. Un breve texto en pantalla fija las reglas con una sobriedad admirable. Este es el prestigioso Concurso Internacional de Piano Chopin; decenas de los mejores pianistas del mundo se reúnen en Varsovia cada cinco años; los fabricantes aportan los instrumentos; cada marca tiene un afinador que crea y mantiene el sonido particular de cada piano; cuando llegan los pianistas, cada uno elige un solo piano para tocar durante todo el concurso. Durante tres semanas, los afinadores trabajan día y noche con la esperanza de que quien gane esté tocando con su sonido.

Son unas cuantas frases de información y nada más. The Tuners confía en que entendamos lo que está en juego. El Concurso Chopin en realidad tiene dos concursos en uno: el primero es el que anuncian los carteles… pianistas jóvenes, una obra que exige una paleta casi infinita de matices, un jurado y una medalla. El segundo ocurre en los pasillos, en las salas de ensayo y en las madrugadas, y tiene otros competidores: tres o cuatro personas, cada una al servicio de una marca, que aspiran a que su instrumento sea elegido y, después, a que sea el que sostenga al ganador. Todos los textos de presentación del cortometraje lo describen como un certamen en la sombra, y es justo, pero me interesa menos su ingenio que su consecuencia: el corto está construido casi por entero con lo que ocurre antes y alrededor de la música.

Los pianistas, de hecho, apenas existen durante The Tuners. Son una amenaza futura, una llegada inminente, o incluso un juicio que se espera. Y no están ausentes por pudor, sino por punto de vista: lo que define la situación de un afinador es que su destino lo decide otro. Puede trabajar durante años, afinar durante semanas, pasar noches sin dormir, y todo se resuelve en una elección ajena, rápida, íntima, tomada por alguien que probará el instrumento durante unos minutos solamente. Nadie está más expuesto que quien se prepara para ser elegido. Ese suspenso, el de esperar sin poder intervenir, es el motor dramático de este pedazo de cortometraje.

Los realizadores cuentan que cuando una pianista ganó el concurso de 2010 tocando un Yamaha, la marca habría vendido diez mil pianos de cola más al año. Esto es revelador: la competencia no es sólo una fiesta de la cultura, también es un mercado, y los afinadores son, para decirlo sin eufemismos, la infantería de una guerra comercial. The Tuners lo sabe y lo insinúa, pero decide no entrar en esa lógica, y creo que acierta al dejarla en la penumbra: si la rivalidad se explicara en cifras, se volvería una historia de empresas, y no de oídos, no de arte y conceptos abstractos.



Lo que sí aparece es el clima emocional de esa rivalidad. Los afinadores se observan, desconfían, se miden, comparten el mismo salón y no comparten casi nada más. Es un clima de colegas y de enemigos al mismo tiempo, como el de cualquier oficio pequeño en el que todos conocen el trabajo de todos. El documental deportivo suele necesitar un partido que lo justifique; The Tuners inventa el suyo sin ningún marcador visible, con la sola presión de una pregunta: ¿quién será el elegido?

Los realizadores han explicado que quisieron volver tres veces al mismo momento, a la misma situación, y contarla cada vez desde una sola cabeza, nunca desde muchas a la vez. Así nacen los tres capítulos, uno por fabricante —Steinway, Kawai, Fazioli—, y así nace también esa estructura que ellos mismos comparan con una sonata en tres movimientos. Podría sonar a coquetería, pero The Tuners la sostiene impecablemente. No es un tema con variaciones: es una misma frase atravesada por tres temperamentos, en el sentido psicológico y, como veremos, también en el musical.

El primer capítulo pertenece al afinador de Steinway y es el más expresivo, el más… público. Alguien le dice que más del setenta por ciento de los pianistas quiere tocar en su piano, y lo llama pavo real orgulloso. Él no lo niega, y lo dice sin falsa modestia: sus sueños profesionales ya se han cumplido. Es una escena de triunfo, y como todo triunfo temprano, lleva dentro la sospecha misma. Porque este mismo hombre, un poco después, mira a su alrededor y ve a todos corriendo como ratas en una rueda —quizá fingiendo, quizá no, que Chopin significa algo para ellos— y se pregunta si Chopin habría querido que su obra se convirtiera en un concurso. Es la frase más lúcida del cortometraje, y es significativo que la pronuncie precisamente quien parte como favorito. Quien está en la cima ve desde ahí, con más claridad que nadie, el absurdo de la pirámide que está presenciando. Si la competencia traiciona la intimidad de la música, ¿qué estamos viendo exactamente cuando vemos a estos hombres entregar su vida a ella?

El segundo capítulo es el del afinador de Kawai, y es el más cercano a lo místico y poético. Los realizadores cuentan que antes de empezar a trabajar cierra los ojos, que le habla al piano, que lo anima, que imagina cómo sonará. En pantalla lo que se dice es todavía más hermoso: le gustaría ver el sonido algún día. ¿Qué forma tendrá? ¿Será triangular o redonda? ¿O flotará, borrosa, indefinida? Más tarde dirá que el concurso es el sueño de su vida. Quiero detenerme en esa frase. Un filme sobre la escucha tiene que traducir lo audible a imágenes, y el afinador, con su deseo de ver el sonido, le entrega a la cámara su programa. Lo que el cine puede hacer, y lo que este corto intenta con una terquedad conmovedora, es acercarse tanto a la pregunta ¿qué forma tiene el sonido? que la imagen deje de ser un registro y se vuelva una hipótesis.

El tercer capítulo es el del afinador de Fazioli, y lo que domina es la disciplina. No bebe alcohol durante el concurso, cuida lo que come, administra con rigor los horarios del día y de la noche, todo para estar lo más concentrado posible. Es la cabeza más perfeccionista, y lo que muestra es que antes de afinar el piano tiene que afinarse a sí mismo: su cuerpo es el primer instrumento. Hay una escena en que le avisan que a la final han llegado tres Kawai, seis Steinway y todos los Fazioli (que también son tres). Él cree que le toman el pelo: ¿los tres? Esa incredulidad, mitad risa y mitad susto, es lo más cercano a una explosión de alegría.

Cada capítulo es un modo de estar en el mundo: el orgullo con grietas, la devoción casi religiosa, el ascetismo. Pero ninguno tiene la razón. O todos la tienen. Esa es la gran virtud de la estructura: al volver tres veces al mismo punto, The Tuners niega que exista una sola versión de lo que sucede en el concurso. La competencia, que se presenta como un relato unitario —una carrera, un ganador—, resulta ser tres historias que se rozan, pero no se tocan.

Chorzępa dice algo que The Tuners apenas insinúa: no se puede afinar con exactitud matemática, el afinador debe elegir cómo desafinar. Hay que decidir dónde poner el error para crear el color del sonido. La frase tiene el aire de una paradoja, pero es literalmente cierta, y vale la pena explicar por qué, porque de ahí sale todo lo que quiero decir sobre esta obra maestra de cortometraje.

Las cosas funcionan así. Si uno afinara doce quintas perfectas una detrás de otra, el resultado no cerraría con siete octavas: quedaría una pequeña diferencia, un resto que la tradición llama coma pitagórica. No hay forma de que todos los intervalos puros convivan en un mismo teclado. La historia de la afinación es la historia de las respuestas a ese resto. En ciertos sistemas antiguos se sacrificaban algunas tonalidades remotas para que otras sonaran purísimas; en el temperamento igual, que domina hoy, se reparte el error en partes iguales para que todas las tonalidades sean utilizables, al precio de que ninguna sea del todo pura. A eso se suma otro hecho casi ingrato: por la rigidez de las cuerdas, las octavas de un piano se afinan ligeramente anchas para que suenen limpias. Un piano afinado según la teoría estricta sonaría, de hecho, desafinado. Y encima, además de afinar, el técnico entona: con agujas o endurecedores trabaja el fieltro de los macillos para que el sonido sea más cálido o más brillante. Cada una de esas decisiones decide algo que nadie va a poder verificar con un aparato. El acto de afinar es, ciertamente, un acto más que humano.

Quiero ser claro: esta no es una idea que The Tuners formule con palabras (gracias, indirectamente, por hacer que sepa un poco de esto, querida Nora, amiga pianista mía). Es la que me impone su oído. Pero una vez que se la escucha, ya no se puede dejar de pensar en ella, porque ofrece una manera de leer lo que sucede en pantalla. Cada afinador de The Tuners ha respondido, con su carácter, a la misma pregunta: ¿dónde pongo el error? El expresivo lo ubica en favor del color y de la emoción. El místico, en la intuición, en un territorio que ni siquiera él sabe explicar. El perfeccionista lo reprime en su propio cuerpo, como si el control de la dieta pudiera filtrar el ruido del mundo. Son tres éticas del error, y el corto, sin decirlo, las contrasta.

Hay en esto algo que me parece muy interesante, y no quiero imponerle a The Tuners un discurso que no tiene, pero el temperamento igual es, en el fondo, un pacto: se acepta que todas las tonalidades sean un poco imperfectas para que ninguna tenga que cargar sola con la imperfección. Compárese con los sistemas antiguos, donde unas pocas tonalidades eran hermosas y otras eran, simplemente, inservibles. La pregunta de quién carga con el error es una pregunta de justicia, y el piano, que la resuelve cada vez que alguien lo afina, la plantea sin que se le escuche. Los afinadores son, por oficio, los especialistas en repartir lo imperfecto. Quizá por eso les cuesta tanto que el mundo reparta bien su propio reconocimiento.

Y hay todavía una paradoja más. El éxito del afinador se mide por su desaparición: si el piano suena bien, nadie piensa en él; si suena mal, todos lo recuerdan. Su perfección consiste en que nadie la note. Es un oficio cuyo mejor resultado es el silencio de los demás.

Los realizadores han contado cómo filmaron. Hubo planos hechos sin lente, con el chasis de la cámara abierto y un dedo, o una bola de cristal, creando la imagen delante del sensor. Hubo lentes de espejo de quinientos milímetros sostenidos a mano, fuera de la cámara, a veinte o treinta centímetros del gate. Otras personas hablan de imágenes «como polvo en la luz», y es la fórmula que mejor describe lo que imagino: un cine en el que lo sólido se vuelve halo, en el que el foco es inestable y lo visible parece vibrar.

Sé que estoy describiendo la imagen a través de sus relatos y de los de otros, y prefiero decirlo con honestidad: lo que importa no es la ficha técnica, sino lo que esa técnica busca. Chorzępa y la producción lo explican con claridad: querían escuchar lo que los afinadores escuchan, sentir lo que sienten, ver como ellos… estar dentro de sus cabezas. Es una frase que cualquier cineasta podría decir, pero aquí tiene consecuencias precisas y notorias en cada cuadro del metraje final. Un afinador conoce algo que el público no puede oír: no podemos, ni aunque tengamos el mejor oído, distinguir una cuerda ligeramente fuera de lugar. The Tuners no puede transmitirnos ese saber, así que le construye un equivalente: si el sonido que el técnico percibe es inaccesible, la película se concentra en lo que sí puede hacer: volver extraña y precaria la imagen, de modo que sintamos la incertidumbre de percibir lo mínimo. Eso sí: la belleza, en The Tuners, es la forma que toma la atención, y no su adorno.

Un documental observacional puro habría puesto una cámara quieta frente a un hombre inclinado sobre un teclado: el tipo de imagen que respeta al sujeto y no dice nada de su experiencia. The Tuners elige el camino más arriesgado, el de la subjetividad, el de crear en lugar de observar, y lo hace sin dejar de estar anclado en una realidad concreta. Que los espectadores podamos notar cómo el corto pasa con naturalidad de la observación a algo más sensorial y experimental, sin perder el contacto con lo real, me parece la mejor descripción del equilibrio que logra.



Los documentales sobre música suelen tener, obviamente, música (duh); este tiene casi lo contrario. Lo que ocurre antes de una interpretación son pruebas, repeticiones, una nota golpeada una y otra vez hasta que deja de ser una nota y se convierte en una pregunta. El material sonoro de The Tuners es esa repetición, la duración, la resonancia de una sala vacía y el silencio de las horas en que nadie toca.

Por cierto, la duración, sobre todo. Los afinadores que describe la película trabajan de noche, cuando el escenario se desocupa, porque las salas se calientan, las maderas se hinchan y los pianos cambian mientras el público escucha. Su oficio es una lucha contra el tiempo y contra el clima: una pelea con la materia viva. Escuchar, para ellos, es una forma de trabajo físico, tan agotador como cualquier otra. Y el corto consigue que ese tiempo largo, esa atención sostenida, nos contagie algo de su cansancio.

Y queda la música, que llega al final, y es la que cierra el círculo. Cuando por fin suena el piano Fazioli en la final, la cámara nos dice dónde está la verdadera escucha: abajo, junto al escenario, está el afinador, oyendo. El pianista toca; el afinador escucha lo que el pianista toca. Es quizá la imagen más preciosa: el autor de la condición de posibilidad de la música, sentado en el lugar del espectador, oyendo en silencio su propio trabajo en manos de otro.

Las últimas opiniones del corto contrastan dos ideas del oficio. El afinador de Kawai dice que el técnico debe quedarse en la sombra: el pianista es el lado brillante; el técnico, la sombra. Le responden que no se trata sólo de afinar, que le está dando alma al piano, y que sin esa sombra no hay sol. La respuesta es hermosa y también conveniente, y no creo que el cortometraje sea ingenuo respecto a eso. El hombre que quiere permanecer en la sombra quizá tenga razón en lo suyo: la sombra es su manera de trabajar. Pero la persona que le contesta también tiene razón en su opinión: la sombra no es un lugar, es una situación que otros imponen.

Entonces anuncian al ganador, y el corto no nos lo muestra. Es un crescendo largo, cada vez más grande, hasta que la imagen corta a los créditos. Es un final audaz en un género habituado a las ceremonias. Todo el cortometraje se ha dirigido hacia ese momento, y el cine, en su versión más complaciente, nos daría el rostro del vencedor, el abrazo y la medalla. Aquí no. El crescendo es el momento del pianista, y a la vez es el de los afinadores, y la película nos priva de la cara para dejarnos solamente la intensidad: una emoción sin dueño.

Sólo después, en los créditos, hay dos textos. El primero dice que, en 2025, después de años de esfuerzo, a los afinadores se les concedió el estatus de artistas. ¡Ya era hora! El segundo informa que el ganador del concurso tocó un Fazioli. El resultado, la información que habría sido el clímax de cualquier documental deportivo, llega al final, en letra pequeña, en el mismo tono neutro del dato administrativo. Quizá sea ese el destino del afinador: su victoria llega como una nota al pie.

Mi tesis sobre este documental es sencilla: todo lo bueno que tiene The Tuners es todo lo que un cortometraje debe ser. No lo digo como una cortesía vacía. Un cortometraje documental es una especie en sí mismo, con sus leyes propias, y éste las cumple con una limpieza envidiable y ejemplar.

Si se miden las virtudes que suelen exigírsele a un buen documental —un arco narrativo, un mostrar sin explicar, un respeto por las personas, una cámara con propósito, un sonido inmersivo—, The Tuners las cumple todas, pero lo más interesante es cómo las cumple en veintidós minutos, con su reconocimiento al silencio, por haber sido tratado como material y no como pausa; con su estilo de dejar que sintamos sin explicarse; y con su atención a quienes escucharon en la sombra, por haber convertido la atención en una forma de belleza. Sin esa sombra no hay sol, dice alguien en el corto. Después de verlo, cuesta no darle la razón. Un cortometraje, en todos los sentidos, excepcional.

 

EQUIPO

The Tuners – Jarosław Bednarski, Ortwin Moreau, Hidemi Okubo

Directed by Paweł Chorzępa

Produced by Joanna Chorzępa

Film Editing by Kosma Kowalczyk, Jakub Darewski

Cinematography by Paweł Chorzępa, Maciej Kwaśniewski

Original Music by Wojciech Blecharz

Sound by Tom Paul, Michał Robaczewski

Produced by Bees Film House

Co-Produced by Mazovia Institute of Culture, Mazovia Warsaw Film Fund, General Director – Magdalena Ulejezyk, Anna Spisz, Michał Kosmala, Ada Bogdziewicz

Co-Produced by Adam Mickiewicz Institute, Olga Wysocka, Olga Brzezińska, Production Manager – Tytus Ciski, Elżbieta Chrzanowska, Julia Girulska, Tomasz Lasek

Production Manager – Joanna Chorzępa

Additional Cinematography – Kaeper Sędzielewski, Radosław Moszczak, Marcin Szołtysek, Marcin Sauter, Adam Palenta

Production Sound Mixer – Jan Boguszewski, Mariusz Bielecki, Joanna Chorzępa, Mateusz Irisik, Marta Kosiorowska, Kazimierz Nitkiewicz, Katarzyna Szezerba, Patryk Szyszko

Colorist – Martyna Laskowska

Image Post-Production – FixaFilm

VFX – Filip Czernow, Paweł Chrabąszcz, Jakub Brzeziński

Assistant Editor – Michał Buczek

Supervising Sound Editor – Michał Robaczewski

Supervising Sound Designer and Re-Recording Mixer – Tom Paul

Sound FX Editor – Santiago Ruiz Cufino

DIT – Piotr Podoski

Graphics Supervisor – Kosma Kowalczyk